OPINIóN
Mayor responsabilidad política

Democracias fracturadas en América Latina

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Una buena. En la región ya no acontecen los tristemente recurrentes golpes militares del pasado. | cedoc

Durante los últimos años las advertencias sobre la erosión de la democracia se han convertido en recurrentes. Si bien se trata de un fenómeno global, América Latina ha estado en el centro de esta discusión. En la región ya no acontecen los tristemente recurrentes golpes militares del pasado, pero en varios países resulta clara la profundización de tendencias autoritarias. En este contexto, además, han comenzado a normalizarse discursos que no dudan en reivindicar el accionar de los gobiernos dictatoriales del pasado, plantean que el respeto a los derechos humanos solo sirve para proteger a los delincuentes e incluso proponen la renuncia a ciertas libertades como única posibilidad de combatir problemas sustantivos como el crimen organizado. Este tipo de planteos tendía a ocupar en el pasado lugares marginales en la dinámica política e incluso quien los pronunciara podía temer que eso significara el fin de su carrera. En la actualidad no sólo han ocupado el centro de la escena, sino que generan altos niveles de popularidad e incluso pueden servir para cimentar una victoria electoral.

¿Qué ha cambiado en las sociedades latinoamericanas para que este tipo de discursos encuentre eco en porciones cada vez más amplias de la población? Las encuestas que de manera recurrente realiza la corporación Latinobarómetro o Lapop de la Universidad de Vanderbildt a través de su proyecto Barómetro de las Américas, confirman que durante los últimos años ha caído el apoyo a la democracia y la satisfacción con ese tipo de régimen político. Es más, en las últimas mediciones se registran los niveles más bajos en ambas dimensiones desde que comenzaron a realizarse dichos ejercicios.

Dos datos de la última ronda del Barómetro de las Américas (2021) permiten visualizar el vaso medio vacío o medio lleno de acuerdo al grado de pesimismo u optimismo que se adopte. En primer lugar, el porcentaje de la población que apoyaría un golpe militar se encuentra en los niveles más bajos desde que comenzó la medición, aunque con un piso particularmente alto (cerca del 40%). En segundo lugar, si bien ha aumentado la cantidad de encuestados que aprobaría un “autogolpe” del Ejecutivo, el porcentaje llega a menos de 30%. Lo que sin embargo, no deja dudas acerca del carácter crítico de la situación es que en dieciséis de los veinte países incluidos en el estudio, más de la mitad de los encuestados prefieren un sistema que garantice cierto piso mínimo de ingresos y servicios públicos para la población aunque no haya elecciones.

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La explicación más obvia a este panorama desalentador es que se debe a que los regímenes democráticos no han generado resultados significativos en términos de la calidad de vida de la población. En pocas palabras, las promesas que se avizoraban en los años de transición en los distintos países no se han cumplido.

El gran problema, sin embargo, es que la insatisfacción con los resultados parece haber contaminado la percepción que la ciudadanía tiene de los procesos. Los mismos datos del Barómetro de las Américas muestran que sólo un 42% de las personas encuestadas confían en las elecciones, y este porcentaje cae al 38% cuando se analiza particularmente el grupo de edad de 18 a 25 años. Esta desconfianza generalizada combinada con escenarios de polarización genera efectos explosivos. Un ejemplo claro es lo observado en Brasil luego de las últimas elecciones, en donde un 90% de quienes votaron a Bolsonaro manifestaban dudas respecto de la integridad del proceso electoral de acuerdo con una encuesta de AtlasIntel. El discurso inflamado del expresidente denunciando un fraude sin que existieran pruebas sirvió para profundizar la desconfianza y contribuyó al asalto al Planalto.

El camino pare revertir esta realidad no parece del todo claro y no aparece como una tarea sencilla. Tampoco está claro por dónde se debe comenzar. Quizás, sin embargo, podamos partir por demandar mayor responsabilidad a la clase política en sus propuestas y discursos, evitando caer en planteos facilistas que en el fondo desconocen las luchas que hace décadas permitieron el retorno a la democracia luego de años oscuros.

*Profesor-Investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México. Observatorio de Reformas Políticas en América Latina (@juancolmeda).