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INTERNACIONAL / OPINIÓN
viernes 11 octubre, 2019

Un piedrazo en la cabeza: el rol de los medios en las protestas en Ecuador

Según cifras de la Defensoría del Pueblo, cinco personas murieron. Hay cerca de 800 detenidos por los disturbios. El diálogo entre el Gobierno de Lenín Moreno y los manifestantes está lejos de llegar a un acuerdo.

por Roxana Toral

Freddy Paredes, quien trabaja para el canal ecuatoriano Teleamazonas, fue agredido cuando salía del Ágora de la Casa de la Cultura, en el centronorte de Quito Foto: CEDOC
viernes 11 octubre, 2019

Sangre. Un hombre yace en el pavimento. Lo rodean varias personas que intentan ayudarlo. Convulsiona, mientras alguien grita con desesperación para que se aproxime algún paramédico. La imagen es temblorosa, coherente con la adrenalina que seguramente invade a quien capta el momento con su celular. Otra persona comenta que atacaron a un periodista. Fin de la grabación.

Minutos antes, Freddy Paredes, quien trabaja para el canal ecuatoriano Teleamazonas, fue agredido cuando salía del Ágora de la Casa de la Cultura, en el centronorte de Quito, donde el movimiento indígena se encontraba reunido desde la mañana de este jueves con el objetivo de que los medios de comunicación difundieran sus peticiones al Gobierno.

Al grito de “prensa vendida” fue increpado por un grupo de personas, mientras intentaba retirarse del lugar. Pero la escena terminó con su cuerpo tendido en una calle y la cabeza rota.

Este hecho, que fue condenado por la Confederación de Nacionalidades Indígenas (CONAIE), la mayor central de esa comunidad en el país y que lidera el reclamo, se suma a los diversos actos violentos que se registran desde hace ocho días en varias ciudades ecuatorianas, a raíz de una serie de medidas económicas de ajuste que adoptó el gobierno de Lenin Moreno y que desencadenó una grave crisis.

La decisión más fuerte fue eliminar el subsidio a los combustibles, lo que originó un paro de transportistas al que se adhirieron agrupaciones indígenas que decidieron movilizarse para manifestar su rechazo al denominado “paquetazo”, como se suele llamar en Ecuador de manera coloquial a un plan de ajuste, y así comenzó una protesta que parece estar todavía lejos de terminar.

Hay carreteras bloqueadas con piedras, palos y neumáticos, enfrentamientos con militares y policías que ya dejaron cinco muertos, según datos de la Defensoría del Pueblo, mientras que el gobierno sostiene que son dos; y en medio de todo esto, el rol de los periodistas empezó a ser cuestionado.

“Que muestren la verdad, no solo lo que dice el gobierno”, vociferan quienes están protestando, acusando así a los medios de comunicación de ocultar la realidad de lo que sucede en las calles y de la brutal represión que afrontan.

Para entender todo este escenario hay que tener en consideración dos puntos. Primero, en Ecuador no existe una “cultura de protesta”, es decir, que la gente no suele exteriorizar su desacuerdo con determinados hechos en las calles, a diferencia de lo que ocurre en Argentina. Segundo, cuando eso sucede suele escalar a grandes dimensiones, como ocurrió años atrás cuando incluso un presidente terminó siendo derrocado.

El derecho a la protesta está avalado legalmente, pero con los antecedentes anteriormente mencionados es percibido como una amenaza por parte de quienes están en el poder y es así que se desencadenan actos represivos que hasta el momento solo han logrado generar más violencia y repudio. 

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¿Y qué pasa con los periodistas? ¿De verdad están mostrando solo un lado de la noticia?

Un día antes de la agresión a Paredes, en redes sociales se multiplicaron las quejas por la actitud de un reportero de otro medio de comunicación, ya que aseguraban que le quitaba el micrófono a quienes querían compartir su desacuerdo con las medidas de Moreno. Su accionar fue percibido como una forma de buscar favorecer al régimen y de impedir que los ciudadanos se expresen con libertad.

También en el ciberespacio se alzaron múltiples voces para señalar que los grandes medios mostraban solo lo que le convenía al actual presidente y así se fue intensificando el rechazo a la cobertura que realizaban sobre lo que ocurría en el país.

¿Pero se justifica por ello la agresión? ¿Podemos entonces atacar con palos y piedras a quienes trabajan para estas empresas informativas? Para algunos la respuesta tristemente es afirmativa.

La cabeza rota de Freddy Paredes no fue el primer atentado contra un comunicador. Otros periodistas fueron increpados e insultados al grito de “prensa corrupta”, ese mismo término que el expresidente Rafael Correa empleó con ahínco durante esa década, según él ganada, para deslegitimar a los medios señalados como opositores. 

Fue ese mismo grito el que escuché en un par de transmisiones que realicé cuando yo trabajaba como reportera en Ecuador y él todavía estaba en el poder. Sentir el rechazo de personas que ni siquiera conocía y que me apuntaban por llevar un micrófono con determinado logo fue algo que jamás logré entender.

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Un comunicador no va armado a una zona de conflicto. Se expone al igual que un policía, con la diferencia que muchas veces no lleva un chaleco antibalas ni una máscara para protegerse de las bombas lacrimógenas. Está ahí para retratar lo que está sucediendo. ¿Por qué entonces atacar a alguien que está solamente trabajando?

Se puede discrepar, se puede reclamar, se puede criticar a viva voz el rol de los medios de comunicación en esta protesta, pero violentar a una persona es injustificable desde todo punto de vista. Romperle la cabeza a alguien resulta inaceptable y le resta validez a cualquier manifestación.

Recuerdo cuando hace más de tres años, Ecuador se abrazó para levantarse tras un terremoto y a punta de solidaridad entre compatriotas logró sellar las fisuras de una tierra que se abrió por la fuerza de la naturaleza, pero que logró recomponerse por la unión de todos. Fue así que ese país, que mi país, pudo levantarse y salir adelante.

Hoy, la polarización nos hunde y hace temblar la tierra con una magnitud mucho más devastadora que la de aquel 16 de abril de 2016. Pero en esta ocasión no podemos responsabilizar a la naturaleza, o tal vez sí, pero a la naturaleza humana que en estos días nos dio un piedrazo en la cabeza, dominada por un odio que nos ciega y que expone lo peor de cada uno: la falta de raciocinio, empatía e incluso el respeto por la vida del otro. ¡Cómo dueles, Ecuador! 

FeL


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