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DOMINGO / Una propuesta ideológica para el progresismo
domingo 25 noviembre, 2018

Manual de populismo

Viuda de Ernesto Laclau, junto a quien combatió la imagen negativa del concepto de populismo, Chantal Mouffe postula, en Por un populismo de izquierda, que la crisis de la hegemonía neoliberal ha abierto un “momento populista”, que equivale al regreso de la política y a la oportunidad de profundizar la democracia y que ofrece a la izquierda la alternativa de dar respuestas progresistas incluso a los reclamos populares (por orden, por seguridad) que solo parece reconocer la derecha.

Chantal Mouffe

Figuras. Cristina, Pabo Iglesias, Dilma Rousseff, Nicolás Maduro, Rafael Correa, Evo Morales y Bernie Sanders. Representantes de la izquierda populista. Foto: cedoc
domingo 25 noviembre, 2018

Este libro surge de mi convicción de que resulta imperioso para la izquierda comprender la naturaleza de la actual coyuntura y el desafío que representa el “momento populista”. Asistimos a una crisis de la formación hegemónica neoliberal, que abre la posibilidad de construir un orden más democrático. Para poder aprovechar esta oportunidad, es esencial entender la naturaleza de las transformaciones ocurridas durante los últimos treinta años y sus consecuencias para la política democrática.

Estoy persuadida de que numerosos partidos socialistas y socialdemócratas están desorientados porque se aferran a una concepción inadecuada de la política, cuya crítica ha sido el foco de mis reflexiones durante muchos años (...)

La crisis de 2008 puso en primer plano las contradicciones del modelo neoliberal, y hoy la formación hegemónica neoliberal es cuestionada por diversos movimientos antiestablishment, tanto de derecha como de izquierda. Pretendo analizar aquí esta nueva coyuntura, a la que denominaré “momento populista”.

El argumento central de este libro es que, para poder intervenir en la crisis hegemónica, es imprescindible establecer una frontera política, y que el populismo de izquierda –entendido como estrategia discursiva de construcción de la frontera política entre “el pueblo” y “la oligarquía”– es el tipo de política requerido para recuperar y profundizar la democracia. Cuando escribí En torno a lo político, propuse restablecer la frontera izquierda/derecha, pero ahora estoy convencida de que esa frontera, en su configuración tradicional, ya no es adecuada para articular una voluntad común que contenga la actual diversidad de demandas democráticas. El momento populista es la expresión de una serie de demandas heterogéneas que ya no pueden formularse solo en términos de intereses vinculados a categorías sociales determinadas. Además, en el capitalismo neoliberal han surgido nuevas formas de subordinación por fuera del proceso productivo que han dado lugar a demandas que ya no se corresponden con sectores sociales definidos en términos sociológicos o por su ubicación en la estructura social. Esas reivindicaciones –la defensa del ambiente, las luchas contra el sexismo, el racismo y otras formas de dominación– se han vuelto cada vez más importantes. Por esta razón, la frontera política debe construirse de un modo “populista” transversal. Sin embargo, también argumentaré que la dimensión “populista” no basta para especificar el tipo de política que la actual coyuntura requiere. Este tipo de política debe calificarse como populismo “de izquierda”, para dejar en claro cuáles son los valores que persigue. La estrategia populista de izquierda se hace eco de las aspiraciones de muchas personas porque reconoce el papel crucial que juega el discurso democrático en el imaginario político de nuestras sociedades y porque establece –en torno a la democracia como significante hegemónico– una cadena de equivalencia entre las diversas luchas contra la subordinación. A mi entender, en los próximos años el eje central del conflicto político estará entre el populismo de izquierda y el populismo de derecha.

Por consiguiente, solo mediante la construcción de un “pueblo” –una voluntad colectiva que resulte de la movilización de los afectos comunes en defensa de la igualdad y la justicia social– podremos combatir las políticas xenófobas que promueve el populismo de derecha (...).

 

Al analizar la coyuntura actual en Europa occidental, postulé que estamos atravesando un “momento populista”. Esto constituye la expresión de las resistencias contra la condición posdemocrática generada como resultado de treinta años de hegemonía neoliberal.

Hoy esta hegemonía ha entrado en crisis, lo cual ofrece una inmejorable oportunidad para establecer una nueva formación hegemónica. Esta nueva formación hegemónica podrá ser más autoritaria o más democrática, según cómo se articulen esas resistencias y el tipo de política utilizada para desafiar al neoliberalismo.

Todo dependerá del registro discursivo y afectivo que asignará sentido a las diversas demandas democráticas que caracterizan a este “momento populista”. La posibilidad de implementar prácticas contrahegemónicas para poner fin al consenso pospolítico exige la construcción de una frontera política. De conformidad con la estrategia populista de izquierda, esta frontera debería construirse de un modo “populista”, oponiendo el “pueblo” a la “oligarquía”, una confrontación en la que el “pueblo” se constituye mediante la articulación de una variedad de demandas democráticas. Este “pueblo” no debe entenderse como un referente empírico o una categoría sociológica. Es una construcción discursiva, resultado de una “cadena de equivalencia” entre demandas heterogéneas, cuya unidad está asegurada por la identificación con una concepción democrática radical de ciudadanía y una oposición común a la oligarquía –es decir, a las fuerzas que impiden estructuralmente la realización del proyecto democrático–.

He subrayado el hecho de que el objetivo de la estrategia populista de izquierda no es establecer un “régimen populista”, sino construir un sujeto colectivo capaz de lanzar una ofensiva política para establecer una nueva formación hegemónica dentro del marco democrático liberal. Esta nueva formación hegemónica debería crear las condiciones necesarias para la recuperación y la profundización de la democracia, pero debemos recordar que este proceso seguirá diferentes modelos según los diversos contextos nacionales. Lo que propongo es una estrategia específica de construcción de la frontera política, y no un programa político por completo desarrollado.

Los partidos o movimientos que adopten una estrategia populista de izquierda pueden seguir diversas trayectorias; habrá diferencias entre ellos y no necesitan identificarse con ese nombre. Es en el nivel analítico donde podemos calificarlos como “populistas de izquierda”.

Es muy probable que esta estrategia populista de izquierda sea denunciada por aquellos sectores de la izquierda que insisten en reducir la política a la contradicción entre capital y trabajo y que atribuyen un privilegio ontológico a la clase obrera, a la que presentan como el único vehículo hacia la revolución socialista. Sin duda, percibirán esta propuesta como una rendición a la “ideología burguesa”. No tiene ningún sentido responder a esas críticas, que proceden de la concepción de la política contra la que dirijo mis argumentos.

Pero existen otras objeciones que vale la pena tomar en cuenta. Dada la connotación tan negativa del término “populismo” en Europa occidental, diversos sectores dudan de la conveniencia de utilizarlo para designar un tipo de política que sería aceptada con más facilidad bajo otro nombre. ¿Por qué denominarla populista? ¿Qué ventajas se obtienen con esto? Quisiera señalar que esta connotación negativa es específica del contexto europeo y que, como ya indiqué antes, responde al intento de los defensores del statu quo de descalificar a todas las fuerzas que cuestionan su afirmación de que no existe ninguna alternativa a la globalización neoliberal. Este rótulo de tintes peyorativos sirve para presentar a todos esos movimientos como un peligro para la democracia.

No obstante, en otros contextos, los “movimientos populistas” fueron percibidos de modo positivo, como el Partido del Pueblo surgido en los Estados Unidos en 1891, que –como explicó Michael Kazin en The Populist Persuasion– defendía políticas progresistas orientadas al fortalecimiento de la democracia. El Partido del Pueblo no duró mucho, es cierto, pero las políticas que reivindicaba fueron adoptadas por los liberales y ejercieron una fuerte influencia sobre el New Deal.

Pese al posterior surgimiento de una importante corriente de populismo de derecha en los Estados Unidos, el término se ha mantenido abierto a usos positivos, como podemos apreciar en el amplio reconocimiento a la política de Bernie Sanders, cuya estrategia es, sin duda, populista de izquierda.

Una vez concedido que el populismo puede proporcionar una estrategia política para fortalecer la democracia, podemos comenzar a vislumbrar la importancia que reviste la resignificación de este término de un modo positivo en la actual coyuntura de Europa occidental, con el objetivo de utilizarlo para designar la nueva forma de política contrahegemónica contra el orden neoliberal.

En este momento posdemocrático, cuando la recuperación y la radicalización de la democracia forman parte de la agenda, el populismo, al enfatizar el demos como dimensión esencial de la democracia, es particularmente adecuado para calificar la lógica política adaptada a la coyuntura. Entendido como una estrategia política que destaca la necesidad de trazar una frontera política entre el pueblo y la oligarquía, cuestiona la visión pospolítica que identifica democracia con consenso. Además, al referirse a la construcción de una voluntad colectiva entendida como una articulación de demandas democráticas, reconoce la necesidad de tomar en cuenta una diversidad de luchas heterogéneas, en vez de concebir el sujeto político colectivo exclusivamente en términos de “clase”.

Otro aspecto decisivo de la estrategia populista es su reconocimiento del rol que desempeña la dimensión afectiva en las formas políticas de identificación y la importancia de la movilización de los afectos comunes, un aspecto por lo general ausente en las formas tradicionales de la política de izquierda. Por todos estos motivos, es esencial adoptar una estrategia “populista” en la lucha por establecer una nueva formación hegemónica.

Pero ¿por qué denominarlo populismo “de izquierda”? La pregunta fue planteada por diversas personas que coinciden en la necesidad de promover una estrategia populista que apunte a la radicalización de la democracia, pero cuestionan la conveniencia de calificarla como “de izquierda”. Algunos proponen hablar de populismo “democrático”; otros, de populismo “progresista” o de populismo “humanista”. En general, se exponen dos motivos para rechazar el uso del término populismo “de izquierda”. El primero es que, con la conversión al neoliberalismo de los partidos socialdemócratas –a menudo identificados con “la izquierda”–, el significante “izquierda” ha quedado desacreditado y perdido toda connotación progresista. Y como no quieren ser identificados con el otro tipo de izquierda –el que afirma representar a la “verdadera” izquierda–, los defensores de la estrategia populista prefieren descartar ese rótulo. Comparto la preocupación de quienes desean destacar lo distintivo de la estrategia populista respecto de los dos significados corrientes de “izquierda”, pero creo que hablar de populismo de izquierda resulta suficiente para distinguirlo de la interpretación usual del término. También se aduce otro motivo para abandonar el término: que no refleja el carácter transversal de la estrategia populista. Se afirma que, en general, la “izquierda” expresa los intereses de sectores socioeconómicos específicos y desatiende demandas que, de acuerdo con la estrategia populista, deberían incluirse en la construcción de la voluntad colectiva. Esta objeción, a mi entender, es más sustancial. En realidad, cuando se la concibe desde una perspectiva sociológica como representante de los intereses de determinados grupos sociales, la noción de “izquierda” no resulta apropiada para calificar un “nosotros”, un “pueblo”, que es resultado de la articulación de demandas democráticas heterogéneas. La construcción de un “pueblo” de un modo transversal, con el objetivo de crear una mayoría popular independiente de filiaciones políticas previas, es lo que distingue la frontera política populista de la frontera tradicional entre izquierda y derecha.

En este sentido debería entenderse a los movimientos como Podemos, cuando afirman que no son “ni de izquierda ni de derecha”. No en el sentido de perseguir una política sin frontera, en la modalidad de la “tercera vía”, sino en el sentido de construir la frontera de un modo diferente. El problema es que esta posición, al no explicitar el modo partisano en que se construye el “pueblo”, opaca su orientación política.

Para evitar esta indeterminación política, me parece importante hablar de populismo “de izquierda” en referencia a otro sentido de “izquierda”, relacionado con su dimensión axiológica y que indica los valores que defiende: la igualdad y la justicia social. Es fundamental, a mi entender, preservar esta dimensión, a la que considero central, en la formulación de una estrategia populista que se proponga radicalizar la democracia. Cuando se reconoce que el “pueblo” puede ser construido de diferentes maneras, y que los partidos populistas de derecha también construyen un “pueblo”, es fundamental, por motivos eminentemente políticos, indicar qué tipo de pueblo se pretende construir. A pesar de todas las alegaciones sobre su obsolescencia, las metáforas de “la izquierda” y “la derecha” aún constituyen marcadores simbólicos claves en el discurso político en las sociedades europeas occidentales, por lo que no creo que sea acertado abandonarlas. Lo que sí resulta necesario es restaurar la naturaleza política de la confrontación y resignificar el sentido de la izquierda.

La distinción izquierda/derecha puede entenderse como escisión y simultáneamente como frontera. En estos tiempos pospolíticos, la diferencia entre izquierda y derecha suele concebirse en términos de una “escisión”–es decir, como un tipo de división que no es estructurada por un antagonismo sino que indica una mera diferencia de posición.

Así entendida, la distinción izquierda/ derecha no resulta adecuada para un proyecto de radicalización de la democracia. Esta diferencia se expresa de una manera propiamente política solo cuando se la concibe en términos de frontera, cuando indica la existencia de un antagonismo entre las posiciones respectivas y la imposibilidad de una “posición en el centro”. Considero que este “efecto frontera” es más difícil de transmitir mediante nociones como populismo “progresista” o “democrático”, y que el populismo “de izquierda” subraya la existencia de un antagonismo entre el pueblo y la oligarquía, sin el cual no podría formularse una estrategia hegemónica.

En vez de percibir el momento populista solo como una amenaza a la democracia, resulta apremiante entender que también ofrece una oportunidad para su radicalización.

Para aprovechar esta oportunidad, es vital reconocer que la política es partisana por naturaleza y requiere la construcción de una frontera entre “nosotros” y “ellos”. Solo mediante la restauración del carácter agonista de la democracia podremos movilizar los afectos y crear una voluntad colectiva orientada a la profundización de los ideales democráticos.

¿Tendrá éxito este proyecto? Es evidente que no existen garantías, pero sería un grave error desaprovechar la oportunidad que brinda la actual coyuntura.


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