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DOMINGO / Los aliados imprescindibles en el Conurbano
domingo 20 agosto, 2017

Política y punteros

El jesuita Rodrigo Zarazaga coordinó una profunda y reveladora investigación, Conurbano infinito, sobre el gran Buenos Aires, un territorio complejo y por momentos inabarcable. En su aporte al libro, analiza el rol de los punteros ante la ausencia del Estado o de los partidos que, en realidad, advierte, no es así. Una realidad difícil de comprender, que las PASO han vuelto a poner sobre el tapete.

Rodrigo Zarazaga

Par. Esta gente que ayuda en los barrios tienen experiencia política y son consideradas por sus vecinos como uno más. Los conocen hace mucho y participan en las actividades como ollas populares, clubes de fútbol y centros de salud. Foto: anfibia. alfonso
domingo 20 agosto, 2017

En una villa del Conurbano, un puntero interrumpe la entrevista por los ladridos de sus tres perros y se levanta para atender a una anciana que aplaude frente a su casa. Quedo de espaldas a la puerta terminando un mate muy lavado. Escucho que la mujer explica que no tiene para comer. Su pedido es casi un llanto. El puntero regresa y toma de un rincón del espacio que oficia de comedor de su casa y, a la vez, de depósito partidario, una bolsa en la que, entre cinco o seis productos, se llegan a distinguir fideos y yerba. Se la entrega, la señora expresa todo su agradecimiento y se despide. “Siempre lo mismo, no tienen a nadie más a quien acudir”, dice el puntero y retomamos la charla. La escena me resulta familiar. En las cientos de entrevistas que mantuve con punteros, esta situación se repite. Alguien se acerca a pedir mercadería, remedios o chapas y el puntero aprovecha para señalar que es el único que contiene a los vecinos. Más novedoso en esta ocasión fue que, junto a las bolsas de comida, se podían distinguir también bolsas con pilas de boletas del Frente Renovador (FR); al tiempo que de la pared pendía, al lado de una foto de Evita, un póster de Mauricio Macri. Nuestro anfitrión había trabajado para el candidato a intendente del FR en 2015, pero como este no despegaba en intención de voto, el puntero se fue a Propuesta Republicana (PRO). Sin dejar de ser peronista, claro.

Esta historia típica del Conurbano ayuda a plantear dos preguntas que buscamos responder a continuación: quiénes son realmente los punteros y qué hacen por sus vecinos y por sus jefes políticos.

¿Quiénes son los punteros?

Los punteros son agentes partidarios barriales que hacen de intermediarios entre sus jefes –políticos que buscan el apoyo de los electores– y la gente pobre. Cumplen funciones múltiples en las barriadas y así maximizan ese apoyo. Son la mano de obra que en los barrios pobres los intendentes y candidatos a intendente utilizan para ganar elecciones y gobernar. El poder del puntero depende en igual medida del acceso que tenga a políticos capaces de garantizarle recursos como de sus vínculos personales con los votantes. Como decía un puntero:

—El 90% de mi problema es mantener contactos en la municipalidad. Si tenés amigos ahí, te abren las puertas cuando golpeás. No es fácil; tenés que estar acá en las calles del barrio escuchando las necesidades de la gente, pero también en la municipalidad consiguiendo recursos.

Si bien entre uno y otro existe un nivel intermedio de secretarios de gobierno y concejales, los punteros con más seguidores tienen acceso directo al intendente.

Una característica de los punteros peronistas que les permite hacer su trabajo es que ellos no van a las villas, sino que son de las villas. El 92% de los punteros que entrevisté para mi tesis doctoral vivía en el mismo barrio en el que desarrollaba sus actividades políticas.

Habitualmente, tienen mucha experiencia en política de base, promedian los 48 años de edad y, en la gran mayoría de los casos, punteros, han hecho política en el barrio durante diecinueve años. Para los pobres no son sólo punteros, sino también sus vecinos, a quienes conocen, por lo general, desde hace mucho. De estos punteros, cuarenta y seis eran mujeres (38%). En promedio, cada puntero ayuda de manera regular a unas ochenta y cinco personas, y muchos de ellos son también líderes comunitarios. Aproximadamente el 25% ya hacía trabajo social cuando el Partido Justicialista (PJ) los reclutó.

Su participación en ollas populares, programas de asistencia social, clubes de fútbol o centros de salud los familiarizó con los pobres y sus necesidades, condición esencial para ser un puntero eficaz

Los punteros son juzgados de manera muy distinta por quienes son sus seguidores y por quienes no los necesitan o no son atendidos por ellos, aun cuando los necesiten. La visión del pobre que no recibe nada del puntero tiende a coincidir con la visión de las personas de clase media y alta: para ellos, casi siempre se trata de una figura con una imagen bastante negativa. Otra mirada, en general más favorable, es la que tienen aquellos que son sus beneficiarios. Esta dicotomía lleva a que con frecuencia se distorsione la figura de estos actores; para unos se trata de un explotador político y para otros, de un asistente social benéfico. Incluso, en ambos lados de la división hay incentivos para exagerar algunos rasgos de los punteros.

Un candidato que pierde contra “el aparato” tiene muchos más incentivos para exagerar las trampas de los punteros rivales que para reconocer sus propias y pocas dotes de liderazgo. En contrapartida, los punteros tienden a presentarse como la única contención social existente; incluso es habitual que prefieran ser acusados de ciertos atropellos antes que se diga que son irrelevantes social y políticamente. La realidad es más compleja y pletórica de matices.

Más allá de la gran variedad de referentes barriales –los hay desde héroes sociales notables hasta narcotraficantes–, a continuación intentaremos describir al puntero promedio para derribar tres ficciones reinantes acerca de ellos en el saber común, la prensa y, aun, la academia.

La primera falacia, bastante extendida, es creer que los punteros son un invento del peronismo, cuando, en realidad, a lo largo de nuestra historia distintos partidos hicieron uso de punteros. El Partido Autonomista Nacional (PAN) era una liga de gobernadores y caudillos que se apoyaba territorialmente en sus punteros. La Unión Cívica Radical (UCR) tuvo los propios y aún los tiene en determinadas zonas del país. En las villas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), el PRO no deja de tener sus referentes barriales, sobre todo a través de los delegados y las cooperativas. Más que una maña de determinado partido, los punteros o referentes barriales son un modo de estar presente y hacer política en las zonas pobres del país. Si bien es cierto que el peronismo, en sus diversas vertientes, posee el aparato más desarrollado, intendentes de otros signos se valen de la misma estrategia.

El punterismo no es exclusivo de ningún sello partidario: como en la historia inicial de este capítulo, es frecuente encontrar a punteros que, pese a proclamarse peronistas, trabajan para el PRO o el FR. Más aún, los punteros distan de ser un invento argentino. En muchos países los políticos optaron por armar una red de punteros para ganar el territorio. En los Estados Unidos, por ejemplo, hubo diversas maquinarias partidarias basadas en el trabajo de los punteros. La serie televisiva Boss (Jefe) retrata una de ellas, la del alcalde Richard J. Daley, que gobernó Chicago por veintiún años y sólo fue superado en tiempo al frente de la municipalidad por un intendente que la gobernó durante veintidós: su hijo, Richard M. Daley. Cada puntero estaba a cargo de una unidad electoral llamada “precinto”, y por eso se los conocía como “capitanes de precinto” (precinct captains). Eran los encargados de llevar los votos y para esto debían responder a las necesidades de los vecinos: desde hacerles desaparecer una multa hasta conseguirles carbón en el invierno o que el servicio de recolección de residuos pasara por sus esquinas. Uno de estos capitanes de Chicago describía su trabajo de la siguiente manera: “Hago quizás unos ciento cincuenta favores al año. Tengo quince libretas en casa con la lista de los favores que les he hecho a mis votantes. Cada vez que un votante llama para pedir un favor, anoto su número de teléfono. Una vez ayudé a una mujer a obtener su ciudadanía después de que ella hubiera tratado durante cinco años. Hice siete viajes hasta el centro con ella”.

Un perfil de trabajo que bien puede representar lo que hace la mayoría de los punteros en el Conurbano. Otras maquinarias similares en los Estados Unidos fueron la del gobernador Huey Long en Lousiana, la de Tammany Hall en Nueva York y las de ciudades como Filadelfia, Boston y Kansas City antes de la Primera Guerra Mundial. Países tan diversos como Brasil, Filipinas, Japón, Nicaragua, Nigeria, Paraguay, Perú, Taiwán y un gran número de naciones africanas conocieron maquinarias partidarias fundadas en el control territorial de una red de punteros. Por ejemplo, Magaloni sostiene que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en México desarrolló

una compleja red de organizaciones y actividades para llevar a los votantes a votar y distribuir arbitrariamente premios materiales –todo desde títulos de propiedad hasta materiales de construcción y trabajo público– antes de las elecciones.

La estrategia de abordar políticamente la pobreza desde una red de punteros está lejos de ser patrimonio exclusivo del peronismo. Pero, desde luego, es el peronismo el que más la ha desarrollado en el país. Es, de hecho, el único partido capaz de tener un referente en casi todos los barrios de ingresos bajos, villas y asentamientos.

Un segundo mito sobre la organización de la red de punteros es su inquebrantable verticalidad. Para el imaginario, es el barón del Conurbano quien controla con autoritarismo a una red de punteros que, a su vez, somete a una masa de electores pobres. Parecería que se tratara del régimen de Alemania oriental en la inmediata posguerra.

La realidad es que no es fácil comandar monolíticamente una red de punteros y sólo una minoría de los intendentes puede ejercer una hegemonía incuestionable. Si bien los intendentes buscan conformar una red piramidal y jerárquica con vértice en ellos, todos los actores por debajo tienen algún grado de capacidad de negociación, y el liderazgo territorial se encuentra hoy más fragmentado que nunca en el Conurbano. La capacidad de negociación de los punteros se incrementa cuando el referente afronta competencia electoral y otros poderes territoriales como los movimientos sociales. El intendente que enfrenta a un rival de otro partido o una lista colectora1 poderosa dentro de su propio partido tendrá que dar más recursos y margen de maniobra a sus punteros porque estos negocian bajo la amenaza de ofrecer sus servicios al otro candidato. Lo mismo ocurre con los votantes cuando tienen otros referentes barriales. Si el que los lidera ofrece poco o no cumple con sus promesas podrán amenazarlo con seguir a otro.

Los intendentes buscan desarrollar una red jerárquica que les permita llegar a todos los hogares pobres en cada rincón de sus municipios. Las redes de los rivales de los intendentes suelen contar con menos recursos, aunque ocasionalmente pueden estar promovidas por el Poder Ejecutivo nacional que quiere reemplazar a los intendentes que no le resultan confiables. En estos casos, los retadores de los intendentes cuentan con los recursos para llevar adelante una campaña a “parrilla caliente” y conquistar punteros que reportaban al intendente. Si los punteros no están totalmente cautivos de los intendentes, tampoco lo están los votantes con respecto a sus punteros. Un referente activo en un municipio del Conurbano expresaba para las elecciones Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) de 2015 que no todo se maneja con correas de transmisión tan claras:

—Estoy viendo con quién juego. Por ahora estoy con el intendente, pero se la veo complicada. Nación no lo está apoyando. Tampoco quiero ir y venir. Porque tu gente misma te empieza a preguntar: ¿no era que estábamos con el intendente? ¿No era que era Pelé y Maradona juntos? ¿Qué pasó ahora? ¿Y qué les decís? Los confundís y vaya a saber qué hacen.

La tercera creencia inexacta, tal vez más sutil, es que los punteros surgen ante la ausencia del Estado. En rigor, son su presencia, a veces ilegal y arbitraria, en los barrios carenciados. Los bienes y servicios que distribuyen y sus propios ingresos provienen del Estado y por esto (al igual que “El León” en su testimonio) se entienden a sí mismos como el Estado ante la pobreza. En los lugares de concentración de pobreza las necesidades básicas de los vecinos son muchas y el Estado responde a algunas de ellas a través de la mediación de los punteros. En este sentido, los referentes barriales significan más que la ausencia del Estado, su presencia arbitraria. Distribuyendo desde comida y remedios hasta ataúdes y chapas, y ocupándose desde la recolección de residuos hasta la iluminación de las calles, los punteros constituyen un Estado de bienestar minimalista en las áreas de pobreza. Minimalista porque los recursos son escasos y las soluciones, precarias. Se tiende más a cubrir la urgencia material que a proveer bienes y servicios públicos de calidad; por ejemplo, un puntero de San Miguel estaba orgulloso de conseguir cascotes para hacer a duras penas transitable una calle que parecía un verdadero pantano. Los pobres se encuentran a diario con un Estado que, al borde de la improvisación, “la ata con alambre” a través de los punteros.

Los punteros además son parte del Estado porque de él provienen sus ingresos. Cerca de dos tercios de los punteros entrevistados tienen empleos municipales o un plan social. Según me dijo un intendente, “dar empleo temporario es la manera que tenemos de pagarles a nuestros punteros” Además de lo que reciben directamente por sus puestos, los punteros se apropian de una parte de los recursos que tienen para distribuir entre sus seguidores. Es práctica común que asignen planes de empleo o puestos municipales entre sus propios parientes e, incluso, que requieran a sus beneficiarios un diezmo de sus retribuciones mensuales. El programa social de empleo más grande, en cuanto a cantidad de beneficiarios, es Argentina Trabaja: Programa de Ingreso Social con Trabajo. Sus beneficiarios deben trabajar para el municipio diariamente a cambio de una remuneración que hoy es de 3120 pesos. Es bastante frecuente que muchos punteros se queden con hasta la mitad de esta retribución a cambio de eximir a los beneficiarios de trabajar. Por eso es común que en el Conurbano se refieran al programa Argentina Trabaja como “Argentina Descansa”. Uno de ellos declaraba: “Peaje cobramos todos; no les crea si le dicen otra cosa. Yo sólo les pido el 10% a los cooperativistas, pero algunos inmorales son capaces de pedir hasta el 50%”.

Los punteros reparten bolsones de comida, chapas y una gran diversidad de bienes. Sus jefes políticos, que son sus proveedores, saben que parte de esos bienes son retenidos por los referentes, pero lo aceptan hasta cierto grado como parte del pago al puntero por su trabajo. En la casa de una puntera en La Matanza, se vendía aceite por litro a muy buen precio. Los vecinos llegaban con sus botellas, que eran recargadas desde un barril. El aceite provenía de los bolsones que la puntera debía distribuir entre los vecinos. Era el peaje de la casa. En el barrio, los vecinos la habían apodado “Marolio” por la popular marca de un mayorista presente en la zona. Los punteros no pertenecen a una clase social muy distinta a la de sus beneficiarios, sino que son un vecino más con sus propias estrategias de supervivencia, que muchas veces incluyen la manipulación y apropiación de recursos estatales.


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