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MODO FONTEVECCHIA
Estado de excepción

El riesgo de las democracias de mimetizarse con las autocracias para competirle a China y Rusia

El abogado y analista internacional Fernando León advierte sobre la tentación de concentrar poder en nombre de la urgencia geopolítica.

Fernando León 24022026
Fernando León, director de la Fundación Diplomacia Ciudadana. | Facebook de Fernando León

En Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190), al analizar el freno de la Corte Suprema de Estados Unidos a Donald Trump, Fernando León sostiene que “es más un bisturí que un martillo”, una advertencia sobre los límites del poder excepcional incluso en contextos que el propio presidente define como “una guerra” comercial contra China. Para el especializado en relaciones estratégicas y geopolítica, la discusión, que remite al “estado de excepción” de Agamben y a la tensión schmittiana entre legalidad y decisión soberana, desemboca en la pregunta de, si para competir con autocracias como China o Rusia “necesitamos convertirnos en ellos”, o si, por el contrario, la fortaleza del mundo libre reside en sostener “los valores” aun en tiempos de máxima presión.

Fernando León es abogado egresado de la Universidad de Buenos Aires, especialista en asuntos públicos en Latinoamérica. Se especializa en el análisis de política internacional y nuevas tecnologías. Además, dirige la Fundación Diplomacia Ciudadana.

¿Cuál es la diferencia de cómo funciona la Corte Suprema en los Estados Unidos, que le pone freno a los presidentes, incluso esto viene de la época del New Deal en los años 30, versus la Argentina, que casualmente en los años 30 aceptó el golpe de Uriburu como legal? Muchas veces tendemos a comparar la Corte Suprema norteamericana con la Argentina. De hecho, nuestro modelo constitucional se basa en el norteamericano, pero las prácticas culturales han sido bien distintas. Ayúdenos a comprender qué significa este freno de la Corte Suprema al presidente Trump, en el momento de mayor fortaleza del presidente, y qué significa históricamente en la tradición de la Corte Suprema.

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Considero que el fallo de la Corte Suprema es una instancia que nos interpela a entender la dimensión del desafío que el Occidente libre está teniendo ante lo que China plantea, tanto en términos culturales como económicos, como políticos. Entonces, el profesor Agamben, cuando planteó el estado de excepción, marcaba la dicotomía de una herramienta legal que suspendía el estado de derecho por una cuestión extraordinaria. Entonces, lo que el presidente Trump invocó para restablecer, o recomponer, o lanzar de alguna manera, sus nuevos aranceles, tiene que ver con este estado de excepción que él entendía. Por eso toma, la ley de 1977 de emergencia económica, y su naturaleza es una ley de defensa. Es una ley pensada bajo un estado que sufre algún ataque o alguna conmoción. Es una ley de defensa nacional con capacidades económicas.

Entonces, lo que la Corte le está diciendo a Trump es: es preciso el uso de la herramienta, pero en términos limitados. Es más un bisturí que un martillo que usted puede usar permanentemente, porque de este modo vulneraría las potestades del Congreso, porque es el Congreso quien fija estos aranceles. Por su parte, la defensa de Trump intenta decir que, habida cuenta de los tiempos y la dimensión de los desafíos que él está enfrentando, no pudo o no puede tener los tiempos tanto del Congreso como de la Corte Suprema. Tengamos en cuenta que la Corte tardó un año en expedirse.

Entonces, esta reconfiguración ya está en curso y, por lo tanto, se espera que quienes hayan aportado nada menos que la suma de más de 200.000 millones de dólares, que eso, si lo tenemos en cuenta, es el mismo presupuesto que China está usando para su presupuesto militar, abre una enorme incógnita, tanto para dentro de los Estados Unidos como para fuera. Es decir, si el respeto de la República y las instituciones va a tener este sistema de chequeos y balances, o Trump, por esta emergencia, va a continuar teniendo una propia autonomía de vuelo, tal vez, que choque con esta independencia de poderes. Y el mundo está mirando cuál sería la solución, tanto institucional como pragmática, a la hora de comercializar o ser aliado de los Estados Unidos.

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Mientras escuchaba, mi cabeza fue a Carl Schmitt. Finalmente lo que estaríamos planteando es que, en estados especiales, la democracia tiene que ceder su distribución de poderes y concentrarlo en un poder ejecutivo fuerte, como de hecho es el poder ejecutivo chino, que no tiene el control superestructural de la justicia.

Mi pregunta es si las conveniencias de corto plazo justifican el costo que plantea que sea utilizado como una herramienta permanente. O sea, lo que usted dice es: Trump dice “acá hay una guerra”. La guerra es comercial, no es militar, pero es una guerra con China. Por lo tanto, tenemos que tener herramientas extraordinarias propias de una situación de guerra. ¿Cómo se comportó la Corte Suprema durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial?

Es verdad, para comprender a Trump hay que llegar al imaginario que está viendo la Tercera Guerra Mundial en curso, y por eso lanza la doctrina Monroe. Desde la cadena de suministros hasta la alineación en temas de seguridad. Y en este sentido, competir con dos autocracias como China o como Rusia, que serían imposibles para ellos pensar que un juez podía delimitar el poder de su líder, de Xi Jinping o de Putin, nos plantea una pregunta muy profunda. Es decir, si nuestra arquitectura occidental jurídica y política, tiene la potencia y la actualidad para enfrentar estos desafíos.

Creo que ahí es el centro del dilema y corremos el riesgo, por supuesto, que a todos nos preocupa, de un líder que, no teniendo los límites del sistema constitucional, del sistema republicano, empieza a parecerse más a una autocracia que a una democracia liberal occidental. Y esto nos plantea el centro de nuestro dilema, es decir, si el mundo libre, con nuestras contradicciones y con nuestras formas, puede tener la capacidad de reacción y de propulsión que tienen estas dos autocracias que nos desafían.

O sea, pareciera que el Muro de Berlín cayó al revés, porque hasta los años 90 lo que se planteaba era la superioridad moral que tenía Occidente de no tener autocracias. Y que, de hecho, lo que hizo caer a la ex Unión Soviética era que la población rusa demandaba libertades que en Occidente existían, porque las escuchaba por onda corta de la BBC o por las canciones que llegaban de los rockeros, y percibía que del otro lado del mundo había situaciones mejores de este lado del Muro de Berlín.

Esa superioridad moral, que incluso es la que llevó a presidentes como Carter a considerar que el tema del respeto a los derechos humanos era una herramienta más importante que las bombas atómicas para destruir la ex Unión Soviética, que finalmente terminó teniendo razón, parte de una superioridad moral, una idea de creer que nosotros tenemos razón. ¿Lo que está flaqueando hoy en Occidente, entonces, es la convicción en que su moral es mejor que la moral de los autócratas?

Es cierto, nuestra forma de ver el mundo, nuestra forma de concebir las libertades individuales, toda la ingeniería jurídica, toda nuestra riqueza filosófica del derecho romano, la herencia helénica, los valores judeocristianos, están puestos a prueba en este momento. Entiendo que está en el centro del debate también considerar si las viejas categorías del siglo XX nos sirven para los nuevos desafíos y, a la vez, si aún no nos siguen sirviendo, cuáles serían estas nuevas categorías.

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Los pensadores del postmarxismo, Byung-Chul Han, Harari, Bauman, todos plantean una crítica al capital, una crítica a la modernidad, donde tienen diagnósticos muy certeros y muy sofisticados, pero no encontramos la forma de poder avanzar de cara a esto que Trump está diciendo: o son ellos o somos nosotros. Y las nuevas derechas entienden que tal vez, el andamiaje o la mochila que las instituciones traen consigo, con todo su peso de valores, nos quita capacidad de reacción.

Entonces, es el centro del dilema de Occidente si nosotros vamos a dejar atrás lo que nos identifica como el mundo libre para transformarnos en otra cosa, tal vez un devenir que aún no tiene una forma cierta, o vamos a armarnos de lo mejor que nos salió en este tiempo, que fueron nuestros valores y nuestra civilización, para encontrar salidas por encima de este laberinto.

Tal vez el atajo, el camino más corto, sea el más crudo para nuestra identidad. Entonces, entiendo que debemos hacer el esfuerzo de superar con las herramientas institucionales, y también estas herramientas tienen que estar puestas a punto, es decir, si llegan tarde, llegan mal también, porque la velocidad del comercio y de la tecnología nos plantea paradigmas que hasta ahora no tuvimos. Es decir, el salto tecnológico, la inteligencia artificial, la capacidad de factoría que tiene China.

Hasta el Fondo Monetario Internacional le dijo: “Ustedes, como factoría global, están importando un montón de desequilibrios a los aparatos industriales, laborales, jurídicos, económicos”. Y lo dio a entender de alguna manera: “Vamos a tener que tomar acción, porque están complicando todo lo que nosotros construimos hasta ahora y ustedes no están creciendo hacia dentro y, con el dumping, no están jugando el fair play que el mercado libre o el libre mercado espera de ustedes”.

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Me quedo pensando, mientras usted hablaba, el mismo argumento en 1976, durante la dictadura militar. El argumento era: las normas jurídicas del verdadero liberalismo, nos impiden competir contra un ejército que está disfrazado de ser una guerrilla. Bueno, finalmente terminamos convirtiéndonos en ellos.

O sea, la pregunta es si, para competir con China o con la Rusia actual, que son autocracias, necesitamos convertirnos en ellos, si no hay una derrota en ese triunfo, porque si finalmente lo que hay es una pérdida de nuestra propia convicción, de nuestros valores. Obviamente es una pregunta sin respuesta, la historia lo dirá.

En mi caso particular, me pongo metafísico y tiendo a creer que no, que los valores son más importantes y que, más tarde o más temprano, un triunfo convirtiéndome en igual que aquello que critico termina siendo una derrota o un triunfo pírrico, pero es una discusión filosófica muy interesante. Y, por lo que entiendo, la Corte Suprema de los Estados Unidos se coloca en la posición de que son más importantes los valores.

Sí, coincido. Pero también quiero decir que la Corte Suprema de Estados Unidos, en la elección anterior donde estuvo la controversia entre Biden y Trump, guardó silencio. Entonces, mientras mirábamos a la democracia, al mundo libre, la Corte Suprema prefirió callar. Entonces, muchas veces, en las coyunturas críticas, los jueces de la Corte Suprema también están sujetos a sus pasiones, sus ideas y sus tiempos. Es decir, la decisión de morir con las botas puestas, morir siendo Occidente si nos toca morir, es una decisión de las más importantes que nos podemos plantear. Es decir, nuestra historia está llena de testimonios de miles y millones de personas que decidieron morir por sus ideales.

RM/ff