OPINIóN
Relaciones

Apoyo familiar

Seis de cada diez estudiantes no alcanzan los niveles en Ciencias y Lectura.

171026_madre_hijo_shutterstock_g
Interés. Se necesita preguntar cómo le fue en la escuela y cómo está. | shutterstock

Los resultados de PISA 2025 nos invitan a detenernos en un dato que, desde la perspectiva de quienes trabajamos en el campo de la familia, no debería pasar inadvertido: el acompañamiento cotidiano de los adultos en las trayectorias escolares parece estar debilitándose.

En la Argentina, el porcentaje de estudiantes de 15 años que afirmó que sus padres o adultos responsables les preguntaban al menos una vez por semana qué habían hecho en la escuela descendió del 67% en 2022 al 62% en 2025. También disminuyeron las conversaciones semanales sobre los problemas que los estudiantes enfrentan en la escuela, que pasaron del 52% al 44%. La tendencia, además, no fue exclusivamente argentina: la OCDE señala una disminución del apoyo familiar percibido en casi todos los países participantes.

Desde el ámbito familiar, este dato merece ser leído más allá de las estadísticas educativas. No significa que la disminución del acompañamiento familiar explique por sí misma los resultados de aprendizaje. El informe argentino muestra que intervienen múltiples factores, entre ellos las condiciones socioeconómicas, la asistencia escolar y las características de las instituciones. Sin embargo, también señala una asociación significativa entre el apoyo familiar y los resultados educativos.

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

Tal vez necesitamos recuperar algo más profundo que determinadas prácticas de acompañamiento: necesitamos recuperar el sentido de estar disponibles para el otro. Preguntar cómo fue la escuela, interesarse por una dificultad, escuchar una preocupación o celebrar un logro pueden parecer gestos pequeños, pero construyen un vínculo desde el cual un adolescente sabe que no transita solo su experiencia educativa.

Comprender la identidad de la familia constituye también un desafío educativo. Su dimensión relacional se expresa en el cuidado, la reciprocidad, la solidaridad y la cooperación. Desde esta perspectiva, preguntar a un hijo cómo le fue en la escuela no es un trámite ni una exigencia adicional de la institución educativa. Es un acto cotidiano de presencia. Significa transmitir: lo que te sucede a mí me importa. Allí comienza también una forma de acompañamiento educativo.

Frente a ciertas tendencias contemporáneas –entre ellas, el individualismo y una cultura marcada por la inmediatez– que pueden debilitar la reciprocidad y la comunicación interpersonal, el camino no es aislar a las familias, sino fortalecer su identidad y su capacidad de construir vínculos. Esto implica reconocer su aporte específico: ser el primer espacio donde una persona aprende que sus experiencias importan, que puede pedir ayuda, que tiene responsabilidades y que sus vínculos requieren tiempo y compromiso.

Los resultados de PISA deberían llevarnos, por tanto, a mirar más allá de los puntajes. Seis de cada diez estudiantes argentinos evaluados no alcanzan los niveles esperados para su edad en Ciencias y Lectura, y siete de cada diez no los alcanzan en Matemática. Detrás de esos porcentajes hay adolescentes concretos y familias que necesitan ser acompañadas para poder acompañar.

Por eso, más que preguntarnos quién debería asumir esta responsabilidad, quizás sea necesario recuperar una pregunta más sencilla: ¿cuánto tiempo estamos dedicando a saber qué les pasa a nuestros hijos?

Quizás volver a preguntar, escuchar y conversar sea también una manera concreta de volver a educar.

* Magíster en Tecnología Educativa. Profesora del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.