jueves 23 de septiembre de 2021
DOMINGO LIBRO
03-01-2021 05:32
03-01-2021 05:32

Por un feliz libro nuevo

Vacaciones y lecturas, dos placeres que debemos saber combinar.

03-01-2021 05:32

Hombres con más respeto y menos poder

Los hombres lideraron todos los combates, salvo el de la igualdad de sexo. Soñaron todas las emancipaciones, salvo la de las mujeres. Con alguna que otra excepción, se acomodaron al funcionamiento patriarcal de la sociedad, sacaron provecho de él. Hoy, como ayer, los privilegios de género son endémicos en todo el mundo.

Moldeado por milenios de estereotipos e instituciones, el modelo del macho tradicional ha caducado. Está anticuado y es a su vez nefasto, porque es una máquina de dominar: a las mujeres, pero también a todos los hombres cuya masculinidad es juzgada ilegítima. Esta es la próxima utopía: inventar nuevas masculinidades. Transformar lo masculino para que se vuelva compatible con los derechos de las mujeres e incompatible con las jerarquías patriarcales. Como resultado, la familia, la religión, la política, la empresa, la ciudad, la seducción, la sexualidad y el idioma podrían verse trastocados.

En todos los países, sea cual sea la situación de las mujeres, es urgente definir una moral de lo masculino para la totalidad de los actos sociales. ¿Cómo impedir que los hombres ultrajen los derechos de las mujeres? En materia de igualdad de sexo, ¿qué vendría a ser un “tipo correcto”?

Hoy necesitamos hombres igualitarios, hostiles al patriarcado, afectos al respeto más que al poder. Solo hombres, pero hombres justos. (…)

En 1791, Olympe de Gouges iniciaba su Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana mediante el siguiente apóstrofe: “Hombre, ¿acaso eres capaz de ser justo? Quien te lo pregunta es una mujer”. Más de dos siglos después de su muerte, cuando uno observa en todo el mundo la composición de los gobiernos, las inequidades salariales, el desequilibrio en las tareas domésticas, la violencia dentro de la pareja o en el espacio público, aún cabe preguntarse si los hombres son “capaces de ser justos”. La invención democrática en el siglo XVIII, la Revolución Industrial en el siglo XIX, el socialismo y la descolonización en el siglo XX no cambiaron nada de eso: nuestra modernidad permanece endeble.

Numerosas instituciones aquí y allá mencionan la igualdad entre los sexos. Sin embargo, los derechos de las mujeres siguen siendo un impensado de nuestra condición democrática. De Aristóteles a Rawls, pasando por Descartes y Rousseau, los filósofos se interesaron muy poco por la cuestión. Su reflexión sobre la justicia no englobaba la justicia de género. Los revolucionarios, por su parte, se sacrificaron por la libertad, salvo cuando esta beneficiaba a las mujeres. Tomando conocimiento de esas lagunas y refundando lo masculino sobre la base de los derechos de todas y todos podemos enriquecer nuestras ambiciones comunes.

¿Por dónde empezar? Tomemos dos ejemplos: la distribución de las tareas y la violencia sexual. En el siglo XX, la sociedad cambió más rápido que los hombres. Hoy, en los países occidentales, la mayoría de las mujeres trabaja, estudia una carrera, elige su sexualidad, pero los hombres no han sacado todas las conclusiones que derivan de ello. El horizonte de las mujeres se ha ampliado de manera increíble; no así el de los hombres, que no se han deshecho de sus hábitos: mandar y ser servidos. Giros sociales, por un lado, y resistencias al cambio, por el otro, colisionan en el seno de cada pareja. Punto de cristalización de las desigualdades de género, las tensiones ligadas al reparto de las tareas son la experiencia individual de una serie de mutaciones colectivas. Por esa razón, la puesta en movimiento de lo masculino no solo exige buena voluntad y esfuerzos personales, sino también lógicas políticas.

Del mismo modo, el movimiento #MeToo ha demostrado que la definición de lo masculino exigía un debate. Ha incitado a los hombres a interrogarse acerca de las agresiones sexuales. No se puede decir que de ello haya resultado una movilización masiva, pero al menos se dio inicio a la reflexión.

¿Por qué tantos abusos, acosos, violaciones, en un clima de indiferencia o de tolerancia latente? ¿Dónde se sitúa la línea roja más allá de la cual uno se convierte en un Weinstein, pequeño o grande? ¿Seré un seductor o un canalla? Esas inquietudes son sanas, pero todavía quedan muchas cosas por debatir. A los ojos de la justicia de género, ¿qué es un buen padre, un buen compañero, un buen colega, un buen mánager, un buen amante, un buen creyente, un buen dirigente, un buen ciudadano? Estos interrogantes equivalen a preguntarse, individual o colectivamente, qué significa ser un hombre hoy.

Ya no corresponde a las mujeres cuestionarse a sí mismas, torturarse sobre sus elecciones de vida, justificarse en todo momento, agotarse conciliando trabajo, maternidad, vida familiar y ocio. Corresponde a los hombres recuperar el retraso que tienen respecto de la marcha del mundo. A ellos corresponde interrogarse sobre lo masculino, sin suscribirse a la mitología del héroe de los tiempos modernos que merece una medalla porque logró programar la lavadora. Esa introspección no tendría ningún sentido ni ninguna eficacia sin el concurso de toda la sociedad, en todos los ámbitos: legislación, fiscalidad, protección social, organización del trabajo, cultura empresarial, civilidad amorosa, educación familiar, pedagogía, enseñanza, modos de vivir juntos.

Nuestros Estados, que tanto valoran la igualdad y la justicia, carecen desesperadamente de hombres afectos a esos valores. Nuestras democracias tienen un punto ciego: la justicia de género, que exige que desaparezcan las desigualdades entre los sexos. El desafío para los hombres no es “ayudar” a las mujeres a ser independientes, sino cambiar lo masculino para no someterlas.

Introducción (fragmento).
 

☛ Título Hombres justos

☛ Autor Ivan Jablonka

☛ Editorial Anagrama / Libros del Zorzal

Datos sobre el autor

Ivan Jablonka (París, 1973) es profesor de Historia en la Universidad París XIII y codirector de la colección La République des Idées, de la editorial Seuil.

Entre sus libros se destacan Historia de los abuelos que no tuve (publicado en castellano por Libros del Zorzal y galardonado en 2012 con el Premio del Senado para libros de historia, el Premio Guizot de la Academia Francesa y el Premio Augustin Thierry), en el que indaga en las vidas de sus abuelos desaparecidos durante la Segunda Guerra Mundial, y coeditados por Anagrama y Libros del Zorzal, Laëtitia o el fin de los hombres y En camping-car.

 


 

Saber usar la búsqueda de Google 

Muy distinto sería este falso prólogo si no hubiera mediado, entre el momento en que me lo propuso el autor y este de su escritura, la dolorosa y sorpresiva muerte de Andrew Graham-Yooll. 

Me comprenden respecto de él las generales de la ley que me impedirán ser objetivo: fui su amigo durante más de cuarenta años y publiqué con el sello de Ediciones de la Flor varios de sus libros de los más variados géneros: Tiempo de tragedia: cronología de la revolución argentina (seguramente el primer paso del largo camino que corona el trabajo que se presenta ahora), Se habla spanglés (un poemario de bilingüismo entrecruzado) y Goodbye Buenos Aires (un texto de autoficción alrededor de la vida de su padre). Fue, además, el traductor eficiente y obsesivo al inglés de varios volúmenes de la Mafalda de Quino. 

Pero esto último fue luego de los respectivos exilios: en el mío, en Caracas, dirigí las páginas de Cultura de El Diario de Caracas y una colección de pequeños libros dominicales que reemplazaron a las seguramente más costosas revistas dominicales. Andrew, por entonces periodista en Inglaterra en el Manchester Guardian, recopiló y tradujo para varios de esos volúmenes las crónicas que su periódico había dedicado al sitio de La Guaira, el principal puerto venezolano, por la flota inglesa en un intento de forzar el pago de la deuda que mantenía el país latinoamericano: un acto ilegal desembozado de lo que después se hizo con fórmulas menos visiblemente violentas. 

Para caracterizar lo que fue nuestra amistad, iniciada en el mismo momento en que fui a llevarle a la redacción del Herald los primeros libros de De la Flor, viene a cuento la referencia que hace Borges en Tlön, Ukbar, Orbis Tertius a la amistad del padre del narrador con un ingeniero inglés, Herbert Ashe: “Mi padre había estrechado con él (el verbo es excesivo) una de esas amistades inglesas que empiezan por excluir la confidencia y que muy pronto omiten el diálogo. Solían ejercitar un intercambio de libros y de periódicos; solían batirse al ajedrez taciturnamente…”. 

Cuando Andrew nos propuso, a comienzos de 1972, el proyecto de Tiempo de tragedia, yo no tenía muy claro para qué servía una cronología, sobre todo de hechos tan recientes: el período cubierto iba de 1966 a 1971, por lo cual no parecía imprescindible un ayuda memoria. De todos modos, como el libro incluiría dos prólogos para ubicar los hechos en contexto (uno del dirigente sindical Miguel Gazzera, el otro de Rodolfo Terragno, abogado y ensayista en ciernes en la época), decidimos su publicación sin saber que Andrew persistiría –en paralelo con el resto de su obra y con su valiente y denodada tarea periodística– en compilar los acontecimientos de la historia de diversos períodos, hasta culminar en la obra que ahora se presenta. 

Adentrarse en la lectura de esta cronología que comienza “con la Patria” (como diría un orador prosopopéyico) provoca una especie de vértigo al sucederse tan rápidamente acontecimientos que el lector tal vez tenga desdibujados o desubicados en la sucesión temporal. No es exagerado decir que puede leerse como una novela, una novela con miles de personajes y sin desenlace. 

Graham-Yooll no se detiene en minucias ni incurre en conjeturas: los hechos tal y como ocurrieron, y especialmente cuándo ocurrieron, constituyen este relato. 

Laguna profunda y cristalina para que abreven historiadores, periodistas, sociólogos y todos los interesados en el devenir histórico de la Argentina, con el telón de fondo de lo que pasaba simultáneamente en el continente y en el mundo, esta Cronología se convierte en instrumento imprescindible y hace, desde ya, añorar prematuramente a quien pueda continuarla luego de su punto final. 

Daniel Divinsky, Buenos Aires, octubre de 2019.

La cronología 

En tiempos de Google y de otros buscadores en internet, todo está disponible. Esto es un hecho indiscutible. Sucede que hay que poder leer, saber leer, conocer una página de texto… para atar cabos y hallar la conexión entre hechos y personas. Para eso existe una herramienta incompleta como es la cronología, para guiar, no para convencer, tampoco para apoyar a algún grupo. Aquí se acercan detalles de historia y de tiempos vividos. 

La cronología no es objetiva. Ninguna opinión, por elevada que sea, es objetiva. Cada una tiene su variante. Hace muchos años, cuando apareció mi primer intento de cronología para superar la falta de información que por entonces era reemplazada por el rumor, por el chisme, dije en La Opinión (26 de febrero de 1974) que la cronología era una forma objetiva de narrar la historia. 

¡Qué error! 

¡Claro que no es objetiva! 

Pido disculpas por aquella ostentación de supuesta objetividad en defensa de la cronología. 

Una cronología es interminable. Por esa razón, se ha usado a veces la denominación, sin preferirla, de “ayuda memoria”. ¿Qué otro nombre puede llevar un texto en el que cada persona que lo consulte puede observar que faltan datos? Toda entrada en el texto ofrece la posibilidad de ser cambiada por otros datos. Lo que es notable para mí puede no tener importancia para un tercero. Sin embargo, la anotación de un hecho puede servir de recordatorio de otra circunstancia para un tercero. 

Por ahora, gracias por llegar hasta aquí. Por favor, sigamos. 

Andrew Graham-Yooll. Larroque, Entre Ríos, 2016.
 

☛ Título Los días contados

☛ Autor Andrew Graham-Yooll

☛ Editorial Marea
 

Datos sobre la autora

Andrew Graham-Yooll (Buenos Aires, 1944) fue periodista, escritor, traductor y poeta.

Fue director del Buenos Aires Herald (1994-2007), colaboró en La Nación y Página/12, y fue ombudsman de PERFIL. En Londres trabajó en The Daily Telegraph y The Guardian,  y fue director de la revista Index on Censorship.

Publicó decenas de, tanto en inglés como en castellano, como Memoria del miedo (1999), La colonia olvidada (2000), Agonía y muerte de Juan Domingo Perón (2001), Buenos Aires, otoño 1982. La guerra de Malvinas según las crónicas de un corresponsal inglés (Marea, 2007 y 2017) y El inglés. Rosas visto por los británicos (Marea, 2017).

Falleció el 5 de julio de 2019, en Londres.

 


 

Hay dietas porque hay consumidores

Ponés la palabra “dieta” en un buscador de internet y te salen 215 millones de resultados, los primeros tres anuncios: “Llegá a tu peso en 16 semanas”, “Bajá rápido y fácil con un método científicamente probado” y “Bajá 10 kilos en 10 semanas, sin sufrir”.

Abrís Instagram y te encontrás con tu influencer favorita consumiendo “el polvito de moda”, en Twitter se armó tremenda discusión por el documental nuevo de Netflix que explica cómo hay que alimentarse, en Facebook te taladran la cabeza queriéndote vender los productos para adelgazar “más efectivos del mundo”, en la tele te muestran cómo “desintoxicarte” después de un fin de semana de excesos, en el diario te cuentan “la dieta infalible para llegar al verano” y en una revista del corazón te revelan “la dieta secreta que le cambió la vida” a la famosa actriz que luce tan joven.

Así vivimos, rodeados de dietas y promesas para adelgazar, nuevas magias que aseguran ser “la verdadera solución”, extremismos marketineros que nos aseguran bajar muchos kilos en poco tiempo y sin sufrir. Que nos dejan con sentimiento de culpa y frustración cuando las abandonamos porque creemos que no pusimos toda la voluntad que teníamos que poner, cuando en realidad era por culpa de la dieta y no nuestra. Porque una dieta estricta, que te prohíbe comer las cosas que te gustan, que te aleja de tu rutina y tu vida social, es imposible de sostener en el tiempo.

Disfrazadas de diferentes colores, las dietas en el fondo conducen siempre a lo mismo: reducir el aporte calórico en gran medida para lograr que todos bajen de peso. Cuanta más restricción, más rápido se bajará.

Si realmente fueran la verdadera solución para bajar de peso y sostenerlo, estarían bajando los índices de sobrepeso y obesidad en el mundo. Si realmente fuera posible bajar mucho, rápido y sin sufrir, estaríamos frente a un ¡verdadero milagro!

Las dietas existen y seguirán existiendo mientras haya consumidores. (…)

Porque las dietas tienen un final, pero los buenos hábitos duran para siempre.

Seguramente conozcas el camino de la dieta; es un camino más corto, pero muy complicado y difícil de transitar. Hay quienes lo sostienen durante bastante tiempo, pero tarde o temprano se abandona.

¿Por qué? Básicamente porque es muy distinto al camino por el que venías transitando y el que querés transitar de por vida.

Las dietas prohíben, restringen y tienen condiciones específicas que son muy difíciles de sostener, pero son tentadoras porque los resultados se ven en muy poco tiempo. Cuanto más duro es el camino, más rápido se llega al objetivo, pero también más rápido se abandona. Y lo peor es que cuando querés volver a retomarlo, te cuesta cada vez más porque sabés el sacrificio que se viene. Lo vas dilatando día a día, mes a mes, año a año… y te alejás cada vez más del objetivo que buscabas.

Cuando elegís el camino de los buenos hábitos, estás optando por obtener resultados a largo plazo en lugar de resultados rápidos; es claro que el camino de la dieta te lleva al objetivo mucho más rápido, pero la dieta te asegura bajar, no bajar y mantenerte. Si prestás atención, te vas a dar cuenta de que todas las dietas prometen “tantos kilos en tanto tiempo”, pero ninguna habla de “tantos kilos para toda la vida”. Sin embargo, la mayoría de las personas no se lo cuestionan porque creen que luego de bajar los kilos de más y llegar al peso que buscaban, sucede algo mágico en el cuerpo que los hará mantener ese peso de por vida, aunque vuelvan a comer como comían antes. (…)

El camino de los buenos hábitos es un camino diferente porque, si bien puede ser más lento, es un camino que se disfruta y que te va a acompañar toda la vida. A diferencia de las dietas, que tienen lineamientos generales para todos, en este camino se van planteando estrategias particulares para solucionar los problemas que llevan al aumento de peso en cada persona. Porque cada persona es diferente y por eso los tratamientos se encaran de manera diferente.

Este camino es un poco difícil al principio porque es un cambio total de paradigma respecto a lo que tiene que ver con el descenso de peso, y necesitás un tiempo hasta que te “cambia el chip”. Pero una vez que entendiste y comprobaste los resultados, seguís transitando en piloto automático. Te pase lo que te pase en la vida, si entendiste cómo sortear los obstáculos al principio, vas a poder sortear cualquier dificultad que se te presente. Desde cosas lindas como vacaciones, salidas, cumpleaños o casamientos, hasta cosas tristes como rupturas amorosas, pérdida de seres queridos o problemas en el trabajo. (…)

Es curioso que desde que empezó a aumentar el sobrepeso y la obesidad en el mundo, paralelamente fueron aumentando las personas que se sometían a diferentes dietas de moda. O lo podemos pensar al revés: desde que empezaron a aparecer las “dietas de moda”, aumentó paralelamente el sobrepeso y la obesidad en el mundo. No quiero decir que esta sea la única causa, pero claramente tampoco es la solución.

Si las “dietas de moda” fueran la verdadera solución al exceso de peso, no solo no seguirían apareciendo nuevas y milagrosas dentro de las miles que hay, sino que el problema del sobrepeso y la obesidad en el mundo debería ser historia pasada.

Si las “dietas de moda” fueran la verdadera solución, bastaría con que una persona con sobrepeso hiciera alguna dieta una vez en la vida y ya. Pero no, sabemos que no es así porque incluso las personas con más exceso de peso son las que más cantidad de dietas han realizado a lo largo de su vida.

Además, si esas dietas que prometen bajar muchos kilos en muy poco tiempo fueran realmente la solución, no existirían todas las demás que también prometen lo mismo.

Las “dietas de moda” no son la solución al problema porque no pueden sostenerse en el tiempo. Si una persona logra bajar muchos kilos en poco tiempo, privándose de todo lo que le gusta, solo mantendrá esos kilos si mantiene eso que hizo para bajarlos. Por ejemplo, si Juancito dejó las harinas y bajó diez kilos, solo mantendrá esos diez kilos bajados si sigue sin comer harinas el resto de su vida. Porque la causa del descenso de peso fue esa, la de dejar las harinas. (…)

Es imposible que una persona sana sea capaz de sostener una dieta estricta toda la vida. Y como es imposible sostener esa conducta, si no encuentra otro camino, será imposible sostener esos kilos para siempre.

Ojo, aclaro “persona sana” porque esa conducta podría sostenerse si la persona desarrolla un trastorno alimentario. La única manera de bajar de peso y mantenerlo para siempre es realizando un cambio de hábitos. De a poco, lentamente, cambiando conductas de a una por vez, sin dejar de lado ningún placer pero sin caer en los excesos.

Introducción y Capítulo 1 (fragmento).

☛ Título Las dietas tienen un final

☛ Autora Laura Romano

☛ Editorial Planeta

Datos sobre la autora

Laura Romano nació el 26 de marzo de 1986 en Carmen de Areco, Buenos Aires. Es licenciada en Nutrición (UBA) y completó los posgrados en Nutrición Clínica y Obesidad y en Psicología de la Obesidad y Trastornos Alimenticios en la Universidad Favaloro.

En el año 2015 abrió su cuenta de Instagram @integralnutricion y se convirtió en una de las comunicadoras más influyentes del momento sobre alimentación saludable.

Es directora de su propio emprendimiento, Integral Nutrición. Es columnista de nutrición en la edición matutina de Telefe noticias.

 


 

En las crisis es que se revela el corazón

Veo este momento como la hora de la verdad. Me hace recordar lo que Jesús le dijo a Pedro: Satanás quiere “zarandearte como el trigo” (Lucas 22, 31). Es un momento en que se sacuden tanto nuestras categorías como nuestras formas de pensar y entran en cuestionamiento nuestras prioridades y estilos de vida. Cruzamos un umbral, ya sea por decisión propia o por necesidad, porque algunas crisis, como la que estamos atravesando, no las podemos evitar.

La pregunta es si vamos a salir de esta crisis y, en ese caso, cómo. La regla básica es que nunca se sale igual de una crisis. Si salís, salís mejor o peor; pero nunca igual.

Estamos viviendo un momento de prueba. La Biblia habla de atravesar el fuego para describir esas pruebas, como el horno prueba la vasija del alfarero (Eclesiástico 27, 5). La vida nos prueba, a todos nos prueba. Es así como crecemos.

En las pruebas de la vida se revela el propio corazón: su solidez, su misericordia, su grandeza o su pequeñez. Los tiempos normales son como las almidonadas formalidades sociales: uno nunca demuestra lo que uno es. Sonreís, decís lo correcto y salís de la estacada, sin mostrar jamás quién sos en realidad.

Pero cuando pasás por una crisis, ocurre todo lo contrario: te pone ante la necesidad de elegir. Y al elegir, se revela tu corazón. Pensemos en lo que ocurre en la historia. Cuando el corazón de la gente se pone a prueba, las personas toman conciencia de lo que las estaba frenando. También sienten la presencia del Señor, que es fiel y responde al clamor de su pueblo. El encuentro que se logra nos plantea la posibilidad de un futuro nuevo.

Pensá en lo que hemos visto durante esta crisis del Covid-19. Todos esos mártires: hombres y mujeres que han entregado sus vidas al servicio de los más necesitados. Recordemos a los médicos, enfermeras y demás cuidadores de la salud, así como también los capellanes y todas las personas que se animaron a acompañar a otros en el dolor. Tomando las precauciones necesarias, buscaron ofrecer apoyo y consolación a otros. Fueron testimonios de cercanía y ternura. Muchos murieron, desgraciadamente. En honor a su testimonio y al sufrimiento de tantos, debemos construir el mañana siguiendo los caminos que nos han señalado.

Sin embargo –y digo esto con dolor y vergüenza–, también pensemos en los usureros, los microprestamistas que llamaron a la puerta de la gente desesperada. Si tendían una mano, era para ofrecer préstamos imposibles de devolver, que terminaban endeudando para siempre a quienes los aceptaban. Especulan con el sufrimiento ajeno.

En momentos de crisis se ve lo bueno y lo malo: la gente se muestra tal cual es. Algunos dedican tiempo a servir a los que lo necesitan, mientras que otros se sirven de los demás. Algunos salen al encuentro de los demás –de maneras nuevas y creativas, sin apartarse de su propio hogar–, mientras que otros se refugian detrás de una coraza protectora. El corazón se muestra tal cual es.

No son solo personas concretas las que están a prueba, sino pueblos enteros. Pensemos en los gobiernos que tienen que tomar decisiones en medio de esta pandemia. ¿Qué es lo más importante? ¿Cuidar a la gente o que el sistema financiero no se detenga? ¿Dejamos en suspenso la maquinaria que genera riqueza, siendo conscientes de que la gente sufrirá, aunque así salvemos vidas? En algunos casos los gobiernos no lograron comprender la magnitud de esta enfermedad o no contaron con los recursos necesarios. Estos gobiernos hipotecaron a su pueblo. Las decisiones que tomaron pusieron a prueba sus prioridades y quedaron expuestos sus valores.

En una crisis siempre existe la tentación del repliegue. Es cierto que el repliegue táctico es una manera política de actuar lícita, como la Biblia dice: “¡A tus tiendas, Israel!” (1 Reyes 12, 16), pero hay situaciones donde el repliegue no solo no es lícito, sino que tampoco es humano. Jesús lo deja muy claro en la famosa parábola del buen samaritano. Cuando el levita y el sacerdote se alejan del hombre herido y golpeado por los ladrones, optan por un repliegue “funcional”. Con esto quiero

decir que tratan de preservar su propio lugar –su papel, su statu quo– cuando se enfrentan con una crisis que los pone a prueba.

En una crisis nuestros funcionalismos se tambalean y tenemos que revisar y modificar nuestros roles y hábitos para poder salir de ella como mejores personas. Una crisis siempre exige que todo nuestro ser esté presente; no podemos replegarnos y retraernos a nuestros viejos roles y maneras.

Pensemos en el samaritano: se para, se acerca, actúa, se mete en el mundo del hombre herido, en el sufrimiento del otro, y así crea un futuro nuevo.

Actuar al estilo del samaritano en una crisis implica dejarme golpear por lo que veo, sabiendo que el sufrimiento me va a cambiar. Los cristianos hablamos de esto como asumir y abrazar la Cruz. Abrazar la Cruz, confiados en que lo que viene es vida nueva, nos da el coraje para dejar de lamentarnos y salir al encuentro para servir a los demás y así suscitar el cambio posible, que solo nacerá de la compasión y el servicio.

Algunos responden al sufrimiento de una crisis encogiéndose de hombros. Dicen: “Bueno, el mundo es así, Dios lo creó así”. Pero esa respuesta malinterpreta la creación de Dios al considerarla algo estático, cuando en realidad se trata de un proceso dinámico. El mundo siempre está en gestación. Pablo, en su Carta a los Romanos, dice que la creación entera gime y sufre dolores de parto (Romanos 8, 22). Dios quiere construir el mundo con nosotros, como colaboradores, en todo momento. Nos ha invitado a que nos unamos a Él desde el principio, en tiempos de paz y en tiempos de crisis: desde y para siempre. No nos encontramos frente a algo cerrado, empaquetado: “Tomá, acá tenés el mundo”.

El mandato de Dios a Adán y Eva en el relato del Génesis es ser fecundos. La humanidad ha recibido el mandato de cambiar, construir y dominar la creación en el sentido positivo de crear desde y con ella. Entonces, el futuro no depende de un mecanismo invisible en el que los humanos son espectadores pasivos. No, somos protagonistas, somos –forzando la palabra– cocreadores. Cuando el Señor nos pide ser fecundos, dominar la tierra, lo que nos está diciendo es: sean creadores de su futuro.

De esta crisis podemos salir mejor o peor. Podemos retroceder o crear algo nuevo. En este momento, lo que necesitamos es la oportunidad de cambiar, de hacer lugar para que pueda surgir eso nuevo que necesitamos. Como cuando Dios le dice a Isaías: “Vení, hablemos sobre esto. Si estás listo para escuchar, tendremos un gran futuro. Pero si te negás a escuchar, te devorará la espada” (Isaías 1, 18-20). Hay tantas espadas que amenazan con devorarnos.       

 

☛ Título Soñemos juntos

☛ Autor Papa Francisco

☛ Editorial Plaza & Janés

Datos sobre el autor

El papa Francisco (Jorge Mario Bergoglio, Buenos Aires, 1936) es desde el 13 de marzo de 2013 el papa número 266 de la Iglesia Católica. Sus enseñanzas y sus libros tienen gran reconocimiento a nivel internacional.

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