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El mundo está aprendiendo a funcionar sin Estados Unidos

La crisis en el estrecho de Ormuz marca el declive del poder estadounidense y el surgimiento de un nuevo orden donde países del Sur Global lideran la resolución de conflictos mundiales.

Donald Trump
Donald Trump | CHIP SOMODEVILLA / GETTY IMAGES NORTH AMERICA / Getty Images via AFP

RÍO DE JANEIRO— Incluso mientras las bombas israelíes caían sobre el Líbano, la mayor parte del mundo respiró con un cauteloso suspiro de alivio cuando se supo que Pakistán había mediado un alto el fuego entre Estados Unidos e Irán, con el objetivo de reabrir el Estrecho de Ormuz.

Sin embargo, el respiro no fue producto de una repentina moderación del presidente estadounidense, Donald Trump. Entre bastidores, funcionarios estadounidenses habían presionado a Pakistán para que negociara un acuerdo que permitiera a Trump retractarse de sus amenazas de destruir "toda la civilización" de Irán si este no cedía. En otras palabras, el alto el fuego no se produjo porque el ejército más poderoso del mundo impusiera el orden, sino porque se vio obligado a contener una crisis creada por él mismo.

Si bien el alto el fuego negociado por Pakistán es tenue, e Irán sigue controlando el Estrecho de Ormuz (que Trump planea bloquear ahora tras el estancamiento de las negociaciones), esta dinámica apunta a un cambio más profundo. A medida que la era de la hegemonía estadounidense llega a su fin, empiezan a vislumbrarse los contornos de lo que podría venir después, con los países del Sur Global ejerciendo su liderazgo para dar forma a un orden mundial emergente.

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La guerra contra Irán pone de relieve la insostenibilidad de un orden mundial basado en ultimátums y poder militar. Si bien la fragilidad del sistema se ha vuelto innegable bajo el mandato de Trump, este momento se ha venido gestando durante mucho tiempo. Los asesinatos extrajudiciales de presuntos narcotraficantes cometidos por Trump en el Caribe, por ejemplo, hacen eco de las prácticas de sus predecesores, quienes perfeccionaron la guerra con drones como instrumento central del poder estadounidense. Del mismo modo, la hostilidad hacia China, el aislamiento de Cuba, el apoyo incondicional a Israel y la postura de línea dura respecto a Irán fueron pilares de la política exterior tanto de las administraciones demócratas como de las republicanas.

Es innegable que el unilateralismo estadounidense se ha intensificado durante el último año. Los aranceles de Trump y los severos recortes a la ayuda exterior, sus amenazas contra Groenlandia, el secuestro del expresidente venezolano Nicolás Maduro y la guerra ilegal e imprudente contra Irán, cuyas réplicas se han sentido en toda la economía global, son pruebas de esta escalada.

El cierre del Estrecho de Ormuz plantea lo que la Agencia Internacional de la Energía ha descrito como la "mayor amenaza a la seguridad energética mundial de la historia", pero es probable que las consecuencias económicas sean desiguales. Un paralelo histórico cercano es la crisis del petróleo que siguió al embargo de la década de 1970, que redefinió las guerras en la región como amenazas a los flujos energéticos y ayudó a sumir a muchos países en desarrollo en las crisis de deuda que definieron la década de 1980.

Sin embargo, la crisis de Ormuz recuerda más al cierre del Canal de Suez por parte de Egipto en 1956, tras una invasión conjunta británica, francesa e israelí destinada a apoderarse de la vía navegable y derrocar al presidente Gamal Abdel Nasser. El fracaso de aquella intervención expuso el declive terminal del poder imperial de Europa y contribuyó al surgimiento del Movimiento de Países No Alineados a principios de los años 60.

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La decisión de Irán de seguir los pasos de Nasser podría dar impulso a un realineamiento similar. El cierre del Estrecho de Ormuz ha provocado el racionamiento de combustible, el aumento de los precios de los alimentos y el incremento de los costes de los préstamos en todo el mundo. En la lucha por los limitados suministros de combustible y fertilizantes, las economías del Sur Global inevitablemente se verán superadas en sus ofertas por sus homólogas más ricas.

Sin embargo, estos efectos desiguales también han revelado quién tiene influencia geopolítica, y no es el G7. En la reunión de ministros de Asuntos Exteriores del grupo celebrada el mes pasado, hubo leves indicios de crítica al secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio. Aun así, el comunicado oficial se limitó a pedir el "cese de los ataques contra civiles e infraestructuras civiles", sin reconocer la responsabilidad de Estados Unidos en el bombardeo de una escuela iraní en el que murieron más de 100 niños. También citó debates sobre la mitigación de las "crisis económicas mundiales", pero no ofreció soluciones significativas.

Bajo la presión de la administración Trump, el Reino Unido convocó a más de 40 países para presionar a Irán para que reabriera el Estrecho de Ormuz. Ni Estados Unidos ni Israel asistieron, y mediadores clave como Pakistán, Egipto y China estuvieron notablemente ausentes. Una de las pocas políticas concretas que el grupo planteó fue nuevas sanciones contra Irán, lo que supone no reconocer cómo años de "máxima presión" habían contribuido a la crisis actual. Más sorprendente aún fue que no se tuvieron en cuenta las implicaciones estratégicas de la medida de Irán, incluida la probabilidad de que busque mantener un control selectivo sobre el Estrecho incluso después de un alto el fuego.

Lo que se necesitaba era algo parecido a la Iniciativa del Grano del Mar Negro, mediada por Turquía y las Naciones Unidas, que permitió que los cargamentos de grano salieran de los puertos ucranianos a pesar de la guerra de agresión de Rusia. Se trató de un acuerdo práctico más que político, basado en inspecciones, seguimiento continuo de los buques y coordinación entre Rusia y Ucrania. Al estabilizar los precios mundiales de los alimentos, demostró que la cooperación entre adversarios es posible cuando los costes de la interrupción se vuelven demasiado elevados.

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Replicar el modelo del Mar Negro en el Estrecho de Ormuz requeriría un liderazgo menos condicionado por la hostilidad occidental hacia Irán, como subraya el hecho de que Irán nunca ha cerrado totalmente la vía navegable a los buques de países no hostiles. La administración Trump reconoció esto, lo que puede explicar por qué alentó en privado a Pakistán a mediar un alto el fuego mientras amenazaba públicamente a Irán con la destrucción de su civilización.

Pakistán estaba bien posicionado para desempeñar ese papel. A pesar de los estrechos vínculos entre el arquitecto del alto el fuego, el jefe del ejército Asim Munir, y Trump —y del pacto de defensa de Pakistán con Arabia Saudí—, el país condenó inmediatamente los ataques de Estados Unidos e Israel. A medida que surgían divisiones entre los estados del Golfo, con algunos presionando por la escalada y otros instando a la moderación, Pakistán pudo servir de puente entre ellos. Pakistán también incorporó a China, persuadió a Estados Unidos para que frenara los ataques aéreos israelíes sobre Irán y moderó la furia de Arabia Saudí ante un ataque iraní que amenazó con descarrilar semanas de diplomacia por canales secundarios apenas unas horas antes del ultimátum de Trump, cargado de crímenes de guerra.

Aun así, la niebla de la guerra sigue siendo peligrosamente densa. El frágil alto el fuego ya muestra grietas mientras Israel devasta el Líbano. Cientos de barcos permanecen varados en el Estrecho de Ormuz, mientras que los precios del petróleo y los mercados financieros oscilan con cada declaración contradictoria de Trump.

La respuesta internacional ha sido relativamente tibia, a pesar de las inmensas consecuencias económicas. Temerosos de una administración dispuesta a utilizar la coacción económica para avanzar en su agenda, muchos gobiernos (aunque no todos) han moderado sus críticas, omitiendo no solo condenar la guerra como una violación del derecho internacional, sino también señalar como causa de la crisis el ataque estadounidense-israelí en lugar de la represalia iraní.

Y, sin embargo, el hecho es que Estados Unidos tuvo que confiar en el Sur Global para contener las consecuencias de su propia irresponsabilidad. Mientras que antes los altos el fuego se negociaban en las capitales europeas, Islamabad acogió las conversaciones presenciales de más alto nivel entre Irán y Estados Unidos desde 1979. Puede que los Estados todavía duden en enfrentarse a una potencia hegemónica en declive y vengativa, pero el alto el fuego ofrece un vislumbre de un futuro diferente, uno en el que los países del Sur Global tienen tanto la voluntad política como los medios para navegar las crisis en sus propios términos.

(*) Pedro Abramovay, vicepresidente de programas de las Open Society Foundations, es exsecretario de Justicia de Brasil y coautor (con Gabriela Lotta) de Democracy on a Tightrope: Politics and Bureaucracy in Brazil (Central European University Press, 2025).