La sonrisa de un niño comienza mucho antes de la erupción de su primer diente. Como odontóloga miofuncional, cada vez resulta más evidente que el desarrollo de los maxilares y de las funciones orales no depende únicamente de la genética heredada, sino de cómo esa información se expresa. Y aquí es donde entran en juego dos factores clave: la nutrición y la epigenética.
La epigenética estudia cómo el ambiente —y especialmente la alimentación— puede “encender” o “apagar” ciertos genes. Esto significa que, aunque un niño tenga una determinada carga genética, su desarrollo cráneo-facial puede verse profundamente modificado por factores como la calidad de los nutrientes que recibe, incluso desde la vida intrauterina.
Durante el embarazo, la nutrición materna cumple un rol determinante. Nutrientes como las proteínas de alto valor biológico, vitaminas A, D y K2, y minerales como el calcio, fósforo y magnesio, participan activamente en la formación ósea del feto. Un déficit en esta etapa puede condicionar maxilares más pequeños, menor densidad ósea y, a futuro, falta de espacio para la correcta erupción dentaria.
Pero el impacto no termina al nacer. En la primera infancia, la alimentación sigue siendo un estímulo clave para el desarrollo. Las dietas modernas, blandas y ultraprocesadas, requieren menor esfuerzo masticatorio. Esto reduce el estímulo funcional necesario para que los maxilares crezcan en ancho y en forma adecuada. En contraste, una alimentación rica en texturas —que invite a morder, triturar y masticar— promueve un desarrollo óseo más armónico y funcional.

Desde la mirada miofuncional, función y estructura están íntimamente relacionadas: lo que el niño hace con su boca influye directamente en cómo se forma su rostro. Respirar por la nariz, masticar correctamente y mantener una adecuada postura lingual son hábitos que, junto con una buena nutrición, potencian el desarrollo.
Comprender el rol de la epigenética nos invita a salir de la idea de que “todo es hereditario” y nos posiciona en un lugar activo: el de poder influir positivamente en la salud de nuestros hijos desde etapas muy tempranas, incluso antes de su nacimiento.
Porque no se trata solo de dientes, sino de crecimiento, respiración, función y calidad de vida. La prevención, una vez más, comienza mucho antes de lo que imaginamos.
OD. Ma. Virginia Mongiello – M.P. 13704
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