martes 19 de octubre de 2021
OPINIóN Desde Madrid
17-11-2020 07:48
17-11-2020 07:48

Diario de la peste: el día después

Con las dos vacunas a la vuelta de la esquina, todo el mundo ya está pensando en el día después y muchos, además de pensarlo, lo cuentan de un modo que no lo habían hecho antes.

17-11-2020 07:48

No teníamos vacuna; ahora tenemos dos. Al igual que la de Pfizer y Biotech, la de Moderna, anunciada ayer, con un porcentaje mayor de eficacia que la anterior ya que alcanza un 95%, ofreció pocos datos a los medios, los necesario para cumplir con los mercados y a otra cosa. El caso de Pfizer, la semana pasada, molestó a muchos cuando se supo que Albert Bourla, presidente y CEO de la farmacéutica y la vicepresidenta, Sally Susman vendieron sus acciones con un margen impúdico de beneficios mientras los valores del laboratorio subían en las bolsas a la par que las ilusiones de los estoicos ciudadanos. Biotech, la socia de Pfizer es otra cosa. Vaya si lo es, tanto que ni siquiera han especulado y cargan con el estigma de la inmigración. Los titulares del laboratorio son un matrimonio de científicos turcos, Ugur Sahin y Özlem Türeci, dos médicos cofundadores de la empresa, convertida ya en un símbolo del valor de la diversidad en las sociedades.

Con las dos vacunas a la vuelta de la esquina, todo el mundo ya está pensando en el día después y muchos, además de pensarlo, lo cuentan de un modo que no lo habían hecho antes. Se calcula que la demanda de terapia a través de medios virtuales ha crecido durante la pandemia un 200% en España. Contarnos lo que nos pasa y resolverlo es algo que siempre está en potencia, pero la covid-19 lo ha puesto en acto.

Salir al balcón, sitio que muchos habían pisado poco, todos los días a la misma hora y exponerse, después de los aplausos, a un intercambio de miradas, sonrisas e incluso diálogos de vereda a vereda, ha representado toda una extroversión que no estaba en el relato personal de nadie. Desde aquellos días, recuerdo, tengo un directorio emocional que componen una anciana solitaria que tardaba horas en cerrar sus ventanas –era verano y la luz no se extinguía con el final de las palmas–, un niño que, frente a mi balcón, mantenía una conversación gestual conmigo; una chica a quien saludaba cada vez que salía a fumar a lo largo del día –no fumo pero trabajo de cara al ventanal, lo cual lo convierte en una segunda pantalla que observo cada vez que se actualiza– y un señor mayor con aspecto de ser un okupa en la casa de uno de sus hijos. Ya no veo a esas personas, aunque yo siga, por una simple cuestión de trabajo, mirando hacia la calle mientras escribo o leo, pero conservo su relato en la memoria. Lyotard señaló la caída de las grandes narraciones, pero no previó la emergencia de los pequeños relatos individuales.

Un par de meses atrás, Le Monde reunió a Emmanuel Carrère y Daniel Mendelsohn, dos autores que se expresan en primera persona, construyendo personajes a través de su propia biografía al punto que se sienten cómodos en la llamada autoficción, genero que cada vez ocupa más espacio en la producción de los creadores. Ambos autores dicen compartir el psicoanálisis como herramienta de esta elección estética y eso parece ser también la hoja de ruta con la que Pedro Almodóvar escribió y rodó Dolor y gloria el año pasado, obra en la que asegura haber puesto su biografía al servicio del protagonista, un realizador que interpreta Antonio Banderas.

El documental, híbrido como es el caso de Brexit, en el que Benedict Cumberbatch interpreta a Dominic Cummings, el exjefe de gabinete de Boris Johnson o Carmel, la historia del crimen de María Marta García Belsunce, que también llama a la audiencia en España ocupando espacio en los medios, son puntales de la narración de no ficción que sin dejar de ser la verdad de las mentiras, ya que todo documental es la puesta en escena de la subjetividad previa del realizador, pretenden ofrecer un fragmento de realidad, como Almodóvar, Mendelson o Carrerere. O cada uno de nosotros en el diván.

Nuestra propia historia o la de los demás, contada por ellos mismos, nos ocupa la atención mucho más que antes. Sobretodo en este año que se acaba y en el que, todos juntos, seguimos, de momento, estando en peligro y por eso nos narramos para aferrarnos a lo que sentimos partir: todo lo que ya no estará, todo aquello que será distinto cuando todo pase.

Todo lo que nos pasará a partir del día después.