Argentina demuestra, cada cuatro años, una pasión, una entrega y una movilización colectiva que no logran trasladarse a lo que define su futuro. Es la orfandad de creencias, de no encontrar esperanza posible fuera de una cancha. Mientras el país entero se juega la ilusión en la final del Mundial 2026, esa misma pasión no encuentra cancha en las otras batallas que también estamos jugando.
Once tipos corriendo atrás de una pelota, así de simple e inmenso. Pero por este lado del mundo cada jugada está cargada de historia. Se les ve en la cara las ganas de darlo todo por sus familias, por los argentinos que la están pasando mal. Juega la movilidad social hecha gambeta, la promesa de salir adelante con el cuerpo sobre el barro. Afuera, una sociedad entera se abroquela bajo la misma bandera, unida por las mismas canciones.
Argentina, parada en el extremo sur del mundo, vuelve a jugarse una hazaña en la final del Mundial 2026 contra España. Este domingo es, una vez más, la presencia del Sur frente a todos los del Norte.
Tiene, además, la rareza de capitalizar una identidad distinta a la de sus contrincantes en cuerpos que no se rinden, que dan vuelta la jugada como si en eso se les fuera la vida.
Descoloca a los que miran desde afuera. Los incomoda nuestra incredulidad mentirosa, y los atraviesa la admiración por el valor resiliente del ser argentino. Vernos ahí, en mitad de la cancha, de puntas de pie, a punto de caer, sosteniéndonos con solo tres dedos mientras nos pegan, y cayendo de cara al suelo para volver a levantarnos más rápido de lo esperado, incluso a veces sin piernas. Esa lógica inexplicable no se ve solo dentro de la cancha, funciona como la certeza que nos permite movernos y tener lo necesario, incluso lo imposible, para crear lo que soñamos.
El mes de la final es también el mes de nuestra independencia: un 9 de julio de 1816, en Tucumán, Argentina dejó de ser de otro para ser sólo de los argentinos. Doscientos diez años después, en ese mismo julio, el presidente Milei intentó aprobar en el Senado la “Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada”, que habilitaría la venta de tierras rurales a extranjeros derogando los límites vigentes desde 2011 (Ley 26.737 de protección de las Tierras Rurales). Apenas tres semanas antes, Diputados le dio media sanción al Súper RIGI, un esquema de beneficios para el capital extranjero. Es también la semana en que, tras vencer a Inglaterra, un puñado de futbolistas hizo bien en desafiar la prohibición de la FIFA sosteniendo, con una bandera, el reclamo por las Malvinas.
En el abrazo del gol nos cruza el desamparo de sostener con el cuerpo lo que el Gobierno elige no sostener con el amor a su tierra. Mientras damos todo por una camiseta, dejamos perder por goleada que se desfinancien las escuelas de nuestros hijos, que la pobreza y la represión le peguen a nuestros jubilados, que la industria nacional desaparezca, y que se intente entregar también la soberanía sobre nuestra tierra.
Un país no pierde su territorio solo cuando lo invaden, también cuando renuncia a decidir quién produce lo que hay en él. El Súper RIGI ya lo muestra, resigna soberanía y futuro por negocios de escaso valor para el interés nacional, mientras se deja de invertir en hospitales que curan, universidades que forman y caminos que unen.
Ya vimos lagos enteros y territorios patagónicos pasar a manos de magnates extranjeros mientras la mayoría mira para otro lado –muchas veces con gobernantes o ex funcionarios sentados en la misma mesa, avalando la operación con el discurso de la inversión.
En el Preámbulo de nuestra Constitución les damos la bienvenida “a todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”. A quienes hoy se ofenden con nuestra bandera de Malvinas en el césped estadounidense, no les debemos ninguna explicación: que vengan a trabajar esta tierra junto a nuestra gente, no a poseerla desde una oficina en Nueva York o en París.
Argentina merece la felicidad que nos da el fútbol, festejemos sin culpa lo que la Selección construyó. Pero también es responsabilidad de todos asumir esa orfandad de creencias y animarnos a convertirla en una propuesta de futuro. No alcanza con señalar a los dirigentes que parecen no entender.
Somos un pueblo entero que se moviliza detrás de once tipos y una pelota envueltos en celeste y blanco. El fútbol nos regala, cada cuatro años, la certeza de que somos capaces de lo imposible.
Es hora de llevar esa épica a los otros partidos que jugamos. Nos toca también a nosotros, como ciudadanos, hacernos cargo de esa distancia y no dejar que la épica, la unión y el orgullo de ser argentinos se queden adentro del estadio. Salgamos a poner la pierna por ese capital simbólico, y transformémonos en una sociedad que no deje a nadie afuera.
* Comunicador y estratega creativo.
** Politólogo y director de Asuntos del Sur.