jueves 30 de junio de 2022
ACTUALIDAD Efemérides 24 de noviembre

Charles Darwin se graduó con honores en "Evolución", pero "Felicidad" se la llevó a marzo

Hace 162 años el autor de "El origen de las especies" publicó su obra cumbre y revolucionaria. Sin embargo, el alcance de su obra excedió el ámbito científico y terminó sembrando el mundo de discriminación e infelicidad.

El 24 de noviembre el mundo celebra el Día de la Evolución, para recordar la publicación de la obra cumbre de Charles Darwin, El origen de las especies. Aunque Darwin publicó 17 obras, esa fue la que más fama le dio y que comenzó a escribir en cuadernos, a partir de 1837.

Si bien en el mundo científico todos saben que él no inventó la evolución, todos lo dieron por sentado y dejaron de discutirlo. El primero en plantear la cuestión había sido otro naturalista, Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829), incluso su propio abuelo, Erasmus Darwin y sobre todo, Alfred Russel Wallace que planteó la teoría de la selección natural trabajando por su cuenta.

El río del Leteo pasó por todo este asunto. Muchas veces se discutió que la teoría debería llamarse Wallace-Darwin. Con los años, la nomenclatura cambió a Darwin-Wallace hasta que finalmente cuando iban por la quinta edición de la obra, en 1869, todos se olvidaron del asunto y de la propiedad de Alfred Wallace en la materia.

Charles Darwin y la evolución

Algunos documentos de contemporáneos de Darwin dan cuenta incluso de que el célebre naturalista solía decir “mi teoría” incluso delante de Wallace quien, como auténtico Lord inglés, permanecía callado a la par que se ulceraba.

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El primate bípedo y de posición erguida, Charles Darwin, biólogo y genio en Evolución.

Mientras la indómita barba de Darwin, entregada a su propia evolución, alcanzaba desmesuras inimaginables, Thomas Henry Huxley, paleontólogo y especialista en anatomía comparada, abuelo del célebre autor de Un mundo feliz, fue un vehemente defensor y comentador de la obra de “su maestro”. En su época se lo llamaba, incluso "el dogo de Darwin".

La perspectiva del tiempo torna interesante otro dato. En 1869, sir Francis Galton, primo de Charles Darwin, publicó Genio hereditario, un volumen que se considera el puntapié inicial para medir la inteligencia humana y las facultades mentales. Galton fundó incluso una revista científica, Biometrics, que hablaba de estos asuntos. Niño prodigio, autodidacta, inventor, meteorólogo y aventurero, todo este atractivo costado de su personalidad se hace añicos cuando se recuerda que Galton también inventó la eugenesia, una disciplina que intentaba aplicar las leyes biológicas para perfeccionar la especie humana.

La eugenesia proponía manipular los rasgos hereditarios para que nacieran más personas sanas e inteligentes. Francis Galton pensaba que un caballero aristocrático inglés tenía una posición social privilegiada porque sus cualidades sobresalientes lo justificaban. Al mismo tiempo, se lamentaba de que, con tantas virtudes, tuvieran pocos hijos, mientras “los mendigos pobres” tuvieran tantos.

Francis Galton acuñó la frase “nature versus nature” y la explicó en 1908, cuando propuso que la aristocracia británica –él, su primo Darwin y su círculo selecto- consideraran el objetivo humanitario de la eugenesia”: “Yo concibo que caiga dentro de su competencia reemplazar la selección natural por otros procesos que sean más misericordiosos y no menos efectivos… La selección natural se basa en la producción excesiva y la destrucción al por mayor; la Eugenesia consiste en no traer al mundo más individuos que los que se pueden cuidar adecuadamente, y solo los mejores”.

Es decir, una selección natural, pero que sólo tenía en mente reproducir el modelo de los blancos anglosajones. Sir Frances Galton ya decía en 1905 que había “naciones débiles que debían dar paso a las más nobles variedades de la humanidad”; ergo, los británicos o, si generalizamos, el imperialismo.

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Islas Galápagos, paraíso detenido en el tiempo de la evolución de las especies.

Es decir, a través de la eugenesia, Sir Francis Galton cantaba piedra libre a los horrores que la sociedad europea viviría treinta y cinco años más tarde.

Charles Darwin era un científico y su teoría sobre el origen y la evolución de las especies funcionaba perfectamente bien en el ámbito natural. En su descargo, podría decirse que el autor de una teoría científica no debería hacerse responsable de lo que sus congéneres quisieron hacer con ella. La verdad sea dicha, la teoría de la evolución vino como anillo al dedo para justificar el afán expansionista de las grandes potencias coloniales.

En su libro de 1859, Charles Darwin no habla en absoluto de esos menesteres imperialistas, pero sí desliza comentarios discriminatorios sobre los hábitos sociales de los fueguinos, por ejemplo. No comprende su deseo de compartir las pieles de foca que cazaron, su espíritu igualitario ni mucho menos su desnudez ni su precariedad habitacional.

Muchos de sus seguidores, desmienten que Darwin equiparara la selección natural con la selección social. Sin embargo, los detractores de Darwin y sobre todo, quienes lo acusan de haber convertido el paraíso terrenal en un horror, en un campo de exterminio de las sociedades que no respondían al prototipo europeo, encontraron una perlita bibliográfica (hay varias) en su publicación de 1871, Natural Selection as affecting Civilised Nations (parte 1, cap. V):

“Algunos comentarios con respecto a la selección natural actuando en las naciones civilizadas deben añadirse. Este asunto ha sido muy bien discutido por W. R. Greg y anteriormente por Wallace y GaltonLa mayor parte de mis observaciones son tomadas de estos autores.

“Entre los salvajes, los individuos débiles en cuerpo y mente desaparecen muy pronto, y los que sobreviven se distinguen comúnmente por su vigorosa salud. Nosotros, los hombres civilizados, en cambio, nos esforzamos por frenar el proceso de eliminación; construimos asilos para los imbéciles, los mutilados y los enfermos; legislamos leyes laborales, y nuestros médicos apelan a toda su habilidad para conservar el mayor tiempo posible la vida de cada individuo. Hay muchísimas razones para creer que la vacuna ha salvado la vida a millares de personas que, por la debilidad de su constitución, hubieran sucumbido a los ataques de la viruela. En consecuencia, los miembros débiles de las sociedades civilizadas propagan su especie.”

“Nadie que haya asistido a la cría de animales domésticos dudará que esto debe ser muy perjudicial para la raza humana. Es sorprendente ver la rapidez con la que la falta de cuidado o el cuidado mal llevado a cabo conduce a la degeneración de una raza doméstica, pero exceptuando el caso del hombre mismo, casi nadie sería tan ignorante como para permitir que sus peores animales se reproduzcan”.

chimpances sierra leona
Emociones primarias en los primates no significan anhelo de felicidad.

En definitiva, ¿qué proceso permitió a las especias animales evolucionar a tal punto que, en algún eslabón de la cadena, el homínido abandonara los últimos lastres de brutalidad y cruzara al nuevo mundo de la humanidad? Eso sería el eslabón perdido.

Tal vez cegados en su afán biológico, Charles Darwin y su fan club pasaron por alto que, el eslabón perdido que nunca terminó de precisar tan sólo podría encontrar una respuesta en la variedad cultural.

Los hombres, explicó el antropólogo estadounidense Clifford Geertz, somos animales incompletos que sólo nos completamos en la cultura. El desarrollo de nuestro sistema nervioso central y de nuestro cerebro dependen de la cultura desde la cual nos abrimos al mundo. No existe naturaleza humana independiente de la cultura.

O como ya lo había dicho un viejo sabio, más viejo y barbudo que Darwin, el fin de la especie humana es la felicidad, un concepto que Charles Darwin confundió con las “emociones cardinales” que, desde luego, según él heredamos de los primates y que, ya lo sabemos, no son la felicidad.

 

MM / ED