viernes 03 de febrero de 2023
DOMINGO SIGNIFICADO

El ejercicio del poder

11-12-2022 01:34

Aquello que consideramos “la política” se apoya en el ejercicio (o en la amenaza del ejercicio) del poder y en la resistencia a este. Otro elemento único del ser humano es su capacidad para “domesticar” esta actividad a través de la incorporación de condiciones que sirven para canalizar las acciones y las reacciones de los agentes de acuerdo con reglas, normas y/o prácticas aplicadas de forma confiable, todas ellas adoptadas de común acuerdo. Estos intercambios, negociaciones, deliberaciones y procesos regulados de toma de decisiones permiten que los conflictos sean resueltos de manera pacífica, por lo que tornan innecesario el uso de la violencia que se requeriría para resolver las diferencias en cuanto a los recursos y a las preferencias, diferencias que dieron origen a la propia actividad política. Ciertamente, este esfuerzo no siempre resulta exitoso, lo que explica la larga lista de atrocidades ya mencionadas. En otras palabras, la “calidad” de la política puede medirse, al menos parcialmente, en función de su capacidad para domesticar el ejercicio del poder (es decir, de evitar el uso de la violencia individual o colectiva para resolver las disputas) sin asesinar, encarcelar o forzar a los ciudadanos/súbditos al exilio para impedir que participen.

El poder, a su vez, descansa en la distribución desigual de recursos y beneficios entre los seres humanos que habitan en una unidad determinada (en general, un espacio geográfico demarcado cuya definición puede ser controvertida). Si bien algunas de estas asimetrías podrían ser “naturales” (es decir, pueden responder a las diferentes dotes fisiológicas que reciben los seres humanos al nacer), la mayoría de ellas son de tipo “social” y tienen su origen en los logros (o fracasos) alcanzados durante sus respectivos ciclos vitales, al heredar, de forma desigual, privilegios sociales, económicos y políticos previamente adquiridos, y/o en las instituciones de mercado, que generan y perpetúan la desigualdad de forma sistemática.

Al intentar obligar a los otros a avenirse a sus preferencias, los agentes que intentan cambiar el statu quo (los “progresistas” en sentido amplio, es decir, individuos u organizaciones que buscan el cambio, sea de derecha o de izquierda) se verán ante la tentación de explotar las asimetrías. Esto es, podrían amenazar con privar de recursos a los otros, o bien prometerles mayores recursos, sacar ventaja de una crisis, movilizar nuevos participantes como simpatizantes o aliados, plantear nuevas problemáticas, formular nuevos tipos de reclamos, presionar política o socialmente a los otros y/u organizar a sus seguidores o a sí mismos de maneras nuevas y efectivas. Por su lado, los defensores del statu quo (los “conservadores”) resistirán estos intentos y probablemente contarán con ventaja intrínseca debido, precisamente, a que ocupan el poder. Intentarán controlar la agenda de discusión pública, reavivarán los argumentos a favor del statu quo, influirán sobre el proceso de toma de decisiones, eliminarán y/o deslegitimarán las demandas de cambio, socavarán la organización y las “alianzas” de los progresistas, ofrecerán compromisos tácticos que no afecten el equilibrio estratégico y/o cambiarán las preferencias de los rivales y sus aliados. El resultado “normal” de este tipo de disputas y conflictos es una reafirmación (o, en algunos casos, una revisión), del statu quo ante. Esto es especialmente probable cuando: (1) tienen lugar dentro del marco de un conjunto de reglas y normas preestablecidas, que son consideradas legítimas por parte de los contrincantes y que se encuentran consagradas en instituciones que, a su vez, se entrelazan entre sí y conforman un régimen coherente; (2) quienes se encuentran en el poder han accedido a esta posición y han permanecido en ella en virtud de haber cumplido con estas reglas y normas y por haber trabajado en estas instituciones. 

Por supuesto que, en política, también existen muchos resultados “anormales”. Como ya afirmamos, la lógica de acción-reacción que subyace al ejercicio del poder no es “termodinámica”. La política tiende a producir interacciones recíprocas, pero los agentes en conflicto no suelen ser iguales en cuanto a poder o a efectos; los conflictos suelen ser oblicuos, más que estrictamente opuestos; el resultado final podría no generar un equilibrio estable, sino únicamente un arreglo temporario; y las instituciones no siempre hacen cumplir sus propias reglas, por lo que requieren inyecciones periódicas de energía (o adaptaciones, en términos políticos, más que termodinámicos) por parte de otras fuentes para poder sobrevivir ante los cambios. Es probable que quienes ocupan el poder opongan resistencia ante estos, porque su posición les impide ver la necesidad de introducir cambios, los torna ideológicamente rígidos o porque creen que incluso la más mínima “reforma” les abriría la puerta a otros reclamos que podrían amenazar el núcleo de su poder. En otras palabras, quienes ocupan el poder no siempre ganan. 

*/**Autores de La política como ciencia, editorial Eudeba (fragmento).

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