Según las consultoras Innova, Zubán Córdoba y Atlas Intel, el 70% de los encuestados dijeron que creen que el jefe de Gabinete, Manuel Adorni es corrupto y que tiene que renunciar. Estas y otras encuestadoras mostraron que el Gobierno mantiene un 40% de apoyo. Es decir, que hay al menos un 10% de quienes están de acuerdo con el Gobierno que opinan que el jefe de Gabinete es corrupto. Estos datos sintetizan que Adorni le está siendo caro políticamente a Milei.
Por todo esto, cabe preguntarse, ¿por qué aún lo sostiene? Ensayemos algunas respuestas para tratar de entender qué es lo que sucede con el Gobierno en esta etapa. Empecemos por la hipótesis pararrayos.
En la dinámica de la "política como espectáculo", un ministro con alta exposición y desgaste puede funcionar como un escudo político. Al concentrar las críticas y el "ruido mediático", Adorni absorbe el impacto de los conflictos evitando que estas recaigan directamente sobre la figura presidencial y su hermana por el caso $Libra, por ejemplo.
Sigamos con la hipótesis de la incondicionalidad: Milei valora la lealtad personal por sobre la aprobación pública. Gestos como el abrazo público en el acto de Malvinas refuerzan la idea de que el Presidente no cede ante la presión de las encuestas o de la oposición, lo cual es un pilar de su identidad política "anti-sistema".
Ahora, la hipótesis del control del relato. Como jefe de Gabinete y portavoz, Adorni es el ejecutor principal de la comunicación oficial. Su estilo confrontativo es funcional a la estrategia de mantener la iniciativa política a través de la polarización, incluso si eso deteriora su imagen personal. Por su parte, la hipótesis de la continuidad de gestión dice que, a pesar del desgaste, el Gobierno ha ratificado un plan de gestión a largo plazo con Adorni a la cabeza para proyectar estabilidad y evitar la sensación de crisis interna que generaría un recambio en la Jefatura de Gabinete.
En este contexto, la imagen negativa no se ve como un fracaso, sino como el costo necesario de un funcionario que cumple el rol de sostener el frente de batalla mediático mientras el núcleo duro del gobierno avanza en sus reformas.
Y finalmente la hipótesis efecto dominó: Si Adorni cae por las investigaciones sobre el crecimiento inexplicable de su patrimonio, la oposición iría detrás de Karina por el caso ANDIS y luego tras el propio Milei por Libra.
Todas estas razones pueden tener que ver totalmente o en parte con la sostenibilidad de Adorni en el Gobierno. Pero, también podrían ser la explicación para su destitución. Un pararrayos deja de ser útil cuando atrae rayos. Es decir, Adorni recibe rayos del periodismo de investigación y la oposición todos los días. Pero estos rayos surgen del propio Adorni y lo inexplicable de su patrimonio y estilo de vida. Además, no olvidemos que la electricidad se desplaza. No vaya a ser cosa que el ejercicio de investigarlo se empiece a hacer con otros y aparezcan nuevos rayos que se le tiren al Gobierno.
Milei no es incondicional. De hecho, es un Gobierno que vive echando gente y apartando gente. Inclusive Ramiro Marra, uno de los fundadores del espacio. ¿Por qué solo defendería a Adorni?
Lo mismo vale para la hipótesis de la continuidad de la gestión y en relación al control del relato, justamente a partir del caso Adorni, el Gobierno no controla el relato. No sabe qué nuevos datos van a surgir y hace tiempo se le impone el tema Adorni sin que pueda lograr cambiar la conversación pública.
La neurosis noógena no es una enfermedad mental clásica. No surge de los traumas de la infancia y tampoco es un cuadro provocado por un deterioro de la actividad cerebral. Este concepto, acuñado por el psiquiatra Viktor Frankl, tras un periodo de detención en un campo de concentración nazi, remite a la sensación de haber perdido el sentido de la existencia. Es la creencia de que el mundo es simplemente un desierto de significado y que los hechos suceden sin ninguna razón o propósito. Según Frankl, las personas vivimos poniendo sentido a todo lo que sucede, para escapar de esta neurosis y que nuestra vida no pierda el sentido de ser vivida.
Nosotros, los periodistas tratamos de buscarle sentido a lo que hace el Gobierno, a por qué sostiene a Adorni en este contexto tan desfavorable, porque eso hace qué sentido tiene este Gobierno a nivel local y al auge de la extrema derecha a nivel internacional en este período histórico. Tratamos de pensar que estamos sufriendo y viviendo todo esto porque tenemos que aprender algo como sociedad. Si nada tiene sentido y simplemente una combinación inmedible de factores azarosos hizo que Milei sea presidente y actúe como lo hace, si no hay motivo histórico real detrás de Trump y la guerra, o como le sucedía a Viktor Frankl y a quienes sufrieron los horrores del nazismo, encontraban en todo aquel dolor un desierto del significado, una suerte de broma cínica de la historia, se nos devuelve a nuestra propia insignificancia.
Le buscamos sentido a la existencia, porque vivir implica muchísimo esfuerzo, salir a trabajar todos los días, tratar de ser cada vez mejor y profesionalizarse, cuidar la salud, a la familia y si efectivamente nada tiene sentido, ¿por qué hacerlo? Eso es la neurosis noógena. Todo esto se resume en la genial frase, que hemos utilizado, de Nietzsche acerca de “los humanos pueden soportar cualquier cosa, menos la falta de sentido”. Bueno, ¿qué pasa cuando no lo encontramos? La neurosis noógena, sería esa sensación que no se puede soportar.
Este Gobierno nos pone en esa sensación y vale preguntarse neuróticamente lo siguiente: ¿lo hará voluntariamente?
Es decir, este Gobierno de consultores y estrategas, que siguiendo lo que dijo el creador de la estrategia digital de la extrema derecha Steve Bannon, saben “inundar la cancha de mierda”, es decir, difundir todo tipo de mensajes falsos y verdaderos para que nadie pueda distinguir entre información confiable y fakes, ¿buscará extender esta táctica al sentido del Gobierno? ¿Buscará además que nadie entienda el sentido de las cosas para que no puedan confrontar al Gobierno con un relato político articulado porque frente al absurdo no se le puede oponer algo racional que no logra explicarlo?
Salvando las astronómicas distancias y volviendo a Viktor Frankl, el nazismo colocó un cartel que decía “El trabajo nos hará libres” en los campos de concentración. ¿Era para que los detenidos tengan esperanzas en una futura libertad y no se rebelen? ¿Buscaban una fachada para que el mundo no conozca sus planes de exterminio?
En documentos de las SS encontrados posteriormente, se descubrió que todo era parte de una broma cruel. En la lógica de las SS, el cartel funcionaba como un mensaje de bienvenida que buscaba quebrar el espíritu de los prisioneros desde el primer segundo. Al entrar y leer que el trabajo los haría libres, mientras eran sometidos a trabajos forzados extenuantes y mortales, se les imponía una disonancia cognitiva destructiva.
Es decir, la frase estaba para generar más sufrimiento, no ya por el dolor físico, sino para fomentar la búsqueda de sentido y de esperanza, con el único objetivo de que se extinga después.
Para Albert Camus, la vida humana es esencialmente un encuentro con lo absurdo. El concepto del "sinsentido" no nace del mundo en sí, ni tampoco del hombre por separado, sino de la colisión entre ambos: el deseo humano de orden, justicia y claridad frente a un universo que permanece obstinadamente mudo e indiferente.
En su ensayo fundamental, El mito de Sísifo, Camus utiliza la figura del héroe griego condenado a empujar una roca hasta la cima de una montaña solo para verla rodar de nuevo hacia abajo, por toda la eternidad. Sísifo es el trabajador absurdo por excelencia. Sin embargo, Camus concluye con una idea revolucionaria: "Hay que imaginar a Sísifo dichoso". Esa felicidad no proviene de completar la tarea, sino de la toma de conciencia. Al reconocer que su esfuerzo no tiene un fin último, Sísifo se vuelve dueño de su destino; su roca es su cosa y su tragedia le pertenece.
Camus rechaza dos salidas comunes frente a este vacío. La primera es el suicidio físico, que considera una confesión de derrota. La segunda es el suicidio filosófico, que consiste en dar un salto de fe hacia una religión o una ideología que prometa un sentido trascendente fuera de este mundo. Para él, son formas de escapar a la honestidad de la condición.
La propuesta camusiana es la rebelión. Vivir sin apelación, aceptando que no hay un "más allá" ni un propósito cósmico, pero actuando con la máxima intensidad posible. Esa rebelión es lo que otorga valor a la vida. Si nada tiene sentido, entonces somos absolutamente libres para inventar nuestra propia ética y disfrutar de lo que él llamaba "los goces del sol": la belleza del presente, el contacto físico y la solidaridad con otros seres que comparten nuestra misma condena.
En su literatura, especialmente en La peste, esta filosofía se traduce en una acción práctica. Frente a una tragedia sin explicación —la enfermedad que mata sin distinción—, los personajes no buscan un castigo divino ni una razón lógica; simplemente se dedican a ayudar a los demás. El sentido, para Camus, no es algo que se encuentra en un libro de metafísica, sino algo que se ejerce a través de la honestidad y la decencia ante un mundo que no nos debe nada.
Volviendo al caso Adorni y al sentido de este Gobierno, tal vez el problema es que buscamos explicaciones con categorías de la primera mitad del siglo XX. Los cambios en la política que trajeron primero los medios y ahora la digitalidad, cambiaron la forma de hacer política de manera más profunda de lo que pensamos.
La política contemporánea ha dejado de ser una disputa por la administración de lo real para convertirse en una coreografía de signos. En la era de la posverdad, la gestión de los hechos es desplazada por la gestión de las percepciones, un fenómeno que Jean Baudrillard anticipó al hablar de la hiperrealidad: un estado donde el simulacro es más real que la realidad misma. Cuando la confrontación y la imagen superan la eficacia administrativa, entramos en la transpolítica, un estadio donde la política se libera de su carga ideológica y de su anclaje en los problemas materiales para circular como un flujo ininterrumpido de provocaciones mediáticas.
Este "grado cero" de la política, como lo llama Baudrillard, implica que la acción gubernamental ya no busca transformar las estructuras sociales, sino simplemente perpetuar el ruido. La política se vuelve autorreferencial; se alimenta de su propia puesta en escena. Guy Debord, en su análisis sobre la sociedad del espectáculo, advertía que "todo lo que antes se vivía directamente, se ha alejado en una representación". En este contexto, el gobernante no es evaluado por su capacidad de gestión, sino por su rendimiento como actor en el teatro de las redes sociales y los medios de comunicación.
La posverdad actúa aquí como el lubricante necesario. Como señala Lee McIntyre, la posverdad no es solo una mentira, sino la subordinación de la verdad a los intereses ideológicos o emocionales. En la transpolítica, los datos son accesorios; lo que importa es el relato que logre movilizar el afecto del electorado. La gestión se vuelve invisible porque el espectáculo es totalizante. Si un hecho contradice la narrativa del poder, el poder no cambia el hecho, sino que redobla la apuesta simbólica, generando una nueva controversia que desplace a la anterior. Es la "estrategia de la distracción" llevada a un nivel metafísico: se gobierna para la cámara, no para la polis.
Byung-Chul Han describe este proceso como la infocracia, donde la comunicación digital reemplaza al discurso racional. El ruido mediático satura el espacio público, impidiendo la reflexión y la acción transformadora. La política entra en una fase de "puro presente", una repetición constante de conflictos artificiales que mantienen a la ciudadanía en un estado de agitación permanente pero estéril. En este grado cero, la política no muere, sino que se vacía: sobrevive como una cáscara estética, una guerra de imágenes donde la única victoria posible es capturar la atención del espectador por un minuto más, mientras la realidad material sigue su curso, ignorada por aquellos que deberían gestionarla.
Así, la transpolítica marca el fin de la dialéctica. Ya no hay síntesis ni progreso, solo una oscilación infinita entre escándalos y reacciones. El ruido no es un fallo del sistema, sino su producto principal, el mecanismo que permite al poder sostenerse sin necesidad de ofrecer resultados, transformando la crisis de sentido en una herramienta de control social.
Si el Gobierno fuera hiperconsciente de su táctica para generar sinsentido y neurosis noógena o si es otro caso de buscar sentido en algo que no lo tiene lo sabremos cuando se vayan del poder y podamos estudiar este proceso con la distancia de la historia. Sin embargo, ¿qué podemos hacer quienes vivimos en este país frente a todo esto?
El sentido es algo que se construye a posteriori. El Nunca Más como cimiento de nuestra democracia es la conclusión de una búsqueda de sentido a la dictadura y una respuesta de que hay una salida política que no debemos tomar.
Fuentes del sector afirman que es imposible que Adorni no conozca a sus prestamistas
Tal vez, cuando Milei se vaya podamos construir un nuevo Nunca Más que englobe a las empresas que cierran, la utilización de los cargos para enriquecerse o la asunción de que el adversario político es un enemigo.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi
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