La guerra entre Israel e Irán dejó de tener una lógica clara. Ya no resulta evidente quién domina el conflicto ni cuál es el verdadero objetivo político de cada actor involucrado. Lo que sí empieza a quedar expuesto es otra cosa: una forma de ejercer el poder basada en el caos permanente.
Mientras Estados Unidos procura una tregua, Israel parece decidido a profundizar la ofensiva. Washington busca salir de un conflicto que se volvió imprevisible y costoso, mientras el gobierno israelí considera que no puede aceptar ninguna pausa sin garantías respecto del programa nuclear iraní.

En el medio aparece Irán, que resiste más de lo previsto, sostiene su capacidad militar y gana tiempo en la negociación internacional. Informes citados por The Washington Post, atribuidos a fuentes de la CIA, sostienen incluso que Teherán conserva buena parte de su infraestructura misilística.
El escenario empieza, entonces, a mostrar una fractura entre aliados occidentales. Estados Unidos intenta negociar, Israel sigue atacando posiciones vinculadas a Hezbolá y las monarquías árabes empiezan a mostrar diferencias respecto de la estrategia regional. Pero además hay otro elemento que agrava todavía más el problema: el deterioro moral y simbólico del conflicto.
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La aparición de episodios vinculados a la profanación de imágenes religiosas en el Líbano provocó un fuerte impacto incluso entre sectores históricamente cercanos a Israel. Justamente porque Israel es una democracia relevante, una cultura milenaria y una sociedad atravesada por la memoria de la persecución y el exterminio, muchos consideran que no puede permitirse determinados comportamientos.
Eso empieza a erosionar incluso el respaldo político europeo. Y en paralelo aparece otra cuestión todavía más profunda: la consolidación del caos como método político. Donald Trump amenaza a Europa con aranceles, rompe vínculos diplomáticos, insulta a aliados y después intenta recomponer relaciones. Primero aparecen las tensiones y después las reconciliaciones. Ocurrió con Brasil, con el Vaticano y con distintos gobiernos europeos. La pregunta es si se trata de improvisación o de una estrategia deliberada.
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Tal vez el caos ya no sea una consecuencia accidental de la política, sino directamente una forma de gobierno: una lógica basada en mantener a la opinión pública, a los mercados y a los gobiernos aliados en un estado permanente de incertidumbre.
Ese “autoritarismo caótico” no afecta solamente a Estados Unidos. También erosiona a Europa y al Reino Unido, donde el viejo bipartidismo entre conservadores y laboristas atraviesa una crisis profunda después del Brexit y del desgaste político acumulado durante años.
La paradoja contemporánea es inquietante: en un mundo dominado por liderazgos agresivos, disruptivos y espectaculares, la moderación empieza a parecer una debilidad.