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MODO FONTEVECCHIA
El pluriempleo avanza

El cansancio dignifica: cuando naturalizamos tener varios trabajos

Profesores que manejan Uber, administrativos que revenden ropa, periodistas con changas extra. Entre la caída del salario y una nueva moral del cuentapropismo.

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Chaplin IA | Inteligenca Artificial

Una muy buena nota de Candela Toledo en Clarín en la que se cuentan los casos de profesores universitarios que manejan UBER se viralizó en el marco de la marcha universitaria. Más allá del buen trabajo de la colega, fueron interesantes los comentarios negativos en la ex Twitter (es difícil acostumbrarse a llamarla X). “¿Quién trabaja menos de diez horas hoy en día?” “Todos tenemos más de un trabajo, no entiendo la nota”. “Yo trabajo entre 10/12 horas por día, ¿cuándo me vienen a hacer una entrevista?”, decían usuarios, que más allá del hate, terminaban formulando una pregunta tan real como inquietante.

¿Quién vive de un solo trabajo hoy en día? ¿Quién trabaja ocho horas? Y más aún: ¿quién considera que esto esté mal?

Los datos muestran que el “rebusque” dejó de ser marginal y se volvió masivo. Según análisis que hacemos a partir del último Informe de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), uno de cada tres trabajadores argentinos está sobreempleado y/o pluriempleado. Es decir, tiene más de un trabajo o trabaja más de 45 horas por semana en una misma empresa o oficio independiente.

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¿El cansancio dignifica?

De los otros dos trabajadores argentinos que tienen un trabajo, oficio o profesión y trabajan menos de 45 horas semanales, casi la mitad, un 43%, está buscando otro trabajo porque no le alcanza con el que tiene. Estos datos revelan que la enorme mayoría de los argentinos tiene varios trabajos, jornadas laborales extenuantes en una sola empresa o profesión o aspira a estar en esta situación. Aquél obrero, oficinista o profesional que vuelve a su casa después de ocho horas semanales de una misma actividad es una especie en extinción.

El antropólogo del CONICET Pablo Semán viene describiendo desde hace años el surgimiento de una “moral del cuentapropismo”, especialmente en sectores populares y clases medias precarizadas: el prestigio ya no pasa sólo por tener un trabajo estable, sino por “moverse”, rebuscársela, combinar ingresos, no quedarse quieto. En esa lógica, el profesor universitario que maneja Uber o la administrativa que revende ropa importada de Temu para complementar ingresos no necesariamente se perciben como derrotados; muchas veces sienten orgullo por sostenerse sin depender exclusivamente de un salario.

Para Byung-Chul Han, el gran cambio del capitalismo contemporáneo no es económico sino psicológico: la forma de dominación cambió. Durante gran parte del siglo XX predominó lo que él llama —siguiendo a Michel Foucault— una sociedad disciplinaria, organizada alrededor de fábricas, escuelas, oficinas y jerarquías claras. La lógica era el “yo debo”: había órdenes externas, horarios, supervisión y prohibiciones. El trabajador obedecía porque alguien —el patrón, el Estado, la institución— le imponía límites y obligaciones. Pero desde fines de los años 70 y especialmente con el neoliberalismo, la flexibilización laboral y el capitalismo digital, ese modelo empezó a mutar. Ya no se nos exige simplemente obedecer: se nos invita a realizarnos, emprender, desplegar nuestro potencial, reinventarnos. El mandato dejó de ser “tenés que trabajar” y pasó a ser algo aparentemente más libre: “vos podés”.

El problema —y ahí está la tesis central de Han en La sociedad del cansancio— es que ese “yo puedo” termina funcionando como una forma todavía más eficaz de control.

Porque si antes uno chocaba contra un límite externo, ahora el límite desaparece: siempre se puede trabajar un poco más, monetizar un hobby, responder mensajes, hacer Uber después de oficina, vender algo online o reinventarse profesionalmente. El individuo deja de sentirse explotado por otro y empieza a autoexplotarse, creyendo que actúa libremente. Por eso, dice Han, las enfermedades emblemáticas de nuestra época ya no son tanto las del cuerpo industrial sino las del agotamiento psíquico: ansiedad, burnout, depresión, sensación permanente de insuficiencia. La paradoja contemporánea es que cuanto más libres creemos ser para producir, más difícil se vuelve dejar de hacerlo. Y el cansancio ya no proviene sólo de trabajar mucho, sino de sentir que siempre podríamos estar haciendo algo más.

Pero otros autores que estudian exactamente el mismo período histórico discuten esa mirada más pesimista. Los sociólogos franceses Luc Boltanski y Ève Chiapello sostienen en El nuevo espíritu del capitalismo que el capitalismo flexible no sólo impuso nuevas exigencias: también incorporó demandas reales de autonomía que venían de las críticas culturales de los años 60.

Es decir, según estos autores, el capitalismo sobrevivió no derrotando a sus críticos, sino absorbiéndolos. En el Mayo Francés, además de las demandas obreras, había una rebelión estudiantil contra el mundo aburrido y opresivo que le heredaron sus padres. Lo mismo el movimiento hippy, el rock y el movimiento beatnik una década antes en Estados Unidos.

El viejo trabajo estable podía dar seguridad, pero también implicaba rutina, jerarquía y obediencia rígida. El trabajador contemporáneo —el freelancer, el que combina oficios, el que no depende de un solo empleo— puede estar más precarizado, pero también ganó grados de libertad impensables para el obrero fordista.

¿Qué tipo de libertad? La posibilidad de reinventarse. Ya no se es tornero, gráfico u oficinista toda la vida. La idea de varios caminos biográficos, de pensarse de diferentes maneras a lo largo de una vida. Si todo esto nos suena a propaganda de marketing o autoayuda, respondamos con sinceridad la siguiente pregunta: ¿cuántos de los que están leyendo esta nota realmente trabajarían toda la vida en la misma empresa?

El mejor dato reciente es el de Randstad Employer Brand Research 2025, un relevamiento global con más de 170.000 trabajadores en 34 países, incluyendo Argentina. Una de sus conclusiones más interesantes es que, aunque la estabilidad laboral sigue entre los factores más valorados al elegir empleo, la fidelidad de largo plazo a una misma empresa perdió peso y crece la intención de cambio de empleo. En Argentina, el estudio encontró que 34% de los trabajadores planea cambiar de empleo y 12% ya cambió de empleador en los últimos seis meses.

Eso permite sacar una conclusión sociológica interesante: si un tercio de los trabajadores ya está pensando en irse y la rotación laboral se volvió relativamente normal, es difícil sostener que la mayoría querría volver al modelo fordista clásico de entrar a los 20 años y jubilarse en el mismo lugar. Pero tampoco significa que abracen felizmente la volatilidad. El mismo universo de estudios de Randstad muestra que los argentinos siguen poniendo muy arriba la seguridad laboral, el salario y el equilibrio vida-trabajo como prioridades al elegir empleo. Es decir: no parece haber nostalgia por el trabajo rígido de 40 años en la misma empresa, pero sí por algo que ese modelo ofrecía y hoy escasea: previsibilidad.

Quizá no extrañamos el fordismo; extrañamos la tranquilidad que producía. El problema es que tampoco parece haber demasiada nostalgia por obedecer toda una vida en el mismo lugar. No hay dónde volver: entre la seguridad perdida y la libertad agotadora, millones aprendieron a vivir combinando trabajos, identidades y cansancios. Superhéroes (o antihéroes) cotidianos: docentes de día, choferes de noche, vendedores de fin de semana. Y mañana, quizá, otra cosa.