“Los vamos a golpear muy duro en las próximas semanas… para devolverlos a la Edad de Piedra a la cual pertenecen”. Eso le dijo Donald Trump a los iraníes en una conferencia de prensa que había generado mucha expectativa, pero dejó como únicas certezas su profunda frustración por el curso de la guerra y su desprecio por el pueblo iraní. Trump no sabe cómo salir de su propia trampa. A esta altura sigue sin estar claro cuáles eran exactamente los objetivos estratégicos de Washington al iniciar la ofensiva, y mucho menos cuál es hoy la vía de salida.

Ahora bien, ¿acaso esa salida la encontraría tras dos o tres semanas de bombardeos masivos sobre Irán, como prometió? Israel y EEUU ya están destruyendo puentes, plantas de generación eléctrica y otras instalaciones civiles en Irán, actos que constituyen crímenes de guerra según el derecho internacional. ¿Era ese uno de los objetivos el 28 de febrero, cuando se decidió atacar Irán? Seguramente que no, aunque ahora pareciera ser el foco primordial desde el punto de vista militar para allanar la retirada de EEUU. Para agravar el cuadro, varios altos generales han sido desplazados, en desacuerdo con el plan.
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Respecto a los otros supuestos objetivos, los cuales fueron variando de manera confusa y contradictoria con el correr de los días, hay que destacar que no hubo cambio de régimen y tampoco se neutralizaron las capacidades militares de Irán. Mucho menos se sabe del estado de las instalaciones nucleares iraníes. El régimen iraní demostró su resiliencia con rápido recambio de figuras, mientras que los drones y misiles de Irán alcanzaron a todos los países de la región. Dicho sea de paso, tampoco se produjo la tan mentada revolución popular. En cambio, sí ha aumentado el odio de los iraníes hacia los agresores que destruyen su país.
Otro dato que resulta no menor y exhibe el grosero error de cálculo de EEUU. Casi desde el inicio de la guerra, el grueso de los esfuerzos estadounidenses estuvo enfocado en reabrir el Estrecho de Ormuz, el cual estaba perfectamente abierto el 27 de febrero. Su cierre generó una crisis petrolera de dimensiones épicas. Trump sufrió la humillación adicional de cosechar el amplio rechazo de la comunidad internacional, incluidos sus aliados de la OTAN, en sus pedidos de ayuda. Finalmente, Trump replicó a la negativa con otro de sus berrinches. “Vayan ustedes a buscarse su petróleo”. Y amenazó con abandonar la OTAN.

Cada día que pasa se hace más insostenible para Trump soportar el costo de esta guerra inexplicable desde el punto de vista estratégico. Un costo que puede mensurarse en miles de millones de dólares de los contribuyentes estadounidenses que han sido y seguirán siendo dilapidados en la destrucción de Irán, miles de civiles inocentes muertos y daños económicos incalculables en la región. Y por si eso fuera poco, un aumento exponencial del desprestigio internacional de EEUU, empezando por las monarquías del Golfo. En ese sentido, no debiera sorprender que el gran ganador al final del día termine siendo China.
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El balance parcial de esta guerra para EEUU es un verdadero desastre geopolítico, económico y humanitario. Para colmo, se trata de una guerra en la que EEUU nunca tuvo realmente la iniciativa, por eso está fuera de su alcance determinar el final. Desde el primer día, esta ha sido la gran guerra de Benjamín Netanyahu por su supervivencia política, quien hábilmente arrastró una vez más a Trump para atacar Irán, como sucedió en julio del año pasado.
Aunque parezca mentira, Netanyahu ha logrado poner a su servicio la fuerza militar más formidable de la historia para degradar y provocar el caos en Irán y la región, mientras por su parte se concentra en la anexión del sur del Líbano. Una tragedia con miles de muertos y más de un millón de desplazados que, como anunció el gobierno israelí, no podrán volver a sus viviendas, las cuales serán demolidas. El modelo de Gaza ya se despliega en el Líbano, mientras el mundo asiste impotente. Aunque hay quienes lo hacen en cómplice silencio.
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La guerra contra Irán no sólo ha arrastrado a la miseria a gran parte de Medio Oriente. Se trata de un conflicto que lo más probable es que se sostenga en el tiempo y se expanda, ya que ese es el interés primordial de Netanyahu. Al mismo tiempo, Irán tiene cada vez menos incentivos para negociar mientras resiste. Desde el punto de vista del régimen iraní, ¿por qué negociar ahora lo que ya se estaba negociando en Ginebra antes de la guerra, pero igual nos atacaron?
Irán ha demostrado conservar capacidades militares limitadas pero suficientes para controlar el tráfico marítimo e imponer sus propias condiciones en el Estrecho de Ormuz. Con eso le basta a Irán para mantener condicionada a la economía global y garantizarle una derrota estratégica a EEUU. El factor tiempo y la geografía han jugado a favor de Irán desde el día 1 de la guerra.
En cambio, a este Trump visiblemente confundido y urgido por encontrar la salida se le agota el tiempo. El líder del caricaturesco Board of Peace sólo ha acumulado desprestigio y fracasos, camino a unas elecciones de medio término que podrían terminar de sepultarlo políticamente. Pero eso no sería tan grave como quedar sepultado vivo en bajo los escombros de una guerra absurda.
*Patricio Giusto es consultor político, docente universitario y analista internacional. Director Ejecutivo de la consultora Diagnóstico Político