Se nos enseñó y absorbimos la realidad como dual y contrapuesta. Una manera primitiva que evita complejidades, donde los matices desaparecen. Un clásico pensamiento infantil binario, psicológicamente tranquilizante frente a una realidad demasiado compleja e intrincada y frente al pánico que producen las no-verdades definitivas, las no-verdades absolutas y, mucho más, la vulnerabilidad de la incertidumbre.
Buscamos narrativas contundentes que confirmen nuestra necesidad de interpretación de la realidad. En este contexto resulta un desafío mayor reconocer y validar a un otro y otra narrativa. Nada fácil oír las campanadas con sus diversos tonos y sonidos.
Maimónides, en su sabiduría, nos describió el camino de oro: el del centro, el del equilibrio. En sus Ocho Capítulos escribe: "El camino recto son las cualidades intermedias que tiene el hombre, equidistantes de ambos extremos". Ser del centro no es ser neutral, ni gris, ni tibio. Es ser Sabio. Es un intento exigente de reconocer y aceptar las complejidades y de comprender que los extremos son autoexcluyentes.
Al decir popular, hay que cuidarse de una derecha muy diestra y una izquierda muy siniestra. En realidad, aunque en apariencia sean muy distintas, si miramos en lo profundo de su estructura de pensamiento, se parecen tanto que no es casual que tengamos dictaduras y totalitarismos de ambos extremos. Como advirtió Albert Camus: "Los extremos se tocan".
Hay un ejercicio tan necesario y sano como incómodo: intentar ponernos en el lugar y la vivencia del otro. Sentir lo qué puede estar viviendo, sintiendo y pensando, e intentar comprender sin juzgar de inmediato sus reacciones y acciones. No se trata de ganar o perder, se trata de comprender.
La Torá misma nos obliga a este ejercicio incómodo en la porción que leemos justamente en Rosh Hashaná.
Dios le dice a Abraham: "Todo lo que te diga Sará, escucha su voz" [Bereshit-Génesis 21:12]. Con ese aval Divino, Abraham expulsa a Hagar y a Ishmael de su casa.
Pensar que Hagar, que le dio un hijo cuando Sará era infértil, y que Ishmael, el hijo primogénito, no quedarían resentidos con su familia y con ese D´s que avala esa expulsión, es ingenuo.
No ver la angustia de Hagar, su temor a una muerte por sed en el desierto [Bereshit-Génesis 21:15-16], y a Ishmael furioso por ser echado sin ninguna empatía por su padre, por su madrastra y por su hermano menor, es no ver al otro, no sentir. Es quedarnos con una sola narrativa: la del heredero elegido, Itzjak.
La Torá no oculta esa tragedia. Nos cuenta que D´s también escuchó el llanto del muchacho en el desierto [Bereshit-Génesis 21:17] y le prometió a Hagar que de Ishmael haría también una gran nación. Si no somos capaces de escuchar ese llanto también, ¿cómo podremos entender el origen de un conflicto que lleva 4.000 años?
A 25 años del 11 de septiembre: las lecciones no aprendidas.
La reacción norteamericana al contundente mazazo de los atentados a las Torres Gemelas, el Pentágono y el fallido ataque al Capitolio, la conocemos. La cacería de Osama Bin Laden y sus secuaces. Las leyes antiterroristas, la guerra contra los talibanes en Afganistán y contra las "armas de destrucción masiva" en Irak.
Luego de centenares de miles de muertos y de la eliminación de la cúpula terrorista de Al Qaeda, los talibanes y el Estado Islámico... ¿Cómo está el mundo y cómo están las agrupaciones terroristas? ¿Desaparecieron o volvieron renovadas y potenciadas al poder?
Los talibanes gobiernan nuevamente Afganistán. El Estado Islámico mutó en decenas de franquicias. Al Qaeda se reconstituyó. Hamas cometió el 7 de octubre. El terrorismo no desapareció, se recicló.
¿Es la guerra la única estrategia para "destruir" una cultura de odio? ¿No es la guerra la que potencia el odio? Como advirtió el profeta: "No por la fuerza, ni por el poder, sino por Mi espíritu" [Zejariá 4:6]. Son preguntas necesarias que las industrias de armas y los intereses geopolíticos no se quieren ni van a hacer. Como escribió Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo: la violencia nunca destruye una idea, solo la vuelve clandestina y más virulenta.
La tragedia de la guerra, el dolor, el resentimiento y el miedo nos bloquean. Desde el 7 de octubre, gran parte del pueblo judío, la sociedad israelí y los grupos pro-palestinos y antisemitas han caído en la ecuación binaria que excluye el dolor, los miedos, los sentimientos y la vivencia fragmentada del otro. En lugar de pensar que en el mundo hay lugar para los dos, se llega a la conclusión de que mi existencia y supervivencia solo es posible con la eliminación del otro.
Los fanatismos y extremismos han sido siempre nefastos. Si algo deberíamos aprender de los relatos bíblicos es que los hombres somos seres complejos con grandezas y miserias. Que ambas realidades conviven en nosotros. No hay santos. Como enseña el Talmud: "No juzgues a tu compañero hasta no haber estado en su lugar" [Avot 2:4].
Pensar en cualquier hombre debería hacernos reconocer ambas polaridades en una misma criatura. Generalmente, directamente proporcional a la grandeza de un hombre es la energía de sus miserias. No es casual que tanto ser brillante y sublime en su hacer haya sido un pequeño monstruo en otros aspectos. Salir de una visión infantil sería, por ejemplo, no pensar en Bibi como un héroe o un villano, sino integrar ambos aspectos que conviven en una misma persona. El fanático solo puede ver una de las polaridades y eso no ayuda.
En estas horas ha surgido la polémica sobre el documental "Naza", premiado en el festival de Venecia de dos directores israelíes que ahonda en la tragedia de Gaza. La gran mayoría toma de inmediato una postura sin haberlo visto y mucho menos estar dispuesto a analizarlo. Hay tanto dolor a flor de piel que el instinto enceguece.
Parecería que la manera de ser "patriota" es denostar cualquier matiz que no responda al argumento que me haga "ganar" la batalla instalada. Esto corre para ambos adversarios. Para los pro-palestinos y antisemitas que no pueden ver los daños que produce el fundamentalismo nihilista, suicida y asesino de extraños y propios que propone el terrorismo, como para judíos e israelíes que no quieren ver posibles desviaciones, ni analizar la historia en su profundidad ni en sus consecuencias.
Una de las características del fanatismo, como lo describió la propia Arendt, es que transforma a las individualidades en una masa uniforme deshumanizada, con lo cual se evitan las preguntas y las dolorosas grietas. Todos son iguales, todos son culpables, todos son una subespecie. Todos merecen y deben morir.
Esta fenomenología maniquea es la que domina desgraciadamente la lectura de todos los temas, incluyendo los de nuestros países. Si no pensás 100% como yo, estás en contra mío y sos mi enemigo. La grieta argentina, la polarización en Israel, en EE.UU., en Brasil, en Chile o en Colombia, todo se lee con el mismo lente binario. Sin matices, sin complejidades, sin humanidad.
La realidad es siempre mucho más compleja. Hay grandezas y miserias, hay intereses contrapuestos, hay narrativas incorporadas a través de educación y cultura completamente distintas. Decir que todos los palestinos son terroristas y cómplices de los monstruos de Hamas es tan poco cierto como decir que todos los israelíes son terroristas colonos respaldados por los ministros Ben Gvir y Smotrich. Quedarse con un recorte siempre es más fácil, pero es una mentira absoluta que justifica lo injustificable. Israel es mucho más que los colonos y los palestinos son mucho más que los terroristas.
Aparece aquí otro problema. La pregunta de cómo es posible que el pueblo respalde o permita lo atroz. Como en todo, la historia y el análisis de la realidad se tornan fundamentales. ¿Fueron las sociedades latinoamericanas adeptas y cómplices de las dictaduras militares o no podían sacárselas de encima? ¿Fueron los alemanes, los italianos, los españoles los que engendraron y sostuvieron a sus monstruos? ¿Son los pueblos cubano, ruso, iraní, venezolano, palestino, israelí, etc., promotores y cómplices de sus realidades? ¿Son los norteamericanos los responsables de la virulencia de Donald Trump o los rusos de la apetencia de Putin? Preguntas complejas que no permiten respuestas simples.
La historia ha demostrado que no es nada fácil superar totalitarismos y líderes que encarnan visiones "mesiánicas" y personalistas. Como advertía el profeta Isaías: "¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo!" [Isaías 5:20]. Los judíos tenemos o deberíamos tener una epidermis hipersensible a estos momentos de la historia y personajes que siempre nos llevaron a la tragedia particular y global.
Cuestionar las verdades propias es el primer y necesario ejercicio de la adultez de una sociedad. Como escribió Amos Oz: "El fanatismo es una plaga. Lo que cura el fanatismo es el sentido del humor, la curiosidad y la capacidad de imaginar al otro". No creer en verdades absolutas.
Poder escuchar y sentir el dolor del otro es el primer paso para reconocer que hay un otro y permitirle que él también pueda reconocer nuestro dolor y existencia. Nada fácil en un mundo de extremos donde no tomar posturas irreductibles y extremistas es visto como tibio y no como sabio.
Y sin embargo, como enseñó Rabí Najman de Breslav: "Todo el mundo es un puente muy angosto, y lo principal es no tener miedo". El equilibrio es ese puente.
(*) Miguel Steuermann es director de Radio Jai, la Radio Judía hispanoparlante, comisionado para la libertad religiosa de la OEA (m.v), embajador para la Paz de la alianza humanitaria internacional y director de relaciones institucionales de la ONG 18 de diciembre por el migrante.