domingo 27 de noviembre de 2022
MúSICA SONIDOS RÉCORD

Coldplay dijo adiós luego de hacer historia en River

El grupo británico se despidió del país después de dar diez shows en Núñez. Tecnología inmersiva, sustentabilidad y cierto desgaste vocal de Chris Martin en un concierto diseñado más como una experiencia visual que un recital. Charly Alberti y Zeta Bosio otra vez en escena para hacer "Persiana Americana", "De música ligera" y "Yellow". La novedad: el reggaetonero Manuel Turizo cantó su hit "La bachata".

09-11-2022 05:24

La última escala, la de la despedida. La nave musical de Coldplay dice adiós de Argentina después de llenar el Monumental y dejar en claro que la música, la tecnología y la sustentabilidad pueden ir de la mano. Y sí, también los tributos.

Flying Theme, la exitosa canción de John Williams -que quedó en la eternidad al ser el icónico tema que sirvió de banda de sonido del filme E.T.- funciona como antesala para un espectáculo galáctico, en todas sus formas.

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Parte de la escenografía dispuesta en River incluye esferas que funcionan como eventuales pantallas y que, a su vez, respetan el título de la gira mundial (Music of the Spheres, nombre también de su último disco). Esta redondez es protagonista en Adventure of a Lifetime en donde varias pelotas -gigantes- inflables de goma, con diseño de planetas, rebotan por todo el campo de un River conmocionado ante tanta tecnología sustentable.

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Sí, porque el cuidado del medio ambiente y el respeto hacia la ecología son dos enseñanzas que buscó imponer la banda inglesa durante toda esta última gira. La lucha contra la basura en los océanos, la desforestación, la preservación de la especie animal y la toma de conciencia de la raza humana, ante el daño que se le hace al planeta Tierra, son algunas de las acciones institucionales que se ven en pantalla previo al show.

Coldplay en vivo es más una experiencia que un show musical, un verdadero espectáculo multicolor para toda la familia que devoró a la banda misma: un circo. Varias sucesiones de lanzamiento de confettis, serpentinas, llamaradas, fuegos artificiales, rayos lásers y las "estelares" pulseritas biodegradables -que están coordinadas por igual para que emitan un patrón lumínico en simultáneo- generan una barroca puesta en escena, suntuosa, inmersiva y, por momento, algo exagerada. Durante algunos tramos del show, el disfrute visual supera al sonoro.

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Al observar el campo delantero, bañado por la iluminación de dos pantallas circulares de altísima definición que proyectan imágenes de los músicos (bah, en su mayoría de Martin) se nota a un público hipnotizado por las pantallas, por más que el cantante de 1,86 m les pase cerca en una tarima o ande a los gritos, arengando como casi toda la noche. Es música para pantallas.

El sonido, lejos de ser potente, apenas bajo, pero si muy claro e ideal para oídos jóvenes (fueron muchos los nenes a hombros de sus padres que disfrutaron el espectáculo), dejó bollando una incógnita desafiante. ¿Cómo se comportaría la voz de Chris Martin luego de nueve River y la noticia de superar una infección pulmonar que obligó a posponer las ocho fechas en Brasil?

La respuesta es ambigua, por un lado el desempeño vocal del cantante fue correcto pero muy lejos de una muy buena performance. Los agudos y momentos donde la voz se exige, fueron salvados por el estruendoso coro del público que no dejó canción sin entonar lo que le sirvió de soporte vocal a un Martin algo desmejorado.

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Lo de Coldplay en vivo, en la dimensión de espectáculo que maneja, es maquetado, algo frío y con unas emociones controladas, que parecen muy bien actuadas por parte de su frontman. Los cruces de miradas, contacto y comunicación entre los músicos es casi nulo (se percibe una palmada al pasar de Martin hacia Jon Buckland, su fiel guitarrista ladero) pero queda en solo eso.

“Gracias a todos por estar aqui” “Vamos a pasar el mejor martes del mundo (similar a su frase de apertura de sus 10 shows en Núñez) “Bienvenido a cada parte del estadio”, son algunas de las frases articuladas de recepción del carismático líder de Coldplay, un grupo que descansa sus miradas y cámaras, en la humanidad del flaco vocalista. Es él + los músicos restantes.

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Las corridas de Chris Martin a lo largo de la pasarela central, que se mete como una cuña en el sector del campo y desemboca en un escenario más pequeño, son algunas de las postales de una noche cálida, aunque algo ventosa, del estadio Más Monumental.

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En Paradise, la voz del novio de Dakota Johnson, comienza a mostrar los signos de cansancio de un largo trajinar vocal y las secuelas de una pulmonía, que luego en The Scientist se confirma con Martin al piano, las pantallas en blanco y negro, y unos tonos agudos que tardan en madurar.

Para Viva la vida, ya el debut en el escenario B, se comienza a desgranar la esencia de un show bien interactivo con el público y se ve en Martin el oficio de una cruza entre director de orquestas, guía de una clase de gimnasia (pide que la gente se agache, salte, mueva los brazos) y la estirpe de un crooner, producto más del cansancio que del estilo musical, por más que éste se “zambulla” a las corridas en una maraña de confettis que varias veces llueven sobre la pasarela y el sector de campo.

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Para Let Somebody Go, la presencia de H.E.R. (la artista de rythm and blues estadounidense que ofició de acto soporte) junto a Martin hace que éste la presente como “la mejor artista del mundo” a Gabriella Sarmiento Wilson, quien posee un caudal vocal envidiable.

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Coldplay vuelve al escenario A y da lugar a una de las primeras perlas de la noche. “Necesitaríamos mejores canciones que podemos hacer”, enuncia misterioso Martin para luego presentar “a mis amigos” Charly y Zeta junto al “espíritu de Gustavo”. Y River cae a sus pies con las versiones de Soda Stereo, al igual que en la jornada anterior del lunes.

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La interpretación de Persiana americana y De música ligera colocan a Chris más en la posición de fan que de músico. Él se esfuerza por seguir de reojo la letra de los temas (a través del prompter), tocar tímidamente la guitarra y dejarse avasallar por el peso musical de Alberti y Bosio. Parece más un invitado de los Soda, que al revés. Martin entra algo a destiempo en los temas, se ríe nerviosamente y mira con admiración a los íconos argentinos. Sonríe y revolea sus ojos celestes hacia la oscuridad: es el cruce entre el DNI de Coldplay frente a uno de los ADN del rock nacional.

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Luego del tributo a Soda Stereo llega la interpretación de Yellow con la dupla nacional (Alberti en pandereta, inclusive) y las luces amarillas de las pulseras en todo el estadio dejan estampado uno de los mejores momentos de la noche. “Vamos a contar las palabras finales por quienes no están aquí”, dice Chris en referencia a Gustavo Cerati.

El cantante califica a Yellow como “la mejor canción de este concierto” mientras muestra el flamante tattoo que se hizo en Argentina con la frase “gracias totales” que el fallecido guitarrista y cantante argentino inmortalizó en ese mismo estadio de Núñez. Martin “empuja” a Charly y Zeta para que el público los aplauda y el “Olé, olé, olé, Sodaaa, Sodaaaa”, se escucha en todo River.

Música para pantallas (o cómo reemplazar al artista muerto)

Siete corazones rojos se dibujan con las luces de las pulseritas en Human Heart. Para People of the Pride toma una bandera de la comunidad LGBTIQ+ y se la enrosca en la cabeza sin dejar de cantar o bien puede marcar un ritmo marcial con fuerza (simil Rammstein, con llamaradas y todo) mientras Chris Martin martilla su puño contra el muslo como si fuese Till Lindemann, el líder teutón.

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Lasers verdes, quietud, y la sensación surrealista de estar adentro de un concierto cinéfilo, inmersos en la onírica tecnología que Coldplay utiliza para acelerar los sentidos o ver cómo los músicos ingleses se colocan escafandras que los convierte en una versión alegre de los franceses Daft Punk, inmersos en un mega boliche electrónico a cielo abierto con imágenes 3D en pantalla.

En Sky Full of Stars, Martin hace el acting de cortar el tema porque la audiencia no grita lo suficiente, lo que le sirve para tomar aire y demostrar el control artístico del músico por sobre su público, algo que va de la mano con toda la parafernalia tecnológica que montan en escena.

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“Gracias a nuestra familia argentina. Podemos alcanzar un nuevo nivel. Es la última oportunidad de cantar esta canción”, empieza a decir Martin con cierta nostalgia sobreactuada para arengar a su gente a que “grite más fuerte, salte más alto, cante más abierto” pero con la condición que sea “sin tecnología, sin nada digital, con sus piernas, brazos, corazones, almas, ojos y manos”, implora para querer extraer un poco del carente espíritu analógico a esa noche de Núñez.

En el escenario C, al fondo, bien cerquita del espacio de las plateas y populares, de cara a la tribuna Sívori, suenan Sparks y Don´t Panik luego de agradecer “a todos los trabajadores, la crew y los que usan los pisos de energía cinética y las eco bicicletas”, ensaya Martin para luego realmente agradecer a “cada persona por estar aquí”. ¿El motivo? “A pesar de todos los problemas economicos, de guerra... son todo lo que está bien”, le dedica al público argentino para luego recordar los países en conflicto como Irán e India y bregar por una mayor amabilidad (“kindness”) entre las naciones y los seres humanos.

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El momento inédito de la noche, que saca un poco del libreto a esta serie de shows semicalcados de Núñez, es la invitación al escenario del cantante de reggaetón Manuel Turizo. “Tenemos un regalo de Dios para ustedes”, anticipa Martín para darle la bienvenida “desde Colombia”, al artista cafetero que saluda con un “¡feliz noche mi gente!” y comienza a cantar su exitoso hit La bachata, con Chris Martin al piano.

La trilogía final con Humankind, Fix You (un chico levanta un cartel hecho a mano que dice “You Fixed Me”) y Biutyful deja ver la dificultad de Martin para llegar a las notas altas, tomar aire, hasta atragantarse un poco -entre la emoción y el cansancio- y dejar algo de lugar a la improvisación de un show que, de por sí, está bastante prefabricado y serializado a lo largo de todo el planeta Tierra. Aquel hogar global al que Coldplay lucha por salvar.

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