ESPECTACULOS
‘AMOR TRAVESTI’

“Ya es hora de ser narradas por nosotras mismas”

La directora Lucrecia Mastrangelo estrena un documental sobre identidad, ballroom, maternidades y comunidad.

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Momento. Aurora atraviesa su transición acompañada por su madre. | GZA. PRENS AMOR TRAVESTI

La primera vez que Lucrecia Mastrangelo vio una exhibición de Ballroom en una plaza de Rosario sintió curiosidad. Venía de filmar El laberinto de las lunas, documental sobre maternidades e infancias trans, y ya conocía parte de ese universo. Pero fue el encuentro con Aurora lo que terminó de definir el rumbo de Amor travesti. La adolescente soñaba con participar de un Ballroom mientras atravesaba su transición de género y esa historia personal comenzó a dialogar con otra mucho más amplia: la de una comunidad que encontró en esa cultura un espacio de pertenencia, militancia y reparación colectiva. El documental, que llega al Cine Gaumont, combina observación íntima, poesía, performance y reflexión política para pensar el derecho a la identidad desde el afecto y la organización comunitaria.

—¿Cómo encontraste el equilibrio entre contar una historia íntima y, al mismo tiempo, retratar una experiencia colectiva?

—En Rosario comenzaron a verse muchas muestras de Ballroom en plazas y otros espacios públicos, y surgió mi curiosidad por entender qué estaba pasando. Mi película anterior, El laberinto de las lunas, ya me había sumergido en el universo travesti trans. Cuando conocí a Aurora me contó que su mayor aspiración era participar de un Ballroom y ahí sentí que las historias empezaban a cruzarse. Después descubrí que el Ballroom es una cultura antirracista que sostiene política y grupalmente las historias individuales. En ese momento ya no tuve dudas sobre el camino que debía tomar la película.

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—¿Qué descubriste de esa comunidad durante el rodaje que cambió tu mirada inicial sobre el proyecto?

—Más que descubrir, reafirmé algo que siempre había visto. Aun habiendo sido rechazadas y perseguidas, no son personas resentidas. Tienen la fuerza de responder con amor y con lucha, sabiendo que muchos de los derechos conquistados fueron posibles gracias a quienes estuvieron antes y dejaron la vida en ese camino. Ellas dicen una frase muy potente: “Hoy caminamos por la calle porque antes otras tuvieron que correr”. Yo pertenezco al colectivo LGBTIQ+ y siento que el cine estuvo históricamente contado por varones blancos y heterosexuales. Ya es hora de que esas historias sean narradas por nosotras mismas.

—¿Qué te interesaba explorar sobre los vínculos familiares frente a los procesos de construcción de identidad?

—La relación entre Aurora y su mamá me conmovió desde el principio. Es un vínculo atravesado por contradicciones, miedos y amor. Ella acompaña la transición de su hija, pero también expresa con mucha sinceridad todo lo que le cuesta ese proceso. Sentí que gran parte del público heterosexual iba a poder identificarse con esa experiencia, porque no quería romantizar un recorrido que también implica dolor e incertidumbre. Cuando la conocí tuve la sensación de que en esa madre había otra película. También quería construir un mensaje esperanzador para cualquier adolescente que esté pensando en iniciar una transición y crea que ese deseo es imposible.

—El Movimiento Kiki Rosario y los poemas de Morena García ocupan un lugar importante en la película. ¿Cómo dialogan esas expresiones artísticas con el registro documental y qué buscaban aportar a la narración?

—Siempre me interesó hacer un cruce entre el documental y la poesía, la danza, la performance o incluso la ficción. Siento que ese recurso simbólico a veces ayuda al espectador a levantar un poco los pies del suelo. Los testimonios pueden ser muy duros y tengo la necesidad de que el arte aparezca para incomodar o, por el contrario, para devolver alivio. Me interesa que esas intervenciones ayuden a comprender desde otro lugar, que revelen algo de una manera poética, pero también política.

La intervención política

J.M.D.

Para Lucrecia Mastrangelo, la historia de Aurora nunca podía contarse por separado del universo que la sostiene. Si la protagonista atraviesa su transición de género mientras imagina el futuro y enfrenta sus propios miedos, el Movimiento Ballroom aparece como el espacio donde esa experiencia individual encuentra una dimensión colectiva. Allí no sólo descubre una comunidad de pertenencia, sino también una forma de militancia y de construcción política desde el cuerpo.

—¿Sentís que Aurora funciona también como una intervención política además de una obra cinematográfica?

—Totalmente. Aurora reivindica lo que piensa y siente frente a la mirada del otro y frente a las expectativas que ese otro deposita sobre ella. Su mamá habla, entre otras cosas, de la necesidad de que exista Educación Sexual Integral en las escuelas. Gala pone en escena el racismo estructural y dice algo muy fuerte: que el odio al negro es, en realidad, la falta de conciencia de que todos, en algún punto, somos ese negro. La película reúne todas esas voces y todas ellas hacen política desde lugares distintos.

—¿Qué esperás que el público se lleve al salir de la sala: una mayor comprensión de una experiencia particular o una reflexión más amplia sobre la identidad, el afecto y el derecho a pertenecer?

—Espero que todos, todas y todes podamos reflexionar sobre los derechos humanos, la diversidad y el respeto por todo aquello que muchas veces se considera diferente. Creo en un cine que funcione como una herramienta de transformación social, que nos haga pensar, empatizar y humanizar la mirada. En tiempos marcados por la crueldad, siento que la única respuesta posible es desobedecer, resistir y organizarnos.