Escritos entre 1995 y 2024, y publicados en la revista Ciencia Hoy, dirigida por Patricio Garrahan, los 29 artículos de Miguel de Asúa que despliega Más allá del experimento, salen de una pluma envidiable atravesada por el humor sutil, la solidez académica y la erudición.
En este libro pasa de todo. Desde la nobleza de inaugurar la compilación con un artículo In memoriam del Dr. Patricio Garrhan, “un cultivador de las grandes preguntas” y un “buscador del conocimiento”, hasta un cierre desafiante (Ciencia y Catolicismo en la Argentina, 1750-1960).
En efecto, en las postrimerías del último ensayo, el autor empuña el bisturí con la precisión que le dio su profesión de médico: “las relaciones entre ciencia y religión son dos factores de suma cero, de tal modo que el progreso de la ciencia habría implicado el retroceso de la religión”. “Sencillamente no fue así”, refuerza. Y cada párrafo avanza, contundente. Por ejemplo:
-“La ilustración católica del Río de la Plata en los años que rodearon a la Independencia fue, antes que un oximoron, un compromiso inestable.
Un argentino llevará los drones a su máxima potencia al resolver un enigma de Darwin
-“La reforma religiosa de 1822 llevó a la secularización (expropiación y transferencia al Estado) de conventos”, dice; y estamos ante alguien dispuesto a elogiar alguna de las medidas de la presidencia de Bernardino Rivadavia: el Convento de Santo Domingo “pasó a albergar el museo, los gabinetes de física y química y algo parecido a un observatorio; el de los franciscanos recoletos fue transformado en escuela de agricultura práctica”, ejemplifica.
-“El conflicto a cielo abierto entre ciencia y religión correspondió a la década de 1880 y estuvo asociado a la legislación secularizadora del período (Ley de Educación 1430, Ley de Matrimonio Civil, Ley de los Cementerios), que transformó de manera profunda a la sociedad argentina y enfrentó a ‘católicos’ y ‘liberales’ en el terreno político”. Y esa fe en la “ley del progreso” habilitó el ingreso del darwinismo y el evolucionismo. Recordemos que hace apenas unos días, el 12 de febrero, se cumplerion 217 años del nacimiento de Charles Darwin en la casa familiar que su propio padre había hecho construir en 1800, gracias a las buenas ganancias que le dejó ser el más prestigioso médico del pueblo a orillas del río Severn.
Hoy, en esa vivienda funciona la oficina de catastro de Shrewsbury; ni siquiera es un museo. Hasta allí llegó el desprecio por los pilares de la ciencia.
Y podrían seguir citándose algunos hitos de dos líneas paralelas que pocas veces se juntaron, como cuando apareció el naturalista católico Angel Gallardo, quien tuvo una carrera diplomática de alto perfil (fue ministro de Relaciones Exteriores de Marcelo T. de Alvear) y tomó decisiones en consecuencia.
Pero volvemos atrás, hasta “Los perdedores”, un capítulo que rinde honor a la segunda o tercera línea de científicos a quienes la historia tiró abajo de un escopetazo.
“No sé si me dediqué a la historia de la ciencia porque siempre me gustaron los perdedores o viceversa (…) Muchos de los historiadores de la ciencia somos víctimas de una afición insana por las teorías derrotadas y las figuras menores, por los artefactos inservibles pero estéticamente deslumbrantes: anticuarios conceptuales rastreando enmohecidas ideas en los sótanos del pensamiento para restaurarlas a la belleza original que las animaba antes de la caída”, arranca en “Perdedores”, publicado en Ciencia Hoy, en 2001, tremendo año para Argentina y sorprendente final para el tema.
Job y Ulises podrían sintetizar el lugar que a los científicos les toca, por lo menos en Argentina. Entre Job, el hombre recto y de fe que cree en la justicia divina y sigue esperándola a pesar de las caídas (“¿por qué a mí?”, le pregunta a Dios) y Ulises, el guerrero noble y virtuoso que sólo quiere y debe regresar a su patria –aunque a costa de engaños, coraje y supervivencia-, tal vez se encuentren los hombres de ciencia.
“A pesar de los peldaños rotos, de la seducción del abismo y la fatiga, seguimos colgados como sea. Con la desesperación indignada de Job, aferrados, esperanzados, gritando que las cosas deberían ser de otra manera. El último libro (perdido) del llamado ciclo épico de Troya, cuenta el regreso de los héroes griegos a la patria, se llama Nóstos, palabra griega que significa ‘viaje de regreso al hogar’ (de ahí ‘nostalgia’, el dolor provocado por el recuerdo del hogar). Quizás en última instancia también tengamos algo de esos navegantes: el anhelo, el deseo, la urgencia de volver a una patria que nunca damos por perdida”.
El CV de Miguel de Asúa es avasallante: Doctor en medicina (UBA), master en Historia y Filosofía de la Ciencia, doctor en Historia Notre Dame, investigador del CONICET, miembro titular de la Academia Nacional de la Historia y de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, además de haber dado clases en varias universidades, lleva publicados más de un centenar de artículos y 20 libros. Ciencia y Literatura (2004), A new world of animals (2005), La ciencia de mayo (2010), Science and catholicism in Argentina (2022), son sólo algunos títulos.
Y se nota paso a paso, a medida que su formación se despliega con humildad, en un libro sencillamente imperdible.
LT