DOMINGO
Malvinas

Un nudo a desatar

16-4-2023-Logo Perfil
. | CEDOC PERFIL

Somos un país en decadencia. Somos un país malvinero. Estoy dispuesto a escribir aquí unas pocas palabras que, me gustaría, resonaran como golpes secos que da el hacha al penetrar en la madera. Es decir, como hachazos. Somos una nación extraviada. No estamos condenados a seguir siéndolo, pero nos rodean las tinieblas y alcanzamos a oír los golpes del hacha. No nos anuncian nada bueno; cada golpe nos dice de nuestra decadencia colectiva. Un golpe, un joven que decide emigrar; un golpe, una familia que pasa hambre varios días a la semana; un golpe, una reforma impositiva que desgrava a los ricos gravando más a los pobres; un golpe, un candidato a presidente nos promete desconocer la Constitución; un golpe, una empresa pública es vendida y vuelta a comprar con la corrupción más escandalosa; un golpe, un expresidente nos muestra que su vanidad personal está por encima de su responsabilidad política. Pero todo tiene un límite, hachazo tras hachazo, el árbol va a caer. No es cierto que los países no colapsen; hachazo tras hachazo, el árbol no será más que un tronco muerto y unas raíces destinadas a secarse. Queremos detener a los que no paran de emplear el hacha, pero las tinieblas no nos dejan verlos. Sin embargo, es fácil saber quiénes son. Somos nosotros mismos los que empuñamos el hacha y la usamos compulsivamente, con la mayor energía posible. Somos nosotros los responsables de nuestra propia decadencia, de que el tronco se incline más y más. Somos nosotros, los de ahora, los de hoy. Los que pasaron, pasaron ya. Creo que para el historiador, la célebre pregunta “¿cuándo se jodió Argentina?”, es una pregunta estúpida. Para la vida cívica de los que vivimos ahora, también lo es. Los de hoy no tenemos nada en especial, no somos una generación peculiar, mejor o peor que las otras. Pero estamos ahora en el devenir de la historia de los argentinos y en ese devenir, ahora, somos nosotros los que podemos dejar el hacha. Somos nosotros, ahora, los que podemos actuar libremente. Nada nos ata al pasado de nuestra decadencia. Al contrario, es la decadencia la que nos ata al pasado. Malvinas es uno de los nudos que hay que desatar, ya que sería insensato pretender cortarlo de un golpe de espada, o de un hachazo. Malvinas es cada vez más, y más, y más memoria. No estoy hablando solamente de la guerra de 1982. Me refiero a todos los componentes de la causa. Es la causa Malvinas la que oprime con su peso el cerebro de los vivos (parafraseando a Marx). La memoria acumulada en la forma de anhelos, los anhelos acumulados en la forma de memorias, los conocimientos, las creencias, las convicciones, pesan sobre nosotros, y nosotros, que nos sentimos obligados por ellas, nos sentimos obligados también a seguir hachando y a dejar el hacha en manos de una próxima generación cuando llegue la hora. No en vano la principal palabra de orden que le trasmitimos (si nos escuchan) a nuestros jóvenes es “prohibido olvidar”. Pero no hay ninguna libertad en esa obcecación. Hay un culto a la decadencia, el objeto de culto que nos impide elegir, que nos impide pensar alternativas, decidir si es esto o aquello lo que nos conviene en lugar de dar por descontado que todo lo que nos ha legado el pasado “básicamente un mandato al que nos sometemos” está bien. Cultivamos Malvinas al calor de la decadencia. Desde antes, pero nunca como desde 1982. No podemos parar con los hachazos.

No hacemos lo mejor para nuestro presente o nuestros futuros, sino lo mejor para nuestro pasado. Hacemos lo que nuestro pasado espera. Frente a una propuesta que tenía que ver, vagamente, con derechos de los isleños, formulada por una eventual futura ministra, uno de los periodistas más conocidos, estupefacto, preguntó: “pero entonces, ¿para qué murieron los pibes?, ¿para qué derramamos sangre en las islas?”.

Parecemos incapaces de interrogarnos si los pibes no murieron (mejor dicho, si no fueron matados) por otra cosa, si su tragedia no fue escrita para atraparnos para siempre en un callejón. En lugar de resignarnos, como hacemos, a que el pasado nos obligue, podríamos percibir la riqueza de dolor de un episodio que es de ruptura, no de simple continuidad, en una experiencia que debería ser un límite, más allá del cual se abran caminos nuevos, y no meramente una obligación con lo ya dicho y hecho, una palabra establecida e inmutable. No hay identidad sin memoria, eso es cierto. Pero si aceptamos que la identidad sea de piedra, y la memoria sea de piedra, piedra seremos también nosotros. Nos sobra cobardía para cuestionar los fundamentos de la sacralización de la causa Malvinas y para preguntarnos qué deberíamos hacer, por nosotros y por nuestra posteridad.

*Autor de Corazones tatuados. 

Ediciones Teresita Maratea.

(Fragmento).