OPINIóN
DERECHA EMERGENTE

La “bukelización” de Costa Rica: del efecto Trump a la seguridad como eje político

La victoria del Partido Pueblo Soberano expone cómo el giro punitivo y la promesa de orden reconfiguran el debate político en Costa Rica, en sintonía con una tendencia regional que redefine prioridades y horizontes democráticos.

Laura Fernández Delgado por el Partido Pueblo Soberano 20260204
Laura Fernández, presidenta de Costa Rica. | X @laurapresi2026

Las recientes elecciones en Costa Rica confirman una tendencia que atraviesa a buena parte de América Latina: la centralidad del discurso de la seguridad como eje ordenador de la competencia política. La victoria de la oficialista Laura Fernández Delgado en primera vuelta, con el 48,5% de los votos frente al 33,3% del opositor del tradicional Partido de Liberación Nacional Álvaro Ramos, y con mayoría legislativa propia, no sólo consolida la continuidad del proyecto político iniciado por Rodrigo Chaves, sino que evidencia la creciente permeabilidad de democracias estables a narrativas de “mano dura”, liderazgo fuerte y promesas de orden.

En Costa Rica ciertos actores de la academia y la sociedad civil todavía se preguntan: ¿En qué momentos pasamos de soñar con ser la Suiza Centroamericana a soñar con ser El Salvador?

Para entender la victoria abrumadora del Partido Pueblo Soberano resulta clave recuperar el concepto de bukelización de la política latinoamericana desarrollado por el politólogo Juan Pablo Luna para describir la difusión regional de un modelo de competencia electoral basado en el populismo punitivo.

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Aunque este enfoque no ofrece soluciones sostenibles de política pública, sí resulta altamente eficaz como lógica electoral orientada al corto plazo. No por nada el presidente recientemente electo de Chile José Antonio Kast, tras transitar una campaña electoral copada por la agenda de la seguridad, visitó El Salvador y le solicitó públicamente a Bukele su colaboración al visitar la “mega cárcel para pandilleros”.

Como señalan Gabriel Kessler y María Victoria Murillo en su reciente artículo [1] en Nueva Sociedad, cuando las instituciones políticas dejaron de satisfacer las demandas ciudadanas de continuar con una trayectoria de aumento de bienestar y posibilidad de movilidad ascendente las expectativas frustradas hicieron que la agenda de la seguridad gane centralidad.

Esta estrategia permite convertir el malestar social en una demanda de orden inmediato y desplaza debates de mediano plazo sobre desigualdad, capacidad estatal o cohesión social. En ese contexto, señalan los autores, prosperan liderazgos mesiánicos y disruptivos que prometen soluciones rápidas y se legitiman como outsiders capaces de poner fin al caos, incluso tensionando libertades y contrapesos institucionales.

Laura Fernández Delgado por el Partido Pueblo Soberano 20260204

En el actual contexto latinoamericano el concepto de “eficracia”, -inventado por Bukele para describir la capacidad del régimen para dar resultados oportunos y eficaces a las demandas ciudadanas-, cobra sentido y sigue capturando la atención y el debate público. Una región que se muestra, a la vez, indiferente frente a la violación de derechos humanos que dicho modelo conlleva.

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Como advierte Juan Pablo Luna en su libro ¿Democracia Muerta? [2], el aparente éxito del presidente salvadoreño no es fácilmente replicable. El Salvador es un país pequeño, con estructuras criminales relativamente centralizadas y condiciones excepcionales que permitieron negociaciones y encarcelamientos masivos en plazos comprimidos.

En países de mayor tamaño y complejidad institucional, como Brasil, Colombia y México, las políticas de mano dura y militarización de la seguridad tendieron a escalar simultáneamente la violencia y la corrupción. A ello se suma, según el autor, la ausencia de una estrategia de salida y la erosión de libertades civiles y derechos humanos constitutivos de un régimen democrático.

Es por ello que resulta como mínimo irresponsable que las clases dirigentes de la región ponderen el éxito electoral de la bukelizacion de la política sin considerar los efectos que sobre la salud de las democracias tendrá en el mediano y largo plazo.

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El efecto Trump: presión externa y condicionamiento electoral

A lo largo de 2025, Donald Trump demostró su voluntad de volcar el peso de su investidura —y del Tesoro estadounidense— en procesos electorales del continente.

Lo hizo en las elecciones legislativas de Argentina y en las presidenciales de Honduras, apoyando abiertamente a fuerzas de derecha y advirtiendo que Estados Unidos recortaría su ayuda financiera o profundizaría las restricciones migratorias si esos espacios políticos resultaban derrotados.

Este comportamiento refuerza el efecto Trump como complemento del fenómeno de la bukelización: la seguridad deja de ser sólo un tema doméstico y pasa a integrarse en una arquitectura de apoyos transnacionales que legitima liderazgos duros en pos de la seguridad hemisférica.

El actual ciclo de descontento social en América Latina reafirma tendencias que reconfiguran la competencia política: polarización, fragmentación y crisis de representación. Ambas tendencias, según Kessler y Murillo, erosionan la confianza en la democracia y vuelven más volátil el sistema: cuando la disputa se polariza, sube la intensidad identitaria; cuando se fragmenta, se debilitan los canales de mediación y se abre un vacío de representación.

Dentro de este escenario, y en el marco de un orden internacional incierto, este año América Latina tendrá contiendas electorales de alto impacto para el equilibrio de fuerzas regional.

En Brasil, la proyección del efecto Trump se vincula directamente con su relación con Jair Bolsonaro y con sectores del bolsonarismo duro. La seguridad continúa siendo un clivaje central con capacidad de reactivar discursos autoritarios y de polarización en un escenario electoral competitivo y de alta fragmentación social. A ocho meses de las elecciones presidenciales el Tribunal Superior Electoral convocó audiencias públicas para ajustar el marco normativo del proceso electoral a fin de penalizar el uso indebido de inteligencia artificial para desinformar a la ciudadanía, y prevé aplicar la jurisprudencia fijada por la Corte Suprema en 2025 que amplió la responsabilidad de las plataformas digitales.

En Colombia, las tensiones entre Trump y el presidente Gustavo Petro anticipan un escenario de posible confrontación. El deterioro de la seguridad territorial y el desgaste del enfoque de “paz total” abren espacio para narrativas de orden inmediato, con fuerte respaldo externo. La foto de esta semana entre los mandatarios reflejó ciertos consensos en torno a la necesidad de cooperar en la lucha contra el narcotráfico pero la hoja de ruta aún es incierta. En el inicio de la campaña electoral, el escenario está dividido entre el candidato oficialista Iván Cepeda y la derecha que alterna entre la uribista Paloma Valencia y el outsider Abelardo de la Espriella, quien recientemente pidió a Washington la intervención de los Estados Unidos para garantizar la transparencia electoral.

En Perú, por el contrario lo que prima es la fragmentación del sistema político, la debilidad de los partidos y la crisis permanente de representación lo cual genera un terreno particularmente fértil para intervenciones indirectas. La contienda electoral muestra al ex alcalde de Lima Rafael López Aliaga y a la ex condenada Keiko Fujimori esperando que algún candidato tapado sorprenda dentro de un sistema político pulverizado.

En este contexto, la influencia de Trump podría operar de manera selectiva y oportunista, tanto a través de presiones económicas como mediante respaldos discursivos a liderazgos emergentes con agendas afines a su doctrina de seguridad hemisférica.

A la luz de los procesos electorales por venir, el caso costarricense funciona como una advertencia regional. Ningún sistema político es inmune a la convergencia entre discursos securitarios, liderazgos fuertes e intervenciones externas.

El desafío para América Latina será erradicar el uso del miedo como movilizador del sentimiento electoral y construir respuestas eficaces y sostenibles en materia de seguridad sin resignar los pilares democráticos que, una vez erosionados, resultan mucho más difíciles de reconstruir.

Sobre la autora:

Dolores Gandulfo es especialista en relaciones internacionales y procesos electorales (USAL, UNSAM, Gerogetown University), miembro del Consejo Asesor Latinoamericano de Institute for Integrated Transitions (IFIT) y de la Red de Politólogas.

[1] El malestar Político en América latina. Nueva Sociedad 320. Noviembre/Diciembre 2025. https://nuso.org/articulo/320-decada-malestar-politico-america-latina/

[2] Juan Pablo Luna. ¿Democracia muerta? Chile, América Latina y un modelo estallado. Santiago: Ariel, 2024. (ISBN: 9789569948558), 308 pp.