31 oct 2020
DOMINGO |LIBRO
domingo 18 octubre, 2020

Perder el poder y la vida

La muerte de Juan Duarte, otro misterio argentino.

Catalina de Elía

Juan Duarte, el hermano de Evita, apareció muerto con un tiro en la cabeza en 1953. ¿Suicidio? ¿Asesinato? Un enigma que resiste el paso del tiempo. Foto: juan salatino

Me acerqué a la historia de Juan Duarte, el hermano de Evita y secretario privado de Juan Domingo Perón, en 2014. Había comenzado una investigación preliminar para un informe televisivo sobre aspectos no explorados sobre su muerte. Lo hice con el vértigo propio de la televisión y en términos muy generales. Pero la historia me atrapó y el germen de este libro quedó presente en mí. Intuí desde ese momento algo que después pude corroborar. No existe evidencia concreta de que haya sido un suicidio, porque hay muchos interrogantes que no respondió la Justicia, y tampoco la Historia. Los enigmas alrededor de la muerte de Duarte permanecen firmes. 

El 9 de abril de 1953 encontraron a Duarte muerto de un disparo en la cabeza en su departamento, ubicado en Callao 1944, en Barrio Norte. 

Había pasado poco tiempo después de que Perón le pidiera su renuncia por sospechas de corrupción en un “negociado de las carnes”. 

Había pasado casi un año desde la muerte de Evita y, además de la previsible angustia provocada por esta pérdida, Juan Duarte había perdido a su principal protectora. El contexto político y económico también había cambiado. El gobierno de Perón atravesaba una crisis económica y la lucha contra la corrupción desviaba la atención del público. 

Militares cercanos a Perón iniciaron una investigación interna y citaron a Duarte a declarar el 9 de abril. Aunque sin nombrarlo, Perón le dedicó el día anterior (8 de abril) un duro discurso: 

“Cuando yo lo pueda comprobar, estén seguros de que van a la cárcel, así sea mi propio padre”. 

Su círculo íntimo lo había dejado afuera. La preocupación de su madre, Juana Ibarguren, debido a su estado de ánimo desde la muerte de Evita creció tras la renuncia forzada por el gobierno. 

Las primeras preguntas que me formulé fueron las ya recurridas en el momento del hecho: ¿se suicidó o lo asesinaron? Me llamaba la atención el silencio del peronismo, la Justicia, los medios y los libros de Historia. ¿Por qué la muerte de un hombre que tuvo tanto poder quedó a un costado? Casualidad o no, el caso fue utilizado para defender o para acusar a Perón, y las verdaderas causas de la muerte de Duarte fueron postergadas. 

En las fotos del primer gobierno peronista del Archivo General de la Nación (AGN) y de los diarios de la época (1946-1953), Juan Duarte aparece siempre detrás o a un costado de Perón, quien, como tantos dirigentes políticos, contaba con su círculo íntimo. Duarte era una de las principales espadas de ese grupo. 

Para averiguar qué pasó, pensé que la mejor fuente se encontraba en el expediente judicial y decidí rastrear ahí. No fue una labor sencilla. Cuando empecé la búsqueda, creía que había un registro de causas judiciales y que bastaba con conseguir una autorización, colocar un nombre en el buscador y obtener los documentos. Me equivoqué. Por eso, antes de regresar a Tribunales, decidí ir a una biblioteca. 

Hubo dos libros de la época que fueron mi punto de partida: La Justicia nacional resolvió el Caso Duarte, escrito por el primer juez que intervino, Raúl Pizarro Miguens, y Caso Duarte, de Aldo Luis Molinari, el capitán de fragata que presidió la Comisión 58 de la Policía Federal durante la Revolución Libertadora. En ambos figuraban el número de expediente y los nombres de los jueces y fiscales que habían intervenido. También había fragmentos del proceso, aunque eran verdades parciales y contrapuestas. Gracias a estos pude determinar que hubo tres expedientes. La ausencia de libros específicos sobre la muerte aumentó mi curiosidad. Los primeros textos estaban anclados en las miradas de los propios protagonistas de la historia. 

El primer expediente contiene la investigación en la escena del crimen en 1953, realizada por el juez Raúl Pizarro Miguens, quien esa misma mañana concluyó que “fue un suicidio”. 

El segundo es de 1955. Después del derrocamiento de Perón, durante la Revolución Libertadora, se formó una comisión investigadora a cargo de los capitales Molinari y Gandhi, en el intento de probar que Duarte había sido asesinado, que el gobierno de Perón había estado involucrado y que el juez Pizarro Miguens había formado parte de una supuesta maniobra de encubrimiento. 

El tercero estuvo a cargo del juez Julián Franklin Kent, quien, ya con Arturo Frondizi en el poder, avaló el suicidio que había sostenido su par Pizarro Miguens, a quien sobreseyó del supuesto encubrimiento de la muerte de Duarte. 

Tenía nuevas pistas para volver al edificio de los Tribunales ubicado en Talcahuano 550 de la ciudad de Buenos Aires. Con el número de los expedientes comencé un largo recorrido en la Justicia. En 2014 no había nada sobre la muerte de Duarte en el Archivo del Poder Judicial de la Nación. Tampoco en el AGN. Averigüé que el despacho del juez Julián Franklin Kent quedaba en el Palacio de Justicia. Era el Juzgado de Instrucción 4, Secretaría 113, y estaba a cargo del juez de instrucción Rodrigo Pagano Mata. 

Cuando me acerqué al juzgado, no estaban al tanto de la historia de Juan Duarte. Tampoco de que uno de los jueces del caso había trabajado allí. Sin embargo, todos los empleados mostraron muy buena predisposición y al cabo de unas semanas me avisaron que el expediente había aparecido en una caja fuerte. Esto me mostró que gran parte de la historia del hermano de Evita y secretario privado de Perón había permanecido más de cincuenta años olvidada allí, sin que nadie la reclamara. 

Este episodio quedó registrado en la nota que le envió el entonces titular del Juzgado 4, Rodrigo Pagano Mata, al director del Archivo General del Palacio de Justicia: 

“Buenos Aires, 5 de agosto de 2014 

Al Sr. Director del Archivo General del Palacio de Justicia: 

Tengo el agrado de dirigirme a Ud. en mi carácter de Juez interinamente a cargo del Juzgado Nacional en lo Criminal de Instrucción nro. 4, Secretaría nro. 113 a cargo de la Dra. Lorena Lamas, a fin de remitirle para su guarda y a los fines pertinentes el expediente nro. 28.789 caratulado “Pizarro Miguens Raúl A.” pidiendo que se deje a salvo la actuación que le cupo en el sumario del Juzgado a su cargo en la muerte de Juan Duarte”. 

Sin embargo, el expediente no estaba completo. Lo que se había encontrado era la investigación del juez de Instrucción en lo Penal Julián Franklin Kent, para investigar la autodenuncia de su par Pizarro Miguens con el propósito de limpiar su nombre. Encontré, contacté y consulté a los hijos de los jueces: me respondieron que ellos no tenían las partes del expediente que faltaban. 

En el informe televisivo publicado en 2014 me limité a reconstruir el perfil de Juan Duarte por medio de fuentes primarias y secundarias, y a preguntarme si lo habían matado o se mató. Sin embargo, mi curiosidad crecía. 

En 2018 retomé la investigación para mi tesis de Maestría en Periodismo. Mi hipótesis giró en torno al uso político de la muerte de Duarte y cómo la bruma judicial había contribuido a la confusión, la impunidad y el olvido. En este entonces llegué a la conclusión de que las tres intervenciones judiciales del caso permiten esbozar la existencia de un punto en común: la ausencia de franqueza en todos los actores. Sentí que con Duarte pasó lo que pasa tantas veces en nuestro país. Muchos conocen lo sucedido frente a algún hecho puntual, pero por distintas razones nadie quiere contarlo. 

Aún hoy es difícil hallar fuentes que se animen a decir todo sobre Duarte. Muchos eligen el silencio. Otros cuentan medias verdades o deslizan especulaciones difíciles de probar. Solo se sabe que Juan Duarte fue Juan Duarte. Se sabe que murió, que su muerte se usó y que el caso se manipuló. 

Cuando concluí la tesis quedaban pendientes muchas preguntas. Volví al Archivo General del Poder Judicial. Releí el expediente y, junto con el equipo del archivo, encontramos una bolsa de plástico verde que cambiaría el rumbo de mi investigación. 

Esa bolsa contenía 16 discos con grabaciones originales de las declaraciones testimoniales tomadas por la Comisión 58, entre el 29 de diciembre de 1955 y el 4 de enero de 1956, sobre la muerte de Juan Duarte. Esos registros también habían permanecido, junto con el expediente que había encontrado en 2014, durante más de cincuenta años en la caja fuerte del despacho del último juez a cargo de la causa. Gracias a esta investigación, habían pasado a ser parte del Archivo del Poder Judicial. De acuerdo con el expediente, fueron grabados 32 discos, de los cuales solo pudimos recuperar 16. 

Me prestaron un tocadiscos, que trasladé al archivo ubicado en el subsuelo del Palacio de Justicia, me puse auriculares y escuché el material histórico inédito revelado gracias a esta investigación. Eran las voces de los vecinos de Duarte, sus amigos y funcionarios del gobierno de Perón. Uno de los que más me sorprendieron fue Héctor Cámpora, que en 1953, además de ser el presidente de la Cámara de Diputados, era uno de los mejores amigos de Duarte. También escuché al primer juez Raúl Pizarro Miguens, a los agentes de policía que intervinieron en la escena del crimen, a los médicos forenses y a los empleados de Duarte. Por primera vez, los protagonistas de esta historia tenían voz. Los escuchaba contar qué pensaban que había pasado con el hermano de Evita y secretario privado de Perón. 

Con toda esta información, entrevisté –en off– a varias fuentes primarias que por primera vez se animaron a contarme su versión sobre esta historia. 

A la hora de contextualizar y comenzar a escribir este libro, elegí todos aquellos títulos que ofrecen una visión, una perspectiva para la reconstrucción de la vida cotidiana del poder y de la ciudadanía en aquellos años. Entre ellos, fueron particularmente útiles Mi hermana Evita, escrito por Erminda Duarte; Yo, Perón, del biógrafo Enrique Pavón Pereyra; Por defender la libertad, de Alberto Gainza Paz; Fanny Navarro o Un melodrama argentino, de César Maranghello y Andrés Insaurralde; Perón y su tiempo y El 45, de Félix Luna; El ciclo de la ilusión y el desencanto, de Pablo Gerchunoff y Lucas Llach; El ejército y la política en la Argentina, 1945-1962. de Robert Potash; Los años peronistas (1943-1955), de Juan Carlos Torre y La Libertadora: De Perón a Frondizi (1955- 1958), de María Sáenz Quesada, entre otros. 

Pero, insisto, toda esa bibliografía abordaba la cuestión desde ópticas diferentes y ninguna estaba centrada en la muerte de Juan Duarte. Si bien ello fue una limitación, también fue un estímulo que, entre otras cosas, me llevó a conseguir aquellos discos en los que nadie había reparado. 

Luego de todo este recorrido, tengo algunas certezas, mantengo muchas dudas y no resisto la tentación de comparar el devenir de la muerte de Juan Duarte con otras muertes paradigmáticas. Por ejemplo, la de Alberto Natalio Nisman. Más allá de las particularidades del caso, hay muchos puntos que acercan a los hechos. 

Ambos fueron personas públicas muy cercanas al gobierno de turno. Ambos murieron cuando se habían alejado del calor del poder. Ambos se aprestaban, antes de morir, a comparecer ante las autoridades para dar explicaciones vinculadas con su trabajo. Duarte debía presentarse ante una comisión formada por militares para aclarar supuestos hechos de corrupción. Nisman debía ir al Congreso porque los legisladores querían saber en qué pruebas estaba anclada su denuncia contra la entonces presidenta de la nación. Las escenas del crimen en los dos casos permanecen envueltas en sospechas de manipulación por parte de las fuerzas de seguridad. 

Además, ambas tuvieron la intervención de autoridades judiciales diferentes y en los dos casos se sospechó de la simpatía judicial con el Poder Ejecutivo. El juez Pizarro Miguens, la comisión investigadora de la Revolución Libertadora y el juez Franklin Kent para la causa de Duarte coinciden con tres gobiernos diferentes. El caso Nisman comenzó con la jueza Fabiana Palmaghini y la fiscal Viviana Fein y luego siguió con el juez federal Julián Ercolini y el fiscal Eduardo Taiano. En ambas causas la Justicia no explicó la muerte y las intervenciones judiciales tuvieron “verdades” diferentes según los gobiernos de turno. Así, para Pizarro Miguens Duarte se suicidó, para la Libertadora fue asesinado y para el juez Franklin Kent su colega Pizarro Miguens hizo un trabajo correcto. Para la dupla Palmaghini-Fein la investigación apuntaba a un suicidio y para Ercolini-Taiano era un homicidio. 

Mis certezas no son nuevas. De hecho, reafirmé mis intuiciones primeras, iniciales. El caso Duarte no fue investigado correctamente. Aparece surcado por la grieta peronismo versus antiperonismo. La investigación del juez Pizarro Miguens se inclina a un lado de la grieta y la que llevó adelante la Revolución Libertadora muestra prejuicios antiperonistas. En ninguno de los casos se investigó la muerte, pero todos dieron lugar al uso de la muerte. Después de leer y releer, de escuchar muchas veces los testimonios y de repasar mis apuntes, estoy segura de que Juan Duarte no se suicidó. 

Su deceso tiene, salvando las distancias, muchas semejanzas con la muerte de Alberto Nisman. Ambos murieron en su domicilio. En los dos casos se tejieron miles de versiones desde la propia escena del crimen. 

Ambos fueron hallados en condiciones similares: en su casa y muertos de un disparo en la cabeza. Ambos tuvieron una relación similar con el poder político, cercana en un momento y algo más distante después. Cerca de Duarte se halló una carta. Cerca de Nisman, dos denuncias, una incluía a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Las investigaciones en los dos casos fueron objeto de sospechas. En el primero, bajo la división político-social peronismo vs. antiperonismo. En el segundo, bajo la denominada “grieta” que concita sentimientos similares. Las dos investigaciones están sospechadas de manipulación. La de Duarte fue rehecha por autoridades administrativas de un gobierno de facto. La de Nisman se reconstruyó en un proceso complejo de explicar, porque la causa salió de las manos de la jueza original hacia las de un juez federal, que culminó con una resignificación del caso, que pasó así de sospecha de suicidio a homicidio. En ambos casos, la dirigencia política usó el expediente como un insumo para fines particulares. 

En fin, la enumeración de semejanzas podría ser infinita. Pero solo me interesa recalcar que el Estado argentino convive con la duda en casos de muertes de amigos o enemigos del poder político. Que por cierto no fue Juan Duarte la primera persona vinculada al poder político en el país que murió por decisión propia, ni tampoco Nisman. Sin embargo, el suicidio tiene el poder de despertar conjeturas y sospechas que la sola muerte no provoca. (…)

Aquel jueves 9 de abril de 1953 a las 7.30 Juan Domingo Perón ingresa a la Casa Rosada. Se dirige al Salón Blanco. Tiene que despedir a los soldados del Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín, que habían cumplido servicio de guardia y concluido su período de conscripción. En esta ocasión, pronuncia un breve discurso: 

“Quiero reafirmar ese honor con un apretón de manos que doy todos los años a cada uno de los soldados de aquí y entregarles un pequeño recuerdo para que sepan que en esta Casa siguen siendo los soldados de granaderos hombres de la casa, y que en cualquier oportunidad o circunstancia en que nosotros podamos ser útiles a cualquiera de ellos tendremos la inmensa satisfacción de serlo”. 

Acompañan a Perón en esta circunstancia el ministro de Ejército, general Franklin Lucero; el jefe de la Casa Militar, Jorge Balloffet, y el jefe del Regimiento de Granaderos, teniente y edecán aeronáutico, vicecomodoro Juan Carlos Villa. 

“Al despedirlos les deseo que la vuelta a la vida de civil les sea propicia. No olviden que tienen por delante, ustedes, todo el porvenir de una vida. Sean honrados, sean buenos y trabajen mucho, y con esas tres condiciones les aseguro que han de triunfar en la vida”. 

Después, una vez que terminó de hablar, el presidente le estrecha la mano a cada granadero y le entrega a cada uno “el pequeño recuerdo” prometido minutos antes. Que resulta ser una foto autografiada del propio líder del Partido Peronista. Cumplido el protocolo, se dirige con Balloffet a su despacho. 

A pocos metros de allí, un cruce de llamadas telefónicas cambia el rumbo del día: 

—Aquí Presidencia, secretaría privada –atiende el comandante Scotto Rosende. 

—¿Quién habla? –pregunta el que había llamado. 

—Comandante Scotto Rosende. ¿Qué desea?

—Habla Gullo –el peluquero de Juan Duarte se identifica 

solo por su apellido. 

—¿Quién? 

—Gullo... el valet del señor Juan. Quiero hablar urgente con alguien de allí, especialmente con Mollo, si está... 

—Un momento... 

Juan Adolfo Mollo, empleado de la secretaría privada de la Presidencia, recibe el llamado. 

—Habla Mollo, ¿qué pasó? 

—Lo peor que podía ocurrir... Juan se pegó un tiro –asegura Gullo. 

—¿Pero está muerto? 

—Creo que sí. 

El trágico mensaje se desparramará caliente como lava por la Casa de Gobierno. Para llegar, no muchos minutos después, a oídos de Perón. 

En otro sector de la Casa Rosada, en el despacho de Juan Duarte, también había sonado el teléfono. El jefe de la Policía Federal, Gamboa, atiende el llamado del ministro de Industria y Comercio, Amundarain. 

El día anterior, a las 19.30, Amundarain había estado con Duarte en su casa, y habían conversado a solas unos pocos minutos: “Hágame el favor de venirme a ver mañana a las 9”, le había pedido Duarte. 

La relación entre ellos era cordial pero estrictamente laboral. En calidad de secretario privado de la Presidencia, Duarte solía pedir información de carácter económico a Amundarain. Especialmente, en materia de abastecimiento y de precios, una preocupación central de Perón por aquellos días. Esta vez, sin embargo, no le había adelantado al ministro de Industria y Comercio cuál iba a ser el tema de la consulta. Fue algo poco habitual, porque ya para ese entonces Duarte había renunciado a su trabajo en el gobierno, a causa de la investigación iniciada en su contra por supuesta corrupción. 

A las 8.30 de la mañana del 9 de abril, el ministro de Industria regresa a Callao 1944. Gullo le abre la puerta y lo acompaña hasta la habitación. Después de varios llamados en la puerta sin obtener respuesta, ingresan al cuarto donde está el cadáver: 

“... en una posición rígida, en paños menores, arrodillado sobre la cama casi junto a la cabecera, del lado derecho, con los brazos flexionados y rodeado de una gran mancha de sangre que resalta sobre el fondo blanco de las sábanas”. 

Gullo llama a gritos al matrimonio de caseros, Nicolás Blas y Antonina. Les cuenta qué vio, se recompone y llama a Casa de Gobierno. 

Por su parte, Amundarain se escabulle. Llega lo más rápido que puede a su oficina en el Ministerio de Industria y Comercio, en la calle Sáenz Peña, y desde ahí llama por teléfono él también a Casa de Gobierno. El jefe de Policía Gamboa atiende su llamado. 

—¿Qué pasó señor Amundarain? 

—Duarte se suicidó. Estuve en su domicilio porque me había citado para hoy a las 9 de la mañana y me encontré con esta desgracia... 

—¿Qué es lo que vio? 

—Mi visión ha sido simplemente la de ver un hombre semiarrodillado en posición rígida. Estaba vestido en paños menores. Desde la puerta se veía perfectamente. 

Ambos interrumpen ahí su conversación. Cortan. En ese momento acierta a pasar por allí el comodoro Arturo Pons Vedoya. 

—Fíjese, comodoro, me dicen que se ha suicidado Duarte. 

—No puede ser –exclama Pons Vedoya, y sigue su camino quien muchos años después sería el piloto del avión que el 17 de noviembre de 1972 aterrizaría con Perón en la Argentina, poniendo fin a los años de exilio pasados desde 1955. 

Gamboa se comunica también telefónicamente con el despacho del secretario de Asuntos Políticos, Subiza, a quien considera “muy compinche” de Duarte. Le cuenta que “se suicidó”. 

—Hay que decirle al Presidente –sugiere Subiza. 

—Que vaya y le diga otro –sugiere Gamboa. 

La noticia corre sin ninguna demora por la Casa de Gobierno. El hermano de Evita ha muerto. Aun sin investigación oficial ni autopsia, todos repiten que se mató. 

El comandante Scotto Rosende, que junto con el general Bengoa investigó a Duarte por supuesta corrupción, recuerda: 

—Mientras Ballofet y Mollo daban la noticia al señor Presidente, que se encontraba reunido con el equipo militar y otros funcionarios, llegamos con el general Bengoa a la sala del edecán de servicio, donde permanecimos a la expectativa. Recuerdo que comentamos el peligro de que hubiese quedado herido, ya que sus amigos tratarían de convertirlo en víctima y evitar la prosecución del sumario. En esas circunstancias entró al salón el jefe de Policía, Gamboa, muy amigo de Juan Duarte, y se quedó conversando con nosotros. 

En el expediente no resulta clara la información sobre cómo se entera Perón. Pero sí está probado que, apenas enterado, el Presidente llama de inmediato a su jefe de Policía: 

—Vea, Gamboa, acabamos de tener esta noticia, ¿sabe algo más? 

—Nada más, señor, yo estoy sorprendido con esto. 

—Hágame un favor: hágase cargo de esto, que sea un procedimiento con discreción. Estas cosas generan alharaca. Vaya usted mismo para allá. 

—Cómo no, señor, ya voy para allá.

 

☛ Título Maten a Duarte

☛ Autora Catalina de Elía

☛ Editorial Planeta 

 

Datos de la autora

Es licenciada en Ciencia Política y Gobierno por la Universidad Torcuato Di Tella. Hizo una maestría en Políticas Públicas en Flacso y otra en Periodismo en la Universidad de San Andrés.

Actualmente conduce el programa diario Altavoz en la TV Pública, es columnista de judiciales y política en los medios de Grupo América y publica su newsletter Dos Justicias.

Junto con Federico Delgado, es autora de La cara injusta de la Justicia (2016), publicado por Paidós.


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