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ECONOMIA / TRANSICIÓN 2019
domingo 3 noviembre, 2019

"Cuando yo negociaba, fijaba precios; hoy tenés a Mindlin, a los pilotos y a Pereyra"

El dirigente peronista duda sobre la capacidad que tiene hoy el Estado de coordinar un pacto entre sindicatos y empresarios. "No creo que Alberto Fernández sea Cámpora", dice.

por Jairo Straccia

Historia viviente. Carlos Leyba, el hombre detras del acuerdo social de 1973. Foto: cedoc

Todo el equipo económico de Alberto Fernández pone énfasis en un acuerdo económico y social ordenador. La última experiencia fue el del gobierno de Héctor J. Cámpora en 1973, que luego desembocó en el rodrigazo de 1975. Uno de sus armadores, Carlos Leyba, cuenta detalles en el libro Economía y política del tercer gobierno de Perón y habla de la propuesta del Frente de Todos.

—¿El punto de partida para un acuerdo social es similar?

—La situación de 1973 vis a vis a la de hoy no tiene nada que ver. Desde el punto de vista político, en 1971, Balbín, Perón y Horacio Sueldo hacen un acuerdo con partidos que tenían organizados, con gente que los seguían, con el peronismo participando por primera vez en elecciones en 18 años. Era una amistad política que no había existido desde muchos años atrás.

—¿Cómo ve la representatividad de los sindicatos a la distancia?

—La CGT era una sola y dominaba el 90% del movimiento obrero. Tenía el liderazgo firme con bastantes convicciones como José Ignacio Rucci. También estaban amenazados por la izquierda que los consideraban la burocracia sindical. Eran representativos del movimiento obrero y les preocupaba la visión de país. Estaban con una visión que iba más allá de las convenciones colectivas. Además, estaban en manos de los sectores productores de bienes. Hoy, a Hugo Moyano le da lo mismo llevar en un camión una heladera argentina o una heladera importada. A Antonio Caló no le da lo mismo.

—¿Y el sector empresarial?

—Las organizaciones empresarias eran representativas de verdad. Tenían una sociedad muy vital. El movimiento de la CGE incluía sectores de los más diversos de todo el país. No eran un sello de goma. En 1974, como referencia estadística, cuando se producían 300 mil automóviles, el 90% era con componentes nacionales, con miles de empresas de autopartes de todo el país. La densidad industrial de entonces no tiene nada que ver con la actual. Esa Argentina había tenido entre el censo del 64 y el del 74 una tasa de crecimiento de la productividad de la industria del 7% anual acumulativo. La pobreza en la primera encuesta de hogares de 1974 era del 4% de la población. No había trabajo en negro. Y el Estado era 20% del PBI, la mitad.

—Usted describe un comienzo en un escenario de “estanflación”.

—Nuestro programa se basó en el Teorema de Passinetti: si hay una economía que tiene alta productividad, que no mejora el salario real y no mejora la performance exportadora, se tiende al estancamiento porque la mejora no se aplica. Fuimos a corregir la mejora de la productividad que no se había producido. Tener una mejora redistributiva no era conspirar contra el capital. Era abrir la válvula para que salga el gas. Habías tenido una mejora de productividad pero no la habías distribuido. Las condiciones iniciales de aquel programa en consenso político y social son distintas. Lo que es igual es la estanflación. Una inflación muy alta: Lanusse la dejó en el 80%, con una tasa de desempleo que era muy importante y era del 7%, cuando lo normal era el 3. Nos fue razonablemente sencillo armar el paquete porque hubo dos años de entendimiento. La idea de los populistas que no combaten la inflación no era nuestro caso. Y nos fue bien. Llegamos a tener dos meses de deflación, y para mí fue terrible.

—A la distancia, ¿usted diría que para que tenga algún éxito un acuerdo social ahora debe dejar atrás la grieta?

—No tengo dudas. Sin un acuerdo político, la Argentina es pasto de los lobbies y no tiene futuro. Cualquier lobby es más poderoso que un partido político en la Argentina y los partidos políticos en la Argentina son débiles. Primero, en la Argentina el acuerdo debe ser político. Es un país sin moneda, un Estado fofo que no ofrece bienes públicos y muy endeudado que no contribuye a la programación de la vida económica. Yo me imagino a Alberto convocando a todas las fuerzas políticas argentinas para un acuerdo social, incluyendo al PRO, con Larreta o Vidal.

—Usted describe en el libro los tironeos por derecha y por izquierda a lo que se había firmado en el acuerdo. Las organizaciones guerrilleras y los empresarios que lideraba Martínez de Hoz. Salvando las distancias, un eventual acuerdo hoy también tendrá tironeos desde las bases hasta las multinacionales.

—La orfandad política la podés resolver, pero tenés una sociedad que se ha atomizado mucho, mientras se ha concentrado el dinero. Cuando yo negociaba como Estado hablaba en nombre de los ferrocarriles, el petróleo, del gas, de la electricidad, etc., cuando hablaba el Estado hablaba un Estado superpoderoso que fijaba los precios de la economía. Hoy lo tenés a Marcelo Mindlin, a los pilotos que ganan diez canastas mínimas y dicen que la inflación los afecta, o lo tenés al sindicalista petrolero Pereyra y las empresas petroleras pidiendo para ellos. Necesitás un Presidente que reivindique el poder. Una vez que tengas el consenso de la política que es vital, tenés que tener una capacidad de un programa que se base en datos materiales.

—El acuerdo del 73 arrancó con el objetivo de redistribuir. ¿Un acuerdo hoy debería ir a recomponer salarios o no están dadas las condiciones?

—Puede servir  para evitar la espiralización y poner orden en materia monetaria y fiscal. Pero si no tenés un acuerdo de largo plazo para aprovechar las potenciales tasas que tiene la Argentina se te puede complicar mucho. El déficit comercial industrial es de 30 mil millones de dólares año. Y tenés el 50% de la capacidad ociosa. Hay muchas industrias capaces de producir lo que importamos. Alladio tiene la fábrica al 50%. Tenés que hacer alguna traba tipo Brasil para que esa fábrica vuelva a tener plena ocupación. No tenés otra caja. Yo le quiero poner laburo a la gente.

—¿Cómo jugaría el FMI en el armado de un acuerdo?

—Eso tiene que ver con la solidez y la solvencia de los que conducen. Los tipos del Fondo tienen un cargo, pero son seres humanos. Con el Fondo podés hablar.

—El acuerdo del 73 nació bajo el gobierno de Héctor Cámpora, que había sido designado por Perón, que estaba prescripto. ¿Hay un paralelo con Fernández, que es depositario de los votos de CFK?

—No creo que Fernández sea Cámpora porque no te olvides que CFK decidió ponerlo para ganar, cuando Perón lo puso porque no podía venir. Cristina ya sabía que no podía ganar y sinceramente creo que no puede gobernar limitándose a sí misma, diciendo “vamos por todo”, o reivindicando a un dirigente maoísta chino. No la veo en ese rol. Fernández tiene más condiciones y menos lealtades que Cámpora. Y básicamente están los gobernadores, los hombres del poder.


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