Alejandro Maci sabía desde el comienzo que el gran peligro de hacer un documental sobre China Zorrilla era repetir una imagen ya demasiado instalada. La actriz sigue siendo una figura enormemente presente en el imaginario rioplatense: aparecen entrevistas suyas constantemente en redes sociales, fragmentos televisivos, anécdotas repetidas casi como pequeñas leyendas culturales. Por eso, antes incluso de pensar el archivo o la estructura narrativa, el director tuvo claro aquello que quería evitar. Maci: “Para mí el gran desafío era justamente escapar de los lugares comunes. China sigue estando muy viva culturalmente. Todo el tiempo aparecen videos suyos en YouTube, reels en Instagram, entrevistas, anécdotas. Entonces yo no quería que el documental se transformara en una compilación de momentos conocidos o en una especie de informe periodístico tradicional. Me interesaba otra cosa. Me interesaba encontrar a una China con voz propia, más compleja, más contradictoria, más humana. Quería desentrañar aspectos menos conocidos de ella: sus luchas internas, sus aspiraciones, sus renuncias, incluso sus fracasos. Hacer una arqueología de su deseo. Preguntarme cómo se construyó esa mujer que después terminó convirtiéndose en una figura tan inmensa para el Río de la Plata”.
—La película parece muy atravesada por la idea del viaje.
—Sí, porque también me interesaba mucho reconstruir quién había sido China antes de la imagen popular que todos conocemos. En Argentina nosotros la incorporamos ya en su madurez, cuando llega exiliada después del golpe militar uruguayo. Era una mujer que tenía casi cincuenta años. Entonces me parecía importante volver hacia atrás. Entender sus viajes, su formación, su educación artística, sus vínculos familiares. París durante la infancia, Londres en plena posguerra, Nueva York junto a Carlos Perciavalle… cada uno de esos viajes fue construyendo distintas versiones de ella.
—Y ahí aparecen Perciavalle y Soledad Silveyra como piezas fundamentales.
—Absolutamente. Yo sentía que ellos eran una especie de hijos artísticos que China nunca tuvo. Carlos la conoce siendo prácticamente un adolescente en Uruguay, cuando iba a verla actuar al Teatro Solís. Después terminan viviendo juntos en Nueva York durante años y construyen un vínculo profundamente familiar. Con Solita pasa algo parecido en Argentina. Cuando China llega acá y hace Pobre diabla, Soledad interpretaba a su hija. También era muy joven. Y enseguida aparece entre ellas una intimidad muy fuerte. Después ellos mismos terminan haciéndose amigos. Entonces entendí que a través de esos dos vínculos podía construir una memoria afectiva de China, algo mucho más emocional que una biografía convencional.
—La película trabaja muchísimo con archivos muy distintos entre sí. ¿Cómo fue esa búsqueda?
—Ese fue uno de los grandes problemas estéticos del documental. Cuando uno trabaja con archivo aparecen materiales extremadamente heterogéneos: filmaciones deterioradas, registros televisivos antiguos, materiales de coleccionistas privados, fotografías dañadas, escenas teatrales incompletas.
—¿Hubo algo que descubrieras sobre China durante la investigación y te sorprendiera especialmente?
—Sí, muchísimo su dimensión humanista. Yo no soy religioso, pero me conmovió mucho la manera en que China transformó su educación cristiana en solidaridad concreta. Empecé a encontrar historias de hospitales, de visitas a chicos enfermos, de gestos silenciosos de ayuda, de una enorme capacidad para incluir al otro. Y eso me impactó muchísimo porque estamos viviendo un presente donde muchas veces se celebra exactamente lo contrario: la crueldad, el individualismo, la competencia salvaje. Entonces me parecía importante mostrar ese costado de ella. Porque China fue muchísimo más que una actriz extraordinaria.