Perfil
MODO FONTEVECCHIA
Resistencia cultural

Luciano Cáceres: “Fui concebido en un escenario y viví en un teatro a los 19”

El actor reflexionó sobre su trayectoria y su particular origen biográfico, tras ser galardonado con el Martín Fierro 2026.

18_01_2026_susurro_luciano_caceres_cedoc_g
Camino. La coproducción argentino-uruguaya, fue premiada en Buenos Aires Rojo Sangre y pasó por Sitges y Mórbido. | cedoc

La caída en la producción de ficciones televisivas y el complejo panorama económico actual impulsaron al circuito teatral independiente a consolidarse como un espacio clave de resistencia y autogestión cultural. Ante este contexto, en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190), el actor y director Luciano Cáceres reflexionó sobre su profunda y temprana conexión con el oficio de la interpretación al recordar: “Fui concebido en un escenario y viví en un teatro a los 19”.

El reconocido actor y director de teatro argentino de amplia trayectoria en cine, teatro y televisión, Luciano Cáceres, consolidó una prolífica carrera interpretando diversos papeles protagónicos y de villano en ficciones populares de la pantalla local. Sus trabajos más destacados son las telenovelas El elegido, Graduados, Sres. Papis, Los ricos no piden permiso, Argentina, tierra de amor y venganza, y La 1-5/18, labor por la cual recibió el Premio Martín Fierro. Actualmente, se destaca el protagonismo y la gira de unipersonales de fuerte recepción por parte del público y la crítica, tales como Muerde y la pieza dramática Paraíso.

Pocos días después de haber ganado el Martín Fierro mencionaste a tus maestros, la educación, los orígenes y las raíces. Me gustaría que compartieras eso un poco más en profundidad.

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

Si soy lo que soy, tiene que ver con la formación que tuve en todos los ámbitos. Hablaba también en otra entrevista de por qué los maestros, de alguna manera, son los que nos crían al igual que nuestros padres, y no solo con las materias específicas, en mi caso la actuación, o todo lo que fue la escolaridad.

Muchas veces estamos más con nuestros maestros que con nuestras familias porque tienen que laburar, porque tienen que sostener el mango. Y en estos tiempos yo sentí eso. Muchas veces uno piensa: “Tengo que decir algo”.

No pensaba ganar. Estaba con tres compañeros muy importantes compitiendo en la cuaterna, en ese cuarteto, y me agarró por sorpresa. Y dije: “En estos tiempos en donde pareciera que el saber es un problema, cómo de golpe alguien que quiere formarse no tiene una posibilidad de vislumbrar un futuro”.

¿Hoy hay un problema con los maestros?

Hay un problema con la enseñanza en todos los ámbitos, con la ciencia. Nosotros dependemos de todo el conocimiento específico de la gente que se forma, más allá también de la gente que pone el cuerpo y las manos para hacer las cosas.

Pero sentí eso, que algo tenía que decir y agradecer, porque de verdad soy lo que soy gracias a mis maestros.

Me contaba recién nuestra jefa de producción que vos viviste literalmente en un teatro.

En un teatro, sí.

¿Cómo es eso?

A los 19, cuando te querés independizar, en vez de irme a un monoambiente con otros compañeros armamos un teatro que se llamó Quintino, que estaba en Quintino Bocayuva y Venezuela, ahí en Boedo.

Tiramos todas las paredes de esas casas chorizo y armamos una sala de teatro. Y yo viví seis años, hasta los 25, en la cabina de luces.

Y tengo un antecedente pasado, que esto lo conté varias veces también: fui concebido literalmente en un escenario. Mi papá, en los 70, tenía un teatro independiente que se llamaba Teatro de la Calle Rincón y tenía un trabajo en la Municipalidad porque no podía vivir del teatro independiente.

Durante la semana sacaba los colchones debajo de los tablones y dormía ahí, en el escenario. Mi padre estaba casado con la mamá de mi hermano más grande y mi madre también trabajaba en la Municipalidad y estaba casada también. Pasó por esos colchones, hizo lo que se hace para procrear y fui concebido literalmente en un escenario.

¿Y qué deja dentro de uno un mandato tan determinante?

A fuego me han marcado, como se dice. De alguna manera entendí por qué desde tan chico tenía ese interés. Somos seis hermanos y soy el único actor. Y me enteré mucho después.

Fuiste el único concebido en el escenario.

Sí, desprolijamente, pero así fue. Y además una historia de amor preciosa. Mis papás eran como novios hasta grandes. Era muy hermoso.

Y también me inculcaron la pasión, el trabajo, la formación por sobre todas las cosas. Muchas veces me pregunta gente que está arrancando: “¿Qué hay que hacer para ser actor? ¿Cuál es el consejo?”.

Formarte por sobre todas las cosas, porque para vos es novedad, pero esto se viene pensando hace miles de años. Por otro lado, hacer como una segunda pata, porque tenés que probar todo lo que vas aprendiendo.

Y después la tercera pata fundamental es reconocer tu esencia, tu particularidad, tu personalidad, tu ideología, tu manera de hacer las cosas para que eso haga la diferencia y que te quieran a vos y no a otro.

Mis viejos me acompañaron siempre. Y además vengo de un hogar muy humilde, con lo que se podía, pero era todo servicio, todo dar.

Ahí descubrí también grandes actores. Mi viejo me sentaba a ver películas de Vittorio Gassman a los cinco años. Y yo me llamo Victorio como segundo nombre. Entonces siempre fantaseé con que iba a ser un actor de cine, que pensaba que iba a ser imposible, con un nombre artístico que era Giardino. Giardino es el único apellido italiano que yo tengo en la familia, el apellido de mi abuelo.

Y después, con los años, pasó. Como que no me daba cuenta y terminé protagonizando una película en Roma en 2020, en plena pandemia. Y ahí dije: “Puta, el sueño lo tengo cumplido”.

Uno sigue, sigue, sigue y es hermoso haber tenido los padres que tuve.

¿Vos creés que hoy la Argentina le permitiría a alguien de un hogar humilde hacer tu mismo recorrido o notás que los hogares humildes hoy están mucho más constreñidos?

Está muy duro todo, y no solo en el ámbito cultural. Siento que es mucho más complejo. Pero también siento que es responsabilidad de cada uno ponerse a hacer.

Cheté Cavagliatto vuelve al teatro con “Spinoza, la herejía sin fin”

Mirá, si nosotros nos quedamos con la queja y el enojo, creo que ganan los malos de alguna manera.

El teatro, el cine, todo lo que tiene que ver con la actividad artística es trabajo en equipo. Y yo, que recorro todo el país, te lo puedo decir con total certeza: está lleno de equipos de trabajo que viven de otras cosas, como mi viejo lo hacía y como en la escuela donde yo me formé, lo de Alejandra Boero, que ahora es Andamio 90.

Hay gente que igual puede mantener la pasión pese a todo. Y es una necesidad vital que va más allá de lo económico. Obviamente esto debería ser un trabajo pago y profesional, y uno debería tener sus derechos como cualquier otro trabajo. Pero en este momento me parece importante sostener la actividad cooperativamente, como sea, y no parar de hacer, aunque sea para poquitos públicos.

Qué paradoja. Es el teatro finalmente el que hoy sostiene y resiste a los actores, y no la televisión.

Sostiene y resiste. No hay ficción en la televisión y la que hay es extranjera porque es muy caro hacerla y porque no está el mismo mercado.

También es muy particular lo que pasó con Tafí Viejo, como me presentaste con ganar el premio, que es una serie que se hizo en una ciudad de Tucumán, ni siquiera en San Miguel, sino en Tafí Viejo, con todo aporte privado y el poder de una ciudad que dio todo para que se filme.

Poder tener las locaciones, poder hacerla. Después vino una plataforma fuerte atrás y ahora la pueden ver por Flow, pero vino después.

El teatro siempre resiste. Y si te ponés a ver en la historia, grandes movimientos fueron acompañados por el teatro. No sé, lo que fue Teatro Abierto en la Argentina, en un momento en que no se podía hablar, y cómo esos autores utilizaron la fuerza del teatro y la metáfora para hablar de los grandes temas sin ser explícitos.

Ponían bombas e incendiaban teatros y había otros teatros que, en vez de quedarse con el miedo, decían: “Te doy el teatro para que la obra se haga acá”. Y la gente se mudaba de una sala a la otra para seguir hablando, despertando cabezas, emocionando.

Y sobre todo, creo que lo más importante que tiene esto es que al teatro va un público. El teatro junta gente que por ahí no se conoce y esa gente piensa, se emociona, reflexiona.

Buenos Aires es la tercera ciudad de mayor concurrencia al teatro del mundo. Las otras dos tienen enormes ventajas: no solamente están en lugares más poblados, sino que tienen la mayor cantidad de turismo, que son Londres y Nueva York. Como decía el papa Francisco, estamos en el fin del mundo y la cantidad de turismo que recibimos está limitada por nuestra distancia geográfica. ¿A qué atribuís que los argentinos vayan tanto al teatro y les guste tanto?

Es un fenómeno increíble, sobre todas las cosas.

¿Qué dice de nosotros eso?

Es un pueblo al que le interesa la cultura, un pueblo que pone el cuerpo, que participa, porque el que va al teatro está haciendo un movimiento. Desde tu casa podés ver un montón de cosas. Entonces, yo agradezco siempre ese movimiento que hace el espectador. Yo hice funciones para dos personas en muchas obras, pero esos dos que hicieron el movimiento me valen igual que una sala de mil.

Y después también es importante hacer la diferencia de que lo que sucede acá, y el sostén más importante del teatro, sobre todo en la ciudad de Buenos Aires y ni hablar en los pueblos de la Argentina, es la actividad independiente. Como te decía antes, abrís la cartelera del fin de semana y hay más de mil espectáculos en salitas para 30, para 20, para 50 personas. En cada parte de la ciudad hay barrios con salas independientes y, a veces, ni siquiera salas. Hay obras experimentales.

Yo el año pasado hice una obra en el Club Estrella de Maldonado que se llamaba “Subacuática” y sucedía en la piscina del club. Entonces también se volvía una experiencia inmersiva.

Lo que sucede acá es un fenómeno que no se puede entender.

Una población tan sensible, tan refinada en sus consumos culturales, luego vota a Milei. ¿Sabrá algo que a lo mejor es bueno y nosotros no sabemos, y que está produciéndose en eso? ¿Reflexionás en algún momento?

Yo creo que estos fenómenos suceden, primero, por cuestiones que han pasado y no han salido bien. De golpe, este marketing del cambio por el cambio genera que mucha gente diga: “Bueno, esto no me va bien, voy a probar otra cosa”, incluso aunque la desconozca o le tenga desconfianza. Creo que es un poco así, porque uno no puede dejar de ver que es un personaje muy particular y mediático.

Hay gente que estará a favor y alguna muy poca gente se verá beneficiada con este tipo de políticas. Claramente son las minorías. Y después está la falta de ejemplo.

Yo me lo pregunto desde el periodismo y siempre encuentro muchas similitudes entre una redacción y un teatro, entre el consumo casi atómico de tocar, de estar cerca, que da el papel, y el del teatro comparado con el que da una plataforma o internet en el consumo de noticias. Probablemente esa sensibilidad del pueblo argentino, que se demuestra, por ejemplo, en su consumo de bienes culturales, percibió algo que a lo mejor hoy no se explica, pero que en un futuro tenga una explicación. No porque las ideas de quien hoy es presidente vayan a triunfar de manera definitiva, sino porque a lo mejor es una persona necesaria para producir algo, aun a costa de pasar un dolor durante determinado tiempo. A veces me pregunto, no sé si me consuelo pensando que hay una sabiduría en ese pueblo, en esas elecciones que, a mí personalmente, me cuesta entender. Intuyo que a vos también.

Sí, también me cuesta entender. Yo, para redondear lo que te quería decir con respecto a eso, siento que tiene que ver con un descreimiento de la política. Mirá, lo comparo con el teatro. Volviendo a esto: yo, como director de teatro, soy el dirigente de la obra. Tengo que construir un camino común para que todos lo transiten, todas las áreas que hacen el teatro, y llegar al objetivo, que es el estreno y después mantener la obra.

Yo siento que muchos políticos hacen un camino primero de beneficio propio. Algunos son más inclusivos que otros, pero poco importa el objetivo al que vamos. Hay algo de eso que siento que pasa con la política acá.

Y después, ejemplos desastrosos, donde claramente lo que se termina viendo de las gestiones es el beneficio propio que obtuvieron. Antes vos sentías que un laburante estaba orgulloso, y vuelvo a la educación, de que su hijo sea doctor, de que vaya a la universidad y de que la universidad pública, gratuita y de calidad le dé la posibilidad a un laburante de tener un hijo profesional.

Ahora pareciera que te salvás siendo político. Y no importa si estás formado o no, porque son los únicos que no tienen que rendir cuentas. Nosotros hacemos una obra de teatro, no va el público y el productor baja la obra. Vos hacés un programa de televisión, no tiene rating y el programa se termina.

Un político no cumple con lo que dice, se cambia de figurita, hoy está en un partido y mañana en otro, y sigue cobrando un sueldo. Y no es que le dicen: “Che, todas estas leyes que ibas a hacer no las hiciste, la gente no está mejor”. Y hablo de todos los partidos y colores. Hay algo ahí de privilegio extremo en la política.

¿No creés que la política es imprescindible, buena y necesaria?

Sin duda es imprescindible, porque existe para eso y, de alguna manera, también es el inicio del teatro.

Hay un clásico libro de los años 70 sobre la sociedad del espectáculo que plantea que todo lo que se puede representar va a ser representado. Anticipa, más o menos, que la política va a ser una representación espectacular. O sea, que se van a trasladar a la política los axiomas del mundo del espectáculo. Entre ellos, que el primer pecado mortal es aburrir. En los años 80, Hollywood dijo: “Tenemos al primer presidente actor”, que era Ronald Reagan. Y hace 10 años, la industria de la televisión dijo en Estados Unidos: “Tenemos al primer presidente salido de la televisión”, que es Donald Trump por “The Apprentice”. ¿Qué te genera a vos, como actor, ver si se hace un mal uso de esas herramientas al servicio de conquistar otro tipo de audiencias? Nosotros, los periodistas, no tenemos el monopolio de la construcción de subjetividad. Solamente tenemos el monopolio de la construcción de subjetividad con lenguaje verista. O sea, lo que escribimos o decimos tiene que tener algún correlato de demostración de verdad. Pero los actores, los cantantes, los artistas construyen subjetividad, incluso más que nosotros, con ficción. No hay necesidad de que eso que estén diciendo tenga un correlato con una prueba o evidencia. ¿Puede ser que haya una especie de traslado de las libertades que tiene un actor a la política, donde se tendría que exigir un lenguaje verista como a nosotros los periodistas?

Sin duda. Creo que la política es muy ficcional, histriónica, y tiene sus protagonistas y sus guiones. Cada vez está más probado. Pareciera que enfáticamente hay que rematar la frase y, si estoy complicado, voy al chiste común que impacta en el espectador y genera aplauso.

Es muy loco lo que decís, pero es verdad. Y los grandes personajes de la historia en la política, los grandes líderes, son muy histriónicos. Mirá, cuando me preguntan si tengo nervios al actuar, yo siempre tengo nervios. Y digo que soy el más cagón, pero también el más valiente.

El que no tiene miedo es temerario. Valiente es el que tiene miedo.

Exactamente. Y vos salís a escena en el teatro y no hay vuelta atrás. No se edita, no se vuelve a grabar, no podés repetir. Arranca y termina pase lo que pase.

Pero sí, los políticos toman mucho de eso. Y después, cuando se define un candidato, dicen: “Este no es carismático”, “este no es agradable para el público”. Ni siquiera ya se habla de votantes. Se piensa en público.

Público.

Público. Y en los shows que se montan para los actos políticos.

Ahora, existe el carisma.

Sí.

Y vos decías al principio, cuando hablamos del teatro, que hay que lograr que te quieran a vos y no a otro. Usaste textualmente esa frase. ¿Creés que algún día te puede interesar hacer un buen uso de ese carisma y de esos atributos para la política?

No. Yo soy hijo de políticos. Mis viejos fueron militantes toda la vida, incluso mi mamá sindicalista. Los vi sufrir mucho, porque cuando tenés ideales y querés hacer las cosas bien es medio imposible.

Mi viejo fue de la resistencia peronista. Ahora tendría noventa y pico de años, me tuvo muy grande. Y vi llegar a muchos de esos personajes que parecían emerger con ideales.

Me acuerdo de uno, por ejemplo, Carlos Grosso, cuando fue diputado por primera vez. Yo lo conocía de la unidad básica donde me crié, en Bajo Flores. Y después, con los años, mi viejo se lo cruzaba en la calle y le gritaba: “Traidor, hijo de puta, te olvidaste de todo”.

Mi papá sufría mucho por eso, por poner fichas en gente que después, decía él, “llega arriba y se marea”. No me veo por ahí. Pero sí, de alguna manera, con responsabilidad, haciendo lo que hago, armando equipos, liderándolos cuando me toca y asumiendo mi rol cuando no me toca ser líder.

También creo que esa construcción colectiva es la salida.

Hacés política, sin duda. Contame de “Paraíso”.

“Paraíso” me tiene muy contento. Es mi nuevo unipersonal, que cuenta la historia de Juan Valero, un empresario de turismo, ambicioso, materialista, poco empático con las emociones, que tiene un problema del corazón, recibe un trasplante y el corazón pertenece a una trabajadora sexual negra y dominicana.

Roberto Piazza: “Le recomendé a Milei que se cortara el pelo”

Entonces empieza una batalla interna de este tipo hipermachista con una sensibilidad femenina, exuberancia, otros sabores y otros gustos. No hay nada probado científicamente de que heredes algo de tu donante.

Hermosa metáfora.

Exactamente. Y se habla tanto del corazón, sobre todo en el teatro y la literatura. “Me rompen el corazón”, “me dañan el corazón”. Se habla mucho de eso.

Hay algunos casos que sí, pero se toma esto como excusa para liberar algo que estaba adormecido dentro y que tenía que encausarse. Es un cambio potente, de esos momentos bisagra de la vida.

Ahora, nuevamente encuentro ahí, igual que en “Tafí Viejo”, donde se habla de desigualdad y contradicciones, que ambas estructuras narrativas comparten la misma temática.

Sí, son temas que se cuentan ahí: las ideologías, los lugares opuestos, las clases sociales. Este tipo es un desastre, es un xenófobo, homofóbico, racista, es de lo peor. Y van apareciendo cosas que, cuando le sucede esto, como es un tipo de negocios, dice en un momento: “Ahora no solo tengo la inteligencia masculina, sino también la intuición femenina, que en estos últimos días hizo que nuestras acciones se hayan triplicado en la bolsa”.

Primero, poner al mérito femenino como si fuera intuición y no inteligencia también, pero ese es el terrible punto de vista masculino. Después, llega un momento en que ya no puede hacer uso ni dominio de todo esto nuevo que le está ocurriendo. Es un contraste muy potente y es una obra que entretiene, pero al mismo tiempo emociona.

Te llega la piña de lo que sucede.

Estamos haciendo un cruce continuamente entre ficción y realidad, entre arte y política. Y hablábamos de los presidentes del mundo que vienen directamente del espectáculo. Una de las características que se da en los presidentes es que todos tienen imitadores. Los presidentes se vuelven normalmente el centro de la agenda durante el tiempo que están en los programas de televisión, de radio, en todos lados y en todo el mundo. Es increíble. Ahora, la Argentina no tiene imitadores de Milei.

Hay un poco de miedo también.

¿Será que el personaje ya es una caricatura?

No sé si es una caricatura, pero es muy personaje, muy particular. Yo nunca vi algo así. Y creo que eso es lo que también genera odios y amores, porque de verdad es único. Es un personaje muy único.

Yo creo que va a ser estudiado con el tiempo. Son esos personajes que quedan en la historia muy potentes. Hay otros que son olvidados. Este no. Y, de alguna manera, yo no sé cómo será el final de la historia.

El otro día hablaba con un político de eso. Me decía: “Tenés que ver el final de la historia”. Me tocó también en un cruce de programa, como vos tenés uno que no es solo de cultura. Entonces le pregunté: “¿Qué pensás vos, que estás adentro?”. Y me respondió: “Tenés que ver el final de la historia”. Bueno, por ahí hay que esperar el final de la historia.

Eso quiere decir que a lo mejor termina mejor de lo que uno espera.

Sí. Ojalá. Nos vendría bien a todos que esto termine bien. ¿Cómo no desear eso?

¿Y querés morirte en un teatro?

No, morirme en un teatro no.

Lo digo en sentido metafórico. Como Brandoni.

Lo de Brandoni es una escuela para todos. Enorme hasta el último momento. Yo creo que igual voy a ser así hasta donde más pueda, pero también siento que no quiero pena ni lástima. No quiero que me tengan que estar cuidando, llevando y trayendo. No quiero ser una carga ni un problema para los otros.

¿Quién tiene una vocación tiene un privilegio?​

Sí.

Y finalmente no es una carga, sino todo lo contrario. Poder hacer aquello que a uno le gusta termina siendo terapéutico y, aun en la enfermedad, sanador.

Sanador, exactamente. Estoy de acuerdo. Yo no puedo más que agradecer.

Aquellos que no saben si están trabajando o jugando. ¿Vos sentís eso?

Sí, sin duda. Es un privilegio gigante.

Y después también tengo el poder de la autogestión, que hace que me sostenga en el tiempo. Nosotros tenemos una tarea, un oficio, muy inestable y, si estás a la espera de un llamado o de un mensajito...

La autogestión te da independencia.

Sin duda. Y la libertad de salir por los caminos, como salgo con mi auto y mi equipo a todo tipo de teatros: teatros enormes y teatros muy pequeños. Y la alegría es inmensa. Es así de potente.

También creo que siempre se habla del juego en el actor, del juego en los que hacemos teatro, y yo estoy convencido de que el juego también está en el espectador. El espectador recupera ese juego porque, desde que paga una entrada, se vuelve cómplice de algo que sabe que es mentira, pero quiere que sea verdad.

Y eso se vuelve un juego interactivo con el espectador. El teatro sigue siendo eso.

Me quedo con el haber nacido, haber sido concebido en un escenario. Me gustaría, así como te dijeron “hay que esperar el final de la historia”, saber cuál va a ser el final de la historia de Luciano Cáceres. ¿Qué va a pasar ahí al final?

Esperemos que falte mucho. Quiero estar muy presente para mi hija y acompañarla lo más posible. Pero, al mismo tiempo, me parece que va a ser una vida arriba del barco. Me veo ahí, no me veo bajándome del barco.

La vida es cada vez más longeva, creo que te quedan muchos años de teatro.

Y además vienen los personajes más lindos, que son los que tienen la carga del tiempo. Los que ya hicieron las cosas por primera vez y dejaron atrás la torpeza. Ahora vienen los que tienen el peso de lo vivido.

Representar a personas de más edad.

Exacto. Tienen el sabor de lo vivido.

Felicitarte, Luciano. Y felicitar a tu viejo. Había una frase que me decía siempre un genio de la arquitectura, Mario Roberto Álvarez: “El éxito es elegir bien a los padres”. Y vos elegiste bien.

Sí, y mi mamá también, porque mi mamá no tenía nada que ver con el teatro, pero era la más artista de todos. Mirá, te cuento algo muy personal: en mi casa teníamos poco. Y a veces no había nada, pero ella transformaba todo en belleza y en un festejo. Lo poco que había. Y eso era maravilloso. Y después le divertía ir a ver todas mis obras independientes para descubrir qué le había robado, porque las cosas que faltaban en casa estaban en el escenario.

MV