Las batallas de Famaillá, en Tucumán, y Rodeo del Medio, en Mendoza, marcaron el final del intento de implantar en el país un proyecto unitario a través de la Coalición del Norte. Ambas ocurrieron en septiembre de 1841 (Famaillá el 19; y Rodeo del Medio; el 24), a cientos de kilómetros de distancia. El conflicto armado terminó con la expulsión de las tropas unitarias del territorio nacional, consagrando a la figura de Juan Manuel de Rosas como el hombre más poderoso de la Confederación.
A fines de 1839, Juan Manuel de Rosas era hostigado por varios frentes. Sus días en el poder parecían contados; pero, con astucia y perseverancia, en menos de dos años pudo reprimir la sedición y recuperar el dominio político del país. Por un conflicto de intereses comerciales, los franceses bloquearon el Río de la Plata, al mismo tiempo que asistían en el derrocamiento del presidente uruguayo Manuel Oribe, reemplazado por el expresidente Fructuoso Rivera.
Las simpatías de éeste con los enemigos de don Juan Manuel eran notorias. El “Gaucho Rivera”, como lo llamaba Rosas, daba asilo a unitarios y “lomos negros” (federales moderados) que deseaban derrocarlo.
Poco después, los hacendados de la provincia de Buenos Aires organizaron un levantamiento en el pueblo de Dolores, autodenominados “Los Libres del Sur”. Poca vida tuvo esta revuelta, que concluyó en noviembre del 39 con la batalla de Chascomús. Muchos vencidos huyeron a unirse al ejército antirosista que se organizaba en Uruguay; los que no pudieron escapar fueron ultimados.
Este movimiento había conmovido a Rosas porque se inició en el seno de su grupo social: la campaña porteña y los productores ganaderos, de donde había surgido su figura como Restaurador de las Leyes diez años antes, y comprometía a personas de su amistad como Vicente Maza y su hijo Ramón. Este vínculo no fue obstáculo para que ambos fueran ultimados.
La génesis de esta revuelta había sido el mismo bloqueo francés que entorpecía toda la economía, aun la de la provincia de Santa Fe, conducida por un histórico aliado de Rosas, Estanislao López. Preocupado por la situación, envió a su cuñado Domingo Cullen para entrar en tratativas con el cónsul francés M. Buchet de Martigny, ante el disgusto de Rosas.
Este, como encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación, no quería que se metieran en sus asuntos y, especialmente, en uno como éste. Fue Martigny quien calificó este conflicto como una lucha entre “la civilización y la barbarie”, frase que Sarmiento haría famosa.
En el ínterin, murió Estanislao López y Cullen volvió a su provincia a asumir la gobernación. Rosas desconoció el nombramiento y puso en su lugar a Juan Pablo López, el hermano de Estanislao. Cullen debió huir de su provincia, pero la larga mano del Restaurador lo buscó y, a pesar de la resistencia armada que opuso, lo capturó y finalmente lo hizo fusilar.
Cullen y los estancieros porteños no eran los únicos sensibles a la prédica de los franceses. Berón de Astrada, gobernador de Corrientes, se alzó contra el orden porteño y terminó igual que Cullen, derrotado y ejecutado. Entonces les llegó el turno a los gobernadores de las provincias del Norte, que se alzaron contra Rosas, instigados por el agente francés Jean-Paul Duboué, quien facilitó una generosa cantidad de francos para incentivar a los rebeldes.
Marco Avellaneda fue nombrado jefe de la Coalición del Norte. En medio de este confuso momento apareció la figura del general Gregorio Aráoz de Lamadrid, un ferviente unitario que se había pasado al bando federal, pero se pronunció contra don Juan Manuel, a pesar de que éste le había perdonado la vida.
Los unitarios que se movían bajo el ala de Rivera y con la ayuda de los franceses unieron sus fuerzas y encontraron en Juan Galo Lavalle a un jefe prestigioso para llevar adelante la guerra contra Rosas. Este antiguo oficial de la campaña libertadora y el conflicto con el Brasil, responsable de la innecesaria ejecución de Dorrego, tenía méritos suficientes para conducir a las tropas de la Legión Libertadora, pero tenía una completa falta de criterio político que lo llevó a ganarse el apodo de “Sable sin cabeza”, mote que le impusieron los mismos unitarios en el exilio.
Después de una victoria inicial con el abrumador apoyo de los franceses en Entre Ríos, Lavalle fracasó en su intento de conducir a la Legión Libertadora en la toma de Buenos Aires. Este fracaso fue un “golpe de muerte a la Revolución”, como dijo Florencio Varela.
En cambio, Lavalle se dirigió a Santa Fe, ciudad que tomó sin grandes pérdidas, como describió el general Iriarte en sus Memorias. Urgía unir a la Legión Libertadora con las fuerzas de Lamadrid; sin embargo, Lavalle demoró su marcha llevando a cuestas a cientos de civiles que temían represalias de los federales.
Fue así como la Legión Libertadora llegó en lamentables condiciones a Quebracho Herrado, donde sufrió una humillante derrota. Finalmente, los dos ejércitos unitarios se unieron, pero el vínculo entre los antiguos camaradas estaba roto por las mutuas acusaciones de la reciente derrota. En lugar de aunar esfuerzos, Lavalle y Lamadrid comenzaron una extraña “contradanza unitaria”, donde este último se dirigió a Cuyo (zona que casi no conocía) y Lavalle a las provincias del Norte (que Lamadrid sí conocía).
Las derrotas, contratiempos, ejecuciones innecesarias, el terror que Sarmiento recomendaba imponer, los robos y hasta los amores fugaces que transcurrieron en los siguientes meses han sido relatados por distintos autores, llenando páginas que algunos tiñen de gloria y otros de vergüenza. La escena final tiene lugar en septiembre del 41.
Antes de esa fecha y, por el cariz de los acontecimientos, Francia quitó el apoyo a esta gesta condenada al fracaso. El almirante Mackau y el ministro Arana firmaron un pacto que echaba un piadoso manto de olvido sobre la poco edificante acción de los agentes franceses.
Lavalle, a quien le habían rechazado un exilio en Francia, fue una vez más derrotado a orillas del Famaillá y se vio obligado a retirarse hacia el Norte en busca de la protección que le ofrecía Bolivia. Manuel Oribe, el expresidente uruguayo a quien Rosas había nombrado general en jefe del ejército que trataba de alcanzar a los revoltosos, los persiguió tenazmente.
Durante esta persecución, Oribe y sus oficiales orientales cometieron todo tipo de excesos y arbitrariedades, como el feroz asesinato de Marco Avellaneda, convertido en el Mártir de Metán. El Norte argentino se pobló de cabezas degolladas.
Lavalle murió el 9 de octubre de 1841 en Jujuy, en extrañas circunstancias. Algunos dicen que por un azaroso disparo de un oscuro sargento federal y otros que murió a manos de su circunstancial amante, Damasita Boedo. Su legión de leales, reducida a menos de doscientos, descarnó su cadáver y llevó sus huesos hasta Potosí, donde recibió cristiana sepultura. Su muerte ha sido cantada como la de Leónidas en las Termópilas, aunque la versión criolla ha sido menos épica, plagada de desencuentros y controversias.
Pocos días más tarde, sin conocer el resultado de Famaillá, Lamadrid fue derrotado por Ángel Pacheco y se vio obligado a tomar el camino a Chile. La perseverancia de Rosas ante la adversidad y los desatinos de sus contrincantes le ganarían diez años más en el poder, mientras sus enemigos continuaban su lucha desde las letras, trazando los primeros balbuceos de la literatura nacional, marcada por desencuentros, intereses encontrados y algunas páginas notables.