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ESPECTACULOS / Crítica de Cine
sábado 6 abril, 2019

Van Gogh: en la puerta de la eternidad

Bajo la dirección de Julián Schnabel, estamos al frente de una obra maestra con una actuación inolvidable.

por Diego Grillo Trubba

Willem Dafoe estuvo nominado al Oscar por este trabajo. Foto: Diamond Films
sábado 6 abril, 2019

Calificación: Excelente

Tres preguntas atraviesan esta brillante película biográfica: ¿qué es un genio?, ¿qué es un psicótico?, ¿qué es el arte? Esos interrogantes, claro, hacen al intento de comprensión de Vincent Van Gogh como persona. Y el director Julian Schnabel goza de la sabiduría de haber armado un equipo imbatible, de haber tomado todas las decisiones correctas, para adentrarse con comodidad paciente en esos interrogantes, para pensar, para que el espectador pueda meditar al tiempo que admira.

El primer acierto de Schnabel es haber tenido a un guionista brillante como Carriere a la hora de armar la historia –que, seamos precisos, es mucho más que “una historia”–, para adentrarse con respeto y con dudas en la psiquis del biografiado, para mostrar los modos de producción artística de la época y para señalar la forma en que se trataba a los pacientes psiquiátricos en aquel entonces. Esa tríada temática podría decirse que avanza en paralelo, pero en esa afirmación radicaría una grosería: el guión, parsimonioso, lento, hace de esos tres motores una integridad. No hay paralelos, no hay saltos ni tampoco distribución porcentual temática. Todo es uno, porque en definitiva Van Gogh era uno. Un genio. Un psicótico. Un artista.

El segundo acierto de Schnabel es haber elegido a Willem Dafoe para interpretar al holandés. Dafoe, un actor de una ductilidad asombrosa que le permite edificar tanto “buenos” como “malos”, parte, en cierto sentido, de la nada. Se saben datos biográficos del pintor, pero se desconoce su forma de hablar, de caminar, de interactuar. Entonces, como actor con mayúsculas que es, Dafoe construye. Lo suyo no es imitar al biografiado –esa especialidad del Hollywood apasionado por la intrascendencia, y por eso el atropello de que el Oscar se lo llevara el mediocre Malek por imitar a Freddie Mercury–, sino imaginarlo, darle carnadura. El actor compone a un Van Gogh que, al mismo tiempo que alcanzaba la genialidad y la plasmaba, sufría muchísimo por los delirios que lo emborrachaban de dudas, furia y pánico.

El título original también es maravilloso, porque deja en claro que en algunos casos, antes de ingresar en la eternidad, se atraviesa un infierno. Ese infierno capaz de generar milagros como sus cuadros es el tema central de este bello film.

DGT EA


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