Hay un dato que, en las últimas encuestas nacionales de QSocial, viene configurando un análisis importante en cuanto a la viabilidad de un tercer candidato que rompa la polarización LLA-PJ. El 40% de los argentinos rechaza, al mismo tiempo, a Javier Milei y al kirchnerismo. Es lo que llamamos la avenida del medio, o —cuando queremos evitar la metáfora política tradicional— la pecera del medio: el segmento que no se identifica con ninguno de los dos polos que estructuran hoy la polarización argentina.
No es un residuo estadístico ni una minoría intensa. Es cuatro de cada diez ciudadanos. Y, sobre todo, es un segmento que creció con fuerza en el último año. Ese crecimiento merece atención específica. Hace apenas doce meses, ese segmento se ubicaba en el 30%. Hoy trepa al 40%: diez puntos más en un año. Y el detalle importa, porque muestra que la avenida del medio no es un fenómeno coyuntural, un mal humor pasajero producto de un mes económico complicado. Es una tendencia estructural, sostenida en el tiempo, que ya reordena el mapa electoral y que va a seguir presionando el sistema político hasta 2027.
Un segmento crítico, exigente y con demandas concretas
La avenida del medio no es un electorado apático ni desinformado. Es un segmento crítico. El 55% evalúa mal la situación del país. El 85% no es optimista con lo que viene: cree que en los próximos meses vamos a estar peor o, como mucho, igual que ahora. El 70% se declara decepcionado con Milei: reconoce que bajó la inflación, pero considera que el costo social del ajuste fue demasiado alto. Y el 80% pide, con una claridad poco frecuente, un presidente unificador, un liderazgo capaz de tender puentes entre espacios distintos y de generar consensos, no de profundizar la lógica polarizante que hoy domina el debate.
Esas cuatro señales dibujan el mensaje que este segmento está esperando. No es un mensaje antiMilei absoluto ni un llamado a la restauración. Es más sutil: querer cambiar algunas políticas y continuar otras, exigir equipos de trabajo sólidos, poner límites a los modos presidenciales sin renunciar a los logros macroeconómicos que se lograron. El 73% de este segmento admite estar cansado de las opciones actuales; el 75% cree que Milei terminó pareciéndose a la casta que vino a combatir; el 71% pide, además, una renovación del peronismo tanto en nombres como en mensaje. Es, en pocas palabras, un electorado reformista, no restaurador.
Quién puede representar esa avenida del medio
Aquí conviene ser prudente. Nombrar nombres, en política, siempre es apurar el análisis. Pero los datos permiten identificar algunas puertas que este segmento deja abiertas, aun cuando hoy no se traduzcan en voto efectivo.
La primera es la de un peronismo renovado. No el kirchnerismo tradicional, que está expresamente excluido del espacio del medio, sino un peronismo con giro claro de nombres y, especialmente, mensaje: figuras dispuestas a rediscutir el discurso del sector sin abrazar las banderas históricas de manera nostálgica.
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La segunda es la de Victoria Villarruel, que aparece en las mediciones con predisposición dentro de la pecera precisamente porque encarna una crítica al estilo Milei desde adentro del oficialismo. Es una distancia sin ruptura frontal, un tono más templado, un perfil que este segmento percibe como potencialmente moderador.
Hay, además, un dato que la política tradicional suele subestimar: la aparición eventual de figuras extra-políticas. Nombres como Dante Gebel, Jorge Brito o Daniel Hadad —por dar ejemplos que aparecen en la conversación pública— muestran que este electorado no vota una coalición ni un sello partidario: vota un nombre y un perfil de gestión. El 32% de la avenida del medio no se identifica con ningún partido, y el 47% no elige a nadie hoy. En ese vacío, un candidato con capital simbólico propio, construido en un terreno distinto al del sistema partidario, puede tener una ventana real. No estoy afirmando que ese vaya a ser el camino. Estoy diciendo que la naturaleza del electorado lo permite y, en algunos escenarios, incluso lo favorece.
Dos condiciones sin las cuales esta avenida se cierra
Los datos permiten identificar, con claridad, dos condiciones que tienen que cumplirse para que esta avenida del medio no termine polarizándose por defecto. La primera es de viabilidad electoral. La mitad de este 40% admite, en nuestras mediciones, que estaría dispuesto a votar a un candidato que no le gusta del todo si cree que puede ganarle al que menos quiere. Es la lógica clásica del voto útil, y en un electorado que ya rechaza a los dos polos, opera con una fuerza particular. Traducido: si no aparece un candidato de la avenida del medio que sea percibido como electoralmente competitivo desde el arranque, con posibilidades reales de disputar una elección presidencial y no de quedar relegado a un tercer o cuarto lugar simbólico, la mitad de este segmento va a resignarse al voto útil o no irá a votar. Y la lógica binaria Milei-kirchnerismo va a volver a angostar la pecera.
La segunda condición es más profunda y menos intuitiva: es de naturaleza emocional. Aquí conviene detenerse, porque suele ser el aspecto más subestimado por los análisis tradicionales. Construir un candidato desde una plataforma técnica, un buen equipo económico y un decálogo de propuestas ordenadas es necesario, pero no suficiente. En un electorado saturado, cansado y crítico, el mensaje racional entra tarde y sale rápido. Lo que abre puertas es la conexión emocional. En 2023, Milei entendió esa lógica mejor que nadie. No ganó porque su programa fuera el más elaborado o su equipo el más profesional. Ganó porque conectó con una emoción concreta: la bronca acumulada de los argentinos hacia la política tradicional. La representó, la canalizó y la ordenó en una candidatura. Ese fue su verdadero activo. El nuevo candidato de la avenida del medio, si va a existir, tiene que hacer un ejercicio equivalente: investigar en profundidad qué emoción está latente hoy en este segmento y construir la comunicación alrededor de ella.
Vale la pena esbozar dos hipótesis de trabajo, que no pretenden ser conclusiones sino ejemplos del tipo de conexión que sería necesaria. La primera hipótesis podría formularse alrededor de una idea del estilo "votar con seguridad, basta de pruebas". Es un mensaje que conecta con la fatiga acumulada: el 73% de la avenida del medio dice estar cansado de las opciones actuales y el 85% no ve salida en el escenario presente. La emoción de fondo es concreta: el hartazgo de estar eligiendo, elección tras elección, entre dos males sin certeza de resultado. Un candidato que nombre esa fatiga, que la valide y que se ofrezca como una salida al ciclo, activa una emoción de descanso, de fin de la prueba, que la racionalidad por sí sola no toca.
La segunda hipótesis podría ordenarse alrededor de una idea del tipo " Que me entiendan, no que me expliquen". Apunta a algo distinto y, quizás, más profundo. El 70% de este segmento reconoce que Milei bajó la inflación, pero considera que el costo social del ajuste fue demasiado alto. La emoción de fondo, en este caso, no es la bronca ni la fatiga: es más parecida al dolor o a la injusticia. Es la sensación de que las decisiones económicas se toman en un plano donde el bolsillo propio no cuenta, donde se justifican tecnicismos pero no se explica por qué el peso del ajuste recae siempre sobre los mismos. Un candidato que nombre eso emocionalmente —no técnicamente— abre una puerta que ningún powerpoint puede abrir. La discusión que este electorado quiere no es si hay que ajustar, sino quién paga el ajuste.
Ambos ejemplos son hipótesis. Cuál termine funcionando, o si emerge una tercera línea emocional distinta, es materia de investigación específica. Pero el criterio de fondo es claro: sin un componente emocional que ordene la comunicación, la avenida del medio no se convierte en voto.
La conclusión política, entonces, es doble. Por un lado, la avenida del medio ya es una demanda concreta, transversal y creciente. Por otro lado, esa demanda no se garantiza sola. Necesita dos condiciones simultáneas: un candidato electoralmente competitivo desde el arranque, que evite la fuga por voto útil hacia los polos (o el abstencionismo); y una construcción con anclaje emocional, que conecte con lo que este electorado siente antes que con lo que los técnicos explican. Si esas dos condiciones no aparecen, la ventana se cierra. Y no por falta de demanda, sino por sobra de dinámica polarizante.
(*) Lucas Klobovs es director de opinión pública de Qsocial Big data.