OPINIóN
Medio Oriente

El caos como forma de gobierno y la erosión de Occidente

La guerra entre Israel e Irán dejó expuestas las fracturas entre aliados occidentales y consolidó una lógica política global basada en la tensión permanente y el desorden.

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Alejandro Cassaglia: “Es muy posible que fracasen las conversaciones de paz” | Cedoc Perfil

La guerra entre Israel e Irán dejó de tener una lógica clara. Ya no resulta evidente quién domina el conflicto ni cuál es el verdadero objetivo político de cada actor involucrado. Lo que sí empieza a quedar expuesto es otra cosa: una forma de ejercer el poder basada en el caos permanente.

Mientras Estados Unidos procura una tregua, Israel parece decidido a profundizar la ofensiva. Washington busca salir de un conflicto que se volvió imprevisible y costoso, mientras el gobierno israelí considera que no puede aceptar ninguna pausa sin garantías respecto del programa nuclear iraní.

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En el medio aparece Irán, que resiste más de lo previsto, sostiene su capacidad militar y gana tiempo en la negociación internacional. Informes citados por The Washington Post, atribuidos a fuentes de la CIA, sostienen incluso que Teherán conserva buena parte de su infraestructura misilística.

El escenario empieza, entonces, a mostrar una fractura entre aliados occidentales. Estados Unidos intenta negociar, Israel sigue atacando posiciones vinculadas a Hezbolá y las monarquías árabes empiezan a mostrar diferencias respecto de la estrategia regional. Pero además hay otro elemento que agrava todavía más el problema: el deterioro moral y simbólico del conflicto.

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La aparición de episodios vinculados a la profanación de imágenes religiosas en el Líbano provocó un fuerte impacto incluso entre sectores históricamente cercanos a Israel. Justamente porque Israel es una democracia relevante, una cultura milenaria y una sociedad atravesada por la memoria de la persecución y el exterminio, muchos consideran que no puede permitirse determinados comportamientos.

Eso empieza a erosionar incluso el respaldo político europeo. Y en paralelo aparece otra cuestión todavía más profunda: la consolidación del caos como método político. Donald Trump amenaza a Europa con aranceles, rompe vínculos diplomáticos, insulta a aliados y después intenta recomponer relaciones. Primero aparecen las tensiones y después las reconciliaciones. Ocurrió con Brasil, con el Vaticano y con distintos gobiernos europeos. La pregunta es si se trata de improvisación o de una estrategia deliberada.

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Tal vez el caos ya no sea una consecuencia accidental de la política, sino directamente una forma de gobierno: una lógica basada en mantener a la opinión pública, a los mercados y a los gobiernos aliados en un estado permanente de incertidumbre.

Ese “autoritarismo caótico” no afecta solamente a Estados Unidos. También erosiona a Europa y al Reino Unido, donde el viejo bipartidismo entre conservadores y laboristas atraviesa una crisis profunda después del Brexit y del desgaste político acumulado durante años.

La paradoja contemporánea es inquietante: en un mundo dominado por liderazgos agresivos, disruptivos y espectaculares, la moderación empieza a parecer una debilidad.