DOMINGO
Libro

Formar un “meta relato”

¿Por qué es importante un mito de Gobierno?

El mito de gobierno alude al proyecto general que, una vez implementado –incluyendo la gestión comunicacional–, logra ser apropiado por la ciudadanía. Visión general, proyecto general de gobierno, norte estratégico, rumbo de gobierno, grandes lineamientos, orientación estratégica, aluden a lo mismo, pero el mito de gobierno los incorpora y los trasciende. Necesita de ellos, pero incluye la condición de apropiación desde la ciudadanía, más otros elementos que permitan comprender el porqué de su instalación política y social, incluyendo siempre la mirada de racionalidad e instrumentalidad comunicativa.

Y con una condición particular: esa instalación, si se logra, necesita del largo plazo. Es la propia comunicación gubernamental la que tiene al largoplacismo como la gran condición que la diferencia del resto de las comunicaciones. El mito de gobierno es la constatación de ese largo plazo y se lo visualiza cuando ha transcurrido tiempo, aunque puedan verse indicios tempranos de su gestación. Cuando el análisis es temprano en el ciclo gubernamental, se está en una conjetura que parte de la voluntad política: algo que podría convertirse en un mito de gobierno futuro, pero que no es más que una mera potencialidad.

Por eso el proyecto general de gobierno apropiado por la ciudadanía, como primer esbozo conceptual, no está exento de tensiones, entre las que destacan dos. La primera es que su comprensión necesita operacionalizarse a través de componentes constitutivos que hacen a su esencia: son sus elementos plasmados en la realidad los que permiten dar cuenta de la aparición –o no– de un mito de gobierno. Un mito de gobierno es voluntad política –que incluye obviamente la voluntad comunicativa–, pero el mito no aparece si la implementación no ha ocurrido.

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La segunda tensión es que hay que diferenciarlo de usos incorrectos, que siempre son concepciones incompletas del concepto. Es usado como sinónimo de relato, reconociendo que tener un relato es algo virtuoso –y lo es–. Se lo confunde con los primeros logros políticos de un gobierno o con su estilo para construir agenda ni bien llega al poder. Se lo usa como sinónimo de un rumbo deseado, de aspiración social o política –como promesa y voluntad–, o se lo asocia al set lingüístico dominante de un gobernante –cosa que, en parte, sí lo es también–. Pero no son lo mismo: esos usos son un reduccionismo o apenas alguno de sus componentes. Y cuando se lo equipara con las principales propuestas electorales o con los eslóganes, el reduccionismo es mayor todavía, y poco a poco se está convirtiendo en uno de esos conceptos a los que le cabe el estiramiento conceptual.

El mito de gobierno es, en comunicación política, un elemento unificador que simboliza la dirección, la voluntad y la justificación de las políticas. En el plano discursivo es utilizado para justificar sus acciones e inacciones, es decir su creación de la realidad que sustenta su objetivo político para construir un universo común de sentidos.

La idea de mito es abordada desde distintas disciplinas y teorías científicas. En la psicología se aplica como “la auto interpretación de nuestra identidad en relación con el mundo exterior”, el relato que unifica nuestra sociedad. En el campo del lenguaje y de la semiología, Roland Barthes sostiene que “el mito es un habla”: un elemento vacío, una forma que debe ser “llenada” por un nuevo significado, un sistema de comunicación en el que “el mito no se define por el objeto de su mensaje, sino por la forma en que se lo profiere”. En la comunicación política, el mito es un mundo coherente y autosuficiente de formas simbólicas, un conjunto de “elementos artificiales fabricados por hábiles artesanos”, describe Ernest Cassirer.

La idea de mito se usa porque es racional: el hombre con su imaginación lo formaliza como relato, como historia o como teoría. Es emoción, porque da sentido, calma la desesperación, atenúa la ansiedad y posibilita el manejo de las contradicciones de la cotidianeidad. Es voluntad, porque moviliza, estimula la acción, fortalece las decisiones y justifica las realizaciones. Y es, también, una simplificación: traza explicaciones, consecuencias y caminos deseables para todos, tratando de lograr comunidad desde el campo simbólico, en un desarrollo que parte desde el pasado y atraviesa el presente.

¿Qué es el mito de gobierno?

El mito de gobierno es la comunicación de tipo simbólica que, en la gestión, tiene la función de generar esperanza, previsión e idea de rumbo y que, una vez instalada, puede alimentarse a sí misma siempre y cuando exista coherencia entre la narrativa esbozada y las políticas públicas implementadas. Estas últimas, aunque no generen satisfacción ciudadana plena, también contribuyen a su consolidación cuando son vistas como parte del rumbo que el mito esboza. Requiere tiempo –largo plazo–, requiere plasmarse como una instalación social y política y cristalizarse a través de acciones y resultados políticos concretos.

El mito de gobierno es tanto un set de herramientas –una guía para su implementación– como, más que todo, un resultado al que se llega. Esa doble condición, ser el estado de situación alcanzado y a la vez la orientación para llegar a él, es lo que lo hace tan fascinante. Por un lado, es una herramienta de análisis que, a través de sus componentes, permite articular dualidades propias del cruce entre política y comunicación. Por el otro, es un proceso de instalación social simbólica que apela a lo ritual, a lo sagrado, a lo profundamente humano. De ahí que requiera una coalición social que lo asuma como válido y lo enuncie por fuera del propio gobierno. El mito se sostiene cuando lo afirman, lo sienten, lo dicen otros. Su potencia le otorga a un gobierno la capacidad de ser mucho más que una mera administración, para convertirse en una fuente productora de consensos –la gobernanza lograda– en una comunidad política que no es un receptáculo vacío, sino que resignifica sentidos dentro de ese mismo proceso.

La potencia del mito puede observarse a partir de los conceptos de “gobernanza” y “sociedad política” desarrollados por Henrik Bang. El autor sitúa la gobernanza dentro del terreno de la autoridad política como una “relación comunicativa” que no es meramente jerárquica y que solo puede producir efectos en la sociedad a través de los conocimientos prácticos, habilidades y capacidades de los individuos comunes.

La “sociedad política”, a su vez, va mucho más allá de un conjunto de instituciones y mecanismos que aseguran la subordinación de los ciudadanos. No rechaza la arquitectura de las instituciones, pero propone trascenderla desde una mirada dialógica y relacional: concierne a lo burocrático o establecido, pero también a los deseos, lo identitario y demás aspectos del campo de lo simbólico. Tiene, así, el potencial de “estar en todas partes”, dentro de cualquier dominio socialmente construido por diversos actores con intereses muchas veces contrapuestos.

Aplicada al mito de gobierno, esta lógica rompe con la visión moderna de la “autoridad política” como una entidad soberana y uniforme. Lo importante es que se trata “de un mensaje comunicado que es aceptado y considerado vinculante, –por las razones que fueren– por aquellos a quienes está explícitamente dirigido”. Esto es clave para entender cómo el mito de gobierno, en su máxima potencia, da lugar a grietas y hendiduras en las que se disputa poder, se configuran identidades y se revaloriza el capital simbólico de una comunidad política.

Hay dos claves que suelen presentar tensión, pero le dan realismo pleno al proceso: la importancia del largo plazo, es decir, la mirada procesual de la instalación del mito, y la posibilidad de ajustes vinculados a lo coyuntural. Esto genera una “situación de comunicación”: las dinámicas cambiantes e inestables de las sociedades actuales, que el mito, aun sosteniendo su esencia de largo plazo, nunca niega ni minimiza. Aparece así una tensión entre táctica y estrategia, intrínseca a todo proceso gubernamental. La política es una arena de lucha y negociación estratégica, pero también el terreno de quienes participan tácticamente para sentirse políticamente vivos y activos, y para producir una diferencia concreta e inmediata allí donde se encuentran.

Además de la lucha estratégica entre actores racionales por el poder, cualquier miembro ordinario de la comunidad política puede involucrarse en asuntos, practicar sus libertades, discutir nuevas ideas o dar lugar a la imaginación política. Son tácticas mucho más fluidas, opacas, no planificadas e impulsivas que las estrategias. Por eso, todo construccionismo gubernamental de largo plazo debe incorporar al incrementalismo –el avance paso a paso–, que combina acciones tácticas con una mirada estratégica para poder gestionar lo cotidiano y sus conflictividades.

La visión del devenir político de un gobierno no debe estar tan guiada por la actualidad de los hechos sino por la narrativa del mito. Es la “metapolítica”, el “núcleo”, lo que permanece más rígido, con menor variabilidad, lo que no quiere decir inmutable. Así como el ciudadano integra las noticias del día a día con su narrativa vital, el gobernante debería poder integrar, en términos de sentido, las acciones cotidianas con el ciclo largo que constituye su rumbo.

En consecuencia, el mito de gobierno se constituye como un “meta relato” compuesto por una ideología y un núcleo de valores que orientan, y por una praxis cotidiana que activa transformaciones en una constante interacción entre la ciudadanía y sus representantes. Lejos de ser lineal, es producto de marchas y contramarchas que le permiten recrear permanentemente su fuerza y vincular a la comunidad política en torno a un sentido común compartido.

¿Es un puro acto comunicativo que toma forma de narrativa ordenada? No. Pero la faz comunicativa siempre está presente, porque es el modo en que lo político se deja ver; y no sólo por la esencia comunicable de lo político, sino por actos comunicativos deliberados y ejecutados a tal fin. Una narrativa ordenada le es inherente, pero no suficiente. Es una herramienta de comunicación simbólica “que debe ser de uso regular y constante en la construcción de sentido social y político” para la existencia y el mantenimiento del consenso social y la legitimidad del gobierno.

El mito de gobierno no es propaganda hacia abajo; es propuesta de horizonte hecha de tal modo que el destinatario pueda apropiársela y usarla en su condición ciudadana. Implica una especie de modestia narrativa: el mito no explica todo, sino que ofrece marcos para que la gente común los complete con su propia experiencia. La comunicación no es accesoria al gobierno, sino constitutiva: un gobierno solo puede gobernar entrando en relaciones comunicativas con sus miembros y entornos. Por eso el mito de gobierno –matriz narrativo-simbólica que produce consenso– no es optativo, sino una infraestructura que, lograda desde -y con- una gobernanza, incluirá conflictos y tensiones constantes.

La racionalidad comunicativa se refiere a los esfuerzos por transmitir la visión, misión y/o identidad de la organización a audiencias externas para influir en las percepciones. La reputación es un “constructo actitudinal, multidimensional que se construye socialmente en procesos continuos de comunicación y percepción predominantemente mediada entre el portador de la reputación y sus principales constituyentes”, según Diana Ingenhoff. Comunicar la visión de la organización pública desempeña un papel central en la formación de esas creencias.

Discursivamente es breve porque “no constituye un compendio de todas las políticas públicas y valores que lo sustentan” y tiene siempre una fuerte carga ideológica desde la cual se orientan los sentidos sociales que permitirán alcanzar y/o mantener el consenso y la legitimidad de un gobierno.

El mito de gobierno inicia con una referencia breve que representa el pasado y presente de un país (o región o ciudad), pero en conjunción con el devenir futuro, como modo de activar una sociedad para continuar o cambiar el rumbo de ese pasado. Su alcance persuasivo no es ilimitado: se circunscribe a lo verosímil, lo plausible y lo probable. Une el pasado y el futuro como un “ejercicio coherente de lo propuesto discursivamente como contrato de gestión en la faz electoral y la actualización de lo mejorable o aggiornable de ese contrato, una vez que se es gobierno”. Si en la campaña ese esbozo no está del todo presente, el mito puede configurarse después, aunque no deja de constituir una pérdida de chances para su futura existencia.

Los mitos de gobierno son una sucesión de imágenes, por lo que difícilmente se los pueda analizar fraccionados; si bien son polimorfos, tienen un carácter restringido y limitado en su creatividad. Producen “constelaciones mitológicas”, estructuradas en torno a un mismo tema y a un núcleo central donde, más allá de variantes e incluso de contradicciones aparentes, hay siempre remisión a los mismos símbolos, las mismas palabras.

Su complejidad va de la mano de su “naturaleza marcadamente multidimensional, más allá de los esfuerzos de simplificación. Siempre está abierto y nunca cerrado, por lo que de gestión a gestión, si perdura, puede sufrir variaciones, y ello obviamente está en su esencia”. No puede ser un lanzamiento aislado y lleva años en solidificarse. No se parte de cero: debe garantizar cierta continuidad de lo que se viene haciendo, aún en lógica correctiva, mejorativa o superadora. El mito es interaccional y difícilmente salga exclusivamente de la cabeza de un individuo aislado, pues las proposiciones se van estructurando como una creación social.

Para el mito, el nivel de aprobación de un gobierno será su propia fuerza de propagación: a alto consenso del gobernante, mitos que corren a favor del gobierno; a bajos consensos, mitos que se erosionan y corren en dirección opuesta; a consensos divididos, mitos que permanecen en disputa. De allí surgen las adjetivaciones dominantes de un gobierno: dinámico, moderno, corrupto, honesto, inoperante, clientelar, feudal, lento, duro, hegemónico. Si la adjetivación negativa fuese predominante, no se estaría en presencia de un mito de gobierno, o bien ante un mito que crujió y tiende a romperse. Muchas veces el origen de ese estado de cosas es la ausencia de un mito, o la poca interrelación entre el mito y las acciones incrementales, lo que habla de su fragilidad.

Otro riesgo está asociado al uso de ficciones, muchas veces necesarias como única materia prima para construir argumentos innovadores: son maneras de hacer más familiar lo nuevo. Las raíces constitucionales de los Estados, las políticas económicas o las teorías de relaciones internacionales son algunos de los innumerables ejemplos de ficciones. El problema es el abuso: cuando dejan de funcionar como marcos narrativos y atajos cognitivos que estructuran la acción política y se instalan como promesas inalcanzables. Esto suele confundirse con un mito de gobierno, pero no necesariamente lo es.

Un tercer riesgo es la amplificación o exageración de hechos o atributos que muchos tienen, pero que nadie comunica, apropiándose de una diferencia que en realidad no es tal. No se condena su uso cuando potencian valores que sirvan como motores en la búsqueda del consenso. Pero las exageraciones pueden presentarse como sobre simplificaciones y motivar lógicas binarias, dicotómicas, que obligan a ubicarse de un bando o del otro, propias de contextos polarizantes. Un mito, en cambio, siempre acarrea hechos objetivables: lo subjetivo existe, pero sus componentes objetivan su existencia –o no–.

Los componentes del mito de gobierno

La delimitación de sus componentes se vuelve, entonces, un paso esencial.

En la práctica, los componentes de un mito de gobierno no son compartimentos estancos sino que se entrelazan, dialogan entre sí. Aunque se inscribe en el campo político-comunicacional, el concepto se nutre de la ciencia política, la administración pública, la comunicación social, la lingüística, la sociología, la antropología, la filosofía, la psicología social, las relaciones públicas, la publicidad y el marketing.

Se presentan 9 componentes como guía para analizarlos en la praxis política mediante autoevaluación interna en cada organización pública, para recabar su percepción en la opinión pública y para investigarlos en la academia desde múltiples enfoques metodológicos.

Ellos son:

1. Apelación a lo pasado/sagrado. El mito rescata y ancla su narrativa en una matriz simbólica pre-discursiva que recupera el pasado para proyectar futuro y reconstituir el lazo comunitario. Esta apelación se observa mediante rescates comunicativos según su profundidad temporal (largo, intermedio, corto) y su valencia (por la positiva –continuidad, reinterpretación, síntesis– o por la negativa –ruptura, crítica, sustitución, contraste–).

2. Valoración del líder, confianza, gobierno y rumbo. La hiperpersonalización vuelve al liderazgo una encarnación heroica del núcleo simbólico, cuya imagen se fusiona con la del gobierno percibido como un todo (percibido desde su reputación). Se operacionaliza por estilos comunicacionales observables (apoyo, seguridad, precisión, expresividad, agresividad verbal, argumentatividad) y por las dimensiones reputacionales performativa, técnica, procedimental y moral.

3. Políticas públicas. Son el pilar material y tangible del mito –su “producto”–, decisivas en el tránsito de la fase carismática a la racional-burocrática. Se analizan según su jerarquía (núcleo/periferia) y como estrategia argumental a través del marco narrativo: estructura, valencia y causalidad de la trama.

4. Entramado institucional. Constituye una red dinámica de interacciones, articulaciones y disputas donde el mito se objetiva y trasciende en la organización del gobierno y el estado. Se operacionaliza según el grado de consolidación alcanzado en las tres etapas del ciclo: carismática-fundacional, burocrática-racional e institucionalización.

5. Ideología, valores y set lingüístico. Todo mito porta un pensamiento ideológico inseparable de un lenguaje propio, con signos e íconos que permiten identificarlo con rapidez. Cuando existe constituido, se lo distingue por sus valores, las funciones del discurso y un set lingüístico particular, relativamente autónomo respecto de otros proyectos de gobierno.

6. Victorias. Comprenden triunfos electorales, legislativos o resoluciones favorables de conflictos que renuevan pertenencia, orgullo, identidad y adhesión, funcionando como combustible del mito. Comprenden tanto los hitos extraordinarios como la acumulación de logros incrementales que, tratados estratégicamente, se instalan y son reconocidos socialmente como avances.

7. Actualizaciones. Como se trata de un dispositivo de largo plazo, el mito de gobierno debe recalibrarse sin perder su núcleo identitario, en tensión permanente entre coherencia sostenida y adaptación al cambio. Se operacionaliza por tipos de actualización: revisiones, autocríticas, cambios, bifurcaciones, giros pragmáticos y discursos hito.

8. Hitos y símbolos. Hacen a la dimensión simbólico-ritual del mito de gobierno, donde hitos, rituales, estéticas, marcas de estilo, branding y celebraciones lo anclan de sentido y producen comunidad. Operan como performances que jerarquizan la narrativa, movilizan emociones y consolidan identidad, con mayor fuerza en la fase de institucionalización.

9. Comunicación directa con la ciudadanía. Es la acción que busca proximidad e intercambio entre gobierno y sociedad, sin que ello garantice por sí misma un vínculo democrático de calidad (la proximidad puede despolitizar). Se operacionaliza por sus soportes –medios públicos e instalación de agenda, redes digitales, actos y movilización, voceros y gestión de agenda, segmentación de públicos– y por las tácticas push, pull y networking.

☛ Título

El mito de gobierno

☛ Autor

Mario Riorda

☛ Editorial

Eudeba. UNC editorial

☛ Edición

2026

☛ Páginas

196

Datos del autor

Mario Riorda es referente en comunicación de gobierno en América Latina.

Participó en una gran cantidad de provesos electorales a todo nivel ( presidencias, gobernaciones, alcaldías), y asesoró a más de ocheta gobiernos. Es profesor de Comunicación Gubernamental y de Crisis en la Escuela de Posgrados en Comunicación en la Universidad Austral y en universidades de América Latina, España y E.E. U. U.

Ha escrito, compilado y colaborado en diversos libros sobre comunicación política como La política del riesgo: construcción social, liderazgo y comunicación. Cualquiera tiene un plan hasta que te pegan en la cara. Aprender de las crisis y Comunicación gubernamental más 360 que nunca.