Toda la historia que les voy a contar es que el otro día estaba hablando con mi amiga Lina, que está atravesando un momento un tanto extraño de su vida, cuando de pronto se dio cuenta de que sabía algo que no sabía que sabía. “Hice lo que pude”, me dice con alivio. Con esa expresión de haber llevado la dignidad hasta el umbral de una causa que ya no la sostiene: “hice lo que pude, pero ya no puedo más”.
Estamos en una conversación casual, en un café cualquiera de Boedo sobre la avenida Juan Domingo Perón, entre José Ignacio Rucci y Juan Farrell. El café: normal. “Hice lo que pude, pero ya no puedo más”. Como estamos entre amigos, en un café cualquiera de Boedo, y sin composturas (con los amigos de la infancia no se tienen composturas), no calculo demasiado mi respuesta y le digo algo así como: “Hiciste lo que pudiste y, al parecer, empezás a advertir que ahora no solo podés otras cosas, sino que además podés quererlas”. Además, en ese momento se me había ocurrido un aforismo bárbaro que amagué con decir pero que finalmente callé y luego escribí en mis notas. No soy su psicoanalista y la eficacia de ese tipo de dichos es meramente contextual. una palabra que en sesión puede resultar memorable, en un café puede ser too much.

Después seguimos hablando un rato de otros temas menos importantes como si quien cantó en la ceremonia de inauguración del Mundial había sido Shakira o una doble de ella. También hablamos de la salud de nuestros padres; pasamos por los recuerdos de siempre de nuestra época en centros culturales; discutimos sobre la última moda de comprar huevos de “gallinas felices” y acordamos que definitivamente deberíamos empezar a prestar más atención a los alimentos que elegimos consumir. Yo aproveché, además, para quejarme del contrato basura que me ofreció la última editorial con la que todavía sigo en conversaciones y de los ridículos precios de los autos chinos que seguro dentro de tres años van a estar todos rotos. Así, hasta que nos fuimos.
A los tres días me llega un mensaje suyo: “Hola Mati, me di cuenta de que no tengo por qué convencerme de que quiero lo que puedo, cuando lo que quiero puede no coincidir con lo que puedo”. Qué preciso, pensé. Inmediatamente recordé una frase que alguna vez le escuché decir a algún colega lacaniano: “Cuando estamos frente a algo imposible, solo queda una posibilidad: hacerlo. Porque lo imposible está para hacerse, no para prometerse. Claro que tiene un requisito: no retroceder ante el deseo imposible que nos habita”.
No siempre se sostiene algo por deseo, por ganas, por entusiasmo, por amor o por convicción. A veces, lo que sostiene es el miedo, la seguridad, la cercanía, la costumbre, la posibilidad o la exigencia.
También se puede permanecer en algo simplemente porque resulta posible; porque está cerca, porque no amenaza demasiado el equilibrio, porque no exige cuestionar la imagen que uno tiene de sí mismo. Pero lo posible, por sí solo, no siempre alcanza para vivir una vida. Es por eso, dice Freud, que soñamos.
“Hice lo que pude” no tiene por qué ser la confesión de una derrota. Porque ni toda renuncia es un retroceso, ni todo avance necesariamente un progreso. A veces, dejar que algo fracase puede ser la marcación de un límite trazado con la tinta de la verdad: esto no lo quiero más. Hay que guardar siempre un lugar para lo imposible.
El aforismo era que no por el hecho de que algo sea posible se vuelve deseable.