Aveces, no saber cómo se hacen las cosas es una gran ventaja”. La frase describe con precisión a Emiliano Kargieman, fundador y CEO de la única empresa de nanosatélites argentina. Este exhacker, que trabajó en seguridad informática durante más de diez años, programa desde los 9 y fundó su primera compañía a los 17, dirige hoy esta mini-NASA argentina llamada Satellogic, un gigante tecnológico con sedes en seis países.
Argentina es un jugador importante y tiene una larga tradición en la industria satelital. Consiguió poner en órbita su primer satélite en 1990 y así confirmó, una vez más, la permanente y dolorosa paradoja argentina: mientras miles de compatriotas corrían a los bancos para sacar sus ahorros tras la noticia bomba del plan Bonex, solo veintidós días más tarde, y a 4.300 kilómetros de distancia, en la lejana Guayana Francesa, un aparato llamado Lusat-1 convertía a nuestro país en la primera nación sudamericana en orbitar un satélite propio. Hoy, Argentina cuenta con treinta y nueve aparatos en el espacio frente a los diecisiete de Brasil y los siete de México.
Nacido y criado en Palermo, sus papás lo incentivaron a ser curioso. “De chiquito me dediqué a romper cosas, sobre todo tecnología, pero mis viejos nunca me retaron. Al contrario, me daban un destornillador”, recuerda. A los 9 le compraron su primera computadora, y cuando tenía 12 eligió su propio colegio secundario a la tarde para poder trasnochar y programar.
“En términos filosóficos, tengo un imperativo moral, que es el de utilizar todo lo que aprendí para el bien de las personas”. Satellogic es una empresa especializada en satélites fundada en 2010, cuya misión es: “Ayudar a resolver los problemas más urgentes del mundo y ofrecer a los clientes un flujo dinámico de datos geoespaciales para impulsar una mejor toma de decisiones”.
—¿Cuál fue tu primer trabajo?
—Empecé en seguridad informática y luego como inversor, pero me desencanté. Sentía que había gente muy inteligente dedicándose a cosas muy poco ambiciosas y parte de ese gap no tenía que ver naturalmente con el interés de la gente. El paso más difícil, empezar, lo estaban dando, pero les faltaba entender cómo podían hacerlo con un impacto mucho mayor. Sentía que había una oportunidad de cambiarle el mindset a la gente, pero fue una experiencia muy frustrante.
—¿Por qué?
—Porque no soy inversor, soy emprendedor, y cuando sos emprendedor, la entrega es muy distinta. Consiste en ir detrás de una idea, de una visión que esencialmente va en contra de las probabilidades. Son dos maneras opuestas de enfrentarse a la vida.
—¿Cómo aparecen los satélites?
—Yo soy un tecnólogo de alma. Mi manera de resolver ese problema fue decir: “Vamos a construir una infraestructura a escala global que permita digitalizar el planeta, capturar todos los datos que necesitamos de cada metro cuadrado de la superficie de la Tierra para, con esa información, alimentar modelos de toma de decisión que nos permitan mejorar las cosas”. Primero pensé en poner cosas en el piso, después en teléfonos celulares y después en autos o en camiones, en drones, en aviones y, como iba subiendo, terminé en el espacio. Los satélites en órbita estaban particularmente bien posicionados para recuperar información sobre la superficie del planeta. (…)
—¿Por qué volviste a la Argentina después de haber estado en la NASA en los EE.UU.?
—El entorno regulatorio en los EE.UU. para construir tecnología espacial es particularmente difícil, porque estamos hablando de democratizar el acceso a la información de origen espacial, que hasta ese momento solo poseían dos o tres grandes potencias. La Argentina fue un lugar un tanto obvio para mí, había hecho una carrera en tecnología y conocía a un montón de gente. Hice dos llamadas antes de volver, uno a Lino Barañao, exministro de Ciencia y Tecnología, a quien conocía desde hacía años. Le dije: “Lino, estoy haciendo esto, es una locura, pero quiero volver a Argentina a hacerlo”. No me prometió nada, pero me dijo que harían lo posible para ayudarme. Llamé también al exvicepresidente de Asuntos Espaciales de Invap, Tulio Calderón, y le dije: “Tengo esta idea, voy a hacer esto, es diez mil veces más barato que los tradicionales”. Él me dijo, literalmente: “Vos estás completamente loco, eso es imposible, pero vení, si querés hacerlo te abrimos las puertas”.
A partir de la rebeldía que le provocó ver mucho talento destinado a proyectos que poco tenían que ver con “los grandes problemas”, Kargieman emprendió un reto sideral. Aunque son muchos los logros de Satellogic (que se perfila como el próximo unicornio con sello argentino), está claro que este camino, para él, apenas comienza. “Como humanidad, tenemos el imperativo moral de salir de la Tierra a backupear este mundo en otro lado. Existe un riesgo importante de que la humanidad desaparezca si no hacemos algo. Tenemos la tecnología para hacerlo y creo que lo conseguiremos”, dice.
*/** Autores de Hackear la Argentina, editorial Catarsis (fragmento).