DOMINGO
LIBRO

El primer papa emérito

Las razones que llevaron a Benedicto a renunciar.

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El periodista Nelson Castro, en La salud de los papas, Editorial Sudamericana, a través de una exhaustiva investigación, revela el misterio de la salud de quienes representan a Dios en la tierra. | juan salatino

Eran poco más de las 11.30 de la mañana del 11 de febrero de 2013. El papa Benedicto XVI estaba presidiendo un consistorio ordinario público que tenía como objetivo dar a conocer las fechas de canonización de la beata María Guadalupe García Zavala, de México, la beata Laura Montoya, de Colombia, y los 813 mártires de Otranto –de los que el único conocido era Antonio Primaldo. Que fueron decapitados en 1480 durante la invasión de los soldados otomanos. Además de los cardenales, había en la sala cinco periodistas: una de Italia, uno de México, dos de Francia y uno de Japón.

Al terminar los anuncios, monseñor Guido Marini le alcanzó al Santo Padre un papel que contenía un texto breve, escrito en latín, que Benedicto XVI pasó a leer con su característica voz apagada y monótona: “Los he convocado a este consistorio, no solo para las tres causas de canonización, sino también para comunicaros mi decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia. Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también, y en no menor grado, sufriendo y rezando”. 

Un murmullo recorrió la sala. Solo los que comprendían latín se dieron cuenta de que algo histórico acababa de suceder. A los cardenales les llevó varios minutos procesar las palabras que habían oído. Cuando entendieron, quedaron shockeados. Fue Giovanna Girri, de la agencia de noticias ANSA –la única entre los periodistas presentes que sabía latín–, quien rápidamente reaccionó y corrió a comunicar la noticia que impactó al mundo: Benedicto XVI había renunciado. 

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“Santidad, amado y venerado sucesor de Pedro, su mensaje ha caído entre nosotros como un rayo en cielo sereno”, expresó para marcar su conmoción el decano del colegio cardenalicio, Angelo Sodano, un mensaje ciertamente paradojal, porque si había algo que en ese momento estaba claro, era que la Iglesia se hallaba atravesando una de las etapas más turbulentas de su historia, sacudida por los nubarrones del Vatileaks, que conmocionaron la curia romana y zamarrearon el pontificado de Benedicto XVI. 

L’Osservatore Romano señaló que el Papa había tomado una decisión de renunciar luego de sus viajes a Cuba y a México, dato confirmado por el entonces secretario de Estado, cardenal Tarcisio Bertone, quien expresó que el Sumo Pontífice había adoptado esa determinación porque se sentía “anciano y cansado”.

“Cuando un Papa alcanza la clara conciencia de que ya no es física, mental y espiritualmente capaz de llevar a cabo su encargo, entonces tiene en algunas circunstancias el derecho, y hasta el deber, de dimitir”, le había dicho en 2012 Benedicto XVI al periodista Alemán Peter Seewald, su biógrafo, para el libro La luz del mundo: el Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos. 

“En estos últimos meses, he sentido que mis fuerzas habían disminuido y le he pedido a Dios con insistencia, en la oración, que me iluminara con su luz para hacerme tomar la decisión más justa, no para bien mío, sino para el bien de la Iglesia”, dijo Benedicto XVI en la última audiencia pública que presidió en la plaza San Pedro, el 27 de febrero de 2013, horas antes de concretar su dimisión. 

“No existe la más mínima duda sobre la validez de mi renuncia al ministerio petrino. La única condición para que sea válida es la plena libertad de la decisión. Las especulaciones sobre la invalidez de mi renuncia son simplemente absurdas”, le expresó el Papa emérito a Andrea Tornielli poco tiempo después de su dimisión sobre la que, en 2020 en el libro de Peter Seewald Benedicto XVI: las últimas conversaciones, agregó: “El texto de la renuncia lo escribí yo. No puedo decir con precisión cuándo, pero como máximo dos semanas antes. Lo escribí en latín porque una cosa tan importante se hace en latín”.

Así pues, el 28 de febrero de 2013, a las ocho de la noche, tal como lo había decidido y establecido, Joseph Ratzinger, el Papa número 265, pasó a ser Papa emérito, el primero en la historia y eje de polémica dentro de los diversos sectores de la Iglesia. 

El 13 de marzo, el cónclave eligió al cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio –quien tomó el nombre de Francisco– como su sucesor. 

“No tenemos dos papas, existe uno solo, Francisco. Se dice Papa emérito por cortesía, pero en realidad Benedicto XVI es obispo emérito”, declaró a Il Corriere della Sera el cardenal Gerhard Müller, ex prefecto para la Doctrina de la Fe y un crítico de Francisco. 

Entrevistado por el diario La Repubblica, el arzobispo italiano Agostino Marchetto, considerado el mayor estudioso del Concilio Vaticano II, afirmó: “Creo que el derecho canónico, con su especificidad y claridad, puede ayudar en el futuro a delinear y aceptar este hecho. Por lo tanto, el derecho canónico, siendo la figura del Papa emérito completamente nueva, podrá colaborar regulando la forma y sustancia de la figura misma”. Consultado sobre cómo habría que llamar a Benedicto XVI, dijo que “es un obispo que ejerció durante algún tiempo la primacía pontificia, pero que luego renunció y, por lo tanto, abandonó este ministerio especial que es propio del obispo de Roma”. 

En septiembre de 2018, The New York Times reveló el contenido de dos cartas de Benedicto XVI que, según la prensa alemana, tenían como destinatario al cardenal Walter Brandmüller, un severo crítico de su renuncia. En la primera de ellas decía: “Usted dijo que con ‘Papa emérito’ he creado una figura que nunca ha existido en toda la historia de la Iglesia. Usted sabe muy bien, por supuesto, que los papas han abdicado, aunque muy raramente. ¿Qué fueron luego? ¿Papas eméritos o qué otra cosa?”.

Luego, al explayarse sobre el caso de Pío XII, quien, ante la posibilidad de ser capturado por los nazis, pensó en renunciar y retomar su condición de cardenal, expresa que no hubiese sido sensato volver al rango de cardenal porque “habría estado constantemente expuesto en los medios como lo está uno de ellos, incluso más porque la gente me vería como el exPapa”. Ya sea que hubiera sido a propósito o no, esto podría haber tenido difíciles consecuencias, especialmente en el contexto de la situación actual”. “Con ‘Papa emérito’ traté de crear una situación en la que yo no soy para nada accesible a los medios y en la que queda completamente claro quién es el único Papa”, concluyó. (...)

El deseo de una buena muerte 

Joseph Aloisius Ratzinger, el teólogo que se convertiría en Benedicto XVI, fue elegido Papa el 19 de abril de 2005 y guió la Iglesia durante siete años, diez meses y nueve días. Nació un Sábado Santo, el 16 de abril de 1927. Fue sucesor de Juan Pablo II, tarea complicada luego de un papado prolongado y popular que finalizó con la penuria de una agonía interminable. 

Al momento del nombramiento, su edad –había cumplido 78 años– fue considerada un obstáculo para ocupar el trono de Pedro. Ya el día después de haber sido electo, su hermano tres años mayor, monseñor Georg Ratzinger, se había despachado con declaraciones poco ortodoxas en contra de Joseph, cuando señaló que estaba demasiado “viejo y enfermo” como para asumir esa responsabilidad. 

En la sesión del cónclave de la mañana del 19 de abril hubo dos votaciones: en la primera, Ratzinger obtuvo 65 votos y Jorge Mario Bergoglio, el cardenal argentino, 35. En la segunda, la brecha fue mayor: 72 votos y cuarenta, respectivamente. 

Después del almuerzo, la última votación le otorgó al prelado alemán 77 votos y a Bergoglio solo 26. “Se dice que, durante la pausa, el argentino hizo señales dando a entender que no quería serlo”, afirmó el periodista y escritor Bernard Lecompte en su libro Benedetto XVI. L’ultimo papa europeo.

En cuanto a sus condiciones de salud, Ratzinger había padecido un derrame cerebral en 1991. A raíz de ese episodio –que no le acarreó ninguna merma de sus capacidades físicas y mentales–, quedó con una leve secuela visible en su rostro. Entre 2003 y 2005 sufrió otro ictus cerebral que no le dejó consecuencias, pero que lo obligó a llevar una vida con agendas más aliviadas. 

En 1992, estando de vacaciones, se golpeó la cabeza al caerse mientras se estaba duchando. En medio de la gran preocupación de sus colaboradores, debió ser trasladado a una institución médica donde le aplicaron diez puntos de sutura. Salvo esa herida, la caída no le trajo ninguna otra ulterioridad. 

Durante el tiempo en que estuvo al frente de la Congregación de la Doctrina de la Fe, intentó renunciar en dos ocasiones. Ninguno de esos dos intentos prosperó, ya que Juan Pablo II los rechazó de forma absoluta. 

Más tarde, durante sus años de pontificado, tuvo problemas de alta presión, alteraciones cardíacas e insomnio. También tenía dificultades para descansar adecuadamente –se cayó varias veces de la cama– y sus problemas de la vista ralentizaron sus movimientos. Padecía dolores en la cadera y la rodilla derecha y le habían diagnosticado el síndrome de fatiga crónica. 

Su médico personal, el doctor Patrizio Polisca, había llegado al Vaticano en 1986 de la mano de Renato Buzzonetti, el histórico arquiatra pontificio. El doctor Polisca, relevado de su cargo de médico pontificio por el papa Francisco, fue contactado durante la investigación para este libro: “En cuanto a la persona del papa Benedicto XVI, el imperativo ético me obliga al silencio total. Por lo tanto, lamento mucho no poder responder positivamente a sus solicitudes”, fue su lacónica respuesta. 

En julio de 2009, como consecuencia de otra caída doméstica en la habitación que ocupaba en el Valle de Aosta, se fracturó la muñeca derecha, hecho por el debió ser operado. La intervención quirúrgica –que tuvo lugar en el Hospital Umberto Parini– se practicó con anestesia local y estuvo a cargo del doctor Manuel Mancini, jefe de reanimación. Durante la operación –que fue exitosa–, al Papa se le redujo la fractura, se le colocó un clavo y se lo dejó con un yeso durante más de un mes. “Su Santidad Benedicto XVI –decía el comunicado de prensa–, esta mañana, en la clínica del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, especialmente equipado, fue sometido a la extracción del yeso y los medios sintéticos –el clavo– ya aplicado el 17 de julio en el Hospital de Aosta tras la fractura de su muñeca derecha”. El texto continuaba: “Se realizó una radiografía de control que mostró la consolidación de la fractura. El resultado final en su conjunto se puede definir como óptimo. La recuperación funcional, iniciada de inmediato, se completará mediante un programa de rehabilitación adecuado”. 

En 2011 habían transcendido sus problemas de cadera debido a la artrosis, por lo que decidió recurrir a la plataforma móvil que perteneció a Juan Pablo II, quien la utilizada para desplazarse por la nave central de la Basílica de San Pedro. Sus colaboradores le habían propuesto, en más de una ocasión, que usara el antiguo trono llevado a hombros –la silla gestatoria–, algo que Benedicto XVI siempre rechazó. 

“Lo habéis visto usar la plataforma móvil, pero se trata simplemente de una manera para que se lo pueda ver mejor –intentó minimizar el cardenal secretario de Estado, Tarcisio Bertone en L’Obsservatore Romano–. Por lo tanto, se trata de una ayuda para él, pero también para los fieles”. Juan Pablo II había comenzado a utilizar esa plataforma en 2000 –cinco años antes de su muerte–, a causa de las dificultades que padecía para moverse, producto del Mal de Parkinson que le habían diagnosticado y de una operación de la cadera que no había dado el resultado esperado.

Como si los problemas de salud no fueran suficientes, en 2012 Ratzinger tuvo que haber frente al Vatileaks, la difusión masiva de documentos secretos que dejaron al descubierto las feroces batallas de poder libradas en la Santa Sede. Por este hecho, el tribunal del Vaticano terminó condenando a su ayudante de cámara, Paolo Gabriele, y al informático Claudio Sciarpelletti a dieciocho y cuatro meses de prisión, respectivamente, por haber robado la correspondencia confidencial de Benedicto XVI. 

En 2017, Joseph Ratzinger apareció en la revista Chi bebiendo una cerveza para festejar su cumpleaños. En la foto, llamó la atención un extraño reloj en su muñeca. La pulsera tenía un pulsante que enviaba una señal en caso de dificultades de las que no dieron detalles. El dispositivo despertó curiosidad y debate en torno a si se trataba de un mecanismo que decodificaba las coordenadas del lugar donde estaba. (...) 

Cuando estaban por cumplirse cinco años de la renuncia de Benedicto XVI, Georg, que entonces tenía 95 años, director durante tres décadas del coro de niños del Duomo de Ratisbona (...) concedió una entrevista al semanario alemán Neue Post: “El Papa emérito recurre cada vez más seguido al uso de una silla con ruedas para moverse. Padece una enfermedad paralizante. La gran inquietud es que la parálisis pueda llegar a su corazón [...] Rezo todos los días para pedirle a Dios la gracia de una buena muerte, en un buen momento, para mí y para mi hermano. Ambos tenemos este deseo”. (…)

“Los supuestos informes de una enfermedad paralizante o degenerativa son falsos. En dos meses, Benedicto XVI tendrá 91 años y, como él mismo dijo recientemente, siente el peso de los años, como es normal a esta edad”. Esta fue la declaración emitida por la Sala de Prensa del Vaticano en febrero de 2018. 

Esta dependencia negó firmemente las noticias difundidas por el hermano del pontífice, calificándolas de “falsas”. El diputado de la Secretaría de Estado del Vaticano, monseñor Angelo Becciu, había hablado sobre el estado de salud del Papa emérito. “Físicamente tiene un poco de dificultad, pero hace sus habituales paseos. Mentalmente está fresquísimo”. 

El lunes 17 de junio de 2019 circularon con insistencia rumores que giraban otra vez alrededor de la salud del Papa emérito. En este caso, se hablaba de un nuevo ictus cerebral. Esto motivó al director interino de la Sala de Prensa del Vaticano, Alessandro Gisotti, a emitir un comunicado de desmentida. “Estos rumores son falsos”, declaró Gisotti al Catholic Herald de Gran Bretaña. 

La preocupación entre los fieles de todo el mundo por la salud de Joseph Ratzinger ya había aumentado después de una carta escrita por él mismo al periodista Massimo Franco, de Il Corriere della Sera, en la que decía: “Estimado Dr. Franco, me conmovió que muchos lectores de su periódico quieran saber cómo paso este último período de mi vida. Al final solo puedo decir que, en la lenta disminución de las fuerzas físicas, estoy internamente en una peregrinación a casa. Es una gran gracia para mí estar rodeado en este último tramo, a veces un poco agotador, con tanto amor y bondad que nunca podría haber imaginado”.

 

☛ Título: La salud de los papas

☛ Autor:  Nelson Castro

☛ Editorial: Sudamericana

 

Datos sobre el autor 

Nelson Castro es periodista y médico graduado con honores en la Universidad de Buenos Aires. 

Editorialista político del diario PERFIL, conductor de televisión y radio, entrevistó a numerosas personalidades mundiales y cubrió eventos históricos de relevancia global. 

Publicó varias investigaciones acerca de la salud de mujeres y hombres de poder y de cómo circunstancias de índole privada se han transformado en cuestiones de importancia pública: Secreto de Estado. La verdad sobre la salud de Cristina Fernández de Kirchner; Los últimos días de Eva. Historia de un engaño; Enfermos de poder: la salud de los presidentes y sus consecuencias.