La guerra comercial entre Estados Unidos y Canadá cruzó esta tarde una frontera insólita. Con el argumento de que la mayor porción y volumen del espejo de agua se encuentra bajo soberanía estadounidense, el presidente Donald Trump firmó un decreto en la Oficina Oval para rebautizar oficialmente al lago Ontario como "lago América". Lejos de ser un simple capricho, la medida llegó acompañada de una fuerte carga de hostilidad verbal y marca un nuevo capítulo en el deterioro de la relación bilateral.
Con los mapas ya retocados, el líder republicano no anduvo con vueltas y justificó la movida por el fracaso en las negociaciones comerciales. Para Trump, Washington recibe un trato injusto del otro lado de la frontera. "Los funcionarios canadienses nos trataron muy mal, son gente desagradable", disparó el mandatario. Fiel a su estilo, tiró sobre la mesa una ironía para el futuro: como ya rebautizaron un golfo y ahora un lago, avisó que no descartan cambiarle el nombre al propio océano Atlántico o al Pacífico.

La respuesta desde Ottawa no se hizo esperar. El primer ministro canadiense, Mark Carney, realizó su descargo en redes sociales y cruzó la ocurrencia de la Casa Blanca. El dirigente recordó que el término proviene de la palabra wendat Ontari'io (que significa "el lago es hermoso y grande") y tiene más de 400 años de historia, mucho antes de que existieran ambos países. "Las cosas deben llamarse por su nombre, y este lago se llama lago Ontario, hoy y para siempre", remató Carney, bancado por gobernadores locales que tildaron la jugada de "tontería".
El decreto presidencial va en serio y pone a correr a toda la burocracia de Washington: el secretario del Interior, Doug Burgum, y la Junta de Nombres Geográficos tienen un mes para barrer cualquier mención al lago Ontario de los mapas, contratos y documentos oficiales. Sin embargo, tal como pasó cuando Trump quiso renombrar el golfo de México como "golfo de América", el capricho choca en la frontera. Gigantes tecnológicos como Google quedan atrapados en el medio y se ven obligados a mostrar un mapa distinto según de qué lado del límite esté el usuario.
Aranceles cruzados y diálogo cortado
Esta nueva chicana geopolítica cae en el peor momento económico para los vecinos del norte. La bola de nieve arrancó la semana pasada, cuando la relación bilateral saltó por los aires y la Casa Blanca le otorgó aranceles del 50% a productos canadienses por unos 20.000 millones de dólares. Como era de esperarse, Canadá no se quedó de brazos cruzados y devolvió el golpe a la mercadería estadounidense.
Aunque algunas voces más moderadas del Partido Republicano, como la senadora Susan Collins, intentaron poner paños fríos y pidieron volver a negociar tras un gesto de buena voluntad de Ottawa, la Casa Blanca cerró filas. El representante comercial estadounidense, Jamieson Greer, blanqueó en público que los canales de diálogo están totalmente cortados.
Para colmo, la guerra de los mapas también abre otro frente de batalla con la prensa. Hay antecedentes frescos: cuando la administración Trump intentó castigar a la agencia Associated Press por negarse a usar el nombre "golfo de América" en sus notas, la Justicia federal le frenó el carro y declaró la medida inconstitucional. Ahora, con los puentes diplomáticos rotos, la tensión en la frontera promete sumar varios capítulos más.
TC/MSS