DOMINGO
LIBRO

Pocos ricos, muchos pobres | La desigualdad y la lucha de clases en el país

En ¿El 99% contra el 1%? Mariana Heredia propone entender y discutir las desigualdades desmontando las etiquetas que impiden pensarlas. Así, muestra que los ricos de hoy poco tienen que ver con las familias tradicionales, la oligarquía o la burguesía nacional, y que constituyen un grupo heterogéneo no siempre blindado ante la inestabilidad. Este libro es un aporte para conocer los poderes y las impotencias de las élites.

Perfil
. | CEDOC

La Argentina seguía enfrentando dificultades para sostener su crecimiento, los ingresos habían sufrido una larga caída y más de la mitad de los niños eran pobres. En este marco, la pandemia del covid-19 multiplicó las razones para acumular frustración. Para algunos, la furia se concentraba en las clases altas y la actitud de algunos de sus miembros contribuía a acicatear la indignación. Durante el verano de 2020 un grupo de rugbiers, un deporte cultivado por las familias tradicionales había asesinado a golpes a un joven de origen humilde. Poco más tarde, en medio de la crisis sanitaria y económica, algunas de las parejas más ricas del país se mostraban paseando por Miami o París mientras sus compatriotas tenían que cerrar comercios o cesar sus actividades para cumplir con el aislamiento. Otros argentinos se enfurecían contra los políticos y no faltaron incidentes para irritar el encono. Un disgusto generalizado estalló al comprobarse la distribución de vacunas a dirigentes y amigos del poder, mucho antes que al personal de salud o a la población de alto riesgo. Muchos volvieron a indignarse ante las fotos de una fiesta en la Casa de Gobierno, tomada en el mismo momento en que los ciudadanos tenían prohibido reunirse, incluso para velar a sus muertos. Y así podríamos seguir sumando anécdotas sobre la prepotencia, la desidia, el egoísmo de las minorías que concentran la riqueza y el poder.

Tan viejo como la desigualdad, este rencor se exacerba en momentos de ruina generalizada. Cada escándalo contribuye a reafirmar la oposición contra ellos, los privilegiados, los que siempre ganan y se ríen de nosotros. Aunque muchas veces celebren su fortuna y su poder, en circunstancias críticas los diarios, las redes sociales, hasta los programas de indiscreciones excitan la ira contra estos círculos que aparentan seguir como si nada mientras el mundo se desmorona. Renace entonces la oposición entre las élites y el resto. De un lado, los ricos y poderosos reducidos al egoísmo y la avidez. Del otro, las mayorías unidas en la fraternidad y la honradez de quienes sufren privaciones. Sobre este contraste, la indignación reserva al otro todos los pecados y le opone un nosotros unido en la virtud. Un mar de riqueza y poder distancia a la gente desvalida y a aquellos que serían los únicos artífices de su destino y del de todos los demás. ¿Quiénes son esos seres que acumulan riquezas, concentran ventajas y ejercen la dominación? ¿Dónde se sitúa la justa línea que nos separa? Tras explorar los múltiples esfuerzos de delimitación ensayados por la academia y la política, este libro se opone a la idea de contraste y ajenidad que les sirve de fundamento. Aunque sea menos evidente que en el pasado, las élites están lejos de haber roto amarras con el resto de la sociedad, y aproximarse a ellas nos revela que las demarcaciones taxativas son engañosas. Si las clases altas interesan es porque participan de desafíos que las trascienden, y esos desafíos involucran mucho más que a las minorías ubicadas en la cima. En naciones de alta movilidad social como la Argentina, un libro sobre las élites es también una reflexión sobre los modos en que se organiza y conduce la ambición. Todos los seres humanos nos relacionamos con la materialidad de este mundo, nos comprometemos en acciones con otros, cultivamos alguna reputación. Buscamos, en suma, con mayor o menor éxito y recato, conquistar solvencia económica, bienestar, autoridad y prestigio. Mientras los escándalos se suceden, un manto de silencio y confusión cubre los mecanismos que permiten acumular riqueza, poder y celebridad y que no solo los miembros de la élite conocen y cultivan. (…)

Tan viejo como la desigualdad, este rencor se exacerba en momentos de ruina generalizada

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

Las desigualdades sociales y el estallido de la sociedad

Ante sentimientos tan fuertes, es difícil para las ciencias sociales definir un referente y encontrar un término que no esté connotado. Oligarquía, alta sociedad, burguesía, clase alta, grandes empresarios, establishment, casta política, clase dominante, ricos se entremezclan sin mayores precisiones. Una forma de ordenar la discusión es partir de la noción más general y neutra, para ir calibrándola con el análisis. Si bien conviven dentro de las ciencias sociales diversas tradiciones, el concepto élite se ha ido afirmando a la hora de designar a las minorías que concentran riqueza y controlan los principales resortes de poder.

En los discursos públicos y políticos, los ricos y poderosos se erigen como el vértice al que remiten las desigualdades sociales contemporáneas. Ahora bien, como diría Erik Olin Wrigh (2007), “Si clase es la respuesta, ¿cuál es la pregunta?. Al señalar a los ricos o al 1% como el polo ventajado de “la” desigualdad social, con una frontera y una categorización válida de una vez y para siempre, presuponemos la existencia de un solo problema, una única escala de análisis y un grupo indivisible y exclusivo de responsables.

Aunque atractiva, esta visión monolítica dificulta la formulación de interrogantes más específicos, con problemas más acotados y más aprehensibles a la hora de resolverlos o, al menos, abordarlos. Para afinar la mirada, tres movimientos parecen necesarios: explicitar a qué principio nos referimos, a qué escala remite y qué tipo de recursos, posiciones y márgenes de influencia compromete.

La decisión de actuar juntos suele responder menos a la omnipotencia que a la debilidad

Durante la segunda posguerra, los estudios sociales se acostumbraron a asociar a la sociedad con la geometría de los Estados-nación, a las desigualdades con la puja distributiva por el excedente económico entre capital y trabajo, a la élite con la cúspide de la pirámide social donde se concentraba el poder económico, social y político.

No sorprende que date de este período uno de los libros clásicos sobre el tema: La élite del poder, de Wright Mills (1956). Su hipótesis fundamental subrayaba que la élite estadounidense estaba compuesta por los directivos de las grandes compañías industriales, los jefes de las Fuerzas Armadas y los principales dirigentes políticos.

Hoy como ayer, las élites son abrumadoramente masculinas. Son en su mayoría hombres quienes controlan los mayores capitales y también son ellos quienes ocupan las principales posiciones de poder. No obstante, como sugirió Nancy Fraser (2008), a la luz de los cambios ocurridos desde los años setenta, se hizo más difícil referenciarse en un solo vector de desigualdad, una sola escala y una única élite. Es probable que, orientados por objetivos distintos, los poderes económicos, sociales y políticos hayan acentuado sus lógicas y temporalidades específicas. También lo es que se hayan visto trastocados la composición, la cohesión y el poder de cada élite. (…)

Todopoderosas versus impotentes: ¿cuánto poder tienen las élites?

Los discursos más conspirativos tienden a conceder a las élites potestades providenciales o, al menos, eluden brindar precisiones sobre las facultades que les confieren. En el otro extremo, quienes minimizan su singularidad les imputan la misma responsabilidad que al resto de los mortales. Para profundizar el análisis, la propuesta no es solo vincularlas con su tiempo y reflexionar sobre la historicidad de sus recursos y posiciones, sino también esclarecer su influencia.

Considerar el poder de las élites equivale a explicitar tanto sus bordes como sus enredos con las instituciones y sujetos que contribuyen a reproducir u orientar el orden social. Tres preguntas parecen fundamentales: ¿quiénes son sujetos del poder atribuido a las élites? ¿Qué capacidad observamos en sus acciones? ¿Cómo ejercen su influencia?

La primera cuestión alude al depositario del poder asignado a las élites. Al hablar de la SRA, ¿nos referimos a los propietarios agropecuarios o a sus representantes? ¿A un productor ganadero de Brandsen dedicado a su negocio o a la cámara empresaria que se reúne con las autoridades? En términos más generales, ¿es menester referirse a la diversidad de miembros que desarrollan individualmente una actividad económica o a las organizaciones que los congregan y actúan en su nombre? La pregunta se formuló muchas veces en relación con las élites socioeconómicas, pero las herramientas propuestas para estudiarlas son susceptibles de extenderse a otros grupos. Sintetizando una larga tradición de inspiración marxista, Tasha Fairfield (2010a) propone diferenciar dos capacidades distintas. Por un lado, los poseedores de capital tienen un poder estructural derivado de su capacidad de adoptar decisiones descentralizadas que impactan sobre la sociedad. En efecto, la búsqueda individual de obtención de ganancias no solo compromete a los hombres de negocios: sus decisiones tienen consecuencias sobre la inversión, el crecimiento, el empleo. Por otro lado, las élites económicas están en condiciones de desarrollar un poder instrumental si actúan juntas, en la esfera pública y política, coordinando sus energías. Dentro del poder instrumental se incluye, por ejemplo, la formación de asociaciones, el diseño de programas de reforma, el tejido de lazos institucionales con funcionarios públicos. El pasaje de las acciones dispersas a las coordinadas involucra el desafío de la representación y, con ella, la potencialidad y los riesgos que suponen entidades y liderazgos capaces de autonomizarse e interpretar más o menos fielmente los intereses de sus bases.

En Brasil o Colombia, el desarrollo económico gestó ciudades y élites contrapuestas

Así, mientras el poder estructural o funcional se observa en todas las sociedades, las formas de movilización y representación varían. En la Argentina y en el mundo, la decisión de actuar juntos suele responder menos a la omnipotencia que a la debilidad. Las corporaciones empresarias empezaron a desarrollarse primero como respuesta a los reclamos de los trabajadores y más tarde como interlocutoras de autoridades que buscaban recortar sus prerrogativas.

Algo semejante puede plantearse en el caso de las asociaciones profesionales que se agrupan para defender sus intereses cuando ven menoscabadas sus atribuciones. Las élites políticas presentan particularidades. En la medida en que su función específica se justifica por la capacidad de agrupar y dirigir voluntades, la dispersión suele obedecer al debilitamiento de los valores y las propuestas programáticas. (…)

Los hombres del poder

Tanto en la Argentina como en el mundo, los años setenta instituyeron un quiebre. Las ciencias sociales documentaron, desde entonces, una transformación trascendental en los sectores populares. Los cambios laborales llevaron a cuestionar la existencia de un grupo relativamente homogéneo de asalariados y a desplegar nuevos nombres y estrategias para dar visibilidad y socorro a los más vulnerables. En la medida en que el pleno empleo, los puestos en relación de dependencia, el contrato formal de trabajo y los ingresos dignos dejaron de ser la norma (si es que alguna vez lo fueron en América Latina), la conclusión compartida es que la “clase trabajadora” presenta hoy una mayor diversidad que en la segunda posguerra.

Mirar la historia desde arriba o desde abajo convoca dos formas distintas de concebir los grupos sociales. Las primeras narraciones históricas privilegiaron el modo en que los grandes hombres contribuyeron a ganar batallas y fundar imperios. La experiencia del pueblo demoró mucho más en despertar atención. Recién entrado el siglo XIX, la historiografía se interesó en los diarios íntimos, los archivos parroquiales, la prensa obrera, donde habían dejado su huella seres ignotos, pero tan protagonistas del pasado como los generales o los príncipes. Con La historia desde abajo, de 1966, Edward Thompson sentó las bases de esta mirada atenta a la experiencia de los soldados, los campesinos, los trabajadores, a quienes se sumarían más tarde los estudios sobre las mujeres o los marginales.

Mientras tanto, la historia de las élites fue eclipsada por el análisis de procesos de larga duración; quienes siguieron analizándolas desplegaron una mirada más colectiva y humana de los grupos dirigentes.

El interés público, en cambio, persistió en la matriz de la historia política: el interés casi excluyente por los personajes excepcionales. Para los legos, siguió vigente lo que Fabio Lorenzi-Cioldi (2002) llamó "agregados" y "colecciones". "Agregados" cuando se analiza al pueblo, compuesto por seres indiferenciados, que se suman en decenas como palillos equivalentes. “Colecciones” de piezas únicas cuando se estudia a los dominantes, para celebrar su gloria o denunciar su poder. (…)

En la Argentina como en otros países de América Latina, podrían escogerse centenares de libros, documentos, películas, obras celebratorias y críticas de familias como los Braun Menéndez.

Allí, la historia familiar se entrelaza indisociablemente con la construcción de la nación. Las élites decimonónicas nos conducen a la colonización del territorio, la sumisión de las poblaciones nativas, la violencia hacia sus trabajadores, las relaciones estrechas con emisarios extranjeros, el proceso de racionalización contable, la connivencia con las autoridades, el esfuerzo por imitar a las aristocracias europeas.

No sorprende que perseveremos en creer que los Braun Menéndez son una muestra representativa de la élite socioeconómica argentina. La escuela, las huellas en la ciudad, los discursos políticos y los medios de comunicación insisten en que, si el país tiene una clase alta, es la que desciende de estas familias. Todavía hoy, los programas escolares siguen resaltando el rol señero de la generación del 80 (de 1880). Algunos apellidos que designan calles de Buenos Aires –Alvear, Anchorena, Bemberg, Mitre, Bullrich, Lynch, Iraola, Ocampo, Unzué evocan a la élite tradicional. También están el Palacio San Martín, el Teatro Colón, las bellas fachadas de la Recoleta que dan lustre y vigencia a su legado. No se acallan tampoco las reivindicaciones de las poblaciones nativas y el relato de las primeras huelgas reprimidas en sus estancias y galpones. Desde 1945 y ante cada crisis como la de 2008, el peronismo persiste en ligar el campo con esas viejas familias y a estas con la oligarquía.

La asociación entre élite tradicional y clase alta no está ausente de la literatura especializada: muchas veces estas palabras se utilizan como sinónimos y en singular. Es cierto que estos términos provienen de tradiciones distintas. La clase alta enraíza en la tradición marxista y se refiere a quienes acumulan las mayores riquezas. La élite remonta a los escritos de Maquiavelo y remite a quienes concentran los resortes del poder. La cuestión es que muchos observadores dan por sentada la unidad de los grandes empresarios y la confluencia entre riqueza e influencia política.

Estas interpretaciones se asientan en una referencia histórica. En Europa primero, con las monarquías, y luego en América, con la construcción de los Estados-nación, se consolidó un grupo de familias, ubicadas en una posición similar dentro del entramado productivo, con condiciones materiales parecidas, que compartían una comunidad de estilos de vida e intereses, capaces de organizarse y dirigir los destinos de sus países. Estos estratos habían logrado controlar recursos económicos clave y a partir de ellos afirmar su poder político y social. Como en la mayoría de las naciones antes de la revolución industrial, ese capital era la tierra, que se proyectaba en múltiples actividades extractivas y comerciales, y procuraba un tiempo para la cultura y la política solo reservado a las élites.

La historia de los Braun nos recuerda que la clase alta tradicional no existió desde siempre y requirió un orden que la respaldara y alcanzara cierta estabilidad. A diferencia de las noblezas o burguesías del viejo mundo, con siglos de preeminencia, o de las comunidades africanas o asiáticas donde siguen existiendo liderazgos tribales fuertes, en América hablar de élite es hablar de criollos de origen europeo. En la Argentina, la clase alta tradicional solo logró afirmarse después de décadas de guerra civil, en una sociedad nueva y móvil. Su conformación fue un proceso conflictivo y violento que terminó entronizando a las familias que dirigieron y se beneficiaron de la prosperidad de fines del siglo XIX.

En términos económicos, su predominio se asentó en la apropiación de grandes extensiones de tierra, de cuya propiedad excluyeron tanto a las poblaciones originarias como a la mayoría de los colonos que llegaron más tarde. Gino Germani señala que, hacia 1947, todavía el 80% de la extensión de la tierra explotada correspondía a unidades de más de mil hectáreas. Todos los estudios posteriores documentan esta concentración de la propiedad rural.

Pero este recurso no hubiera alcanzado sin dos alianzas cruciales. La primera fue aquella que Tulio Halperin Donghi (1990) denominó el orden neocolonial: un entramado de vínculos con Gran Bretaña que permitió que el país se insertara en la división internacional del trabajo como proveedor de carnes y cereales, mientras las inversiones y empréstitos ingleses ofrecían la infraestructura para que cumplieran ese rol. La segunda alianza, documentada por Natalio Botana (1998 [1974]), consistió en la construcción de acuerdos entre las autoridades nacionales y provinciales, cuyos linajes, en muchos casos, precedían al de las familias que terminaron organizando el Estado central.

En la medida en que los miembros de la clase alta argentina no tenían necesariamente origen colonial, lo que los unió fue la propiedad de un recurso estratégico (las tierras fértiles), la convergencia propiciada por una oportunidad externa extraordinaria (la demanda de carnes y cereales), la confluencia en un ideario liberal de civilización y un trabajo de educación en la honorabilidad en el que las asociaciones profesionales, los clubes, los colegios y los salones mundanos jugaron un rol fundamental. Como ilustran las dos primeras generaciones de la familia Braun, aunque existieran excepciones, los enlaces matrimoniales fueron cimentando la acumulación patrimonial, y no solo dentro de las élites.

La Argentina no presenta hasta aquí mayores singularidades en relación con otros países de la región, salvo la centralidad de Buenos Aires, la velocidad y magnitud de su progreso. En la mayoría de las naciones, la riqueza y el poder tendieron a entrelazarse y en América Latina lo hicieron en gran medida en manos de los criollos de mayor antigüedad en el continente y en torno al control de recursos naturales valorados internacionalmente. En algunos países como Brasil o Colombia, el desarrollo de distintas actividades económicas gestó ciudades y élites contrapuestas. En la Argentina, el proyecto autonomista de los porteños fue derrotado por la Confederación, y Buenos Aires tuvo que subordinarse a la nación. La ciudad puerto siguió detentando, no obstante, una importancia superlativa.

Aunque surgieron movimientos de arrendatarios contrarios al latifundio y organizaciones anarquistas y socialistas en los primeros talleres urbanos, el proceso de integración y ascenso social que acompañó la consolidación de esta élite reposó menos en la conflictividad gremial y la lucha política que en el crecimiento que conoció la población y la economía durante este período. Como retrata Germani, la Argentina pasó de albergar a casi dos millones de personas en 1870 a alcanzar nueve millones en 1920 y diecisiete millones en 1950. Su población se multiplicó nueve veces, en gran medida gracias a la llegada de extranjeros. El progreso apenas alcanzó a los trabajadores rurales y se concentró en las ciudades, beneficiando más a los inmigrantes que al pueblo criollo o nativo.

Entre 1890 y 1920, el 80% de los varones de 20 años y más que residían en la capital habían nacido en el exterior y, en Buenos Aires y el Litoral, la mitad de los miembros de los sectores medios eran extranjeros y de origen modesto. Cuando el crecimiento se reveló más precario y breve de lo esperado, se abrió un gran juicio contra la oligarquía. Anarquistas y socialistas negaron la vocación civilizatoria de la élite patricia, subrayando la explotación y la sangre inocente sobre la que reposaba su poder. Los partidos de masas movilizaron al electorado urbano para reclamar una mejor distribución de los frutos del progreso. La derecha nacionalista –muy especialmente los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta– la acusó de antipatriótica por no haber promovido la industrialización. El peronismo hizo converger todas esas críticas y popularizó el término usado para denostarla. Aunque es difícil precisar sus orígenes, la palabra garca es utilizada por la jerga popular argentina y uruguaya para designar a una persona que combina una extracción social alta con la tendencia a vivir de los demás o a estafarlos. Para algunos diccionarios, su etimología remite al final de la palabra oligarca; para otros, sería la versión invertida del término cagar (en el sentido de embaucar o engañar).