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viernes 9 marzo, 2018

El patriotismo, del corazón a los pies

El autor plantea una distancia entre el amor a la patria real, de fuerte contenido simbólico, y las emociones que despierta el fútbol en las masas, muchas veces motivadas por la política.

por Roberto Bosca

Fanatismo. A partir del deporte y de los éxitos deportivos, también se maneja a la opinión pública. Foto: cedoc

¿Existe todavía entre los argentinos el amor a la patria? El patriotismo ha sido asociado con símbolos y actos heroicos, unidos a marchas militares, e incluso el militarismo lo ha absorbido, provocando así su naufragio en el mar de la globalización. En un escenario global de la crisis de las religiones tradicionales y el florecimiento de las nuevas formas de espiritualidad, ¿se ha convertido el fútbol en una nueva religión patriótica sustitutiva  de la posmodernidad?

El manual del buen político argentino prescribe que hay algunas realidades que no se pueden criticar o cuestionar en sí mismas. Una es el feminismo, aun en sus vertientes más radicales. Al buen político le parece que se trata de una actitud no pocas veces bastante revanchista y muchas otras sectaria, incluso autoritaria. Pero jamás saldrá de sus labios algo en su contra. Tiene sus reparos sobre la ideología del género y el lobby gay, pero en ningún momento ni por un desliz asomará a sus labios nada que pueda sonar ni lejanamente crítico. Nunca hablará mal tampoco del peronismo. Desde luego que  podrá denostar acremente al kirchnerismo,  pero ni por equivocación lo hará con el justicialismo, la religión política de los argentinos. Finalmente, deberá abstenerse como de pecar de pronunciarse en contra del fútbol, la nueva religión secular.

Religión. Antiguamente las religiones eran las portadoras y suministradoras de sentido; ahora lo es el fútbol, sacralizado a punto de caramelo como una verdadera religión posmoderna. Como en una sociedad fundamentalista donde es la fe religiosa la que vertebra transversalmente la vida social, en pocos meses nos sumergiremos en una burbuja en la que todo lo ajeno a ella perderá significado. Las expresiones de esta nueva religiosidad superarán largamente en devoción a las de Semana Santa. El silencio, la unción, los rezos fervorosos, el arrebato místico, las explosiones de gloria formarán muy prontamente parte de este nuevo escenario, trasladándonos a un clima sobrenatural donde las pedestres realidades de este mundo carecerán de toda entidad real. No es para menos; 11 santos pueden abrirnos las puertas del paraíso.

No es una ilusión del imaginario colectivo; ya sucedió. Cuando ganamos el Mundial del 78, un periodista confesó haber experimentado un estado alterado de conciencia que puede asimilarse con el grado máximo de la santidad: la visión beatífica. “Ya no grito. Ni tiemblo ni lloro. Cierro los ojos. Creo que vi a Dios”, exultó transfigurado en una suerte de éxtasis místico. La mano de Dios concretó el milagro. La imagen del jugador inglés Duncan Edwards relumbra en los vitrales de la iglesia de su pueblo natal del mismo modo que lo haría San Agustín o San Columbano.

Politización y futbolización. La simbiosis entre fútbol y política es ya hoy un clásico de las ciencias  sociales. Las grandes librerías poseen generosos espacios dedicados a la literatura sobre fútbol. Algunos maestros del best-sellerismo  como Eduardo Galeano le han dedicado libros enteros.  El fútbol como espacio simbólico ha superado a la religión, mimetizándose con ella, asumiendo bastardamente su identidad.

 Los columnistas comentaron hasta un cierto temor del mismo Mauricio Macri –cuya presidencia futbolera le abrió el camino de la presidencia política– sobre inquietantes cantitos escuchados en ciertas tribunas. La presidencia del Club Independiente por parte de Hugo Moyano ¿es indiferente a esa simbiosis? La guerra por el poder desatada en la Asociación del Fútbol Argentino exhibe registros nunca alcanzados. No hace falta recurrir al desgastado ejemplo de la dictadura militar y su instrumentación del Mundial. Ganar o perder la Copa del Mundo es una cuestión de Estado de la que puede depender incluso la caída de un gobierno.

Piedad. La virtud de la piedad referida a nuestro terruño es una inclinación natural, pero la cultura puede adormecerla o exacerbarla. Es tan natural como el amor a sí mismo, y si es un deber con la casa común, como es sabido, la caridad empieza por casa. De ahí que sea legítimo querer lo nuestro, sin desmedro del resto. El amor a la patria es una autoestima colectiva en la que al amar nuestras raíces compartimos nuestra propia identidad con los que nos conformaron para poder ser nosotros mismos. La piedad patriótica nos hace ser más verdaderamente argentinos, que es ser más plenamente quiénes somos.

El feminismo ha replanteado el uso de la palabra patria y su sustitución por el neologismo matria. Los pueblos originarios poseen esta misma concepción de matria como la madre tierra. En algunos de ellos la madre entierra el cordón umbilical del recién nacido en el solar donde dio a luz y donde mora o en sus adyacencias. En algunos pueblos mexicanos este es el lugar donde el niño recibe el alma.

Lejos ya de El hincha o Pelota de trapo, Escuela de campeones o El cura Lorenzo, la película El fútbol o yo, de Adrián Suar, exploró las entretelas conyugales de la nueva religión. No pocas veces se ha advertido sobre la construcción de matrices discriminatorias en determinadas hinchadas, y es público y notorio desde hace largo tiempo la pervivencia de verdaderas organizaciones mafiosas en la que participan los propios dirigentes del rubro.

Los medios de prensa registraron cómo en el año 1969 Amelia Bolaños, una jovencita de 18 años, no soportó la humillación que sufría mientras el televisor le transmitía la derrota del equipo representativo del honor nacional,  y con la pistola de su padre se descerrajó un tiro en el corazón. Era la “guerra del fútbol” entre Honduras y El Salvador, que arrojó alrededor de 2 mil muertos.

Patrioterismo. La piedad patriótica, el legítimo amor a la terra patrum, la tierra de los padres, ¿está hoy en retirada, arrasada por la globalización? Una mirada superficial así parece confirmarlo, mientras asoma aquí y allá su sustituto en forma de un opaco nacionalismo egoísta y excluyente. La religiosidad no muere, se transmuta en un universo lúdico, pero no menos visceral.

 El patriotismo: ¿fue a parar a los pies de la Selección? La piedad patriótica ya no se enseña en ninguna escuela, y en demasiados ambientes es vista como algo vergonzante. Cuando Bernardo Houssay, Luis Federico Leloir o Adolfo Pérez Esquivel ganaron el Premio Nobel, no se vio por ninguna parte ninguna explosión de júbilo popular. Nuestros escritores y nuestros científicos han ganado premios internacionales que honran nuestra literatura y nuestra ciencia. Pero en este rubro, nadie gritó ningún gol.

Debo ser un romántico porque me emociono al ver pasar a los granaderos. Alguien pensará que por qué no se pagará más a los jubilados en vez de mantener un gasto inútil y sin sentido. Aprieto los dientes.

Ellos son como un símbolo, la contracara de la estulticia ambiente.

*Ex rector de  la carrera de Derecho. Univ. Austral.


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