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Día 842: Kings nunca más

El desgaste de los liderazgos personalistas empieza a marcar un límite en distintas democracias. A medida que avanza ese proceso, la respuesta social crece frente a gobiernos que prometieron ruptura y hoy son percibidos como parte del mismo poder que cuestionaban.

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DÍA 842: KINGS NUNCA MÁS | NetTv

Según el libro Cómo mueren las democracias de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, las democracias del siglo XXI no colapsan de manera estrepitosa con tanques en las calles y toma violentas del poder o marchas fascistas sitiando las capitales como en el siglo pasado. Hay un proceso de erosión del sistema democrático llevado adelante por un grupo de gobernantes que vacían las instituciones de la democracia desde adentro. La categorización del rival político como enemigo que no merece la existencia, el ataque sistemático verbal, judicial y en ocasiones físico, el intento de captura de la justicia y la persecución a la prensa independiente son los comunes denominadores de líderes en todo el mundo que hacen buscan terminar con la democracia según sus propios autores. No es un libro que desde cierto sector se lo pueda considerar “woke”. Levitsky y Ziblatt utilizan las figuras tanto de Hugo Chávez, como de Donald Trump para ejemplificar los ataques a la democracia. Estas figuras que atentan contra el sistema democrático no están pasando su mejor momento.

La movilización bajo la consigna No Kingsen los Estados Unidos ha redefinido la escala de la resistencia civil. Ocho millones de personas en las calles no representan solo una cifra estadística; son el síntoma de un cuerpo social que rechaza la transmutación de la presidencia en una suerte de monarquía electiva. El rechazo a la gestión de Donald Trump, centrado en la violencia del ICE contra los inmigrantes y una escalada bélica en Irán que evoca los peores fantasmas del siglo XX, marca un punto de saturación. La idea de que el líder puede operar por encima de las instituciones, como un soberano que no rinde cuentas, ha chocado de frente con la realidad de una ciudadanía que, aun en su diversidad, coincide en un punto nodal: la democracia no admite coronas.

Este fenómeno de erosión no es patrimonio exclusivo de Estados Unidos. En Europa, los espejos del autoritarismo empiezan a mostrar grietas profundas. El caso de Italia es, quizás, el más pragmático. El 23 de marzo, Giorgia Meloni recibió un revés que altera el ADN de su hegemonía. El electorado italiano, históricamente fragmentado pero institucionalmente celoso, rechazó en referéndum su reforma judicial con un 53,2% de los votos. No fue una derrota parlamentaria, fue un "no" directo de la soberanía popular a un intento de subordinar el Palacio de Justicia al Palacio Chigi. La caída del modelo Meloni en las urnas del plebiscito prefigura un retorno a la cautela democrática.

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En El Reino Unido, sucedió un hecho histórico. La Together Alliance, una coalición masiva del Reino Unido compuesta por más de 140 organizaciones de la sociedad civil, sindicatos, grupos comunitarios y figuras públicas que se unieron para rechazar el odio, el racismo y la división política. Movilizaron el sábado 26 de marzo y según los medios británicos, fueron 500 mil personas para movilizar contra la agenda de odio y racismo de la extrema derecha. Es decir, es una reacción al crecimiento de la figura de Nigel Farage y su partido Reform UK, así como a las movilizaciones de calle lideradas por figuras de extrema derecha como Tommy Robinson.

Farage es la figura de extrema derecha que protagonizó el Brexit y tiene una agenda antiinmigrantes y Robinson es fundador de la English Defence League (EDL), una organización conocida por sus protestas islamófobas y enfrentamientos callejeros. Se describe a sí mismo como un "periodista ciudadano" que lucha contra el islam radical.

Sin embargo, el dato que termina de configurar este cambio de clima proviene de las orillas del Danubio. En Hungría, el sistema que Viktor Orbán construyó durante dieciséis años como la "democracia iliberal" por excelencia enfrenta hoy una crisis de legitimidad sin precedentes. Las encuestas de este fin de marzo de 2026 arrojan resultados que hasta hace meses parecían ficciones de la oposición: la popularidad de Orbán ha perforado el piso del 35%, mientras que el partido Tisza, liderado por el disidente Péter Magyar, logra capitalizar un malestar que ya no es solo ideológico, sino ético y económico.

Por primera vez en casi dos décadas, el resultado de las próximas elecciones generales es una incógnita real. El "modelo húngaro", que sirvió de manual para tantos líderes de la nueva derecha global, muestra que incluso el control más férreo del Estado tiene un límite cuando la sociedad percibe que la estabilidad prometida se ha convertido en estancamiento y privilegio para pocos. Tisza no se define como un partido de izquierda. De hecho, se ubica en el centro-derecha.

Su identidad combina valores tradicionales húngaros (uso de simbología patriótica, defensa de la cultura nacional) con una visión económica pro-mercado y moderna. Magyar se presenta como un "crítico pro-europeo", alejándose de la retórica de confrontación constante con Bruselas, pero manteniendo una postura firme sobre la soberanía. Su objetivo es superar la vieja división entre izquierda y derecha que, según él, solo ha servido para que Orbán mantenga el poder.

En nuestro suelo, la dinámica no es ajena a este pulso global. La Argentina atraviesa un marzo de una densidad política intensa. A la masividad de la movilización del 24 de marzo, que funcionó como un recordatorio de los consensos básicos sobre los que se fundó nuestra democracia, se le sumó un componente de degradación institucional que el oficialismo no logra contener. El escándalo de corrupción vinculado primero al surgimiento de nuevas pruebas con el caso $LIBRA y luego en relación al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, ha perforado la narrativa de la "moral como política de Estado" que el Gobierno pretendía encarnar. La judicialización de sus viajes privados y las inconsistencias en sus declaraciones juradas actúan como un catalizador del malestar social en un contexto donde el ajuste económico golpea con dureza.

El Gobierno vive su peor momento, atrapado entre la ortodoxia de sus planes y la heterodoxia de las conductas de sus funcionarios. La consigna que recorre el mundo, ese grito de "no a los reyes", interpela a esta nueva camada de líderes que confunden la victoria electoral con un cheque en blanco para el desmantelamiento de los controles republicanos.

Esta especie de monarcas contemporáneos, que basaron su ascenso en la impugnación de la "casta" o las instituciones tradicionales, hoy se encuentran con que el ejercicio del poder también genera su propia casta y sus propias patologías.

Lo que estamos viendo es una respuesta coordinada que trasciende las fronteras. El malestar por el costo de vida se vincula con la defensa de las instituciones. No es solo que el dinero no alcanza; es que la degradación de las formas democráticas hace que esa escasez sea percibida como una injusticia deliberada de quienes se sienten por encima de la ley. La soberanía popular, lenta e implacable, parece estar retirando la confianza en los liderazgos personalistas.

Es interesante recalcar que este proceso lo vemos fundamentalmente en Occidente. China y Rusia no son democracias y la persecución a los opositores, el cercenamiento de la prensa y las elecciones amañadas o no elecciones directamente son algo establecido. Probablemente Trump vea estos regímenes con envidia. Lo que sucede en Occidente es bien distinto. Son líderes que buscan doblegar el sistema democrático, para esto primero deben conquistar un sector mayoritario de la población que los acompañe en esta perspectiva.

Es decir, primero viene el discurso, ganar las elecciones, luego viene la erosión de las instituciones democráticas (el topo que desde dentro la destruye) y en este punto es donde se están encontrando con límites. ¿Por qué? Primero, lógicamente hay culturas democráticas de muchos años, instituciones que tienen sus propias lógicas y funcionan como contrapesos. Luego, tampoco estos regímenes logran resultados económicos contundentes que mejoren la vida de sus poblaciones en los que puedan acentuarse. Más bien lo contrario, en general sus poblaciones están peor desde que gobiernan. Y cómo último elemento que podemos sumar a este análisis del por qué de la respuesta civil a estos personajes, el discurso de outsider dejó de rendir tanto una vez que están en el poder.

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Generalmente estos políticos llegan al poder como los disruptivos, los que se oponen a un sistema corrupto, a la casta o al establishment, siguiendo las palabras de Milei y Trump. Ellos son los representantes del pueblo contra las élites, contra los empresaurios que cazan en el zoológico o políticos que viven de la tuya, contra los medios que viven de la pauta o la cultura woke y el lobby feminista. Ahora, una vez que llegan al poder, lógicamente dejan de verse como disruptivos. Por definición lo outsider, lo disruptivo no puede ser lo oficial, el Gobierno. Entonces, ellos empiezan a ser vistos como parte del poder que venían a combatir y lo disruptivo pasa a ser otra cosa.

Por ejemplo, para entender este punto. Vamos a la escena de la conferencia de prensa. Adorni le dice pedime perdón al periodista Nicolás Gallardo. ¿Quién es la figura de poder? ¿Con quién es más fácil identificarse? Sería difícil pensar que la casta en esa situación es Nico Gallardo. “Sos apenas un periodista”, le dijo a otro colega. Naturalmente una sociedad que pasa penurias económicas y que indigna con funcionarios que se desloman en Nueva York en hoteles de lujo o que no pueden explicar sus patrimonios, tienden a identificarse con un periodista que busca la verdad en vez de con un funcionario que viaja en vuelos privados a Punta del Este.

En ese contexto de dificultades económicas y de descongelamiento por decirlo de algún modo, las apuestas represivas chocan con las instituciones de la democracia. Los partidos de la oposición denuncian, la justicia actúa y la prensa informa. Las imágenes del ICE dieron la vuelta horrorizando al mundo y el gendarme que casi mata al fotoperiodista Pablo Grillo está detenido. Resta ver si este impulso de millones de personas en todo el planeta decantará en alternativas políticas superadoras, capaces de ofrecer una síntesis entre eficiencia y republicanismo, o si se disipará en la velocidad frenética de la información cotidiana. Lo cierto es que la era de los Césares invulnerables parece haber entrado en su fase de fatiga. El mundo ya no quiere reyes; quiere ciudadanos, justicia y, la certeza de que nadie es dueño del destino común.

Es curioso como en el caso de Bolsonaro y Milei utilizan la identidad del liberalismo para definirse. En el caso de Bolsonaro, lo utiliza en el nombre de su partido, Partido Liberal. Y en el caso de Milei, para toda su construcción política. Él se identifica como liberal libertario. Sin embargo, el liberalismo, nació en el siglo XVII y se consolidó en el XVIII como corriente política, justamente contra la monarquía. Esto ubica a este tipo de personajes como iliberales, es decir como el reverso de la tradición liberal, tradicionalmente antimonárquica y republicana, institucionalista.

El 24 de marzo en nuestro país sirvió como un recordatorio de los pilares de nuestra democracia y como demostración de su grado de consenso. Efectivamente, las fuerzas políticas que se consideran democráticas pueden utilizar estos consensos como punto de partida de un acercamiento político mayor que, como en Brasil, pueda ofrecer una alternativa política superadora al Gobierno.

Según algunos movimientos que se observan, hay voluntad de varios dirigentes políticos en esa dirección. Esperemos que la sociedad en su conjunto, tanto en nuestro país, como en el mundo, siga avanzando en este tipo de consensos.

Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi.

MV/LT