4th de March de 2021
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16-05-2020 02:55

La cultura contra la guerra

16-05-2020 02:55

“Lo único que hace posible la vida es la permanente e intolerable incertidumbre: no saber qué viene después”, Ursula K. Le Guin

Asisto desconcertado al mundial de datos: infectados, muertos, curva, meseta. Paisaje pandemia. ¿Cuántas historias hay detrás de esos números? ¿Cuánto dolor y cuánta felicidad? ¿Quién dará testimonio de eso? Me inquieto, hay algo latiendo más allá de lo que vemos, y hay algo que falta. Duele lo que falta.

Armo lista de lo que percibo, leo, miro, me cuentan, se debate: nuevos códigos culturales y ambientales, extranjerías, discriminación, cambios de identidad social, lenguajes del exilio, pérdida de referencias, fronteras invisibles, otras formas de comunidad, economías recesivas, cambios en paradigmas productivos y de consumo. Nuevas normalidades.

Veo espacios que amé convertidos en desiertos. Duele ver el paisaje de mayo, hace diez mayos con millones de argentinos en las calles, hoy deshabitado. Con la virtualidad espío museos y galerías. Me dicen que es una guerra, pasan cosas terribles en la guerras. Sin embargo, ahí está: Los fusilamientos del 3 de mayo –otro mayo– de Goya sigue ahí. Y me impacta como desde la primera vez que lo vi. Paso de pantalla.

La bendición Urbi et Orbi de Francisco: la imagen del vacío en azul pálido, la grandeza de lo apolíneo. El hombre de blanco que avanza solo por la desolación. Es la guerra, me convenzo: el Vaticano sin un alma. Me detengo: alguien dispuso las cámaras, el impacto de la luz, el efecto de vacío. Pienso en la estética del vacío, en lo que no sé nombrar. Leo a García Márquez: “El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo”.

Hay una guerra, dicen. Hay prioridades. En estos días, Juan Villoro, Lluís Pasqual, Jonas Kaufmann y Ludovic Tézier, entre otros, citaron a Winston Churchill, quien consultado sobre si recortar el presupuesto de cultura, cuestionó:  “Si sacrificamos nuestra cultura, ¿alguien me puede explicar para qué hacemos la guerra?”.

Entonces: ¿no es hora ya de que el arte y la cultura definan su rol en esa guerra? No se trata de temas administrativos, no es solo economía o coyuntura. Es aquí y ahora. No es un futuro ficcionalizado. Y en este contexto “bélico”, el arte y el pensamiento deben liderar las batallas por la generación de conciencias críticas. Más allá del valioso aporte que ya hacen los artistas, también es hora de definir su lugar como motor y no como furgón de cola o mero entretenimiento. El arte está llamado a ser protagonista en la generación de sentido frente a las “nuevas normalidades”.

La cultura no está en cuarentena, no está “congelada” para sacarla “cuando esto pase”. Está creando, haciendo, pasando. Está latiendo y es potente. Y los actores sociales que la conforman deben estar o ponerse a la altura. Me resisto a aceptar que el lugar de las instituciones y organismos culturales se limite a hacer barbijos, o a administrar la nada, o a aceptar el vaciamiento en pos de algún supuesto bien superior.

El arte permanece, va y ve más allá de las crisis y las emergencias, las trasciende y trae salidas para esas situaciones.

El arte es el espacio que las sociedades se reservan para pensar mundos posibles. En la profundidad de la cultura encontramos lo que somos, reconocemos nuestra identidad, nuestro sentido de comunidad, de intimidad, nuestras propias crisis y placeres.

No hablo de “entretener” en medio de la crisis global, hablo de nuestras profundidades, hablo de mundos posibles, hablo de alternativas y también hablo de la belleza, de las resistencias y resiliencias. Creo en los que cuentan, cantan, pintan, esculpen, bailan, actúan, escriben y piensan. Creo en el arte como testimonio. Creo en el arte para ponerle nombre y sentido al mundo que viene.

Y sobre todo, creo que frente a los claroscuros, las incertidumbres, los terrores y los vértigos, el arte nos mantiene firmes mientras caminamos por la cornisa de los tiempos.

*Productor artístico.

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