martes 27 de septiembre de 2022
ELOBSERVADOR Retratos digitales

Innovación y Justicia, un relato plausible

De la saga Los incansables de la Justicia Federal argentina, llega ahora un nuevo capítulo: Mariana Sánchez Caparrós, relatora en el superior Tribunal de Justicia de la provincia más austral del mundo.

10-09-2022 02:27

Mariana vive en Ushuaia, Tierra del Fuego. Es relatora en el Superior Tribunal de Justicia de la provincia más austral del mundo (N. de R.: relatores son los que les leen a los jueces el contenido de los expedientes y trabajan con ellos las sentencias; cuenta la leyenda que, en muchos casos, los relatores son quienes verdaderamente hacen todo el trabajo en un fallo, mientras que el juez pone la firma y poco más).

Impulsora de la transformación de las instituciones judiciales, está convencida de que la tecnología es una herramienta fundamental para que este poder cambie y deje definitivamente atrás sus costumbres decimonónicas.

“Pero hay un problema de incentivos. Por eso yo creo que tenemos que mirar el sector privado para inspirarnos, por la dinámica que tiene para generar y absorber cambios, si bien en el sector público el incentivo es el interés público (…) solo que después en el Estado encontrás mucha gente que está ahí trabajando y se olvida de que ese debería ser el verdadero motor que te hiciera trabajar mejor cada día”.

Lo notable es que Sánchez Caparrós traza un paralelo entre ambos sectores de la sociedad, en cuanto a lo que alienta, en cada uno, a quienes empujan del carro; pero al mismo tiempo pone sobre la mesa una diferencia que estructura cierto marco ideológico en su argumento. 

“En La rebelión de Atlas, de Ayn Rand, un grupo de empresarios y cracks de la sociedad busca un lugar perdido en el mundo y construye ahí su comunidad, porque cree que aplicando el liberalismo puro verdaderamente va a prosperar… pero si leés la novela, el final te hace ruido, porque una sociedad es más que el individualismo intentando ganar plata”.

De acuerdo. Más allá de los modelos de desarrollo, las teorías políticas, económicas, etcétera, hay algo humano llamado solidaridad. Es decir, podemos acordar con Sánchez Caparrós en cuanto a que es razonable suponer que quien ocupa un lugar en el Estado tenga esa sensibilidad más desarrollada. “Porque todos sabemos que no todos tienen las mismas oportunidades”. 

OK., ahora bien: desde el recientemente inaugurado Dyntec.Lab, el Laboratorio de Inteligencia Artificial, Innovación y Transformación Digital de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Tucumán, ella impulsa la modernización del mundo jurídico. También aporta sacrificio en Legaltech Seed, una ONG plagada de jóvenes entusiastas en el cruce entre derecho y tecnología.

A sus 38 años, generando redes de intercambio, investigación y docencia, forma parte del grupo de evangelizadores que el buque insignia de la innovación tecnológica para el sector público de habla hispana va sembrando. “Obviamente, el Laboratorio de Innovación e Inteligencia Artificial de la UBA –UBA Ialab– es la fuente de inspiración de lo que hacemos”. 

Visto así, entonces, volvamos un minuto sobre el problema de los incentivos y la novela de Rand.

En una conferencia, en 1964, la autora explicó que la obra “enfrenta dos antagonistas, dos modos opuestos de ver la vida, dos escuelas filosóficas que, simplificando, llamo ‘razón-individualismo-capitalismo’, por un lado, y ‘misticismo-altruismo-colectivismo’, por el otro”.

Ayn Rand era rusa y se nacionalizó estadounidense. Defendió la libertad individual y de mercado, y se cansó de criticar toda clase de imposición colectiva construida sobre esa base que Caparrós llama “interés público”.

En Argentina, donde el Estado gigantesco engulle buena parte de lo que produce el sector privado para distribuirlo con mecanismos altamente ineficientes y corruptos, da la impresión de que hace falta un poco más de Rand y un poco menos de empleados públicos bregando por el supuesto interés público.

Sin embargo, el problema es tan complejo que merece una atención pormenorizada: allí donde uno necesita al Estado, se encuentra con problemas. Eso valida la voluntad optimista de Mariana, “porque obviamente que si pretendés ganar las batallas más grandes, vas a sentir frustración una y otra vez. Pero, en cada oficina pública, con que un tercio de los empleados tengan ganas de cambiar, alcanza”.

Una de las ideas sencillas que están desarrollando con el laboratorio tucumano es la posibilidad de incorporar sistemas automáticos de ahorro energético. “Si en las instituciones públicas siempre estamos cortos de presupuesto, aunque parezca algo chico, empezar por hacer un uso racional y eficiente de la energía eléctrica es interesante. Vamos a probar con un caso de uso acá en Tierra del Fuego, y luego se puede escalar y replicar”.

Con el mismo optimismo, Mariana rastreó en todo el país sistemas informáticos creados en entornos estatales, que funcionen y que se puedan usar sin tener que pagar licencias. Suena a cruzada medieval, porque los poderes judiciales provinciales trabajan como islas, aunque suene inverosímil en 2022.

“Río Negro tiene un software de gestión de expedientes electrónicos que está buenísimo y nosotros podríamos adaptarle nuestro Código Procesal para usarlo en nuestra provincia. Eso sería mucho más barato que pagar programadores o licencias de sistemas enlatados de empresas que tienen costos que no podemos afrontar”.

Ahora bien: innovar es algo más crítico y profundo en Argentina, y Sánchez Caparrós lo sabe. No se trata solo de incorporar tecnología (a veces hay presupuesto, se puede, pero igual no mejora la productividad; a veces no se puede, entonces dejamos todo como está y no mejoramos nada) sino de que “en la universidad todavía estamos formando autómatas, en vez de enseñar a pensar lo que hacemos, para ver si lo podemos hacer mejor o distinto”.

Hay un divorcio que sería bueno deshacer; el de la Justicia y la gente. Si la tecnología nos hace de Cupido, bienvenida la era de la inteligencia artificial, la creatividad y la chance de no entrar al túnel del tiempo cada vez que nos toca pisar un juzgado.

Eso sí. Que el reencuentro lo relate Mariana.

En esta Nota