Vivimos una paradoja inquietante. Mientras se promueve la inclusión, reaparecen expresiones machistas, xenófobas y discriminatorias hacia las diversidades sexuales. El antisemitismo, por su parte, plantea hoy un desafío intelectual, moral y democrático que no admite indiferencia.
Lejos de ser un fenómeno estático, el antisemitismo ha demostrado una extraordinaria capacidad de adaptación. En su ADN habita la lógica conspirativa, lo que le ha permitido mutar a lo largo de los siglos y adecuarse a los distintos contextos políticos, sociales y tecnológicos. Los viejos prejuicios alimentan nuevas formas de agresión. Y en la actualidad, esa capacidad de transformación ha encontrado en el entorno digital un espacio particularmente fértil para expandirse.
En muchas ocasiones, determinadas expresiones antisionistas funcionan hoy como vehículos contemporáneos de prejuicios históricamente antisemitas. Esto no implica desconocer la legitimidad del debate político sobre Medio Oriente, sino advertir cómo, con frecuencia, viejos estereotipos vinculados al supuesto poder económico, político o mediático de los judíos, la doble lealtad o incluso la negación del Holocausto, reaparecen bajo nuevas formulaciones. El conflicto en Medio Oriente aceleró este proceso y el 7 de octubre de 2023 marcó un punto de inflexión.
Desde el Observatorio Web analizamos este fenómeno desde hace más de quince años. A partir del monitoreo sistemático de conversaciones públicas en redes sociales, observamos que durante septiembre de 2023 se registraban, en promedio, alrededor de 4.000 publicaciones diarias con contenido antisemita. Sin embargo, el mismo día en que Hamas atacó Israel, esa cifra se disparó hasta alcanzar aproximadamente 200.000 publicaciones. El mes completo alcanzo los 5.9 millones publicaciones con contenido discriminatorio, valor récord en nuestra serie histórica.
Lo significativo es que esto ocurrió antes de cualquier respuesta militar israelí, antes de que la guerra dominara la agenda mediática y antes de que se consolidaran los grandes debates internacionales sobre el conflicto. El odio apareció de manera inmediata. La guerra no creó el antisemitismo; simplemente activó prejuicios que ya estaban presentes y encontraron una oportunidad para expresarse masivamente.
Los datos más recientes confirman que estamos frente a una transformación profunda del ecosistema digital. El Informe Anual sobre Antisemitismo en Internet 2025, elaborado a partir del análisis de más de 118 millones de contenidos en distintas plataformas, muestra que los niveles de hostilidad continúan muy por encima de los registrados antes de octubre de 2023. Incluso después del alto el fuego alcanzado en Medio Oriente durante octubre de 2025, el fenómeno no regresó a los niveles previos. Sobre el final del año, en el mes de diciembre, sumaban un total de 1 millón.
En la red X, el contenido antisemita representó más del 20% de las publicaciones analizadas. En Facebook alcanzó casi el 15%, una de las cifras más elevadas desde el inicio del monitoreo sistemático. Una particularidad se observa cuando, incluso en el conflicto bélico de la región, cambian los principales protagonistas. Durante junio de 2025 se desarrolló la llamada “Guerra de los 12 días” entre Irán e Israel. En esos momentos el antisemitismo resultó ser casi la mitad en términos porcentuales. Por el contrario, este suele aumentar cuando el conflicto es con Palestina, encontrándose el peor registro en septiembre del 2025, momentos antes del cese de hostilidades.
Es aquí donde aparece una de las características más preocupantes del fenómeno: el antisemitismo digital parece haberse convertido en una nueva normalidad. Ya no depende exclusivamente de una guerra, una crisis o una noticia puntual. Una vez que determinados discursos logran instalarse y naturalizarse, dejan de necesitar un detonante externo para seguir circulando. El odio adquiere autonomía y permanece activo incluso cuando desaparecen las circunstancias que inicialmente parecían explicarlo.
El problema no es solamente que el antisemitismo aumentó en términos nominales y porcentuales. En redes sociales una métrica importante es el impacto que tiene el contenido publicado, si tiene alcance. No podemos saber exactamente qué piensa la persona que ve el contenido pero si cuantas vieron ese mensaje. Durante los años 2021 y 2022 los discursos antisemitas no tenían mucho alcance. Esto cambio en los últimos 3 años. Los porcentajes de contenido antisemita y de impresiones potenciales prácticamente se equipararon. Esto nos abre múltiples interrogantes. Con casi tres años de alta exposición de contenido antisemita, ¿qué pasa con las personas judías que en su soledad reciben todo ese odio?, ¿qué percepción sobre la comunidad judía y el judaísmo en general construyen quienes tienen sus primeros acercamientos a través de ese contenido?, ¿cómo impacta particularmente en los más jóvenes?
Ya casi no sorprende que se produzca en Argentina alguna situación en los viajes de egresados de quinto año. No obstante, cada vez se registran hechos a edades más tempranas, como en partidos de futbol de niños de 12 años.
Parte de esta capacidad de permanencia se relaciona con el funcionamiento mismo de las plataformas digitales. Los algoritmos suelen privilegiar contenidos que generan indignación, confrontación y reacciones emocionales intensas. En ese contexto, los mensajes extremos encuentran mayores oportunidades de circulación, amplificación y viralización. Las cámaras de eco fortalecen esa dinámica, reforzando creencias previas y reduciendo la exposición a perspectivas diferentes.
Al mismo tiempo, uno de los fenómenos más relevantes observados en los últimos años es la utilización de nuevos códigos lingüísticos para difundir viejos prejuicios. Diversas investigaciones muestran cómo determinadas expresiones funcionan como sustitutos que permiten eludir los sistemas automáticos de moderación. Sionista como sustituto de judío, el número 271 para afirmar que durante el holocausto murieron “solamente” 271.000 en el Holocausto y no 6 millones, emojis de ratas para referirse a judíos o una cajita de jugo, para celebrar la violencia contra judíos (la cajita como objeto desechable). El lenguaje cambia, pero el contenido permanece. El odio encuentra constantemente nuevas formas de adaptarse a los mecanismos diseñados para limitarlo.
Las consecuencias de este fenómeno no permanecen confinadas a las pantallas. Los informes elaborados por las principales comunidades judías del mundo, como grupo J7 de la ADL, muestran que los incidentes antisemitas continúan registrándose en niveles superiores a los observados antes del conflicto. Ataques como los realizados en Bondi Beach, Australia, son una muestra de esto. Agresiones, amenazas, pintadas y situaciones de hostigamiento impactan directamente en la vida cotidiana de miles de personas.
La frontera entre el mundo virtual y el presencial es cada vez más difusa. Las palabras moldean percepciones, legitiman comportamientos y terminan influyendo en las relaciones sociales. Frente a estas situaciones, para quienes trabajamos estas problemáticas, se nos plantea un nuevo escenario, una nueva necesidad: darle una respuesta a quienes padecen del antisemitismo en primera persona. Ya no solo debatimos cómo contrarrestar los mensajes discriminatorios o cómo fortalecer la educación en diversidad, sino también cómo acompañar a quienes sufren estas manifestaciones de odio en primera persona. Debido al aumento de incidentes por primera vez se está pensando y trabajando en esa dimensión.
La historia ofrece una advertencia que no deberíamos ignorar. Los grandes procesos de persecución nunca comenzaron con actos masivos de violencia. Comenzaron mucho antes, con discursos que deshumanizaban al otro, con prejuicios repetidos hasta volverse familiares y con narrativas que transformaban a grupos enteros en responsables de males colectivos. El Holocausto no fue un acontecimiento repentino; fue la culminación de un largo proceso de normalización del odio.
Frente a este escenario, la responsabilidad es compartida. Las empresas tecnológicas deben asumir un papel más activo en la moderación de contenidos y en la revisión de sistemas que favorecen la polarización. La promoción de contenido positivo resulta fundamental en estos momentos. Los Estados tienen el desafío de fortalecer herramientas regulatorias y educativas que promuevan la alfabetización digital y el pensamiento crítico. Los medios de comunicación deben evitar la amplificación irresponsable de mensajes discriminatorios. Y los ciudadanos debemos comprender que cada interacción digital contribuye a modelar el espacio público.
Combatir el antisemitismo no implica únicamente proteger a una comunidad específica. Significa defender principios fundamentales de la convivencia democrática. Porque el odio rara vez permanece limitado a un solo grupo. Una vez legitimado, tiende a expandirse, encontrar nuevos objetivos y erosionar los valores de igualdad, pluralismo y respeto que sostienen a toda sociedad.
Tres años después del 7 de octubre de 2023, la pregunta ya no es solamente qué ocurrió en Medio Oriente. Surge una nueva: ¿qué estamos dispuestos a hacer frente a una cultura digital que normaliza la exclusión y la hostilidad? El odio no desaparece por sí solo. Requiere decisión política, compromiso social y responsabilidad colectiva. La historia demuestra que ignorar estas señales tiene consecuencias. Evitar que vuelvan a repetirse depende de todos nosotros.
*Director del Observatorio Web.