DOMINGO
LIBRO

Jura decir la verdad

La valentía de escuchar y condenar el horror.

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En La hermandad de los astronautas de editorial Sudamericana Ricardo Gil Lavedra, uno de los magistrados que tuvo el honor y desafío de juzgar a los comandantes de la dictadura, cuenta en primera persona cómo fue. | juan salatino

Con ese primer testimonio de una sobreviviente, sentí fehacientemente que se había abierto la caja de Pandora, esa que guardaba todos los males del universo. Y no me equivocaba. Luego de Adriana Calvo siguieron los testimonios sobre distintos centros de detención ubicados en la provincia de Buenos Aires, en dependencias policiales o militares: Arana, la Comisaría 5ª, El Banco, El Pozo de Quilmes, El Pozo de Banfield, Coti Martínez. Después seguirían centros clandestinos de Capital, como El Olimpo o Club Atlético.

Por Coti Martínez pasaron políticos, ex funcionarios, periodistas, empresarios y otras personas con “vínculos con el poder”. Fue donde estuvo, por ejemplo, el ex director de La Opinión Jacobo Timerman, quien en su testimonio identificó a Ramón Camps, el jefe de la Policía Bonaerense, y mencionó lo que también contarían otros sobrevivientes: que había médicos que participaban de las sesiones de torturas para chequear si las víctimas podían aguantar más tormentos. Durante el intercambio de preguntas con Timerman surgió una confusión propia del clima que se vivía. Guillermo tuvo un lapsus en una de las preguntas cuando dijo: “¿Tiene algo que agregar, señor Graiver?”. Los nervios nos jugaban esas malas pasadas. Timerman había sido socio, en La Opinión, de David Graiver, el empresario a quien se vinculaba con los fondos obtenidos por Montoneros en el secuestro de los hermanos Born y que había muerto en un accidente muy sospechoso en México, en agosto de 1976. Hubo risas nerviosas, incluso del propio Negro, que enseguida pidió disculpas. Timerman señaló:

—Fíjese qué cosa curiosa, señor presidente. Graiver sufrió persecuciones, cárceles, torturas, atentados contra su abogado. Recientemente un fallo judicial dice que nada afecta su buen nombre y honor y, sin embargo, el nombre Graiver suena más terrible que Suárez Mason, que es un asesino prófugo. 

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En efecto, Carlos Guillermo Suárez Mason, que había sido titular del Cuerpo I del Ejército y estuvo a cargo del centro clandestino conocido como El Olimpo, había huido del país en 1984 y vivía en San Francisco, donde permaneció cuatro años más hasta que fue extraditado. Timerman no dejó pasar la oportunidad de marcar esa contradicción en nuestra sociedad, que no sería la única.

Durante todo el juicio se sucedieron testimonios sumamente importantes. Muchos ya pasaron a formar parte de los recuerdos de los argentinos y componen nuestra historia de aquel juicio. Por ejemplo, los testimonios relacionados con La Noche de los Lápices: la declaración de Pablo Díaz resultó conmocionante, describiendo los padecimientos y las torturas a un grupo de adolescentes que solo habían pedido el boleto escolar, y cómo en esa situación dramática había espacio para enamorarse de una compañera, Claudia Falcone.

Algunos relatos se convirtieron en libros, otros en películas. Sería imposible mencionar todos. Pero me gustaría recordar en las páginas siguientes un puñado de ellos, una selección tal vez injusta, pero personal. Son los que más han quedado en mi memoria. 

Un caso que recuerdo siempre es el de los hermanos Mainer, Domingo Moncalvillo y Liliana Galarza, que estaban en la Unidad de Investigaciones de La Plata. Dio testimonio respecto de la suerte de ellos el cura Cristian Von Wernich, capellán de la Policía de la provincia de Buenos Aires, que dijo tener a cargo la asistencia espiritual de los detenidos. Con absoluto cinismo, aseguró ante el estrado que él mismo acompañó a los jóvenes hasta el vapor que tomaron para ir a Uruguay, y que desde el puerto los vio partir. Parecía el relato de una despedida cualquiera de parientes o amigos que se van de viaje. Arriba, en la platea, estaba Mona Moncalvillo, hermana de uno de los desaparecidos y que también dio testimonio; su rostro ante los dichos de Von Wernich trasmitía la indignación que le producían las mentiras del declarante. No solo ella se daba cuenta, seguramente muchos de los presentes, incluso nosotros, los seis camaristas, pensábamos que Von Wernich estaba mintiendo. Como a ella, también nos indignó su testimonio; alguno de los jueces pasó un papelito diciendo: “Qué hijo de puta el cura”. Esos chicos siguen, aún hoy, desaparecidos. 

Como dije antes, tomar testimonio no era un trámite sencillo: había testigos que sabían mucho, pero podía pasar que olvidaran cosas, que perdieran el hilo, que se pusieran nerviosos, que los perturbara subir al estrado. La tarea de los jueces era conducir de la mejor manera al testigo, intervenir para que avanzara, pero no tanto como para inhibirlo.

Mi debut en la presidencia fue con un testigo difícil: el primer día me tocó el expresidente de facto Alejandro Agustín Lanusse, que declaraba por el caso de Elena Holmberg, una diplomática secuestrada y asesinada –su cuerpo apareció en el río Luján–. Holmberg era pariente suya y, al parecer, ella conocía de los acuerdos de Massera con la cúpula de Montoneros, por lo que se ordenó su desaparición y muerte. Antes del juicio, Lanusse había sido muy crítico, en varias oportunidades, con la metodología utilizada en la represión. Yo sabía eso, había leído las declaraciones que había realizado en otros expedientes, y tenía que lograr que las repitiera frente al tribunal. En algún momento, Lanu-sse le había comentado a la esposa de Jacobo Timerman: “¿Qué se puede hacer con un Ejército en el cual los oficiales andan en coches robados en allanamientos y las familias de los oficiales toman el té en vajilla robada en los procedimientos?”. El desafío con ese testigo era que un expresidente de facto, militar de alto grado, que gozaba de prestigio dentro de su propia fuerza, aportara un testimonio que no pudieran objetar las defensas como teñido de “intención política”. En otra ocasión Lanusse había interpelado a los generales Omar Riveros (comandante de Institutos Militares durante la dictadura) y a Reynaldo Bignone (en ese entonces director del Colegio Militar) y les había dicho: “Hay procedimientos ordenados en el Colegio Militar en los cuales algunos oficiales ejecutores salen encapuchados y eso lo hacen pasando por la guardia donde hay cadetes. Y les pregunto a ustedes si esa es una forma de educar a los oficiales del futuro”. Lanusse también se había reunido con Massera para preguntar por Holmberg, y aquel culpó de su secuestro y ejecución a los otros dos miembros de la junta que integraba. Al momento de preparar mis preguntas yo tenía en cuenta todas estas cuestiones, pero también que Lanusse no dejaba de ser un general al que se le estaba pidiendo declarar contra sus colegas de armas. Al expresidente de facto se lo notaba muy incómodo, sabía que su testimonio podía perjudicar a sus colegas, por eso se mostró firme y plantado desde el primer momento, casi desafiante, quería tomar distancia del tribunal. Lo remarcó cuando me interrumpió mientras cumplíamos con el trámite de las generales de la ley, en que una de las preguntas es si es amigo, enemigo o tiene interés en la causa: 

—¿Por qué vuelve a preguntarme si voy a ser fiel en mis dichos? ¿Nadie se puede permitir creer que voy a decir la verdad? –se quejó.

Lanusse insistía en que no tenía por qué responder pues ya había jurado y tuve que explicarle con firmeza que se trataba de una formalidad legal. El diálogo fue un forcejeo. Cedí en mi ansiedad, traté de llevarlo de a poco. En un momento, me di cuenta de que había logrado vencer la resistencia inicial: Lanusse sacó un cigarrillo y le señalé que no podía fumar sin antes pedir autorización. Yo también marcaba el terreno. Se detuvo.

—¿Puedo fumar? –preguntó entonces. 

—Puede fumar –respondí, y agregué–: ¿Quiere un vaso de agua, también?

El testimonio de Lanusse terminó siendo valioso, mientras otros, de los que esperábamos más, no lo fueron. Por ejemplo, el de Arturo Frondizi, que también me tocó a mí tres días después. Y fue decepcionante, muy complaciente con los militares. Su hermano había sido asesinado y sus tres sobrinos estaban desaparecidos. Sin embargo, cuando el tribunal y las defensas le preguntamos sobre sus gestiones y averiguaciones, no aportó ningún dato y se limitó a decir que no guardaba rencores, que había que dejar todo atrás y que creía que lo esencial era reconstruir el país.

Ese mismo día, más tarde, Estela de Carlotto, la hoy presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, que tanto hizo por la aparición de niños apropiados, contó los detalles del secuestro y asesinato de su hija Laura, la entrevista con Bignone, la entrega posterior del cadáver y la búsqueda incesante de su nieto, que felizmente hoy es un nieto recuperado.

Los testimonios de quienes habían estado en cautiverio eran muy extensos. Tenían mucha información y detalles desgarrantes, pero además existía una gran necesidad de descarga. Estaban frente a un tribunal que escuchaba sus padecimientos por vez primera, tenían la oportunidad de contar lo que llevaban en el pecho desde hacía mucho. Como no levantábamos la sesión hasta que no se hubiera agotado la lista de testigos, cualquiera fuese la hora, hubo muchos días en que la audiencia se prolongó hasta la madrugada. En una oportunidad llegamos casi hasta las seis de la mañana, quince horas de audiencia. Al día siguiente los defensores nos hicieron un fuerte planteo. Ya nos habían señalado que los testigos no podían declarar en buenas condiciones cuando transcurrían más de diez horas de audiencia. Ahora sostuvieron, con razón, que audiencias tan prolongadas afectaban el derecho de defensa. Decidimos organizar mejor la agenda, que no estaba preestablecida desde el primer día hasta el último, sino que se iba armando de acuerdo con la marcha de cada segmento del juicio. A medida que tuvimos más experiencia sobre los tipos de testimonios, empezamos a diseñar mejor esa agenda diaria, tratando de que no hubiera demasiados testigos de cautiverio la misma tarde, entremezclándolos con otros. Así conseguimos que las sesiones no se prolongaran más allá de las once de la noche. Hubo un momento en que, a pesar de su importancia, sentíamos alivio al comprobar que en la lista de la jornada no había testigos de cautiverio. O que había uno, a lo sumo dos. Pero no solo por el tiempo, sino porque lo que contaban era demoledor.

También había una buena cantidad de testigos en el exterior. Personas privadas de libertad y torturadas que luego habían sido liberadas y se fueron al extranjero. Sus testimonios eran muy valiosos. Algunos declararon por exhorto internacional, pero otros estaban dispuestos a viajar y presentarse ante el tribunal. Recuerdo que Leandro Despouy, como dije antes, director de Derechos Humanos de Cancillería, se ocupó de gestionarles el regreso. Según me contó él posteriormente, en varios casos el dinero para los pasajes fue facilitado por el mismo presidente Alfonsín, de gastos reservados de Presidencia de la Nación. Por supuesto, las defensas protestaban y pedían que se averiguara cómo habían viajado los testigos. No les hicimos lugar, era inconducente.

Al mes de iniciado el juicio, escuchamos el testimonio más largo hasta ese momento, el de Mario Villani, un licenciado en Física que había estado nada menos que en cinco centros clandestinos (Club Atlético, Olimpo, El Banco, El Pozo de Quilmes y Escuela de Mecánica de la Armada). Villani habló durante tres horas y media, mencionó detenidos y torturadores, recordó nombres y apodos, contó todo en detalle. Los testigos no tenían permitido llevar un ayudamemoria a la sala ni presentar una lista como prueba. Todo dependía de lo que recordaran en ese momento. Y la memoria de Villani era impecable. En su testimonio hubo de esos detalles que quedaron entre los más recordados por inesperados e impresionantes. Por ejemplo, cuando contó que en El Banco le pidieron que arreglara una picana. Primero se negó a hacerlo, pero cuando advirtió las marcas que dejaban las que estaban usando los carceleros, la terminó reparando para ponerle un voltaje menor. Su relato, y no solo el suyo, reveló también cómo muchos sobrevivientes habían sido perseguidos hasta bien entrada la democracia: en julio de 1984, todavía lo llamaba por teléfono un “encargado de la vigilancia de liberados” de la ESMA.

Tal vez por mi profesión, no me olvido del testimonio de Marta García, viuda de Candeloro. Ella relató lo que se conoció como La Noche de las Corbatas, el día que en Mar del Plata secuestraron a un grupo de abogados laboralistas que defendían gremialistas y trabajadores. El apodo de “corbatas” se lo pusieron los mismos secuestradores, porque así llegaron vestidos al centro clandestino La Cueva; los encerraron en los sótanos de la base aérea de Mar del Plata, debajo del radar. Allí estaba esa noche Marta, que había sido secuestrada con su marido dos meses antes; él había muerto en medio de una sesión de tortura, ella había oído sus gritos, hasta uno último, desgarrador, y luego el silencio. Muchos de esos abogados de La Noche de las Corbatas murieron también ahí mismo, en esos sótanos, por las tremendas torturas que recibieron. Sobrevivieron dos y el resto están desaparecidos. En honor a ellos se celebra el 7 de julio el Día del Abogado Laboralista.

Una situación particular se daba cuando los testigos se referían a alguno de los excomandantes como actores principales en el hecho relatado. Massera fue quien más aparecía en los testimonios de los sobrevivientes de la Escuela de Mecánica de la Armada. Iba al centro de detención, en una Navidad estuvo brindando con los detenidos, conversaba con familiares y después les echaba la culpa a otros. Pero no era el único que asistió a esos lugares. Cuando declaró Adriana Arce, detenida en la Fábrica Militar de Armas Portátiles de Rosario, contó una visita de Leopoldo Fortunato Galtieri, quien, después de presentarse como el comandante del II Cuerpo del Ejército, la interrogó y terminó con un: 

—Bueno, yo decido que usted viva, señora. Usted va a vivir. 

Este acto de Galtieri debería haber sido juzgado en un juicio posterior, porque lo hizo antes de ser comandante de las juntas. Nosotros no podíamos culparlo por esto, por mucho que nos indignara, porque el hecho no pertenecía a esta causa en la que juzgábamos su conducta como comandante en jefe y, por eso mismo, la fiscalía no se lo imputaba. Estos casos representan cuestiones que pueden parecer injustas a los ojos de quien no conoce los detalles de un juicio tan peculiar como éste, pero nosotros como jueces debíamos respetar los límites del proceso. El relato del filósofo Claudio Tamburrini es otro de los que siempre recuerdo, me impresionó vivamente. Viajó desde Suecia, donde vivía, y se sumó a otros testimonios de los primeros días de junio, que fueron los que les dieron más trabajo a las defensas de los brigadieres de la Fuerza Aérea. Lo declarado por quienes habían estado cautivos en la Mansión Seré demostró que la Fuerza Aérea también estaba involucrada en la represión ilegal. El centro clandestino funcionó en una casona en Castelar, partido de Morón, en la provincia de Buenos Aires. El inmueble había sido propiedad de la municipalidad porteña y fue cedido a la fuerza comandada por Agosti por el intendente Osvaldo Cacciatore en noviembre de 1976. Tamburrini había logrado escapar de la Mansión Seré junto a Guillermo Marcelo Fernández, Daniel Russomanno y Carlos García, una historia que Adrián Caetano llevó al cine con la película Crónica de una fuga. Los testigos coincidieron en la descripción del lugar, en los métodos de tortura, en los carceleros y en los detalles de aquel escape: habían descubierto un tornillo flojo en la cama y que la ventana estaba atada con un cable de plancha. Podían entonces, con esos elementos, escapar. Todos escuchamos su testimonio atentos e impresionados mientras Tamburrini, con un tono muy pausado y reflexivo, hacía un relato apasionante de la fuga. Con el tornillo abrieron la ventana, luego anudaron las colchas de la cama y bajaron los cuatro, él con las esposas puestas porque no se las podía sacar. Llevaron con ellos el cable de la plancha para hacer un puente en algún vehículo, corrieron desnudos en medio de la noche. Uno de ellos, Guillermo Fernández, tardaba porque se quedó cuidando la puerta. Pasaban los minutos y nada. Cuando apareció le preguntaron el porqué de la demora, respondió que se tomó el tiempo de escribir en la pared un “Gracias, Lucas” irónico, el nombre con que se hacía llamar uno de sus carceleros. Cuando el mismo Fernández dio testimonio, describió física y psicológicamente a cada uno de esos carceleros de manera minuciosa y con humor: “Qué personaje grosero, el Tano”, “El Gordo andaba de pantaloncitos cortos y tomaba sol en la ventana”, “El Chiche tenía marcas de haber sufrido acné”. Tamburrini contó que cuando llegaron al primer vehículo trataron de hacer el puente, pero un vecino salió a una ventana y empezó a gritar “¡Ladrones, ladrones!”, entonces huyeron y dieron vuelta a la esquina. Allí encontraron un Fiat 600, pero no pudieron hacer puente porque el motor en ese auto estaba atrás. Se metieron en el jardín de una casa donde había un cordel con ropa tendida, de allí tomaron algunas camisas para cubrirse. Poco después, encontraron un Peugeot 504 pero Russomanno se dio cuenta de que se había olvidado el cable de la plancha en el Fiat 600. Hicieron el puente con las esposas; aunque el auto arrancó, se les paraba el motor. De imprevisto, Guillermo Fernández cruzó y tocó el timbre en una casa. El resto se escondió sin saber qué hacía. Fernández consiguió que una vecina le diera un pantalón porque le dijo que le habían robado. Le pidió también que llamara a su tío. La señora no tenía teléfono, pero además del pantalón le dio dinero para que se trasladara. Los otros se quedaron escondidos en un garaje sin saber qué estaba pasando. Un rato después, escucharon el sonido de helicópteros, los buscaban. La suerte hizo que empezara una tormenta torrencial y sus captores tuvieran que irse. 

—Seguimos escondidos hasta que sentimos el ruido de un auto, una voz, y Carlos García dice: “Pará, me parece que es mi papá” –siguió Tamburrini–. No le creímos, lo queríamos hacer callar y él insistía hasta que salió corriendo. Y sí, era su padre. Le había avisado Guillermo Fernández. 

—¿Me puede decir el nombre de la calle? –le preguntó Orgeira.

—No sé, señor defensor, no me detuve a leer le cartel –respondió Tamburrini.

Quizás este testimonio lo recuerdo tan minuciosamente porque tuvo un final feliz.

 

☛ Título: La hermandad de los astronautas

☛ Autor: Ricardo Gil Lavedra

☛ Editorial: Sudamericana

 

Datos sobre el autor 

Nació en la Ciudad de Buenos Aires, es abogado y tiene una larga trayectoria en el ámbito de su profesión, de la Justicia, de la política y de la academia.

Fue secretario letrado de la Suprema Corte de Justicia de la provincia de Buenos Aires y de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

Integró, como juez de la Cámara Federal Criminal de la Capital, el tribunal que juzgó a las juntas militares durante el año 1985.

Actualmente es profesor consulto de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires y presidente del Colegio Público de Abogados de la Capital Federal.