Mientras el mundo observa con creciente inquietud el vencimiento del último tratado que limita los arsenales nucleares estratégicos entre Estados Unidos y Rusia, una paradoja incómoda comienza a tomar forma: en esta historia, Moscú aparece ofreciendo contención mínima y Washington aparece dejando caer el último dique.
Lo que sucede es que, en términos estrictamente políticos, Rusia ya manifestó su disposición a mantener de manera voluntaria, por un año, los límites del tratado New START que vence hoy, 5 de febrero, y abrir un espacio de negociación. Por su parte, Estados Unidos, hasta ahora, plantea no tomar esa opción y se vuelca hacia la “ardua” negociación de un nuevo tratado que debería incluir a un actor considerado principal como China. Es una escena que debería alarmarnos.
El tratado fue firmado en 2010 y entró en vigor el 5 de febrero de 2011, con una duración inicial de diez años. Estableció límites verificables a las ojivas nucleares estratégicas desplegadas, a los vectores —misiles balísticos intercontinentales, misiles lanzados desde submarinos y bombarderos estratégicos, lo que se conoce como la tríada nuclear— y creó un régimen sólido de inspecciones in situ, intercambio de datos y notificaciones.
En febrero de 2021, a pocos días de asumir, Joe Biden acordó con Vladimir Putin prorrogarlo por cinco años más, hasta febrero de 2026, utilizando la cláusula de extensión prevista en el propio acuerdo y sin necesidad de renegociar su contenido. Esa prórroga tuvo un fuerte significado político: reafirmó que, aun en un contexto de rivalidad creciente, ambas potencias reconocían que el control de armas estratégicas seguía siendo un interés común.
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Mientras la extensión por un año propuesta por Rusia daría margen para repensar un gran acuerdo nuevo y una arquitectura de control de armas nucleares más acorde con esta época, el no-límite que representa la caída del New START sume al mundo en una zona oscura de imprevisibilidad y volatilidad, con potenciales consecuencias nefastas.
Es cierto que el mundo ha cambiado y dejó de ser bipolar. Durante años se sostuvo la ilusión de que, tras el fin de la Guerra Fría, se avanzaría gradualmente hacia la reducción sostenida de los arsenales nucleares hasta el desarme total e irreversible. Esa ilusión ha desaparecido, al menos por ahora.
La disuasión nuclear, lejos de estar en retirada, es el corazón de las doctrinas de seguridad de todos los países poseedores de armas nucleares. Las potencias modernizan sus fuerzas, incorporan nuevos vectores, aumentan su poder letal y, en muchos casos, también la cantidad de ojivas. Rusia moderniza. Estados Unidos moderniza. China, precisamente por partir de un arsenal de menor escala, moderniza y tiene planes más agresivos de aumento en número para los próximos años.
Junto con esta realidad fría, la retórica del desarme cede paso al lenguaje de la competencia estratégica. A esto se suma el desarrollo de nuevas armas ultrasofisticadas y la incorporación de nuevas tecnologías e inteligencia artificial a los sistemas de comando y control de las armas nucleares actuales.
Así y todo, existen frenos reales: políticos, presupuestarios, industriales y estratégicos. Expandir arsenales es costoso, complejo y lleva tiempo. Por eso, el riesgo inmediato no es tanto una explosión súbita en los números, sino la consolidación de un entorno donde todos planifican sin asumir límites vinculantes.
Y, fundamentalmente, para bien de la humanidad, todavía persiste algo valioso: el tabú nuclear, la autorrestricción sobre un primer uso. Las potencias saben que una detonación nuclear tendría consecuencias catastróficas para todos. Ese freno psicológico y político sigue existiendo. Pero no alcanza.
El problema es el tipo de mundo que se está construyendo: un mundo más inseguro, más basado en la proyección de poder y menos basado en reglas. Eso implica menos transparencia, menos previsibilidad y más riesgo global.
El Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) sigue siendo una piedra angular del orden nuclear internacional y un marco normativo indispensable, pero nunca fue el instrumento que produjo las reducciones reales de arsenales. Con el agravante de que sus obligaciones no alcanzan a todos los poseedores de armas nucleares, sino solo a cinco Estados reconocidos como tales en el tratado: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido.
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Esto deja afuera a India, Pakistán, Israel —aunque nunca ha declarado sus armas nucleares— y Corea del Norte. Estos cuatro Estados no están cubiertos por ninguna obligación, al no ser parte del TNP.
Otro punto relevante es que la experiencia indica que las reducciones de las fuerzas nucleares no surgieron del TNP, sino de acuerdos específicos entre Estados, como el New START. Estos posibilitaron pasar de más de 60 mil ojivas nucleares en el punto culminante de la Guerra Fría a poco más de 12 mil en la actualidad.
Mientras desde Washington se insiste en que cualquier nuevo tratado debe incluir a China —un objetivo poco realista—, se deja caer el único marco existente sin siquiera aceptar una extensión transitoria. La consecuencia es un mundo sin límites, no un mundo con mejores límites.
Nadie puede dudar de que los instrumentos jurídicos deben adaptarse al nuevo orden mundial y a las nuevas tecnologías. El problema es convertir ese objetivo de largo plazo en un facilitador del vacío normativo y de la parálisis de corto plazo.
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Precisamente por eso, no habilitar una extensión transitoria por un año del New START representa un grave error estratégico que algunos liderazgos parecen no dimensionar en su real magnitud.
La gran pregunta es quiénes se benefician con este tipo de decisiones que rozan la imprudencia. Y son unos cuantos.
En su momento, la retirada del acuerdo nuclear con Irán le dio a Teherán la excusa perfecta para expandir su programa de enriquecimiento. Los escarceos diplomáticos con Corea del Norte no produjeron desarme alguno, pero sí desactivaron presiones reales sobre el régimen de Kim Jong-un, un violador sistemático de derechos humanos. En ambos casos, decisiones presentadas como gestos de firmeza terminaron fortaleciendo a los supuestos adversarios.
Ahora, al dejar morir el New START, el riesgo es repetir el mismo patrón a escala estratégica: decisiones que se exhiben como demostraciones de poder, pero que en los hechos amplían el margen de maniobra de otros.
Y cuando eso ocurre, el problema va más allá de la ausencia de reglas. El problema es que hay actores internacionales de primera magnitud que impulsan, de manera activa, un mundo sin ellas.
* Irma Argüello, estratega global