miércoles 28 de julio de 2021
ELOBSERVADOR
08-03-2021 17:45

La frustrada mediación de Franco entre Perón y Lanusse

Un episodio prácticamente desconocido de nuestra historia contemporánea. Tanto Perón como Franco se habían ignorado recíprocamente a partir del conflicto con la Iglesia.

08-03-2021 17:45

La Primera Cumbre para la Tierra, celebrada en Estocolmo del 5 al 16 de junio de 1972, adoptó una declaración con recomendaciones  para mejorar el medio ambiente, que como también aconteció en las siguientes cumbres, fueron muy aplaudidas y poco atendidas.

El presidente de la delegación española era Laureano López Rodó, un hombre clave en el proceso de la transición a la democracia,  a quien se atribuye el despegue económico de su país, y que entonces era comisario del plan de desarrollo con el rango de ministro sin cartera.

Por la Argentina asistió el entonces titular de relaciones exteriores, Luis Maria de Pablo Pardo,  un antiguo nacionalista católico cuyo mandato cesó al regresar al país.  Pero como suele suceder,  en la conferencia también se ventilaron cuestiones que tenían que ver mas con el clima político que con el del ambiente físico o la ecología, una palabra todavía poco usual.

Un pedido incómodo

En términos climáticos, en la Argentina se vivía un cuadro tormentoso que brindaba un escenario bélico de truenos,  rayos y centellas a la pulseada entre Perón y Lanusse. Fue así que en un vestíbulo contiguo al salón de sesiones,  el canciller argentino mantuvo una reunión informal con su colega hispano. El motivo de la misma consistía en pedirle, en nombre del presidente Lanusse, que Franco ejerciera una supuesta influencia que el gobierno atribuía al caudillo, en la negociación con Perón.

A López Rodó le resultó pintoresco que De Pablo Pardo no mencionara a su rival por su nombre, sino que empleara eufemismos como “el huésped que ustedes tienen en Madrid”. El curioso detalle permite intuir la animadversión que despertaba entre los antiperonistas el jefe de la oposición, que veía cómo sus acciones políticas se cotizaban cada vez más alto en las nuevas generaciones.  

En realidad, la solicitud se asentaba sobre bases falsas, porque tanto Perón como Franco se habían ignorado recíprocamente a partir del conflicto con la Iglesia, que el generalísimo miró  siempre con desagrado, aunque en esos mismos años, él mismo mantenía relaciones borrascosas con Pablo VI. Perón, por su parte, reprochaba a Franco su ingratitud, porque la Argentina había ayudado a España durante su aislamiento internacional, algo que los españoles agradecen hasta el día de hoy.

Perón, por su parte, reprochaba a Franco su ingratitud, porque la Argentina había ayudado a España durante su aislamiento internacional, algo que los españoles agradecen hasta el día de hoy

Cuando en 1973 Cámpora viajó a Madrid como presidente para escoltar al anciano general en su postergado regreso a casa, una sutil venganza de Perón consistió en retrasar una hora la llegada de su alfil a una cena de agasajo ofrecida por el jefe del estado español.  Posteriormente, ambos mandatarios firmaron una declaración.

 Era la primera vez que Perón y Franco estaban frente a frente a frente, porque el Caudillo (así apodado por sus partidarios) nunca se había dignado recibirlo.  Resulta llamativa la doble mención de Isabel, ya que es infrecuente que los cónyuges aparezcan mencionados en esa clase de textos, lo que muestra la voluntad de situarla en la escena pública.

López Rodó se quejó de que el presidente argentino consultaba todo con su jefe, lo que retrasaba el trabajo. Paradigma de la obsecuencia, las malas lenguas  le atribuyen gestos esperpénticos al dentista de San Andrés de Giles.  Según una versión probablemente malintencionada, cierta vez que Perón le preguntó la hora, Cámpora habría respondido: “¡la que Ud. quiera, mi general!”. 

Era la primera vez que Perón y Franco estaban frente a frente a frente, porque el Caudillo (así apodado por sus partidarios) nunca se había dignado recibirlo

A López Rodó le llamó la atención el pelo renegrido del anciano líder de los trabajadores, según comentaría más tarde, probablemente teñido, y su mirada apagada que  denunciaba el paso de los años.

Franco los despidió con su proverbial  laconismo, y cuando Cámpora planteó que deseaba que Perón saludara  con ambos, el sagaz gallego le devolvió el desplante, limitándose a responder sutilmente: “Solo cabemos dos en el coche”.

López Rodó, ya entonces canciller, conocía bastante de la política nacional, e incluso había estado entre nosotros  en el año 1966 como parte de una gira latinoamericana. Aquí se respiraban los aires castrenses de la Revolución Argentina, en sus comienzos liderada por Juan Carlos Onganía, quien le impresionó como un hombre de escasas dotes políticas. En ese entonces el peronismo estaba en hibernación, y Perón había decidido “desensillar hasta que aclare”.

La ambición de una herencia

España, ya entrados los sesenta, en pleno proceso de modernización y liberalización,  podía exhibir mejorías contantes y sonantes en su economía. El político catalán  mantuvo una incisiva entrevista con Bernardo Neustadt, a la sazón un periodista estrella de la televisión, que causó gran impacto, y visitó la estancia Acelain, una joya del arte mudéjar que perteneció a Enrique Larreta.

Seis años después,  los militares estaban preparando una honrosa retirada, y  pensaban que Perón no volvería al país tanto por su avanzada  edad como debido los conflictos internos de su movimiento político, pero lo cierto es que  ellos, con sus provocaciones, produjeron el efecto contrario. Muchos acariciaban el deseo de que el conductor del movimiento de masas más importante de la historia argentina se fuera al otro mundo para heredar su capital político.

Posiblemente Lanusse asimilara el peronismo al franquismo

Es probable que el ex y futuro presidente  prefiriera mantenerse en su rol de “padre eterno” (él mismo usó esta metáfora) que reinara más allá del bien y del mal, sin bajar al  oscuro lodo  que podía asociarse a una sala de terapia intensiva, donde la muerte esperaba a la vuelta de la esquina. Pero los acontecimientos se irían precipitando en  otra dirección.

Posiblemente Lanusse asimilara el peronismo al franquismo, adjudicándoles un común eje autoritario, y  de hecho los falangistas  miraban con simpatía el nacionalismo justicialista. De Pablo Pardo  creía que Perón iba a atender lo que dijeran los españoles. De otra parte, Pilar, la hermana del caudillo, era amiga de Isabelita y casi el único hipotético nexo con el Caudillo. En la víspera del regreso de Perón, ella ofreció una comida a la delegación y después vino a visitarla a la Argentina.  Sin embargo, todo esto era insuficiente para establecer una empatía.

Un matrimonio  interesado y ventajoso

Tanto al titular de asuntos exteriores, Gregorio López Bravo, como al propio Franco, la idea de un rol de mediador les pareció insólita, por lo que la rechazaron  diplomáticamente, dándole largas al asunto, y finalmente el cese del canciller argentino dejó todo en agua de borrajas. Ya instalado Perón en la presidencia, López Rodó mantuvo una entrevista con el ministro Vignes en New York.

Pasados los años, a comienzos de los noventa, López Rodó volvería a la Argentina,  pero en su calidad de prestigioso académico de Derecho administrativo. En su visita participó como padrino de la primera promoción de graduados de la maestría en esa especialidad de la Universidad Austral.

En un reportaje que en esa ocasión le hizo Germán Sopeña, el jurista recordó una anécdota que exhibe el mismo  pragmatismo del dictador español, tanto para rehusar la mediación,  como  para establecer relaciones carnales con los Estados Unidos. “Nadie puede quedar soltero para toda la vida -reflexionó Franco- y ya que hay que casarse, má vale casarse con la niña más rica del pueblo”. Los catalanes lo llaman “seny”, y los gallegos “sentidiño”, un sentido común propio de la etnia.

 

*Director académico del Instituto de Cultura del Centro Universitario de Estudios.

 

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