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domingo 1 diciembre, 2019

El mandato de Lacalle

El rebelde de una dinasta histrica del Uruguay

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domingo 1 diciembre, 2019

















































Luis Alberto (por su bisabuelo) Aparicio (en homenaje al célebre caudillo blanco) Alejandro (por su abuelo materno) Lacalle Pou tuvo su bautismo político antes de nacer.

El 22 de julio de 1973, a cien años del nacimiento de su bisabuelo, don Luis Alberto de Herrera, los blancos se reunieron al pie de su monumento. Julia Pou, aunque estaba en el octavo mes de embarazo de su segundo hijo, no quiso faltar. Su marido no podría estar presente por encontrarse detenido por el gobierno cívico militar que acababa de dar el golpe de Estado.

Luis Alberto Lacalle Herrera y Julita Pou Brito del Pino se habían visto por primera vez en la casa de una amiga en común en 1963, cuando ella apenas tenía 16 años y estaba preparándose para viajar con la familia a Europa, donde tenía previsto estudiar Letras en la Universidad de La Sorbona en París. A su regreso, se convirtieron en vecinos del barrio de Pocitos. Aunque había sido lapidaria al calificar a Cuqui como un aburrido que “se la pasa hablando de historia, filosofía y de Herrera, y además baila horrible”, se ennoviaron “oficialmente” en 1967, y se casaron el 21 de diciembre de 1970. Se instalaron en el mismo barrio, en la esquina de la rambla y la calle Pereira de la Luz. Al año nació Pilar, la primera hija; casi un año y medio después, el 11 de agosto de 1973, Luis Alberto, y en diciembre de 1975, Juan José Leandro. Unos años más tarde nació un cuarto hijo que fallecería a las pocas semanas, sin que su madre llegara a verle la cara.

La familia Herrera proviene de Jerez de la Frontera (Andalucía, España). “Gente de muy buena posición económica, judíos de la península ibérica convertidos al cristianismo que en 1749 viajaron desde Cádiz a Buenos Aires en un barco propio llamado El Gran Poder de Dios”. Los Lacalle son vascos, provenientes de Estella, ubicada en los montes Pirineos, y llegaron a Uruguay a comienzos de 1800. Carlos Lacalle se casó en 1909 con María Hortensia de Herrera, matrimonio del cual nació Luis Alberto Lacalle Herrera. María Julia Pou es hija del reconocido ginecólogo Alejandro Pou de Santiago y de María Eloísa Brito del Pino.

Durante la dictadura, la familia Lacalle Pou se muda al 3374 de la calle Echevarriarza, donde había transcurrido la infancia de Luis y sus hermanos. En aquella casa se respiraba política, aun cuando no se pudieran ejercer los derechos civiles. Era común que fuera sede de reuniones clandestinas donde se encontraban varios de los principales dirigentes del Partido Nacional al que pertenecía el ahora ex diputado Lacalle: Juan Pivel Devoto, Mario Heber y Fernando Oliú eran caras más que conocidas por Luis y sus hermanos. Nunca supieron de qué hablaban, pero eran los amigos de papá. Los temas del país eran la conversación de cada sobremesa, y en los ratos de ocio sonaban discos de pasta con el cancionero típico del partido de Oribe. Letra y música de la Marcha de tres árboles, Viento de Masoller, Presente mi General y Poncho blanco fueron parte del repertorio musical con el cual crecieron los tres Lacalle. Era algo casi cotidiano que, siendo niño, Luis se sentara a jugar encima de alguna de las tapas de cartón de aquellos discos que su padre atesoraba, mientras observaba gastados libros con imágenes de Manuel Oribe, Leandro Gómez y Aparicio Saravia (...).

Luis Lacalle Pou sabe que no es un político más y que nunca fue uno en noventa y nueve diputa­dos. Tiene muy claro que sobre su espalda hay una historia familiar que se remonta a varias décadas. Sabe que lo acompañan las luces y las sombras de su bisabuelo, de su padre y de su madre. Sufre y disfruta –según el caso– lo que se dice de él, y es consciente de sus fortalezas y también de sus debi­lidades frente a la exposición pública.

En pocas familias como la suya la política es algo tan cotidiano: creció escuchando las historias de su bisabuelo, fue testigo privilegiado del mane­jo del poder durante los años en que su padre fue presidente de la República e incluso después, cuan­do Luis Alberto Lacalle Herrera siguió liderando su movimiento político. Encaró la actividad acom­pañando a Julia Pou aun a riesgo de pasar a ser conocido como “el hijo de” y debiendo convencer a propios y extraños de que merecía el lugar que había alcanzado.

Llegó a la Cámara de Diputados como el más joven del Parlamento, proponiéndose hacer algo por el departamento que le había tocado represen­tar, definiéndose a sí mismo como mandadero de sus votantes.

Hoy, con 45 años, sigue siendo el mismo rebelde de siempre, a veces con razón. Desde niño enfrentó lo que se le puso delante: a sus padres, su baja es­tatura, los prejuicios, a aquellos a quienes conside­ró adversarios y lo que creyó que estaba mal o era injusto.

A fines de los años 90 elaboró un plan y lo puso en práctica de manera minuciosa y casi obse­siva. En 2014 se le adelantaron los tiempos y, como cabeza visible de lo que su propio padre llamó “la rebelión de los sargentos”, terminó siendo candi­dato a la presidencia, contra todos los pronósticos y sin que lo vieran venir. Del otro lado, el mayor aparato político del país, amparado además por el gobierno y a cuya cabeza se encontraba uno de los dirigentes de más peso de los últimos años. Perdió en segunda vuelta, pero el 43% de los uruguayos lo eligieron. En 2015 se instaló en el Senado y desde allí lideró una buena parte de la oposición durante los últimos cuatro años.

Mientras tanto, siguió preparándose: estu­diando, aprendiendo, recorriendo el país una y otra vez, formando equipos sin importarle de dónde provinieran. (...)

Desde las diez de la mañana los blancos comen­zaron a arribar al Teatro Artigas, ubicado en pleno centro de Trinidad. No había banderas ni globos, ni se escuchaban jingles de campaña. Lo único que indicaba que allí se desarrollaría un evento político era una pantalla ubicada en la parte de atrás del escenario. Sobre fondo celeste, en letras blancas se leía: “Un gobierno para Evolucionar”, la primera vez que los dirigentes se encontraban con el nuevo concepto sobre el cual deberían desarrollar la cam­paña electoral.

La breve introducción estuvo a cargo del intendente Enciso, quien a las once en punto recibió a Luis Lacalle Pou diciendo: “No solo es nuestro candidato: es quien va a tener la responsabilidad de la reconstrucción nacional a partir de 2020”. Mientras atravesaba la sala para llegar al escenario, el líder fue recibido con todos de pie y aplaudiendo.

Fiel a su estilo, el discurso de exactamente una hora de duración fue sin estridencias y casi monocorde. Tras agradecer a los organizadores, aclaró que el Congreso que estaba llegando a su fin era totalmente distinto a todos los anteriores porque se entraba en la etapa en la que el foco debía estar en otro lado, haciendo clara referencia a las elecciones que se venían. “La recorrida de nuestros técnicos nos dio la certeza de que estábamos pensando bien. De que no solo estábamos bien inspirados, sino de que estábamos pensando bien. Y por eso hoy, con este trabajo llamado ‘Un gobierno para evolucionar’, nace nuestro primer compromiso con el electorado… Acá decimos hacia dónde vamos. Hoy es un día muy importante, no solo para el sector y para el partido, sino para mí… Yo no me siento cómodo con la crítica si no es constructiva, y así he trabajado estos cuatro años. Criticando pero proponiendo. Hoy le quitamos el velo a lo que será nuestra propuesta”.

”Ni refundación ni marcha atrás: evolucionar. Las sociedades democráticas evolucionan. Construyen sobre lo que se hizo bien, corrigen lo que se hizo mal, aprenden de sus errores, abren caminos en busca de nuevos horizontes.

”Lo que no existe es la opción de volver atrás. Simplemente, la realidad no lo permite: cambia el mundo, cambia el país, cambiamos nosotros mis­mos. Porque también nosotros nos seguimos construyendo a partir de lo que hicimos bien y vamos aprendiendo de nuestros errores. No hay marcha atrás posible. La única opción que tenemos abierta es elegir por dónde vamos a seguir avanzando.

”El papel de los gobiernos democráticos es construir un camino de evolución junto con la sociedad. Sin intolerancias ni dogmatismos, sino en diálogo con los otros. Reconociendo que siempre habrá matices y diferencias, pero aceptando el desafío de encontrar un rumbo que la gran mayoría pueda sentir como propio. Solo así podremos responder a los problemas y a las urgencias de todos. La única manera posible de evolucionar es con los demás.

”Para evolucionar hay que apostar al diálogo, incorporar la mirada del otro, ceder y acordar.

”En una sociedad democrática, todos tenemos alguna cuota de razón y todos necesitamos que los otros nos complementen y nos corrijan. Por eso hay que abandonar la política del odio y de la descalificación. La política democrática empieza cuando admitimos que vamos a seguir conviviendo más allá de nuestras diferencias. Cada uno a nuestra manera, todos seremos constructores del futuro que dejaremos a las nuevas generaciones. Hay quienes no entienden que así funciona la democracia. Son los que creen tener el monopolio de la sensibilidad o de las ideas correctas. Son los que creen que gobernar es imponer su propio modelo, aunque en ese modelo no se reconozca medio país. Nosotros nos sentimos ciudadanos entre los ciudadanos, tratando de encontrar los mejores caminos para evolucionar. Por eso entendemos que la política es sumar y no restar. Y por eso estamos convencidos de que gobernar entre varios partidos no es un problema sino una oportunidad, porque nos ayuda a ser más sensibles y receptivos.

”Hacemos política porque tenemos sueños. Creemos que un Uruguay mejor es posible y queremos participar en su construcción. Nos preparamos para la próxima campaña electoral con alegría y esperanza. Confiados en que tenemos buenas propuestas, pero sabiendo que esas propuestas solo se convertirán en realidades cuando las respalde la mayoría de los uruguayos.

”No pretendemos gobernar para los nuestros, sino para todos. Queremos que el país evolucione y queremos seguir evolucionando nosotros. Queremos seguir evolucionando todos”.

Así comenzaba el documento que se le entregó impreso en ese mismo momento a la prensa presente y que todos los congresales comenzarían a recibir vía WhatsApp. La hoja de ruta hacia las elecciones estaba trazada.

Bajo el sugestivo título de “Un país para soñar”, el trabajo elaborado rezaba: “Si bien enfrentamos un país endeudado, con una infraestructura en mal estado, con graves problemas sociales y una producción muy golpeada, sería equivocado e injusto pensar que el próximo gobierno deba dedicarse a achicar y a ajustar. Sería equivocado, porque de esa manera afectaríamos aún más a la producción y agravaríamos problemas sociales que ya tenemos, como el desempleo. Y sería injusto porque los uruguayos ya se ajustaron demasiado, pagando cada vez más impuestos y tarifas que fueron usadas con fines recaudatorios.

”No son los uruguayos los que tienen que seguir pagando la cuenta. El que ahora tiene que hacer el esfuerzo es el gobierno: proponemos gobernantes responsables y austeros, que no quemen centenares de millones de dólares en aventuras ruinosas como las de Ancap o la regasificadora.

”Proponemos un Estado eficiente, que deje de gastar dinero en programas que nadie evalúa, en el descontrol de los autos oficiales y en la multiplicación de cargos políticos bien remunerados.

” Proponemos políticas públicas más inteligentes, que no repitan los fracasos que venimos teniendo en temas tan sensibles como la seguridad, el empleo o la educación.

”Proponemos una cultura de gobierno que deje de festejar el aumento del gasto como un fin en sí mismo, y festeje el logro de mejores resultados a menores costos.

”No estamos dispuestos a convertirnos en simples administradores de la escasez. Seguimos soñando con construir el país que merecemos. Nuestro motor es la búsqueda de mejores condiciones de vida para todos los uruguayos. Por eso no vamos a renunciar a objetivos que requieren mucha intervención pública. A lo que vamos a renunciar es al malgasto de recursos, a la disolución de responsabilidades, a la construcción de redes de dependencia que perpetúan la desigualdad. Nosotros queremos ayudar a construir un Uruguay más libre, más justo y más próspero.

”Queremos un Estado presente y activo, que impulse el desarrollo humano, distribuya oportunidades y garantice la sostenibilidad de los avances. Reafirmamos la importancia de la función social del Estado y queremos asegurar su continuidad por encima de los altos y bajos de la economía.

”La alternativa no es entre el despilfarro y el ajuste. Existe otro camino, que consiste en gobernar con austeridad y responsabilidad para liberar recursos que permitan igualar oportunidades, alentar a los que producen y proteger a los más débiles. Para eso hace falta gobernar con la lucidez y la energía que le están faltando al actual gobierno. Para eso hace falta un liderazgo que movilice y que inspire. Para eso hace falta recurrir a los que más saben, sin sectarismos políticos”.

Basado justamente en eso fue que Lacalle Pou hizo emerger uno de los primeros aplausos al decir: “Por primera vez en muchos años, si hay un gobierno de coalición, no va a ser de dos partidos... Tendremos que ser abiertos en esta concepción político-partidaria de que, si a nosotros nos toca ser gobierno, no vamos a hacer una coalición simplemente de los dos partidos fundacionales. Vamos a hacer una coalición, un acuerdo, con tres o cuatro partidos, y esa es una evolución en el sistema político nacional”.

Minutos después brotó un fuerte aplauso cuando con voz clara y firme dijo: “Nosotros vamos a delegar atribuciones, no vamos a delegar competencias. No voy a delegar en nadie la responsabilidad de la seguridad pública, esa es mía, esa es del presidente de la República.

”Compañeros, tengamos presente que si la gente vota por el cambio no será porque nosotros se lo sugerimos. El pueblo es mucho más sabio, primero decide cambiar y después nos elige a nosotros. Y ese es un mandato que nos mete un peso que no nos permite ni una gota de ego ni de soberbia, y la soberbia es el peor compañero de un gobernante... A un año y quince días de la elección, está claro hacia dónde vamos y hacia dónde no vamos. Está claro quiénes somos, quiénes queremos ser y de quiénes queremos estar acompañados. Y está claro el desafío que tenemos por delante.

”Queremos gobernar para construir un país mejor. No hacemos política contra nadie, sino a favor de los uruguayos. Nos apasiona el futuro: el país que podemos seguir construyendo entre todos. Sin marchas atrás ni ánimos refundacionales. Evolucionando. Edificando sobre lo que se hizo y agregando lo que todavía no está. Con respeto a los que piensan diferente y con vocación de construir acuerdos amplios. En democracia. Respetando las libertades y los derechos. Con sentido de justicia y con sensibilidad social. Nuestra invitación es a construir. Los uruguayos tenemos una gran historia por delante”, cerraba el documento de 70 páginas. (...)

“Estoy parado en un partido que tiene la enorme responsabilidad de encabezar la posibilidad de cambiar el gobierno. Estoy en un partido que sabe que no alcanza con los votos propios. Que no tiene por qué fagocitarse al resto de la oposición. Que tiene que

estar parado sobre el borde de los partidos de la oposición, para ser puerta de ingreso de gente desilusionada a la que habrá que tratar con mucho respeto porque está de luto, producto de su descreimiento por haber sido

traicionada en sus afectos e intelecto”, reafirma Lacalle Pou para este

libro. (...)

Luis Lacalle Pou sabe que, en caso de que logre convencer primero a los nacionalistas en junio, a una muy buena cantidad de ciudadanos en octubre y a la mayoría absoluta en noviembre, su gobierno deberá contar con una coalición que lo respalde y con cuyos líderes deberá negociar muchas de las iniciativas que pretende llevar adelante. Lo que debemos tener claro es que tenemos que vernos representados en el espejo. Lo que le propongamos a la gente en el programa de gobierno deberemos cumplirlo, porque de lo contrario estaríamos torciendo la voluntad popular.

”El acuerdo con los otros partidos se hará cuando esté preparado el último. No cuando yo quiera. Si pretendo socios, lo primero que tengo que hacer es respetarlos. De modo que, como yo creo que seremos cuatro partidos que acordaremos, cuando el último de ellos esté preparado para acordar, ahí lo haremos. Si bien yo tengo ministerios que pienso reservarnos y lo he dicho: Economía (Azucena Arbeleche), Educación (Pablo Da Silveira), Desarrollo Social (Pablo Bartol) o Interior, si alguno de los partidos que acuerde con nosotros tiene una persona que es idónea, confiable y nos genera certezas, no tendría problema en considerarlo.

”En lo que seguramente no habrá disenso con sus aliados es en la puesta en práctica de auditorías. No vamos a hacer una cacería de brujas, pero sí tenemos que saber y contarle a la gente cómo encontramos todo. Lo vamos a hacer en cada institución y organismo del Estado para ver por qué estamos donde estamos. Si encontramos algún tipo de responsabilidad civil o penal le daremos el trámite que corresponda, pero no es el objetivo. De todos modos, mi intención es que todos estén integrados en el gobierno, incluido el Frente Amplio. Creo que el país necesita que estemos todos. Que nadie tenga mayoría parlamentaria nos va a dar la oportunidad de conformar algo bien variado, pero bien organizado al mismo tiempo.

”Vamos a revisar, más que medidas, actitudes. Por ejemplo, las desidias en el manejo de los fondos públicos, el error en algunas políticas de supuesto desarrollo social, que no terminan generando ni más prosperidad, ni más libertad, ni más salud ni mejor vivienda, a pesar del gasto que le terminaron generando a la sociedad.

”Lo dijimos en 2014: lo que está bien lo seguiremos haciendo, lo que está mal lo vamos a cambiar, y vamos a hacer lo que nunca se hizo. Obviamente pensamos que son muchas más las cosas que se hicieron mal que las que se hicieron bien, pero yo no tengo complejo refundacional, de modo que no pienso borrar todo lo que se ha hecho, incluyo en eso la llamada Agenda de Derechos, algo que llegó para quedarse. Yo no tengo que andar diciendo lo que no voy a hacer, sino lo que pretendo llevar adelante.

”Nosotros tenemos que ser agentes de unión, ya alcanzó con la división. En la campaña que viene ve­remos dos discursos. Por un lado, los que dirán: ‘Nos queremos quedar para un cuarto gobierno, para que no vuelvan los neoliberales y blablá’, y por otro lado, a los que seguramente escucharemos decir: ‘Hay que sacar a estos que son despilfarradores, que no saben gobernar, etc. etc.’. A mí no me van a encontrar en ninguno de los dos. Estaremos en el centro, tendiendo puentes. Obviamente que somos y seremos muy críticos con la gestión del gobierno. Fui quien impulsó la mayoría de las comisiones investigadoras y de las denuncias penales, pero sin levantar la voz ni agredir. Acá no se trata de cambiar una mitad por la otra. Eso sería un error garrafal. Yo no presto ni mi nombre para eso. Acá tenemos que unir. Por supuesto que no vamos a representar a todos, pero sí a la mayor cantidad de gente posible y eso requerirá mucha apertura mental.

”Si yo digo que quiero tender un puente no significa construirlo, significa tenderlo y caminar por arriba de él hacia el otro, lo cual requiere mucha humildad, mucha seguridad propia y al mismo tiempo estar dispuesto a modificar algunas cosas con tal de representar a más gente, sin perder la esencia. Yo tendré que ir a la cabecera del puente, no puedo quedarme en mi lugar de opinión y pretender que vengan a mí.

”Tendremos que avanzar y ver qué cosas buenas tiene el otro. Y eso confluye con la definición de mandata­rio, ‘el que hace lo que el pueblo le mandata’, yo puedo haber intentado convencer o modificar opiniones, pero la voluntad popular se compone de eso y de lo que ya querían antes.

”Mi objetivo no es llegar, sino salir bien de la presidencia. Quiero que la gente esté mejor cuando me vaya que cuando llegué”. n


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