martes 05 de julio de 2022
DOMINGO LIBRO

Militancia del pasado

La historia kirchnerista de Cristina.

29-05-2022 04:26

He elegido la historia antes de que ellos me declaren absuelta. A mí me absolvió la historia y me va a absolver la historia. Y a ustedes, seguramente, los va a condenar la historia.” Tribunales federales, 2 de diciembre de 2019. Acusada de asociación ilícita y administración fraudulenta, Cristina Fernández de Kirchner cierra una declaración de más de tres horas ante la justicia. 

Vestida de blanco, denuncia el “lawfare” y se niega a responder a preguntas de las partes. “¿Preguntas? Preguntas tendrían que contestar ustedes, no yo. Gracias.” Falta apenas una semana para que asuma como vicepresidenta de Alberto Fernández, el candidato triunfante al que ella misma ungió para las elecciones del 27 de octubre. Es la primera vez que un ex mandatario regresa para ocupar la vicepresidencia.

El cierre de la declaración condensa el imaginario de CFK respecto del vínculo entre pasado, política y justicia. Para Cristina no es el poder judicial el que la juzga. A ella la juzga la Historia, con mayúsculas; ese insondable tribunal que emite juicios morales sobre los actores de ayer y de hoy. Los jueces en el estrado también serán juzgados por esa Historia y ella quedará libre de cargos. Las grietas del presente se remontan al pasado para absolver a unos y condenar a otros. “A mí me absolvió la historia”. La sentencia de la acusada ya había sido emitida.

El uso intencionado de los tiempos verbales no pasa desapercibido para nadie. Los medios que cubren el juicio se ocupan de recordar a Fidel Castro, cuando en 1953, al concluir su alegato en el juicio por el asalto al Cuartel Moncada, proclamó: “La historia me absolverá”. La absolución, como la revolución, estaban en el porvenir. La ex presidenta, al igual que el líder cubano, transformó el juicio en un teatro abierto para dar un testimonio político. Sin embargo, reemplazó el uso del futuro por el pasado.

La absolución, en su caso, ya estaba consumada. ¿Cuándo se dio esa absolución? ¿Fue durante su presidencia o en las elecciones de 2019? La invocación luego se prolongaba, como una suerte de conjuro, hacia un mañana indefinido: “Y me va a absolver la historia, y a ustedes, seguramente, los va a condenar la historia”.

Una operación semejante tuvo lugar en abril de 2016, cuando el juez Claudio Bonadio, uno de los principales antagonistas de la ex presidenta en la arena judicial, la citó a indagatoria en la causa por la venta de dólar futuro. Aquel día lluvioso habló frente a una multitud que la esperaba afuera de Comodoro Py.

Fue su primera aparición pública tras haber dejado la presidencia cuatro meses antes. Los militantes cantaban “ooohh vamos a volver, a volver, vamos a volver” y “Cristina, Cristina, Cristina corazón, acá tenés los pibes para la liberación”. Ella saludaba y sonreía hasta que, luego de cuatro minutos, terminaron los cánticos y se inició el discurso con un diálogo entre la líder y los presentes: “Me pueden citar veinte veces más, me pueden meter presa, lo que no van a poder es hacerme callar”. El público respondía “nooooo” a cada frase. Inmediatamente después se remontó al pasado:

Reflexionemos juntos recordando la historia y verán que no es el único caso de una ex presidenta perseguida, al contrario […] déjenme contarles que el primer presidente perseguido fue Hipólito Yrigoyen cuando lo derrotaron en 1930 y luego le imputaron hechos de corrupción a granel […] En aquella oportunidad Yrigoyen encarnaba el movimiento nacional y popular […] Lo mismo pasó cuando derrotaron a Perón y Eva Perón […] Ni que hablar de lo que fue la proscripción y los decretos que prohibían decir Perón. Estoy segura que si pudieran prohibir la letra K del abecedario lo harían.

Allí proclamó que no necesitaba los fueros porque tenía “los fueros del pueblo, los que me dio el pueblo en dos elecciones consecutivas”. Para CFK había solo dos tribunales de justicia: la historia y el pueblo. Ambos inasibles, pero con una potencia política redentora.

De los 1592 discursos emitidos por CFK durante sus dos gestiones presidenciales, en el 51% hizo referencia al pasado, reciente o lejano. En ese lapso se crearon nuevos feriados, se abrieron museos, se produjeron programas televisivos de historia para niños y adultos, se inauguraron nuevos monumentos y se conmemoró públicamente el pasado en numerosas ocasiones.

La historia vino así a ocupar un lugar político central, y este libro se ocupa precisamente de eso: de explorar los usos políticos del pasado entre 2007 y 2015.

El liderazgo que CFK supo construir en esos años la coloca en un lugar excepcional en el derrotero histórico argentino. Fue la primera mujer en ser electa presidenta como primera en la fórmula y en conducir –no sin tensiones y fracturas– al heterogéneo movimiento peronista. En este sentido, las diferencias con María Estela Martínez de Perón son evidentes: su breve período a cargo del ejecutivo fue producto del poder delegado que le asignó su marido, Juan Domingo Perón, al colocarla como compañera de fórmula en 1973. Pero el lugar excepcional de Cristina se vincula además con el tema central de las siguientes páginas: fue, tal vez, la dirigente política que –al menos desde el siglo XX– hizo el uso más intensivo del pasado durante su gestión.

“Gobernar es historiar”, decía Juan Bautista Alberdi respecto a la presidencia de Bartolomé Mitre. La frase no podía ser más eficaz a la hora de ilustrar la gran empresa historiográfica que encaró el primer presidente de la República Argentina unificada y constructor del relato histórico de la nación que se estaba modelando en la segunda mitad del siglo XIX. Salvando las enormes distancias, CFK –sin aspirar a convertirse en historiadora– siguió al pie de la letra la consigna enunciada por Alberdi. A pesar de su declarada y póstuma rivalidad con la política y la narrativa desplegada por Mitre, la historia le permitió consolidar una identidad política kirchnerista, legitimar los cursos de acción desplegados durante su gobierno e intervenir en el lugar que ocuparía en la memoria de los argentinos.

La historia tenía una potencia política que debía ser explotada. Así lo expresó pocos días después de asumir como presidenta, en diciembre de 2007, al proponer “la reconstrucción de una nueva historia”. Este oxímoron –reconstruir algo nuevo– describe con nitidez la interpretación del pasado desplegada durante esos años como instrumento fundamental de la “batalla cultural”. ¿En qué consistió esa reescritura de la historia? ¿Qué nos puede decir de la forma en que el kirchnerismo pensó la política? ¿Con qué medios y formatos se buscó reconstruir el pasado?

Penetrar en las miradas de CFK sobre la historia es una vía de entrada para analizar sus miradas sobre la política. El argumento que recorre este libro es la confluencia de un uso político del pasado polarizador y una concepción de la política y su práctica basada en la radicalización del conflicto. Antagonizar en el presente y sobre el pasado convierte a la historia en un campo de batalla. La fórmula habilita a trazar las fronteras entre un “ellos” y un “nosotros”, entre el “pueblo” y sus enemigos, entre el naciente kirchnerismo y el resto del espectro político, en un arco temporal que remonta las disputas a pretéritos remotos y cercanos.

La historia funciona, a su vez, para justificar un rumbo hacia el futuro que se presenta como deseable, pero también inexorable: el punto de llegada es la inevitable redención del “pueblo”. Una filosofía de la historia para moldear la política.

Un repertorio hegeliano para que el pasado explique el presente y se proyecte en un porvenir conocido de antemano. Un porvenir que, según enunciaba la entonces presidenta, implicaba comprometerse en “una misma pelea que es la de revertir 200 años de frustraciones, de desencuentros, de fracasos”.

La memoria propia

Tres meses antes de las elecciones presidenciales convocadas para el 25 de octubre de 2015, CFK logró cumplir su propósito de observar, desde su despacho de la Casa Rosada, la monumental escultura de Juana Azurduy, patriota del Alto Perú que luchó en las guerras de independencia. La obra –donación del entonces presidente de Bolivia Evo Morales y realizada por el escultor Andrés Zerneri– vino a reemplazar la estatua de Cristóbal Colón, donada por la colectividad italiana en homenaje al primer centenario de la Revolución de Mayo, aunque fue inaugurada recién en 1921.

El monumento de Juana Azurduy, de 9 metros y 25 toneladas, fue colocado sobre una pirámide para que alcanzara los 15 metros de altura y pudiera ser visto desde el Salón de Mujeres Argentinas de la Casa de Gobierno. La representación de la heroína altoperuana tiene en su mano izquierda una espada que, según Zernini, es símbolo de liberación, y en su espalda se apoya un bebé sostenido por un aguayo, el clásico tejido artesanal andino. El proyecto de reemplazo comenzó en marzo de 2013, cuando se inició el complejo trabajo de remoción de la estatua de Colón, de 600 toneladas de mármol.

La decisión presidencial suscitó intensos debates en la opinión pública en los que intervinieron diversos actores, entre ellos la propia comunidad italiana, que reactualizaron las disputas por el pasado.

Como lugares de memoria, los monumentos son vehículos a través de los cuales se materializan ideales, mitos y símbolos y en su estética pueden reconocerse las formas en que una comunidad política es representada por los agentes a cargo de diseñarlos, crearlos y emplazarlos. El reemplazo de Cristóbal Colón por Juana Azurduy operaba como una metáfora de la búsqueda por sustituir una historia por otra. El navegante genovés evocaba un pasado de oprobio –el de la conquista y colonización española– en oposición a una heroína de la independencia que, según CFK, habría sido invisibilizada por la historia oficial. La entonces presidenta sostuvo que el reemplazo significaba “una descolonización no solo cultural sino también intelectual y materialmente”. Los emplazamientos de las dos estatuas apuntaron a simbolizar esta diferencia, según afirmó el propio escultor: “Ella estará mirando hacia el continente americano, no le dará la espalda. Es un contraste con la escultura de Colón que estaba en el lugar y que miraba al río”. Zerneri explicaba: “Juana es una escultura desobediente en un sentido estético, que está muy lejos de la belleza en los términos artísticos que nos ‘enseñó’ la escuela tradicional europea. Juana tiene las manos grandes, como las que se ven en la obra de los muralistas mexicanos; y no tiene una postura victoriana, sino agazapada, está como corriendo”. 

La interpretación del pasado asociada al Centenario y materializada en la estatua de Colón era suplantada por una representación afín a la identidad política kirchnerista anclada en el mito revolucionario. Era una suerte de americanización estética, contrapuesta a la escuela europea, que podía ser interpretada como un “homenaje a las mujeres que luchan por su liberación”, tal como sostuvo Evo Morales en su inauguración.

La sustitución de una visión del pasado por otra es, como se intentó demostrar hasta aquí, una operación de extrema simplificación. Sin embargo, es precisamente allí donde reside el “secreto de su seducción” y su poder amplificador en el plano ideológico. Cristina fue, en este sentido, una gran “predicadora de la historia”. Pero su batalla cultural no se limitó a la tarea de reemplazar la “historia falsificada” por la “verdadera historia”, a la que contribuyeron los viejos relatos revisionistas para resucitar enemigos fósiles e imaginarios. La apuesta política de Cristina fue más ambiciosa: construir una “memoria propia”.

La memoria del kirchnerismo.

Pocos meses después de las exitosas celebraciones bicentenarias, la inesperada muerte de NK fue, tal vez, el acontecimiento que marcó el “rito de pasaje” a esa memoria propia.

Sus funerales constituyeron la primera estación de ese rito, cumpliendo así –como ha demostrado Sandra Gayol al estudiar los funerales de Estado de comienzos del siglo XX– con el propósito de “transmitir unidad e identificación nacional a través de los restos del “gran hombre”. Javier Grosman fue el encargado de organizar el funeral, a partir de decisiones tomadas por la presidenta. El velatorio público se realizó en la Casa Rosada, rechazando el ofrecimiento del vicepresidente Cobos y de varios diputados de hacerlo en el Congreso, donde se habían velado los restos de Juan D. Perón en 1974 y por donde desfilaron más de 130.000 personas para despedirlo.

El féretro cerrado se ubicó en el Salón de los Patriotas Latinoamericanos. La invisibilidad del cadáver contrastaba, en el marco de una escenografía austera, con la centralidad de la figura de Cristina, vestida de negro, junto a sus hijos. El féretro, con los símbolos presidenciales –la bandera nacional, la banda y el bastón– se fue poblando, poco a poco, de otros símbolos: los pañuelos de las organizaciones de derechos humanos, rosarios, banderas de Racing, el casco amarillo de un operario, un poncho gaucho y diversos objetos y mensajes que dejaron miles de visitantes. En la Plaza de Mayo la militancia, en su vigilia, rompía con el habitual silencio que rodea los actos luctuosos y entonaba cánticos: “Néstor no se murió, vive en el pueblo, la puta madre que lo parió”, “Cristina corazón, acá tenés los pibes para la liberación”. El lema “fuerza Cristina” inundó las honras fúnebres de su marido.

A la muerte de Néstor le siguió una operación memorial que se plasmó en nuevas obras comenzando por su monumental mausoleo en la ciudad de Río Gallegos y el Centro Cultural Néstor Kirchner y en viejos espacios rebautizados con su nombre, desde plazas, calles y esculturas hasta estadios y hospitales.

Si hasta allí la invocación de NK en los discursos de Cristina había sido recurrente en pos de colocarlo como el iniciador del momento refundacional del país y del propio peronismo, a partir de su fallecimiento las citas se multiplicaron. El ex presidente pasaba así a ser parte del panteón nacional, pero sobre todo pasaba a ser el emblema de una memoria propia para el kirchnerismo.

En esa memoria, CFK excedía el papel de una líder de articulación que, retomando la clasificación de Stephen Skowronek, sucedía a un líder de reconstrucción. Su narrativa de ruptura con el pasado la convirtió en una verdadera “guerrera memorial” que supo dotar de agencia política a la historia.

Explicar el mundo desde el pasado para darle sentido al presente y al futuro fue casi una obsesión de Cristina duran te sus dos presidencias. Fue una forma de acción política que colocaba al enunciador en un lugar providencial que secularizaba el sistema de creencias. Cristina conocía las leyes y el sentido de la historia. Desde ese lugar no importaba el contenido asignado a la revolución, el rosismo, el peronismo o los enemigos del proyecto nacional-popular. Importaban, en todo caso, las pasiones que le dieron fuerza al discurso. La idea de una revolución inconclusa que colocó a la igualdad en el centro de un horizonte imaginario, hacía de la revolución del siglo XIX o de los setenta una cantera inagotable, alimentada “por la pasión de la igualdad que por definición no tiene un umbral de satisfacción”. La pasión democrática quedaba, pues, unida indefectiblemente a la igualdad y al componente popular que se apoyaba en la noción de democracia mayoritaria. Y la pasión nacionalista se inscribía en una larga genealogía que recuperaba o reinventaba tradiciones antiimperialistas para denunciar el complot de los enemigos de la nación.

Pero como vimos a lo largo del libro, el éxito que sin duda exhibió la matriz polarizadora en los usos políticos del pasado, vinculada a la estrategia política de radicalización del conflicto, fidelizó el núcleo duro de la memoria propia kirchnerista, a la vez que exigió silenciar, resignificar o negociar con ciertos pasados incómodos. La pasión federal que evocaba el rosismo no podía sino apoyarse en las lecturas interesadas y distorsionadas legadas por el revisionismo histórico. La pasión que despertaba el rechazo a los golpes militares obligaba a dotar de un carácter de excepción al golpe de 1943. La pasión por el deber de memoria y la reivindicación de los derechos humanos supuso silenciar el oscuro momento del tercer peronismo y negociar con relatos divergentes ante memorias incómodas como la de la guerra de Malvinas. Y la pasión peronista fue tal vez la que resultó más difícil de controlar: releer esa tradición sin romper con ella pero superándola en el presente kirchnerista tuvo sus costos en la arena política. Era, por cierto, la dimensión más sensible en la apuesta de una memoria propia y de una proyección partidaria con miras al futuro.

No obstante, de las sinuosas variaciones que fue sufriendo el vínculo entre peronismo y kirchnerismo, este último pudo capitalizar al máximo la erosión que el primero logró asestarle a la tradición liberal. Para CFK, el liberalismo era una tradición ajena al universo simbólico en el que se inscribían su gobierno y su partido, inclinados a adoptar los antagonismos propios de los populismos. En este sentido, Jesús Silva-Herzog Márquez ofrece una pista sugerente al afirmar que el populismo “tiene la habilidad de restituir una dimensión simbólica de la política a la que el liberalismo ha renunciado explícitamente”. ¿Qué significa para el autor restituir una dimensión simbólica de la política?

Significa que mientras el populismo emerge como un síntoma de los padecimientos democráticos en la era de plena secularización de la política, puede a la vez erigirse en una suerte de religión cívica capaz de reconfigurar los lazos entre la comunidad y el líder que viene a representarla. Y en esa línea afirma que “en el espejo del populismo puede verse el vacío liberal”.

Vista la cuestión desde este registro, la narrativa de redención de CFK, apoyada en una visión clara acerca de cuáles eran los “enemigos del pueblo” que detenían el avance de la historia, restituía la dimensión simbólica de la política. La misma se expresó en los rituales de las discordancias que atravesaron las representaciones del pasado y del presente. Sigue abierta, sin embargo, la pregunta acerca de los efectos que dichos usos del pasado pudieron tener en las adhesiones populares del kirchnerismo.

Para explicarlas sería necesario contemplar una serie de variables que escapan a los objetivos de este libro. En cualquier hipótesis, la decisión de dar o no un combate por la historia desde las gradas del poder tiene siempre consecuencias en el presente y en la imagen que los líderes políticos aspiran a dar de sí mismos y de la comunidad política que vienen a representar.

Tiene consecuencias, en suma, en los modos de pensar, dosificar y negociar la concepción de temporalidad en el plano de la historia y de la política.

Estas concepciones del tiempo histórico dan pie para una reflexión más general en torno a la relación entre construcción de memorias y horizontes de expectativas. ¿Cómo se articuló pasado, presente y futuro en determinado régimen memorial? Algunos autores han señalado que desde las últimas décadas del siglo XX las sociedades atraviesan una reconfiguración en la concepción del tiempo histórico signada por la crisis del futuro. El final de la experiencia socialista en Occidente estaría ilustrando ese punto de inflexión que habría llevado a una nueva forma de experimentar el tiempo, en la que el porvenir ya no funciona como guía para la acción8. François Hartog sostiene en este sentido que hemos asistido a un cambio en el régimen de historicidad y denomina “presentista” al régimen contemporáneo, en el que el presente ocupa un rol dominante por sobre el pasado y el futuro. Este cambio coincidió, según el autor, con el “boom de la memoria”. Su hipótesis plantea que la manera en que el presentismo se acerca al pasado es a través de una memoria que funciona como extensión del presente en el pasado pero sin mirar al futuro. La incertidumbre del porvenir tendría como contracara un vuelco hacia el pasado y la “ola memorial” –en palabras de Jacques Revel– se daría en sociedades que “ven su presente como incierto y el futuro como opaco”.

Si bien la noción de régimen de historicidad no supone, como afirma Hartog, una realidad dada o directamente observable, sino que se trata de un esquema construido por el historiador para captar las articulaciones entre pasado, presente y futuro en coyunturas de “crisis del tiempo”, cabe interrogarse sobre los modos en que tales coyunturas conformaron unidades de sentido en el caso aquí analizado.

El vínculo de alta intensidad trazado entre historia y política durante las dos presidencias de CFK y la recurrencia al pasado como una operación de memoria no estuvieron atravesados por una actitud vacilante con respecto al futuro, sino alentados por una idea prometedora del porvenir. La vocación refundacional de los gobiernos kirchneristas abría un horizonte de expectativas que poco lugar dejaba –o pretendía dejar– a la incertidumbre. Una muestra simbólica de este horizonte se exhibió en la escena descripta titulada El futuro, durante el desfile por los festejos del Bicentenario. La imagen que el kirchnerismo buscaba dejar impresa para el porvenir se condensaba en el gran globo transparente que, siguiendo el formato del simulacro, incluía a un grupo de niños con uniformes escolares, maestros y científicos.

Las vigilancias conmemorativas y las celebraciones bicentenarias estarían revelando –al menos en el plano de las iniciativas gubernamentales– cierta distancia con el postulado de un régimen de historicidad donde el presente domina u ocupa el lugar que otrora tuvo el futuro. Una distancia que abre la pregunta sobre si la referencia al porvenir es o no una dimensión necesaria para cualquier gobierno que aspira a inscribirse en un relato histórico o, en todo caso, abre la pregunta acerca de la posible asincronía que pueden experimentar sociedades que viven en regímenes presentistas frente a gobernantes y dirigentes políticos que persisten en sostener y sobrevivir en un régimen moderno donde la historia todavía ofrece un sentido hacia el cual marchar.

Lo cierto es que la expectativa de futuro que CFK alimentó con la reescritura de la historia no logró sortear el veredicto de la democracia mayoritaria en 2015. De allí en más, el Tribunal de la Historia se solapó con el Tribunal de Justicia y el pasado era invocado como absolución mientras el porvenir se  asomaba incierto para la memoria propia del kirchnerismo. No obstante, en la escena desplegada en los tribunales federales, cuando declaró que “he elegido la historia antes de que ellos me declaren absuelta”, Cristina expresó su convicción de que si es capaz de controlar su lugar en la historia es porque es capaz de controlar la interpretación de sus actos.

 

☛ Título: Cristina y la historia

☛ Autora:  Camila Perochena

☛ Editorial: Crítica
 

Datos de la autora 

Es doctora en Historia por la Universidad de Buenos Aires, magíster en Ciencia Política por la Universidad Torcuato Di Tella y profesora de Historia por la Universidad Nacional de Rosario.

Se desempeña como profesora investigadora en el Departamento de Estudios Históricos y Sociales de la UTDT.

Es cocreadora de los podcasts “La Banda Presidencial” y “Hay que pasar el invierno”. Lleva adelante un segmento de historia en el programa periodístico Odisea Argentina (La Nación+).

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