El general Carlos Guillermo Suárez Mason, conocido como “Pajarito” o “Carnicero del Olimpo”, comandó el I Cuerpo de Ejército durante la última dictadura militar en la Argentina y supervisó centros clandestinos como El Olimpo, Automotores Orletti y el Pozo de Banfield, siendo responsable de miles de desapariciones, torturas y secuestros. A partir de una entrevista en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190) al periodista Gustavo Sammartino sobre su libro Si lo contás, te mato, basado en encuentros privados, donde lo retrata como una de las figuras más sanguinarias del régimen y expone tanto sus internas con otros jerarcas, sintetizada en una frase: “Consideraba a Menem un cagón y a Maradona un desagradecido”.
El periodista, escritor y director de cine argentino, Gustavo Sammartino, se especializa en temas de actualidad, política y memoria histórica, y ha participado en algunos de los programas más emblemáticos de la radio y la televisión argentina, como Nuevediario, Desayuno, A dos voces, Código político, Palabras más, palabras menos y El juego limpio. A lo largo de su carrera trabajó junto a referentes del periodismo nacional como Magdalena Ruiz Guiñazú, Jorge Lanata, Marcelo Longobardi y Nelson Castro, fortaleciendo su reputación como investigador riguroso y narrador de historias complejas que suelen quedar fuera de la escena mediática convencional.
Tenemos la tapa del libro de Gustavo, Si lo contás, te mato, y probablemente la enorme mayoría de la audiencia no sabe quién es Suárez Mason. Apenas tiene pequeños destellos de lo que fue la dictadura militar en aquellos años, pero hablar de esa época, aunque parezca obsoleto, ayuda a comprender el presente, porque hay heridas que se mantienen a lo largo de las décadas y que, probablemente, como contaba Luis Costa en una columna de Perfil, Milei no es hijo de un repollo. Hay toda una historia. Los votos de Milei son bastante parecidos a los que obtuvo el PRO, al porcentaje de la Argentina que representa ciertas ideas, en algunos casos antiperonistas. Y me contaba recién, en el corte que, esencialmente, Suárez Mason odiaba a Perón.
Suárez Mason odiaba terriblemente a Perón. Así como en su momento lo admiraban como militar, cuando Perón empieza a relacionarse con mujeres que ellos consideraban no buenas o no aptas, existía una idea de casta militar según la cual eso generaba problemas en las familias, justamente por el tipo de mujeres con las que Perón se mostraba. Esto dicho por él. Mencionaba la palabra casta y decía: “Mi mujer me hacía problemas y teníamos problemas en ese sentido”. Lo odiaba en ese aspecto y trataba a Evita como una prostituta. En realidad, ni siquiera decía prostituta, decía “la p*** de Evita”. Además, lo asociaba a Perón como un misógino por mantener relaciones con chicas menores de edad. De ahí para abajo, todo lo que se le ocurra. Todo era enemistad.
Ya en el 51, con veintipico de años, se animó a participar de la primera revuelta contra Perón.
Estamos refiriéndonos a quien fue el jefe del Primer Cuerpo de Ejército durante los primeros años de la dictadura. Lo llamaban el número cuatro. El número cuatro porque la dictadura tenía tres comandantes en jefe: el del Ejército, el de la Aeronáutica y el de la Marina. Él era el más importante del Ejército después de Videla. De hecho, era quien iba a sucederlo. Como Videla no lo quería porque pertenecía al sector de los duros, finalmente decidió que la sucesión fuera para Viola, supuestamente uno de los blandos, dicho entre enormes comillas. Además, era considerado el carnicero del Olimpo. El Olimpo fue el último campo ilegal que tuvo el Ejército. Hubo sesenta centros de detención clandestinos, todos dependientes de Suárez Mason.
En lo que a mí respecta, fue el militar más duro, el responsable de aplicar la represión durante ese período. Se lo consideraba duro porque estaba en la misma línea que Menéndez, Nicolaides, Bussi y Camps, y se diferenciaba de Videla o Viola. A Videla lo ninguneaba como un chupacirios; sostenía que pertenecía al ala de los blandos. Para él, la Junta representaba la parte política y él era el militar. Manifestaba que su causa era una guerra y la asumió como tal. A los integrantes de la Junta no los veía como líderes militares, sino políticos. Amparándose en órdenes recibidas, justificaba todo su accionar. No daba a conocer nada de lo que hacía. Decía que cumplía órdenes y las hacía ejecutar. Debajo tenía subordinados militares, policías y todo lo necesario para cumplir sus objetivos.
En esa guerra entre duros y blandos, cuando yo estuve detenido en el Olimpo y decidieron liberarme, en un lugar donde estuvieron detenidas setecientas cincuenta personas y mataron a setecientas, me dejaron a pocas cuadras del Primer Cuerpo de Ejército, en un mensaje inequívoco de Suárez Mason a Videla: “Fui yo”. También hay un punto vinculado con el antiimperialismo y la mirada hacia Estados Unidos. En ese momento había asumido Carter, quien consideraba que la mejor forma de vencer a la ex Unión Soviética era a través de los derechos humanos y no de las armas atómicas. Si no recuerdo mal, Suárez Mason le mató a Videla al embajador argentino en Venezuela.
Exacto. Se dijo eso. Él nunca lo reconoció; al menos conmigo no lo hizo, pero sí se comentó.
O sea, se mataban entre ellos a los embajadores de un ala contra la otra.
En el año 81, cuando Videla se corre y debía asumir otro militar, la dictadura estaba descontrolada. Para la Junta, en el 76 y el 77 el país ya estaba normalizado, pero en ese momento los duros empezaron a ejercer su poder. Hubo una reunión en Campo de Mayo y, en esa votación, ganó Suárez Mason. Debió ser el sucesor de Videla, pero Videla se lo impidió e interpuso a Viola, aun sabiendo que estaba enfermo del corazón. Viola duró poco y eso derivó en la llegada de Galtieri, que en términos militares era impresentable para esa función.
Lo llamativo de Suárez Mason es que, más allá de no ser tan conocido hoy, quedó mal incluso ante sus camaradas porque no llegó al Juicio a las Juntas: se escapó. Lo atrapan tres años después en Estados Unidos y lo traen a la Argentina. En el 88 o 89 gana Menem y dicta los indultos. Él participa del último decreto, uno específico solo para él. Cuando le pedí explicaciones, me dijo: “Tenía una deuda conmigo”. Y agregó que cuando detuvieron a Menem en el 76 y lo llevaron al Regimiento de Patricios, él no estaba y eso le salvó la vida. Según su versión, más tarde le hizo saber a Menem ese favor y eso lo ayudó políticamente.
Él logra el indulto. Yo lo veo en el 99 por una entrevista periodística.
Estuvo preso poco tiempo. Meses. En el 99 lo veo por primera vez. Gozaba de libertad. Después, a fines del 99, el juez Bagnasco lo detiene por la causa robo de bebés, pero le conceden prisión domiciliaria porque ya tenía más de 70 años. Permaneció así hasta su muerte en 2005. Ese es el período en el que me relaciono con él.
Lo conocí a raíz de una entrevista. Había dicho en Radio Mitre que tenía documentación escrita de las órdenes que recibía. Yo lo contacté y nos reunimos en el Palacio Barolo. Nunca me entregó esa documentación, pero el vínculo existió y lo aproveché. Empatizó rápido conmigo por mi apellido, Sammartino. Hablábamos de fútbol. Decía que era amigo de Cocco Ratto y que colaboró para que a San Lorenzo lo echaran de Boedo. Además, yo había estudiado en un liceo militar, así que podía manejarme en términos castrenses.
Ahora, ¿qué encontró usted? ¿Una mente sádica y refinada o un hombre vulgar? ¿La banalidad del mal?
Era un ser normal, de carne y hueso. Soberbio, empoderado. Lo vi llorar de dolor. Lo cuidé en varias ocasiones porque su mujer me pedía que lo acompañara durante las entrevistas. Estaba aislado de la sociedad y de sus pares, mal relacionado con parte de su familia. Era un hombre común, pero alienado en una idea. Cuando le preguntaba por la sustracción de bebés, las violaciones, las torturas, lo colocaba todo dentro de un marco de normalidad, partiendo de la base de que había una guerra y de que había recibido instrucciones. Ninguno de esos delitos los negó. Simplemente los encuadraba como efectos secundarios.
Yo no hice una entrevista confrontativa. Estudiaba dirección de cine y lo abordé con un estilo documental. La idea del libro surge de él. Quería reivindicarse. Después de cinco años, en una de las últimas charlas, en medio de una discusión, se le escapó la frase.
“Si lo contás, te mato”.
Exactamente. Eso fue lo que me dijo. El descuido venía en un proceso. Esto fue en 2003, él ya perdía la protección de Menem y se venía el gobierno de Néstor Kirchner. Conocía a medias a Kirchner, pero sí al militar, al general que traía, que era Bendini. Recuerdo que un día me llama a casa; es el famoso momento que acelera las entrevistas. Me dice: “Vienen por mí”. Esa fue su frase.
En una de esas reuniones se produce la crisis que da origen al título. A él se le escapa algo. Solía decir que tenía vinculaciones con distintos sacerdotes de la Iglesia y, en ese contexto, deja entrever que había colaborado en entregar un bebé al hermano de un amigo suyo. En ese instante reaccioné como nunca antes, casi instintivamente. En lugar de mantener el tono que llevaba, que tal vez me hubiera permitido obtener más información, me levanté. Estábamos frente a frente, dos sillones y el pasillo hacia la salida del departamento. Él hace esa afirmación y le digo: “Bueno, usted me está diciendo que colaboró en darle un bebé”. Me responde: “No, no, yo estoy diciendo que colaboré”. Le contesto: “No, si usted dice colaboré, usted robó un bebé”.
Fui yo quien utilizó por primera vez la palabra robar. Se alteró, se puso de pie. Yo ya estaba parado. Se acercó y me dijo: “Bueno, ¿qué querés que te diga? ¿Querés que te diga robé? Sí, robé un bebé”. Sin decir nada más, intenté pasar por su derecha. Se interpuso, me acercó la cara. No le respondí. Rodeé el sillón por el otro lado, que estaba libre, y avancé hacia el pasillo. La esposa salió a mi encuentro y dijo: “Por favor, quédese, no se vaya, no diga nada, deje que se tranquilice”. Y Suárez Mason, a los gritos, “Si lo contás, te mato”.
Me fui. Después hubo dos o tres encuentros más, en parte por gestión de la mujer. Ella intercedía en esta relación, en estas conversaciones, porque él se vinculaba conmigo, le hacía bien, se desahogaba; a veces escuchábamos partidos de fútbol.
O sea, usted ha sido una especie de acompañante terapéutico, de psicólogo.
Se desahogaba y aprovechaba para hablar con alguien. No sé si, en el fondo, también necesitaba decir lo suyo a su manera. Había instalado la idea de que quería un libro que lo reivindicara. Yo no discutía eso porque mi objetivo era avanzar y seguir tomando nota.
Me permitió grabar en varias oportunidades. Conservo manuscritos que escribió para el libro. Quería controlar buena parte del contenido. Hablaba de su apellido, de su vínculo con los Lugones, de su ida al Uruguay en el 51, de que había sido camionero. Se centraba en su historia, no en otros detalles ni profundizaba en ciertos temas. Confirmaba hechos, pero nunca se arrepintió de nada.
No vi un monstruo, sino un hombre común. Me resultó muy difícil. Al comienzo tomaba agua bendita. Soy cristiano, voy a la iglesia, y me costó mucho. Apliqué una estrategia que consideraba adecuada para lo que buscaba. Con el tiempo todo derivó y los años pasaron, pero enfrentarlo fue complejo. Es real y no es el único caso. A través de las redes sociales, incluso ahora que el libro salió hace tres semanas, las posiciones son extremas: a favor o en contra. El libro no tiene sesgo ideológico; es un testimonio.
¿No se emociona?
Mire, en el año 2000 perdí una beba. Soy padre de familia numerosa, católico practicante. Perdimos a nuestra sexta hija, que murió el 24 de marzo de 2000. En ese momento ya estaba en conversaciones con Suárez Mason y suelo usar una palabra dura, pero honesta: me regodeaba en el dolor, en la depresión, hablando con ese hombre.
La causa por robo de bebés, para mí, significó una forma de buscar una salida a ese malestar. Vincularme con esa época y con ese tema, que a mí me dolía profundamente por razones personales, me atravesó. Me perturbó.
Para mí esto es personal. Se puede opinar lo que se quiera. Con el tiempo fue un logro haber sostenido, por estrategia propia, ese vínculo: haber conseguido hablar, haber entrado en su casa, haber visto sus documentos, haber conocido a la esposa, a los hijos, y haber obtenido, si se quiere, una de las confesiones más importantes de alguien como él.
¿Unos meses antes de que fueran los diputados libertarios.
Suárez Mason tuvo cuatro hijos. El mayor se llama igual que él, Carlos Guillermo Suárez Mason. Es marino y está procesado en una causa de lesa humanidad. Estuvo en la ESMA en 2024, unos meses antes de la visita de diputados libertarios.
Fui a verlo para informarle que iba a cumplir con lo que le había dicho a su padre. Él me había impuesto que no publicara nada mientras estuviera vivo, y que solo lo hiciera cuando él cumpliera cien años, en 2024, o si no llegaba a cumplirlos. Le avisé al hijo que el libro saldría, le conté lo que iba a ocurrir y le pedí un dato que no tenía: dónde estaba enterrado.
Colaboró, se mostró predispuesto, aunque deslizó que no sería conveniente que el libro se publicara. Me confesó que su padre no tiene tumba propia: está enterrado en la misma tumba que su madre.
Sobre la dictadura, él siempre sostuvo que no había participado directamente en ciertos hechos. Reconocía haber visto traslados de detenidos, pero negaba intervención en otros aspectos. Está procesado y detenido; hoy permanece en Campo de Mayo. Perdí contacto.
Después mantuve comunicación con una de las hijas, quien me contó que la esposa de Suárez Mason sigue con vida.
Otro libro similar es el reportaje que le hizo Ceferino Reato a Videla. ¿Tomó contacto con Ceferino en algún momento?
No conozco personalmente a Ceferino Reato, más allá de vínculos periodísticos de producción. Sí leí el libro. Entiendo que fue construido de otra manera, con otro tipo de relación con el entrevistado. No sé exactamente hacia dónde apunta su pregunta.
Me refiero a que serían los dos grandes testimonios en formato libro, extensos reportajes a quienes fueron, probablemente, los protagonistas centrales. El más conocido es Videla, por haber sido presidente, pero muchos sostienen que el verdadero comandante operativo de la represión fue Suárez Mason.
Sí, mucho más que Massera.
¿Qué relación tenía con Massera? Usted contó que despreciaba a Videla y lo consideraba un tonto.
Con Massera tuvo, según me dio a entender, dos etapas. En la primera estaban enfrentados, en competencia, mientras ambos estaban activos. Después insinuó otra cosa. Yo intenté indagar si habían tenido negocios en común. No quiso profundizar. Tras dejar su cargo durante la dictadura, él pasó por YPF y participó en distintas sociedades comerciales, incluso en algo parecido a una agencia de turismo.
Lo que dejó entrever es que primero hubo rivalidad y luego algún tipo de entendimiento o negocios compartidos, pero nunca entró en detalles. Sí puedo decir que, así como se reconoce en Massera una proyección política y ciertas vinculaciones —aunque él las negara— con Montoneros, a mí me consta que Suárez Mason también tenía una mirada particular sobre ese vínculo.
Hablaba muy bien de Firmenich. Muy bien. Lo reconocía como jefe militar del enemigo, pero lo describía como leal y combativo. Incluso llegó a decir que era más leal que su “propia tropa”. Usaba esa expresión.
Mire, ¿en qué sentido más leal que su propia tropa?
Según él, el enemigo tenía una conducción clara y respondía orgánicamente, mientras que dentro de las propias Fuerzas Armadas había internas, traiciones, disputas de poder. Esa fragmentación —decía— debilitó al régimen mucho más que el adversario.
¿Qué pensó de Alfonsín?
No, de Alfonsín no hizo referencia. Se paraba mucho con lo de Menem. A Menem lo tenía como un cagón. Obviamente quedó dolido por lo del 2003, por la que se baja del balotaje, y permanentemente decía eso.
En un momento de tanto dramatismo, un poco de humor termina siendo gutural.
Disculpe, decía eso de Menem. A Maradona, que era un desagradecido. Él se atribuía haber concedido el pase de Diego Maradona al Barcelona, que era fruto y producto de él, de haber colaborado con la conscripción de Maradona.
Me pierde ahí con la conscripción de Maradona.
De hecho, él me cuenta una anécdota que fue cortita. Hay un video muy conocido de Diego que en realidad se le hicieron fáciles, pero ahí en el año 79 él va al campeonato mundial juvenil que lo ganan y él me cuenta que vinieron a saludarlo varios jugadores y entre ellos Diego Maradona, y que lo veía todo apichonado, no le decía nada y estaba con las manos atrás, siempre con las manos atrás, hasta que lo agarra aparte y dice: “Bueno, ¿qué?”, y agarra y le da un perfume. O sea, Maradona le regaló un perfume a Mason.
Sí, pero Maradona fue compañero en Argentinos Juniors de uno de sus hijos y, de hecho, en la casa, en la misma casa que estuve yo, solía ir, me decía, por los términos comerciales, incluso por lo que él decía de Barcelona, solía ir Diego, pero en realidad era porque hablaba con el Ruso. El Ruso era Jorge Cyterszpiler. Entonces él se jactó de toda esa relación, de la negociación por Barcelona.
Como horario final, ¿qué enseñanza nos deja esos momentos de la historia argentina tan tristes?
Lo que a mí respecta es que aquello —y esto lo digo en función de que tengo hijos grandes y lo que hablo con ellos y los jóvenes con los que trabajo— aquello que parece tan lejano yo lo veo demasiado cercano. Aquello que pareciera que hay cincuenta años atrás.
Yo no sé si son diferencias ideológicas. Los pro y los contra de antes los veo hoy en la sociedad. De hecho, los comentarios a la luz del libro este, que hace poco que está publicado, a favor de los militares o en contra de los militares, a favor de la dictadura o en contra de la dictadura, yo creo que no hemos avanzado. Creo que hay un retroceso en la sociedad con respecto a este tema.
Me decía al principio que la sociedad argentina estaba rota y que, a su juicio, no la rompió la dictadura.
La dictadura es una consecuencia.
En lo que a mí respecta, él, por lo menos bajo la luz de lo que hablaba, hacía mucho hincapié en Perón, con lo cual adoso al peronismo como un gran divisor en todo esto. Yo no lo veo en términos ideológicos, sino en términos personales. Así como entiendo lo que fue un Videla, lo que fue un Massera, lo que fue un Nicolaides, un Camps, un Bussi, lo que es un Menem también, un Suárez Mason.
Grieta, peronismo-antiperonismo, sigue vigente.
¿O sea que hay una cuestión social más profunda?
Sí, hay una cuestión social. Él lo planteaba en términos de resentimiento y de pérdida de estatus. Decía que Perón había llegado para romper una estructura social donde los militares ocupaban un lugar de privilegio. Sentía que ese orden se había alterado. Ese malestar, esa percepción de desplazamiento, formaba parte de su relato sobre el origen del conflicto.
Delitos menores: ni la dictadura se animó a tanto
No lo justificaba en términos morales, pero sí lo explicaba así: como una disputa de poder, de clase y de identidad que precedía al golpe y que, según él, terminó estallando en la dictadura.
MV