OPINIóN
Vidrios rotos

El mundo ¿se ha vuelto loco, inverosímil o exagerado?

“La ‘cultura’ de que los poderosos (países o corporaciones), pueden hacer lo que quieran para defender sus intereses, se ha convertido en una ola mundial” advierte el autor. “Nadie sabe lo que es real o ficticio. Nos manipulan para hacernos creer que algo está pasando”, agrega. Y desde luego, cada país, cada líder y cada poderoso lleva agua para su molino.

Terror 2024: el género que se multiplica como los zombies
Terror 2024: el género que se multiplica como los zombies | Prensa BARS

En el 2026, el conjunto Asia-Pacífico contribuirá con casi el 60% del crecimiento total del PIB mundial. (China 26,6%; India 17%). Mientras tanto EEUU 9,9% y Europa 9,5%, se desaceleran. África ya representará el 7,7% del crecimiento mundial, liderada por Nigeria, Egipto y Etiopía. Mientras todo eso ocurre realmente en el plano económico, según los medios de comunicación, el orden mundial parecería estar siendo cambiado de la mano de Donald Trump, pero en realidad éste sólo intenta emparejar la cancha, ya bastante desnivelada hacia el Océano Pacífico, y recuperar el brillo anterior de EEUU, que se fue perdiendo en los últimos 30 años.

Trump trabaja con las herramientas del mundo actual, ejecutando acciones poco ortodoxas, criticadas ampliamente por todos los demás países, pero en muchos casos, aceptadas parcialmente, bajo protestas, o a regañadientes. Su avance se apoya en una combinación de su innegable poder militar, con nuevos sistemas de armas (algunas secretas) en su poder económico, su enorme mercado interno y en su poder del conocimiento (innovación, tecnología), pero también en un hábil manejo de la guerra cognitiva, sustentado en la arquitectura comunicativa del mundo actual.

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Trump era un empresario de bienes raíces, pero también estrella televisiva y lo más importante, era disruptivo de la chatura homogenizadora de la globalización financiera. Siempre ha hecho cosas disparatadas para sobresalir y llamar la atención, lo cual parece ser una cuestión política fundamental en todo el mundo.

El mundo se ha vuelto loco

Igual que El Quijote, se peleó con los molinos (eólicos) en Escocia y aunque luego perdió la batalla legal, armó un gran show cultural por lo que recibió millones de libras de publicidad gratuita en los medios de comunicación de toda Gran Bretaña. Así introdujo la idea que muchos gobiernos favorables a la globalización estaban al servicio de unas élites (lo cual es bien plausible) que querían cambiar los modos de vida de los británicos y destrozar al imperio. Trump perdió judicialmente, pero, pocos meses después, ganó el Brexit.

En los 90 estaba de moda el libro Broken Windows, (Ventanas rotas), cuya teoría fue aplicada por Rudy Giuliani (luego asesor de Trump) como alcalde de NYC. Por la vía experimental el libro explica que el mantenimiento de los signos visibles de la delincuencia o del desorden cívico crean un entorno urbano que termina por favorecer la aparición de más delitos/desorden, incluidos los crímenes graves. Si una ventana de un auto aparece rota, y no se repara rápido, pronto se desmantelará todo el auto. Esto es igualmente cierto en barrios acomodados como en zonas degradadas.

Un vidrio roto sin reparar es una señal cultural de que a nadie le importa, y por eso saquearlo se considera válido, se vuelve “lo normal”. Conclusión: no son las normas las que hacen la cultura de una sociedad. Hay muchas normas que no se cumplen en absoluto (transito, consumo de estupefacientes), toleradas por dejadez, corrupción o clientelismo político. Por el contrario, la cultura hace las normas prácticas.

Nos embarcaron en una lucha sin sentido por quimeras, como instalar bases humanas en Marte o desarrollar robots que amamanten niños, o poder enamorarse de un holograma. Es inaceptable que ese sea el futuro de la humanidad"

La cultura predominante es la que dicta y transmite qué normas, de todas las que están escritas, se cumplen y cuáles no.
En el mundo actual, los modelos nacionales reales existentes no dependen del diseño ideológico partidario, ni de las teorías económicas, y poco de los intereses sectoriales internos. Dependen del cruce de los tres factores portadores de futuro: intereses geopolíticos, liderazgos y grado de cohesión social interna y de la eficiencia en el control de la comunicación política. La economía, la distribución del ingreso, la inserción en el mundo, y otros, son todas resultantes de esos factores.

Las mismas estrategias son aplicadas geopolíticamente por EEUU, China, Rusia, Israel, India, y otros países (cada uno con sus propios fines), convenciendo a sus ciudadanos y al mundoque existen muchos peligros inminentes"

Si un grupo político es capaz de que la gente perciba y naturalice que una cultura ha cambiado, aunque sea en forma limitada, y sin cambiar normas o leyes, puede terminar expandiéndose y cambiar totalmente la realidad política y social. O moldearla a su preferencia.
El avance del ultra-individualismo es un buen ejemplo de la aplicación práctica de la guerra cognitiva. Esas mismas estrategias son aplicadas geopolíticamente por EEUU, China, Rusia, Israel, India, y otros países (cada uno con sus propios fines), convenciendo a sus ciudadanos, y al mundo, que existen muchos peligros inminentes o futuros y que algo rápido hay que hacer para resolver esos problemas, con lo cual conquistan el apoyo popular.

Mundo inverosímil

El peligro chino para EEUU, o el ruso para toda Europa, la agresión de Occidente para Rusia y China, las luchas interreligiosas, pueden ser potencialmente válidas, pero es habitual que se exagere para lograr el avance de ciertos intereses, más enmascarados.
Se simula buscar la pacificación de los conflictos mientras simultáneamente se desarrollan nuevos sistemas de armas, cada vez más sofisticados. Las contradicciones están a la vista de todos, pero nadie les presta atención. Las leyes internacionales siguen siendo las mismas, pero la “cultura” de que los poderosos (países o corporaciones), pueden hacer lo que quieran para defender sus intereses, se ha convertido en la “cultura” de esta ola mundial.

Por eso las normas escritas no se cumplen y muchos ya lo aceptan como la “nueva normalidad”. La multiplicación infinita en los medios de comunicación de un solo hecho delictivo hace creer que toda una ciudad o un barrio está absolutamente desbordado. Generalmente no lo está, aunque en algunos casos bien puede ser cierto. En geopolítica ocurre lo mismo.

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Trump se apoya en una coalición de intereses privados que confirma que “todos los vidrios del auto” se han roto y que hay que tomar acciones para corregir esta situación. En pantalla aparecen primero los mascarones de proa, los grupos ideológicos, ultranacionalistas, los ultra-religiosos, y los antiglobalizadores.

En segunda línea están los medios de comunicación, los grandes periódicos o cadenas televisivas del siglo XX, que se quedaron sin un modelo de negocio solvente en la reconversión del papel a la red, y que se han vuelto adictos a la alarma y al escándalo para conseguir el rating que les garantice los ingresos de la publicidad.

Casi toda la población mundial está atrapada por la inmediatez y la angustia existencial de un mundo inestable e incierto. Para atraerlos, los medios (salvo excepciones) se dedican a magnificar los discursos alarmistas y provocativos (medio en el cual Trump es un maestro del suspenso), o bien se conchaban partidariamente (propagandistas ideológicos) y dejan de lado la independencia del periodismo profesional de informar la realidad.

Detrás de todo esto está la verdadera conducción del actual proceso global, materializado en la nueva arquitectura de la comunicación: las plataformas, las redes sociales, que diseñan sus algoritmos para generar atracciones irresistibles, fraccionando así a los países, a las sociedades y a las familias, en segmentos crecientemente separados o enfrentados. Además -y muy grave- van creando un serio problema de adicción tecnológica, particularmente en los más jóvenes. Hay muchísimos estudios que vinculan el uso excesivo de las redes con la ansiedad y la depresión. Interesante el best-seller La generación ansiosa de Jonathan Haidt, profesor de psicología social de la Universidad de Nueva York. Por ese motivo, en EEUU se han presentado una ola de demandas contra varias redes sociales.

Nadie sabe lo que es real o ficticio. Nos manipulan para hacernos creer que algo está pasando, aunque verdaderamente no sea cierto. Las provocaciones mediáticas son parte del mismo juego. Basta con que la gente crea que todo eso es verdad. O que puede serlo en el futuro. Este accionar de la guerra cognitiva mantiene entretenido, atemorizado y adormecido al grueso de la población, que solo se dedica a consumir pasivamente, sin el mínimo análisis, todo eso. La política está exorcizada y ya no cumple el papel de debatir para encontrar la verdad, el Bien Común y el progreso social.

En resumen: nos planifican nuestras vidas vendiendo la ilusión de una teórica libertad de consumo, donde nos ofrecen distintos modelos o marcas de productos casi iguales, que no nos harán la vida más fácil, pero que será un gran negocio para algunos pocos.
Para peor nos están apartando de un mundo racional, aunque injusto, y de la esencia gregaria y social de los seres humanos; además intentan arrinconarnos, aislarnos y encerrarnos en la emotividad personal (aún más en los niños) de un consumo dirigido desde arriba. Hay que volver al sentido común y buscar soluciones razonables a los verdaderos problemas reales.

Nos han embarcado en una lucha sin sentido por quimeras, como la de instalar bases humanas en Marte o desarrollar robots que amamanten a nuestros niños, o poder enamorarse de un holograma. Es inaceptable que ese sea el futuro del “progreso de la humanidad”.

El verdadero destino de la humanidad es sacar a millones de personas la pobreza extrema, aumentar el PIB per cápita global, pero distribuyéndolo mejor, aumentar la esperanza de vida, disminuir la mortalidad infantil. Que los nuevos desarrollos tecnológicos se enfoquen en mejorar la vida cotidiana, sin destruir empleos masivamente (o al menos planificando la recapacitación de los desplazados).
Que los innovadores medicamentos estén al alcance económico de todos los sectores sociales. Que no se aumente la contaminación de suelos, mares y ríos. Que no se fraccione a las sociedades ni se cambie su cultura desde afuera.

En resumen, hay que comenzar a arreglar los vidrios rotos, antes que se desguace toda la sociedad.

*consultor de riesgo geopolítico