Hungría celebra mañana unas elecciones legislativas que tendrán un intenso seguimiento a nivel internacional, y en las que el primer ministro ultranacionalista Viktor Orbán, en el poder desde 2010, no llega por primera vez como favorito.
Las encuestas independientes apuntan a una posible victoria opositora del partido conservador TISZA, dirigido por Peter Magyar. Un sondeo del Centro de Investigaciones 21 le otorga una ventaja de 19 puntos sobre el oficialismo (56% vs. 37%). De todas maneras, y a pesar de la ventaja de la oposición, todavía hay un 26% de votantes indecisos, lo que podría acortar la brecha en la recta final.
Desde las filas del gobierno confían en que haya sorpresa y se imponga la coalición formada por Fidesz, el partido de Orbán, y los cristianodemócratas del KDNP. Los analistas esperan una participación fuerte, de hasta el 80%, al término de una campaña particularmente intensa.
Orbán tiene la particularidad de contar con el respaldo de dos líderes mundiales que se disputan su amistad: el estadounidense Donald Trump y el ruso Vladimir Putin. En las dos últimas semanas quedaron claros los estrechos vínculos con ambos.
Trump envió a su vicepresidente, JD Vance, a respaldarlo en la campaña electoral, mientras el Kremlin exhibe con gusto su alianza: el canciller húngaro Peter Szijjarto admitió abiertamente que defiende los intereses de Rusia en la Unión Europea, tal como expuso una investigación de medios europeos.
Szijjarto, entre otras cosas, expuso una serie de argumentos para justificar el levantamiento de ciertas sanciones europeas impuestas a Moscú por la invasión de Ucrania. Como si fuera poco, dijo a su homólogo ruso, Serguéi Lavrov: “Estoy a su servicio”.
Orbán arremetió reiteradamente contra Ucrania durante la campaña, y sigue bloqueando un préstamo europeo a Kiev de 90.000 millones de euros, lo que el jefe del Gobierno alemán, Friedrich Merz, calificó de “acto flagrante de deslealtad”.
El argumento de Budapest viene del lado de la energía: el país dejó de recibir petróleo ruso a través de un oleoducto que atraviesa la vecina Ucrania, y que resultó dañado por los bombardeos de Moscú.
Orbán dirige un país de menos de 10 millones de habitantes, pero goza de una “importancia desproporcionada” a nivel global, resalta Jacques Rupnik, profesor de Sciences Po París.
Visto de afuera, el principal punto en juego para la comunidad internacional está en si Hungría sigue siendo “benevolente” para con los intereses rusos, o si muestra “deseos de recomponer las relaciones con la Unión Europea”, de la que forma parte desde 2004, apunta Rupnik.
Orbán es un referente para la ultraderecha europea, así como para líderes latinoamericanos afines. En marzo recibió en Budapest al presidente Javier Milei, y en febrero se entrevistó con José Antonio Kast antes de que asumiera la presidencia de Chile.
En los últimos cuatro años, la popularidad del líder nacionalista se deterioró por el estancamiento económico y una serie de escándalos y hechos de corrupción.