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DOMINGO / LIBRO
domingo 2 agosto, 2020

Mi tío Donald, el psicópata

La mirada corrosiva de la sobrina del magnate.

Mary L. Trump

Mary L. Trump, hija de Fred, el hermano mayor del presidente de Estados Unidos, traza un perfil demoledor de su tío. Foto: juan salatino

Siempre me ha gustado mi apellido. Cuando era una niña, en las clases de vela, en los años 70, todo el mundo me llamaba Trump. Era un motivo de orgullo, no porque se asociara con poder y bienes raíces (en ese entonces mi familia era desconocida fuera de Brooklyn y Queens), sino porque me gustaba cómo sonaba y me hacía sentir; una niña fuerte de seis años, sin miedo a nada. En la década de los 80, cuando estaba en la universidad y mi tío Donald había empezado a poner el apellido en todos sus edificios en Manhattan, mis sentimientos respecto al nombre comenzaron a cambiar. Treinta años después, el 4 de abril de 2017, estaba en el tranquilo vagón de un tren Amtrak que se dirigía a Washington DC, para asistir a una cena familiar en la Casa Blanca. Diez días antes había recibido un correo electrónico invitándome a una celebración de cumpleaños en honor de mis tías Maryanne, que cumplía 80 años, y Elizabeth, que cumplía 75. Su hermano menor, Donald, venía ocupando el Despacho Oval desde enero. (…)

Tomé un taxi hasta el Hotel Trump International, en el que estaba invitada, junto a mi familia, a pasar una noche (…). 

Una hora más tarde, me encontré con mi hermano, Frederick Crist Trump III, a quien llamo Fritz desde que éramos niños, y con su esposa, Lisa. Pronto se nos unió el resto de nuestro grupo: mi tía Maryanne, la mayor de los cinco hijos de Fred y Mary Trump, y que fue una respetada jueza de la corte federal de apelaciones; mi tío Robert, el benjamín de la familia, que fue por poco tiempo uno de los empleados de Donald en Atlantic City antes de irse en malos términos a principios de los 90, junto a su novia; mi tía Elizabeth, la hija mediana de los Trump, con su marido, Jim; mi primo David Desmond (el único hijo de Maryanne y el mayor de los nietos Trump) con su esposa, y algunos de los amigos más cercanos de mis tías. El único de los hermanos Trump que no asistiría a la celebración era mi padre, Frederick Crist Trump, Jr., el hijo mayor, al que todos llamaban Freddy. Había muerto hacía más de 35 años. 

Cuando por fin estuvimos todos juntos, salimos del hotel donde nos esperaban los agentes de seguridad de la Casa Blanca, y luego nos subimos al azar en las dos furgonetas oficiales, como si fuésemos un equipo juvenil de lacrosse (…)

Una vez dentro de la Casa Blanca, caminamos de a dos o de a tres por los largos pasillos, pasando por las ventanas que dan a los jardines y al césped, y viendo las pinturas de tamaño natural de las antiguas primeras damas. Me detuve frente al retrato de Hillary Clinton y me quedé en silencio por un minuto. Me pregunté de nuevo cómo pudo haber sucedido esto. 

La Casa Blanca era elegante, grandiosa y majestuosa, y estaba a punto de ver a mi tío, el hombre que vivía allí, por primera vez en ocho años. Salimos de las sombras del pasillo hacia el pórtico que rodea el Jardín de Rosas y nos detuvimos fuera del Despacho Oval. 

A través de las puertas vidriera, pude ver que se estaba celebrando una reunión. El vicepresidente, Mike Pence, se hizo a un lado, pero el presidente de la Cámara, Paul Ryan, el senador Chuck Schumer y una docena de congresistas y empleados rodeaban a Donald, que estaba sentado detrás del escritorio presidencial. La escena me recordó una de las tácticas de mi abuelo: siempre hacía que quienes le tenían que pedir algo fueran a él, ya fuese en su oficina de Brooklyn o en su casa de Queens, y se quedaba sentado mientras ellos estaban de pie. 

Unos minutos más tarde, la reunión se acabó. 

Pasamos unos minutos más en el Despacho Oval, haciendo turnos para sentarnos detrás del escritorio presidencial. 

Donald se paró en la puerta, saludando a la gente cuando entraba. Yo fui una de las últimas en llegar. Aún no le había dicho hola, y cuando me vio me señaló con una mirada de sorpresa en su cara, y luego me dijo: “Pedí específicamente que estuvieras aquí”. Ese era el tipo de cosas que decía a menudo para encantar a la gente, y tenía el don de adaptar su comentario a la ocasión, lo que era aún más impresionante porque yo sabía que no era cierto. Abrió sus brazos, y luego, por primera vez en mi vida, me abrazó. 

Mientras se servía el postre, Robert se puso de pie con una copa de vino en la mano. 

—Es un gran honor estar aquí con el presidente de los Estados Unidos –dijo–. Gracias, Señor presidente, por permitirnos estar aquí para celebrar los cumpleaños de nuestras hermanas… 

Cuando le tocó el turno a Maryanne, dijo:

 —Quiero darte las gracias por organizar el viaje para celebrar nuestros cumpleaños. Hemos recorrido un largo camino desde aquella noche en que Freddy le tiró un tazón de puré de patatas a Donald por ser tan malcriado. 

Todos los que conocían la legendaria historia del puré de patatas se rieron, todos menos Donald, que escuchó con los brazos cruzados y el ceño fruncido, como lo hacía cada vez que Maryanne mencionaba la anécdota. Le molestó tanto como si aún fuese ese niño de 7 años. Claramente, aún sentía el aguijón de esa antigua humillación (…). 

 

Cuando Donald anunció su candidatura a la presidencia, el 16 de junio de 2015, no me lo tomé en serio. No creí que Donald se lo tomara en serio. Supuse que simplemente quería publicidad gratuita para su marca. Ya había hecho ese tipo de cosas antes. Cuando los números de sus encuestas comenzaron a subir y tal vez ya había recibido garantías tácitas del presidente ruso, Vladimir Putin, de que Rusia haría todo lo posible para inclinar la elección a su favor, el atractivo de ganar creció. 

—Es un payaso –dijo mi tía Maryanne durante uno de nuestros almuerzos habituales de entonces–. Eso nunca sucederá. 

Estuve de acuerdo. 

Hablamos de cómo su reputación como hombre de negocios fracasado y su apagada estrella de un reality show condenarían su carrera. 

—¿Alguien se cree esa mierda de que es un hombre hecho a sí mismo? ¿Qué ha logrado por sí mismo? –pregunté. 

Bueno –dijo Maryanne, tan seca como el Sahara–, ha conseguido irse a la bancarrota cinco veces. 

Cuando Donald empezó a abordar la crisis de los opiáceos, y a usar el historial de alcoholismo de mi padre para justificar su postura contra las adicciones para parecer más comprensivo, las dos nos enfadamos mucho. 

—Está usando la memoria de tu padre con fines políticos –dijo Maryanne– y eso es un pecado, sobre todo porque Freddy debería haber sido la estrella de la familia. 

Pensamos que el flagrante racismo mostrado durante el discurso del anuncio de la candidatura de Donald sería un lastre insuperable, pero esa idea se desvaneció cuando Jerry Falwell Jr. y otros evangelistas blancos empezaron a apoyarlo. 

Maryanne, una católica devota desde su conversión, cinco décadas antes, estaba indignada. 

—¿Qué demonios les pasa? –dijo–. La única vez que Donald ha ido a la iglesia ha sido cuando las cámaras estaban allí. Es alucinante. No tiene principios. ¡Ninguno! 

Nada de lo que Donald dijo durante la campaña, desde su desprecio a la secretaria del Estado, Hillary Clinton, posiblemente la candidata presidencial más calificada en la historia del país, como una “mujer desagradable”, hasta su burla a Serge Kovaleski, un reportero discapacitado del New York Times, se desvió de lo que se esperaba de él. De hecho, recordé todas las comidas familiares a las que había asistido durante las cuales Donald había hablado de todas las mujeres que consideraba feas y gordas o de los hombres, normalmente más hábiles o poderosos que él, a los que llamaba perdedores, mientras que mi abuelo, y Maryanne, Elizabeth y Robert, le festejaban las gracias. Ese tipo de deshumanización casual de la gente era común en la mesa de los Trump. Lo que me sorprendió fue que se saliera con la suya. 

Después consiguió que lo nominaran como candidato. Las cosas que yo había pensado que lo descalificarían solo parecían reforzar su atractivo para su base electoral. Todavía no estaba preocupada, estaba segura de que nunca podría ser elegido, pero la idea de que tuviera una oportunidad ya era desconcertante. 

A finales del verano de 2016, consideré la posibilidad de hablar sobre las distintas cosas por las cuales consideraba que Donald no estaba en absoluto cualificado. En ese entonces, había salido relativamente ileso de la Convención Nacional Republicana y de su llamamiento a la “gente de la Segunda Enmienda” para detener a Hillary Clinton. Incluso su ataque a Khizr y Ghazala Khan, padres modélicos cuyo hijo Humayun, un capitán del ejército de los EE.UU., había muerto en Irak, parecía no importar. Cuando la mayoría de los republicanos encuestados todavía lo apoyaban después de que se viera el video de Access Hollywood, supe que había tomado la decisión correcta de no hablar. 

Empecé a sentir que estaba viendo repetirse a gran escala la historia de mi familia, y el papel central de Donald en ella. Su competición en la carrera se llevaba a cabo con estándares más altos, como mi padre siempre lo había hecho, mientras que Donald continuaba saliéndose con la suya, e incluso era recompensado por un comportamiento cada vez más grosero, irresponsable y despreciable. “Esto no puede volver a suceder”, pensé. Pero así fue. 

Los medios de comunicación no se dieron cuenta de que ningún miembro de la familia de Donald, aparte de sus hijos, su yerno y su actual esposa, dijo una palabra de apoyo a él durante toda la campaña. Maryanne me dijo que tuvo suerte porque, como jueza federal, necesitaba mantener su objetividad. Ella podía haber sido la única persona en el país, dada su posición como hermana y su reputación profesional, que, si hubiera hablado de la incapacidad total de Donald para el cargo, podría haber marcado la diferencia. Pero ella tenía sus propios secretos que guardar, y no me sorprendió del todo cuando me dijo, después de las elecciones, que había votado a su hermano por “lealtad familiar”. 

Crecer en la familia Trump, particularmente como hija de Freddy, presentó ciertos desafíos. 

En cierto modo he sido extremadamente afortunada. Asistí a excelentes escuelas privadas y tuve la tranquilidad de un seguro médico de primera clase durante gran parte de mi vida. También había, sin embargo, una sensación de escasez que se aplicaba a todos nosotros, excepto a Donald. Después de la muerte de mi abuelo, en 1999, me enteré de que mi padre y su prole habían sido borrados del testamento como si el hijo mayor de Fred Trump nunca hubiera existido, y tuve que presentar una demanda judicial. Al final, llegué a la conclusión de que si hablaba públicamente de mi tío me pintarían como una sobrina descontenta y desheredada que buscaba fortuna o ajustar cuentas. 

Para entender lo que llevó a Donald –y a todos nosotros– a este punto, tenemos que empezar con mi abuelo y su propia necesidad de reconocimiento, una necesidad que lo impulsó a alentar la imprudente hipérbole de Donald y la inmerecida confianza que ocultaba las debilidades e inseguridades patológicas de Donald. 

A medida que Donald crecía, se vio obligado a convertirse en su propio animador, primero porque necesitaba que su padre creyera que era mejor hijo que Freddy; luego porque Fred se lo exigía; y finalmente porque empezó a creer en su propia grandeza, incluso un nivel muy profundo, que nadie más lo hacía. En el momento de la elección, Donald se enfrentó a cualquier desafío a su sentido de superioridad con ira. Su miedo y sus vulnerabilidades están tan efectivamente enterradas que ni siquiera tuvo que reconocer que existían. Y nunca lo haría.

En la década de 1970, después de que mi abuelo llevaba años prefiriendo y promoviendo a Donald, los medios de comunicación de Nueva York tomaron la batuta y comenzaron a difundir la grandeza sin fundamento de Donald. En la década de 1980, los bancos comenzaron a financiar sus empresas. El deseo de estos (y luego la necesidad) de fomentar las cada vez más infundadas afirmaciones de éxito de Donald se basaba en la esperanza de recuperar sus pérdidas. 

Después de una década durante la cual Donald se tambaleó arrastrado por las bancarrotas y quedó reducido a ser la fachada de una serie de productos fallidos, desde filetes hasta vodka, el productor de televisión Mark Burnett le dio otra oportunidad. En el programa El aprendiz se aprovechó de la imagen de Donald como el descarado y autodidacta negociador, un mito que había sido la creación de mi abuelo cinco décadas antes y que, sorprendentemente, considerando la vasta evidencia que lo refutaba, había sobrevivido en el nuevo milenio casi completamente inalterado. Para cuando Donald anunció su candidatura al Partido Republicano, en 2015, un porcentaje significativo de la población americana estaba preparada para creer en ese mito. 

Hasta hoy, las mentiras, tergiversaciones e invenciones que son la suma total de quién es mi tío, son perpetuadas por el Partido Republicano y los cristianos evangélicos blancos. Personas que deberían actuar de otra manera, como el líder de la mayoría del Senado, Mitch McConnell; verdaderos creyentes, como el representante Kevin McCarthy, el secretario de Estado Mike Pompeo, el fiscal general William Barr, y otros, demasiado numerosos para nombrarlos, se han convertido, queriendo o no, en cómplices de su perpetuación. 

Ninguno de los hermanos Trump salió ileso de la sociopatía de mi abuelo y de las enfermedades de mi abuela, tanto físicas como psicológicas, pero mi tío Donald y mi padre, Freddy, sufrieron más que el resto. Para tener una imagen completa de Donald, sus psicopatologías y el significado de su comportamiento disfuncional, necesitamos un historial familiar completo. En los últimos tres años, he visto cómo innumerables expertos, psicólogos de pacotilla y periodistas han seguido sin darse cuenta, usando frases como “narcisismo maligno” y “desorden de personalidad narcisista”, en un intento de dar sentido al comportamiento, a menudo bizarro y autodestructivo, de Donald. No tengo problemas en llamar narcisista a Donald ya que cumple con los nueve criterios del Manual de diagnóstico y estadística de los trastornos mentales (DSM-5), pero la etiqueta solo nos conduce hasta cierto lugar y no explica todo. Obtuve mi doctorado en Psicología Clínica en el Instituto Derner de Estudios Psicológicos Avanzados y, mientras investigaba para mi tesis, pasé un año trabajando en la sala de admisiones del Centro Psiquiátrico de Manhattan, una instalación estatal donde diagnosticamos, evaluamos y tratamos a algunos de los pacientes más enfermos y vulnerables... 

Esas experiencias me mostraron una y otra vez que el diagnóstico psicológico no existe en el vacío. ¿Donald tiene otros síntomas de los que no somos conscientes? ¿Hay otros desórdenes que puedan tener tanto o más poder explicativo? Tal vez. Se podría argumentar que también cumple con los criterios del trastorno de personalidad antisocial, que en su forma más severa se considera generalmente sociopatía, pero también puede referirse a la criminalidad crónica, a la arrogancia y al desprecio de los derechos de los demás. ¿Existe morbilidad asociada? Probablemente. Donald también puede cumplir algunos de los criterios del trastorno de personalidad dependiente, cuyas características incluyen la incapacidad de tomar decisiones o asumir responsabilidades, la incomodidad de estar solo y el hacer esfuerzos excesivos para obtener el apoyo de los demás. ¿Hay otros factores que deban considerarse? Absolutamente. Puede que tenga una larga discapacidad de aprendizaje no diagnosticada que durante décadas ha interferido con su capacidad de procesar información. Además, se alega que bebe más de doce Coca-Cola light al día, y que duerme muy poco. ¿Sufre de un trastorno del sueño inducido por una sustancia (en este caso la cafeína)? También lleva una dieta horrible y no hace ejercicio, lo que puede contribuir o exacerbar sus otros posibles trastornos. 

El hecho es que las patologías de Donald son tan complejas y sus comportamientos tan a menudo inexplicables que llegar a un diagnóstico preciso y completo requeriría de una batería completa de pruebas psicológicas y neuropsicológicas que nunca se producirá. En este punto, no podemos evaluar su funcionamiento diario porque está esencialmente institucionalizado en el ala oeste de la Casa Blanca. Donald ha estado institucionalizado, es decir habituado al régimen de vida de una institución, durante la mayor parte de su vida adulta, por lo que no hay manera de saber cómo prosperaría, o incluso sobreviviría, por su cuenta en el mundo real. 

Al final de la fiesta de cumpleaños de mis tías en 2017, mientras hacíamos cola para las fotos, pude ver que Donald ya estaba bajo un tipo de estrés que nunca había experimentado antes. A medida que las presiones sobre él han seguido aumentando en el curso de los últimos tres años, la disparidad entre el nivel de competencia requerido para dirigir un país y su incompetencia se ha ampliado, revelando sus delirios más claramente que antes. 

Muchos, pero de ninguna manera todos, han estado protegidos hasta ahora de los peores efectos de sus patologías gracias a una economía estable y la falta de crisis graves. Pero la pandemia descontrolada del Covid-19, la posibilidad de una depresión económica, la profundización de las divisiones sociales en el plano político, gracias a la tendencia de Donald a la división, y la devastadora incertidumbre sobre el futuro de nuestro país han creado una tormenta perfecta de catástrofes que nadie está menos preparado que mi tío para gestionar. Hacerlo requeriría coraje, fuerza de carácter, deferencia a los expertos y la confianza para asumir la responsabilidad y el rumbo correcto después de admitir los errores. Su tradicional habilidad para controlar situaciones desfavorables mintiendo, dando vueltas y ofuscándose ha disminuido hasta el punto de llegar a la total impotencia, en medio de las tragedias que enfrentamos actualmente. Su atroz y posiblemente intencional mal manejo de la actual catástrofe ha llevado a un nivel de retroceso y escrutinio que nunca antes había experimentado, aumentando su beligerancia y la necesidad de una pequeña venganza al retener fondos vitales, equipo de protección personal y respiradores a Estados cuyos gobernadores no le besan el trasero lo suficiente, a pesar de que los han pagado con sus impuestos… 

En medio de la obscena abundancia, tenemos a una persona usando todos los mecanismos del poder y aprovechando todas las ventajas existentes a su disposición, para beneficiarse a sí mismo y, condicionalmente, a su familia inmediata, sus compinches y sus aduladores; para el resto, nunca habría suficiente, que era exactamente la forma como mi abuelo dirigía nuestra familia. 

Es extraordinario que, a pesar de toda la atención y cobertura que Donald ha recibido en los últimos cincuenta años, haya sido sometido a tan poco escrutinio. Aunque sus defectos de carácter y su comportamiento aberrante han sido comentados y motivo de burlas, ha habido muy poco esfuerzo para entender, a pesar de su evidente falta de aptitud, no solo por qué se convirtió en lo que es, sino cómo ha fallado consistentemente... A diferencia de cualquier otra época de su vida, los defectos de Donald no pueden ser escondidos o ignorados porque nos amenazan a todos. 

Aunque mis tíos y tías puedan pensar lo contrario, no escribo este libro para ganar dinero o por un deseo de venganza. Si alguna de esas hubiera sido mi intención, habría escrito un libro sobre nuestra familia hace años, cuando no había forma de anticipar que Donald se aprovecharía de su reputación como empresario que sistemáticamente se va a la bancarrota, y presentador de un irrelevante reality show, para llegar a la Casa Blanca; en ese momento habría sido más seguro porque mi tío no estaba en posición de amenazar y poner en peligro a los denunciantes y críticos. Sin embargo, los acontecimientos de los últimos tres años me han obligado a ello, y ya no puedo permanecer en silencio. Para cuando se publique este libro, cientos de miles de vidas americanas habrán sido sacrificadas en el altar de la arrogancia y la ignorancia deliberada de Donald. Si se le concede un segundo mandato, sería el fin de la democracia americana. Nadie sabe cómo Donald llegó a ser quien es mejor que su propia familia. Desafortunadamente, casi todos permanecen en silencio por lealtad o miedo. Yo no me veo obstaculizada por ninguna de esas dos cosas. Además de los relatos de primera mano que puedo dar como hija de mi padre, y única sobrina de mi tío, tengo la perspectiva de una psicóloga clínica con experiencia. Siempre demasiado y nunca suficiente es la historia de la familia actual más visible y poderosa del mundo. Y soy el único miembro de los Trump que está dispuesto a contarla.

 

☛ Título “Siempre demasiado y nunca suficiente. Cómo mi familia creó al hombre más peligroso del mundo”

☛ Autora Mary L. Trump

☛ Editorial Indicios 

 

Datos sobre la autora

Mary L. Trump tiene un doctorado del Derner Institute of Advanced Psychological Studies. 

Ha impartido cursos superiores sobre trauma, psicopatología y psicología del desarrollo. 

Vive con su hija en Nueva York.

Es psicóloga clínica e hija de Fred Junior, el hermano mayor del presidente de Estados Unidos, que murió en 1981, a los 43 años, luego de luchar mucho tiempo contra el alcoholismo.


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